Buscarse problemas (Papis de Hollybrooke nº 2) 7
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Fue breve, apenas un roce de labios fríos, un segundo.

A su alrededor, la pista continuaba con su bullicio: niños chillando, un instructor de esquí dando indicaciones, los bastones de alguien repiqueteando contra el suelo.

Nadie se fijó. A nadie le importaban dos hombres compartiendo un instante en la pista de principiantes.

Pero Jordan dejó escapar un gemido quedo y se inclinó hacia él, aferrándose con los dedos a la pechera de la chaqueta de Blake, y cuando Blake se apartó, Jordan tenía los ojos aturdidos.

Abiertos. Como si los muros que solía mantener alzados se hubieran derrumbado en algún momento entre la primera bajada y la última.

—Eso fue... —empezó Jordan, y negó con la cabeza.

Su sonrisa había vuelto, más amplia ahora, teñida de asombro.

—Deberíamos volver a la cabaña.

A Blake le gustó cómo sonaba eso.

—¿Sí?

—Sí.

Jordan vio su expresión y puso los ojos en blanco.

—Porque me estoy congelando y creo que las piernas están a punto de cederme.

Blake se rio, pero no soltó la cintura de Jordan.

—Me parece justo.

Para cuando llegaron a la cabaña, Jordan cojeaba.

—Me duele todo —gimió, desplomándose en el enorme sofá rinconera.

Blake se quitó la chaqueta y la colgó junto a la puerta. El fuego seguía encendido —lo había cubierto antes de salir— y la cabaña estaba cálida, casi aletargada.

—Mañana vas a estar dolorido.

—Ya estoy dolorido.

Jordan dejó caer la cabeza hacia atrás contra los cojines y cerró los ojos.

—Pero valió la pena.

Blake se acomodó en el sofá a su lado. Jordan se movió de inmediato, recostándose contra él como si fuera lo más natural del mundo. Como si llevaran años haciendo esto en lugar de horas.

Blake le pasó el brazo por los hombros. Jordan emitió un murmullo de satisfacción y se acurrucó más.

El fuego crepitaba. Afuera, la nieve volvía a caer, copos gruesos que flotaban frente a las ventanas. La cabaña estaba en silencio, salvo por el suave rumor de su respiración.

Blake no había planeado quedarse dormido. Pero Jordan estaba cálido contra él, y el fuego era hipnótico, y había pasado la mitad de la noche despierto pensando en todo lo que había sucedido. Se le cerraron los ojos. Solo un minuto, se dijo. Solo para descansar.

Despertó lentamente, por etapas.

Primero: calidez. El fuego se había consumido hasta las brasas, que brillaban anaranjadas en la penumbra de la cabaña, pero Jordan seguía pegado a él, un horno de calor corporal.

Afuera, la tarde se había vuelto suave y gris, la nieve cayendo en cortinas espesas frente a las ventanas.

La cabaña olía a humo de leña y pino, y a algo más profundo que era solo Jordan: sudor limpio y sueño y el rastro tenue de la colonia de Blake en el jersey que Jordan le había pedido prestado.

Se habían quedado dormidos en el sofá. Juntos. Como si fuera lo más natural del mundo.

Segundo: tacto. Dedos trazando patrones en su pecho, ligeros, curiosos.

Deslizándose sobre su clavícula, bajando por su esternón, volviendo a subir para rozarle la garganta.

Jordan había despertado antes que él. Había estado allí tumbado, tocándolo, esperando.

Aprendiendo la topografía del cuerpo de Blake como si estuviera trazando un mapa, memorizándolo.

Tercero: conciencia. Su cuerpo había respondido al tacto antes de que su mente reaccionara. Estaba duro, presionando contra los vaqueros, y por la forma en que esos dedos vacilaron —y luego continuaron su exploración con más intención—, Jordan lo había notado.

Blake abrió los ojos.

Jordan estaba apoyado en un codo, observándolo.

Despeinado y relajado tras el sueño, la luz de la tarde recortando los ángulos de su rostro, dorándole la piel.

El pelo era un desastre, aplastado de un lado y de punta del otro.

Las marcas en su cuello de la noche anterior se habían oscurecido hasta convertirse en verdaderos moretones.

Parecía satisfecho. Sin prisa. Como si hubiera sido feliz simplemente tumbado allí en el silencio, trazando la piel de Blake, esperando a que despertara.

Blake había imaginado esto. Más veces de las que quería admitir: Jordan en su espacio, en sus brazos, mirándolo con esos ojos.

Pero la fantasía nunca había incluido esta parte.

La ternura de todo aquello. La forma en que los dedos de Jordan seguían moviéndose incluso ahora, como si no pudiera dejar de tocarlo, como si el cuerpo de Blake fuera algo precioso que le hubieran dado permiso para explorar.

—Hola —susurró Jordan.

—Hola.

Los dedos de Jordan volvieron a recorrer el pecho de Blake, deteniéndose justo sobre la cinturilla. Alzó la mirada hacia él, pidiendo permiso. Todavía pidiendo, incluso ahora. Como si no estuviera seguro de tener derecho.

Blake asintió.

La mano de Jordan se deslizó bajo la cinturilla de los vaqueros y lo encontró ya duro. Blake contuvo el aliento cuando los dedos de Jordan se cerraron en torno a él y empezaron a acariciarlo despacio.

Sin prisa. Lánguido. La cabeza de Jordan en el hombro de Blake, su mano moviéndose en un ritmo constante, el fuego crepitando bajo.

Los cojines del sofá estaban cálidos debajo de ellos, la manta polar enredada en sus piernas.

Blake volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar por la sensación: la calidez de Jordan contra él, el placer acumulándose despacio, la intimidad de que lo tocaran así.

Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Como si aquello fuera solo una tarde de domingo, corriente y tranquila, los dos envueltos el uno en el otro mientras la nieve caía fuera.

La mano de Jordan aceleró ligeramente, y Blake gimió.

—¿Puedo...? —la voz de Jordan era áspera por el sueño y el deseo—. Quiero probarte.

A Blake se le cortó la respiración. Abrió los ojos. Jordan lo miraba con ojos oscuros, llenos de deseo, las mejillas sonrojadas, los labios ya entreabiertos. La necesidad en su expresión era descarnada, sin disimulo.

Esto iba a destrozarlo. Blake lo supo con repentina y absoluta certeza. No solo este momento: Jordan, todo. Blake había pasado años manteniéndose a raya, y Jordan iba a desarmarlo pieza por pieza, y Blake iba a dejarlo.

—Sí —logró decir Blake—. Sí.

Jordan se deslizó hacia abajo por el sofá, acomodándose entre las piernas de Blake con una avidez que le encogió el pecho.

Le bajó los vaqueros, liberándolo del todo, y luego simplemente miró durante un momento.

Su expresión era casi reverente: asombro y deseo y algo parecido a la incredulidad, como si todavía no pudiera creer que tuviera permiso para esto.

Blake conocía esa sensación.

Su mano buscó el pelo de Jordan —suave, algo enredado del sueño, tibio de haber estado apoyado contra el pecho de Blake— y Jordan se inclinó hacia la caricia como un gato. Entrecerró los ojos y giró la cabeza para depositar un beso en la palma de Blake.

La ternura del gesto le llegó a Blake muy hondo.

Entonces Jordan bajó la cabeza y recorrió con la lengua, despacio, toda la parte inferior de la polla de Blake.

Todo el cuerpo de Blake se estremeció. La boca de Jordan era cálida, húmeda y perfecta, y cuando lo tomó de verdad —los labios abriéndose en torno a él, bajando despacio— Blake tuvo que cerrar el puño en el pelo de Jordan para contenerse y no embestir.

Jordan gimió con el agarre, y la vibración hizo que Blake viera las estrellas.

Era diferente a la noche anterior. Más tranquilo, más lento, casi perezoso.

El fuego crepitaba, las brasas se asentaban con sonidos suaves.

La nieve repiqueteaba contra las ventanas.

La manta se había escurrido al suelo, pero ninguno de los dos se movió a recogerla.

Y Jordan se lo hacía con atención concentrada, aprendiendo qué hacía jadear a Blake, qué le hacía temblar las caderas, qué le hacía apretar los dedos en el pelo de Jordan.

Blake también había imaginado esto, a altas horas de la noche en su dormitorio vacío. Jordan de rodillas. La boca de Jordan. Pero siempre lo había imaginado frenético, desesperado —una fantasía rápida para correrse antes de que llegara la culpa.

Nunca se había permitido imaginar esto: el descubrimiento lento y dulce. Jordan apartándose para lamer la punta y volviendo a hundirse. La mano de Jordan enroscándose en la base, encontrando un ritmo. Jordan tarareando de placer como si esto fuera algo que deseaba, no solo algo que daba.

Blake le acarició el pelo a Jordan, apartándole los mechones de la cara para poder mirar. Los ojos de Jordan se alzaron hacia los suyos, y la imagen —Jordan mirándolo así, con la boca abierta en torno a la polla de Blake, sonrojado y ansioso y tan jodidamente guapo— hizo gemir a Blake.

—Qué bien lo haces —murmuró Blake; las palabras se le escaparon antes de poder contenerlas—. Eres tan bueno.

Jordan gimoteó, y sus caderas se movieron contra el sofá. Blake bajó la mirada y vio que Jordan estaba empalmado, restregándose ligeramente contra el cojín, poniéndose a cien con aquello. Poniéndose a cien chupándole la polla a Blake, con los elogios, con ser bueno para él.

Algo caliente y posesivo se le enroscó en el pecho a Blake.

Le tiró suavemente del pelo a Jordan. Jordan se apartó, jadeando, con los labios húmedos, hinchados y obscenos.

—Tócate —dijo Blake—. Quiero mirarte.

Jordan soltó un gemido desesperado y se llevó la mano a la polla, acariciándose deprisa.

Volvió a meterse a Blake en la boca, y el ritmo era más desordenado ahora —distraído, urgente.

Blake mantuvo una mano en el pelo de Jordan, guiándolo, sintiendo los mechones suaves deslizarse entre sus dedos.

La cabaña estaba en silencio salvo por los sonidos húmedos de la boca de Jordan, el crepitar de las brasas, los gemidos ahogados de Jordan.

Todo el cuerpo de Jordan temblaba. Su mano se aceleró entre las piernas, y Blake lo sintió gemir en torno a su polla —sintió la vibración por todas partes. La mano libre de Jordan le agarraba el muslo con fuerza suficiente para dejarle cardenales, como si necesitara algo a lo que aferrarse.

Entonces Jordan se estremeció, con las caderas sacudiéndose, y se corrió con un sonido roto, derramándose sobre su puño.

Blake observó cómo se le arqueaba la espalda, cómo se le aflojaba la boca en torno a su polla, los sonidos desesperados que hacía.

Observó a Jordan deshacerse y pensó: mío. Esto es mío ahora.

Aquello llevó a Blake al límite.

—Jordan... —Le tiró del pelo, intentando apartarlo.

Jordan no se apartó. Lo miró, con los ojos oscuros, vidriosos y llenos de deseo, y se lo metió más hondo.

Blake se corrió con un gemido, y Jordan tragó en torno a él —siguió tragando, llevándolo hasta el final, sin parar hasta que Blake temblaba.

La sensación era abrumadora, el placer subiendo y subiendo, pero fue la certeza lo que lo deshizo por completo: Jordan había querido esto.

Había elegido quedarse, tomarlo, tragárselo como si hubiera estado esperando la oportunidad.

Como si el placer de Blake fuera algo que Jordan ansiaba.

La polla de Blake dio un último espasmo, hipersensible, y tuvo que apartar a Jordan antes de perder la cabeza del todo.

Jordan gateó por el sofá y se desplomó contra el pecho de Blake, sin aliento.

—No quería... —La voz de Jordan sonaba amortiguada contra el cuello de Blake—. Iba a hacerte acabar primero, pero luego empezaste a hablar y yo...

Blake le levantó la cara a Jordan y lo besó despacio y profundo.

—Ha sido lo más excitante que he visto en mi vida.

Jordan tenía la cara sonrojada. Parecía que quería protestar, pero Blake lo besó de nuevo antes de que pudiera.

Se quedaron allí un rato, enredados en el sofá, dándose besos perezosos. Blake se sentía relajado y cálido, con esa satisfacción desconocida asentándose cada vez más hondo en el pecho.

Al final, Jordan se movió —e hizo una mueca.

—¿Dolorido?

—Sí, por todas partes —gimió Jordan—. Creo que mis piernas se han declarado en huelga. Necesito una ducha caliente.

Blake le dio un beso en la sien.

—El resort tiene jacuzzis al aire libre junto al spa. Van bien para los músculos doloridos. Y te traen champán.

Jordan levantó la cabeza.

—¿Champán en un jacuzzi?

—Es Navidad —Blake le recorrió la columna con un dedo—. Date un capricho.

—Me estás mimando.

—Esa es la idea.

La expresión de Jordan vaciló —algo vulnerable bajo la broma. Como si todavía no estuviera acostumbrado a que alguien quisiera darle cosas.

Blake lo atrajo para darle otro beso.

—Venga. Vamos a que entres en calor.