Buscarse problemas (Papis de Hollybrooke nº 2) 8
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El cuerpo de Jordan era una sinfonía de dolores, y estaba disfrutando cada segundo de ello.

Le ardían los muslos del esquí. Tenía los hombros agarrotados de tensarse con cada caída espectacular. Había un parche de irritación por la barba en la esquina de la mandíbula que no dejaba de presionar con el pulgar, solo para sentir el escozor.

Blake había hecho eso. La boca de Blake, la mandíbula de Blake, la absoluta incapacidad de Blake para mantener las manos alejadas de Jordan más de cinco minutos seguidos.

Menuda semana.

Caminaron hacia el complejo del spa mientras el crepúsculo pintaba el cielo de púrpura y dorado tras las montañas.

Blake le había prestado un bañador —por supuesto Jordan no había traído ninguno, porque había hecho la maleta para una semana de autocompadecerse solo en una cabaña, no para aquello en lo que se había convertido todo esto— y lo llevaba en la bolsa colgada del hombro de Blake junto con toallas y una botella de algo caro.

El sendero serpenteaba entre pinos espolvoreados de nieve, iluminado por faroles que parpadeaban como sacados de un cuento de hadas. Cascabeles tintineaban en algún lugar a lo lejos. El aire olía a humo de leña, agujas de pino y frío.

Jordan nunca había tenido Navidades así.

Las fiestas de su infancia habían sido el apartamento que pudieran permitirse ese año, un arbolito triste del bazar chino, su madre haciendo turnos extra en el restaurante para que pudieran tener un jamón de verdad.

El año que había ahorrado para comprarle una PlayStation de segunda mano, había llorado viéndole abrirla.

Pero eso tenía no haber tenido nunca nada: aprendías a apreciarlo cuando por fin aparecía. Y ahora mismo, caminando por aquel paraíso invernal con la mano cálida de Blake en su espalda, Jordan lo estaba notando todo. Atesorando cada detalle como un dragón con su oro.

El complejo del spa se abrió ante ellos: piscinas al aire libre y jacuzzis dispuestos alrededor de una hoguera central, vapor elevándose en el aire helado.

Luces navideñas se enroscaban entre los pinos circundantes, y un enorme árbol decorado dominaba el patio.

Todo era absurdamente, agresivamente hermoso.

—Joder —exhaló Jordan.

—No está mal, ¿verdad? —La mano de Blake se posó en la parte baja de su espalda, guiándolo hacia la entrada. Casual. Posesiva. Como si perteneciera allí.

Jordan estaba empezando a pensar que quizá sí.

Los vestuarios eran cálidos y olían a cedro, con iluminación suave y aroma a eucalipto flotando desde la sauna. Jordan se quitó los vaqueros y metió todo en una taquilla, sin siquiera fingir que no estaba mirando a Blake hacer lo mismo a un metro de distancia.

La espalda de Blake era ridícula. Hombros anchos que se estrechaban hacia caderas angostas, músculos que se movían bajo la piel mientras se agachaba para quitarse los vaqueros. Jordan había pasado los últimos días recorriendo esa espalda, y aún no se cansaba de mirarla.

Blake lo pilló mirando y arqueó una ceja.

Jordan ni siquiera se sonrojó. Solo sonrió.

—¿Qué? Estoy disfrutando de las vistas.

Algo cálido brilló en la expresión de Blake.

—¿Listo?

Salieron a las piscinas, con el vapor arremolinándose a su alrededor al encontrarse con el aire frío. Blake lo guió más allá de la zona principal —familias y parejas, niños gritando y chapoteando— hacia un jacuzzi más pequeño escondido en una esquina cerca de un bosquecillo de pinos.

Alguien ya estaba dentro.

El hombre levantó la vista cuando se acercaron, y la primera impresión de Jordan fue: tipo que manda.

Principios de los cuarenta, rudo, el tipo de atractivo que venía de buenos genes y trabajo de verdad.

Pero había tensión en su mandíbula, un surco entre las cejas.

Parecía alguien que cargaba con un peso.

—Blake. —Su voz era cálida pero distraída—. Qué bien verte. No sabía que estabas aquí esta semana.

—Hayes. —El tono de Blake se suavizó con evidente cariño—. Necesitaba escapar de la ciudad. Hayes, este es Jordan Pierce, amigo de Alex. Jordan, Hayes Reid. Es el dueño de Hollybrooke.

Dueño de Hollybrooke. O sea, de todo. El hotel, las cabañas, el spa, la montaña —probablemente la montaña, los ricos poseían montañas, ¿no?— Este tipo en bañador era dueño de todo lo que Jordan alcanzaba a ver.

—Encantado —dijo Jordan, logrando sonar como un ser humano normal y no como alguien que hacía cálculos mentales frenéticos sobre patrimonios.

La sonrisa de Hayes era genuina pero no le llegaba del todo a los ojos.

—¿Amigo de Alex? Bienvenido a Hollybrooke. —Su mirada se desvió hacia el móvil en el borde del jacuzzi, y algo cruzó su rostro. Frustración, quizá. O preocupación—. Perdón, no soy buena compañía esta noche. Complicaciones de negocios.

—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó Blake.

—No. Solo... —Hayes se pasó una mano por el pelo húmedo, y por un segundo pareció realmente perdido—. La cagué con algo y no consigo averiguar cómo arreglarlo. Me está volviendo loco.

—¿El sistema de agua caliente dando problemas otra vez?

La boca de Hayes se torció hacia un lado.

—Ojalá. Al menos eso sé cómo arreglarlo.

El móvil vibró. Hayes miró la pantalla y suspiró.

—Debería coger esto. Blake, me alegro de verte. Jordan, que disfrutes de tu estancia.

Salió del jacuzzi antes de que Jordan pudiera responder, cogió una bata y el móvil, y ya se lo llevaba a la oreja mientras desaparecía entre el vapor. Jordan captó un fragmento de su voz —tensa, controlada— antes de que se perdiera de vista.

—Parece estresado —dijo Jordan.

—Sí. —La mano de Blake volvió a posarse en la parte baja de su espalda, aparentemente su nuevo hogar permanente—. Hayes no se estresa. Sea lo que sea, debe de ser serio. —Sacudió la cabeza—. No es problema nuestro esta noche. Batas fuera. Al agua.

El aire era brutal —Jordan podía ver su aliento, sentir el frío mordiendo cada centímetro de piel expuesta. Se quitó la bata y se quedó allí temblando en el bañador prestado de Blake, cuestionándose todas sus decisiones vitales.

Luego se hundió en el agua, y cada queja murió en su garganta.

—Dios mío. —El calor lo golpeó como una droga. Sus músculos, que gritaban de dolor, se volvieron líquidos. Jordan gimió, dejándose resbalar hasta que el agua le lamió la barbilla, y se permitió simplemente sentirlo—. Vale. Tú ganas. Esto es increíble.

—Lo sé. —Blake se acomodó frente a él, con aire demasiado engreído.

Jordan ni siquiera tenía energía para molestarse. Estaba demasiado ocupado derritiéndose.

El contraste era brutal —agua hirviendo abajo, aire helado arriba. El vapor se elevaba a su alrededor, atrapando las luces navideñas, volviéndolo todo suave y onírico. Copos de nieve descendían para disolverse contra sus mejillas sonrojadas.

Esto. Justo esto. Jordan quería guardar este momento en su memoria como una flor prensada en un libro.

—Una botella del Clicquot —le dijo Blake a una camarera que apareció junto al jacuzzi—. Dos copas.

—Por supuesto, señor Whitmore.

Jordan esperó a que se fuera. —¿Champán en un jacuzzi?

—Es la víspera de Nochebuena —la sonrisa de Blake era perezosa, satisfecha, la sonrisa de un hombre que tenía exactamente lo que quería—. Estamos celebrando.

—¿Celebrando qué?

—Que sobrevivieras a la pista para principiantes sin romperte nada vital.

—No estuve tan mal —Jordan le salpicó un poco de agua. Muy maduro.

—Te caíste diecisiete veces.

—¿Estabas contando?

—Estaba sujetándote —la voz de Blake bajó a ese registro que le revolvía el estómago a Jordan—. Recuerdo cada vez que te tuve entre mis manos hoy.

El champán llegó con fresas bañadas en chocolate, porque al parecer eso era algo que simplemente pasaba en lugares como aquel. El cristal estaba frío contra los dedos mojados de Jordan, las burbujas vivas y chispeantes en su lengua.

Con la segunda copa, Jordan había alcanzado un estado perfecto de calidez achispada.

Las luces de Navidad se habían vuelto borrosas, titilando como estrellas caídas del cielo.

La nieve caía en espirales perezosas. El pie de Blake seguía buscando su pantorrilla bajo el agua, acariciándola arriba y abajo, y Jordan se dejó llevar.

No hacía mucho, había estado aterrorizado. Convencido de que aquello era un error, de que Blake recuperaría el sentido común, de que la burbuja estallaría y Jordan se quedaría de pie entre los escombros preguntándose en qué había estado pensando.

Pero Blake seguía sin recuperar el sentido común. Seguía mirando a Jordan como si mereciera la pena. Seguía tocándolo como si no pudiera evitarlo.

Quizás Jordan podía dejar de esperar la catástrofe. Quizás podía simplemente disfrutar de aquello.

—Estás sonriendo —observó Blake.

—Estoy feliz —las palabras salieron fáciles, sin filtro. El champán daba valor—. ¿Es raro decirlo en voz alta?

—¿Por qué iba a serlo?

—Porque... —Jordan abarcó todo con un gesto. El vapor, la nieve, las luces de Navidad, ellos dos—. Esto es objetivamente una locura. Nada de esto debería estar pasando.

—Y sin embargo —el pie de Blake subió más por la pantorrilla de Jordan—. Aquí estamos.

—Aquí estamos —coincidió Jordan. Y por una vez, no sintió la necesidad de matizarlo. No sintió el impulso de prepararse para el golpe.

Simplemente se sentía bien.

Su mano se deslizó bajo el agua. Encontró la rodilla de Blake.

La expresión de Blake no cambió, pero Jordan sintió cómo se le tensaba el muslo. —Jordan —una advertencia.

—¿Qué? —Jordan puso cara de inocente—. No estoy haciendo nada.

Su mano subió un poco más.

Blake apretó la mandíbula. —Hay gente alrededor.

—¿Ah, sí? —Jordan miró alrededor con exagerada despreocupación. El jacuzzi ocupado más cercano estaba a buena distancia, y la pareja que había en él estaba demasiado ocupada entre sí—. No veo a nadie prestando atención.

Sus dedos encontraron el borde del bañador de Blake. Se colaron por debajo.

—Jordan —la voz de Blake se había vuelto ronca—. Si empiezas algo que no puedes terminar...

—¿Quién dice que no puedo terminarlo? —Jordan le rodeó la polla con la mano, ya engrosándose, pesada en su agarre, y sintió la brusca inspiración de Blake como una recompensa—. Soy muy bueno con las manos.

—Tu trabajo es diseño gráfico.

—Motricidad fina —Jordan mantuvo el brazo perfectamente quieto del codo para arriba, concentrando todo el movimiento en la muñeca y los dedos, donde el agua lo ocultaba. Cualquiera que mirara solo vería a dos hombres conversando.

Por encima de la superficie, nada parecía fuera de lugar. Solo dos hombres charlando, champán en mano. Por debajo, Jordan acariciaba a Blake con intención lenta y deliberada.

Había algo embriagador en aquello. Blake Whitmore, exitoso, autoritario, siempre con el control, agarrándose al borde del jacuzzi con los nudillos blancos por culpa de la mano de Jordan en su polla. Porque Jordan le estaba dando placer.

Jordan había pasado la mayor parte de su vida sintiéndose insuficiente.

No lo bastante exitoso, no lo bastante organizado, no el tipo de persona que pertenecía a lugares como aquel.

Pero ahora mismo, con la respiración de Blake entrecortándose y sus caderas moviéndose involuntariamente bajo las caricias de Jordan, sentía que quizás tenía algo que ofrecer después de todo.

—Vas a meternos en un lío a los dos —la voz de Blake sonaba tensa.

Jordan giró la muñeca. —¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Cuando volvamos a la cabaña... —la voz de Blake bajó, cargada de promesas—. Voy a deshacerte. Lentamente. Hasta que me lo supliques.

Una oleada de calor le recorrió el bajo vientre a Jordan. —Promesas, promesas.

—No es una promesa —los ojos de Blake brillaban intensos, hambrientos—. Es una garantía.

Jordan mantuvo el ritmo lento, deliberado, saboreando cada jadeo de Blake...

Y entonces su teléfono se iluminó en el borde del jacuzzi.

ALEX destelló en la pantalla.

La mano de Jordan se quedó paralizada.

La calidez lo abandonó tan rápido que lo dejó mareado. Un segundo antes había estado flotando, feliz, seguro, y ahora el nombre de su mejor amigo brillaba en la oscuridad como una acusación.

—Deberías contestar —dijo Blake. Su voz era cuidadosamente neutra.

Jordan se quedó mirando el teléfono. Tenía el estómago hecho un nudo de plomo.

Retiró la mano. Cogió el teléfono. —¡Hola! —demasiado alegre, demasiado fuerte—. Alex, hola.

—¡Tío! ¿Qué tal el viaje? ¿Mi padre ya te está aburriendo hasta la muerte?

La voz de Alex era tan familiar que dolía.

La misma voz que lo había guiado en los ataques de pánico de primero, que se había presentado con pizza y cerveza después de que suspendiera un examen, que jamás lo había hecho sentirse como un pobre desgraciado al que había que ayudar, aunque probablemente lo fuera.

Jordan no podía mirar a Blake.

—No, es... está bien. Muy bien.

—¿Sí? ¿No te está arrastrando a rollos aburridos de ricos?

—Esquí, sobre todo.

Jordan oyó su propia voz como si llegara de muy lejos.

—Me caí un montón.

—Clásico.

Alex se rio, y Jordan quiso que se lo tragara la tierra.

—Oye, quería saber cómo estabas. Sé que las fiestas pueden ser duras para ti, y todavía me siento fatal por dejarte tirado. El lanzamiento del producto ha sido una pesadilla, pero debería haber encontrado la manera.

Dios. Claro que Alex seguía pendiente de él. Alex se sentía culpable por dejarlo solo. Mientras tanto, Jordan estaba en un jacuzzi con el padre de Alex, achispado de champán y todavía medio empalmado de haberlo tocado.

—Estoy bien —logró decir Jordan—. De verdad. Tu padre ha sido... genial.

—Bien, bien. Dile que le mando saludos.

Una pausa.

—Te quiero, tío.

—Yo también te quiero.

Jordan colgó. El teléfono le pesaba en la mano como un cargo de conciencia.

Las luces de Navidad ya no parecían mágicas. Parecían chillonas. Cutres. El champán se le había agriado en el estómago.

Te quiero, tío.

Alex era su mejor amigo, su familia, la persona que había aparecido cuando Jordan no tenía a nadie más. Y Jordan se lo pagaba seduciendo a su padre en un jacuzzi en Nochebuena.

—Jordan.

La voz de Blake era suave.

Jordan no podía mirarlo.

—Necesito ir al baño.

Salió del jacuzzi antes de que Blake pudiera responder, cogió el albornoz con dedos entumecidos y echó a andar deprisa hacia los vestuarios. El aire frío le mordió la piel mojada. Notaba el pecho oprimido.

El vestuario estaba caldeado y vacío. Jordan encontró su taquilla, forcejeó con la combinación, sacó la ropa de un tirón.

Le temblaban las manos mientras se ponía los vaqueros sobre la piel húmeda. Lo estaba haciendo todo mal: sin toalla, el agua calándole la tela, pero no podía quedarse allí. No podía enfrentarse a Blake. No podía enfrentarse a lo que estaba haciendo.

Se escabulló por la salida trasera y salió casi corriendo hacia la cabaña.