3 #2
El Crimson Room era exactamente lo que Blake necesitaba: iluminación tenue, reservados de cuero, ese tipo de elegancia informal que hacía que nadie les prestara atención.
Saludó con un gesto a Nate, que estaba detrás de la barra: los brazos tatuados asomando bajo los puños remangados, mirada aguda y perspicaz, el tipo de camarero que recordaba la bebida de cada cliente y guardaba los secretos de todos.
—Señor Whitmore —Nate los miró a ambos con evidente curiosidad—. No sabía que estaba aquí esta semana. ¿Qué le pongo?
—Whisky solo. Balvenie, si tiene —Blake miró a Jordan—. ¿Tú qué quieres?
—Una cerveza. Lo que tengan de barril.
Blake observó a Jordan repasar la carta, vio cómo sus ojos se detenían en los precios y enseguida los apartaba. Estaba haciendo cuentas, Blake lo notaba. Calculando qué podía permitirse, qué podía justificar.
Se sentaron en un reservado cerca del fuego. Jordan se acomodó frente a él, aferrándose a la cerveza como a un salvavidas, todavía sin atreverse a mirarle a los ojos.
Blake dio un sorbo a su whisky, observando a Jordan por encima del borde del vaso. La luz del fuego acariciaba la línea afilada de su mandíbula, el trazo oscuro de sus pestañas. Era guapo, y claramente no tenía ni idea.
—Bueno —Blake carraspeó—. Háblame del negocio. Alex dice que te va muy bien.
Jordan parpadeó, claramente pillado por sorpresa con el cambio de tema.
—Ah. Pues... bien. Mucho trabajo. Conseguí tres clientes nuevos el mes pasado, lo cual es... es mucho, pero en el buen sentido.
—¿Qué tipo de trabajo?
—Branding, sobre todo. Diseño de logotipos, identidad visual, ese tipo de cosas —la postura de Jordan se iba relajando a medida que hablaba—.
Uno de ellos es una ONG de defensa del derecho a la vivienda, lo cual...
bueno, no pueden pagar mucho, pero el trabajo merece la pena.
Y otro es una cervecería que quiere una estética vintage total, lo cual es divertido porque puedo investigar tipografía antigua y...
Se cortó en seco, con las mejillas encendidas.
—Perdona. Seguro que te estoy aburriendo.
—Qué va —Blake lo decía en serio. Había algo magnético en Jordan cuando hablaba de su trabajo: cómo se le iluminaba la cara entera, cómo desaparecía su timidez—. Lo entiendo. Esa sensación cuando un proyecto encaja exactamente como lo habías imaginado.
—Sí —los ojos de Jordan se encontraron con los suyos, sorprendidos—.
Sí, exactamente. Como... con lo de la cervecería, estuve semanas dándole vueltas con ellos al concepto, y de repente encajó.
Un revival Art Déco perfecto con unos tonos cobrizos preciosos, y cuando les enseñé las maquetas finales, aplaudieron. Literalmente.
—Esa es la mejor parte del trabajo. Cuando alguien ve lo que has creado y resulta ser exactamente lo que no sabía que quería.
Jordan lo miraba fijamente, con una expresión indescifrable.
—No sabía que lo vieras así.
—¿Qué, pensabas que los arquitectos éramos calculadoras con título de dibujo técnico?
A Jordan se le escapó una carcajada: genuina, espontánea.
—¿Un poco? Alex siempre lo hacía sonar muy... técnico.
—Alex piensa que todo lo que no sean ventas es técnico —Blake dio un sorbo a su whisky—.
No le falta razón. Hay muchas matemáticas.
Pero también está ese momento en que estás de pie en un edificio que diseñaste, y la luz entra exactamente como la habías planeado, y alguien atraviesa el espacio y puedes ver cómo lo siente. Eso no son matemáticas.
El momento quedó suspendido entre ellos, cálido y extraño. Jordan tenía los labios ligeramente entreabiertos, los ojos fijos en el rostro de Blake, como si buscara algo.
Aquello era peligroso. Blake tenía que dar un paso atrás.
Pero no conseguía apartar la mirada.
—Bueno —Blake dejó su vaso—. Probablemente deberíamos hablar del tema que estamos evitando.
Jordan palideció.
—Creí que habíamos quedado en no…
—Eso no —Blake no pudo evitar una pequeña sonrisa ante el pánico de Jordan—. Me refiero a que llevas haciendo cálculos mentales con los precios del menú desde que nos sentamos.
Jordan se ruborizó.
—No es verdad.
—Sí lo es. Y quiero dejarte algo claro —Blake le sostuvo la mirada—. Este viaje corre de mi cuenta. La cabaña, las comidas, todo. Estás aquí como mi invitado, y no voy a dejar que te pases la semana preocupado por lo que te puedes permitir.
—Blake, no puedo dejar que tú…
—Puedes, y lo harás —la voz de Blake sonó firme—. Esto no es caridad, Jordan. Es hospitalidad. Estás aquí porque quería compañía esta semana, y no voy a dejar que pidas ensaladas de acompañamiento porque los platos principales te parecen demasiado caros.
Jordan abrió la boca, volvió a cerrarla. Tragó saliva.
—Sé que odias sentir que le debes algo a alguien —continuó Blake, con voz más suave—. Pero no me debes nada. Prefiero que disfrutes de verdad.
Durante un largo momento, Jordan no dijo nada. Luego, en voz baja:
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te importa si disfruto?
La pregunta quedó flotando en el aire entre ellos. Blake podría dar una respuesta segura. Podría decir algo de que Jordan era amigo de Alex, de querer que todos lo pasaran bien, del espíritu navideño o lo que fuera.
En cambio, dijo:
—Porque mereces que cuiden de ti. Y nunca dejas que nadie lo haga.
Jordan contuvo el aliento. Tenía los ojos muy abiertos, la luz del fuego bailando en ellos, y Blake pudo ver el momento en que las palabras calaron: cómo todo el cuerpo de Jordan se quedó inmóvil, cómo sus labios se entreabrieron, cómo algo crudo y anhelante asomó a su rostro antes de que lo reprimiera.
—Yo no… —empezó Jordan, y se detuvo. Tragó con dificultad—. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada —Blake cogió de nuevo su whisky con estudiada naturalidad, dándole a Jordan espacio para recuperarse—. Solo déjame invitarte a cenar. Y quizás a un filete decente en lugar de la comida de conejos que pensabas pedir.
Jordan soltó una risa temblorosa.
—No pensaba pedir comida de conejos.
—Estabas mirando la ensalada de la casa.
—Es una ensalada muy buena.
—Pide el chuletón, Jordan.
Algo cambió en la expresión de Jordan: un ablandamiento, una rendición.
—Vale —dijo en voz baja—. El chuletón.
Blake llamó al camarero y pidió para los dos: el chuletón para Jordan, el salmón para él. Jordan lo observó con una expresión que Blake no logró descifrar del todo.
Después hablaron de cosas más fáciles. El complejo, las condiciones para esquiar, la amistad de Blake con Hayes. Jordan se fue relajando poco a poco, los hombros dejaron de estar tensos junto a las orejas, la risa le salía con más facilidad. Para cuando llegó la comida, casi parecía el de siempre.
Casi. De vez en cuando, Blake pillaba a Jordan observándolo: miradas rápidas y furtivas que se apartaban en cuanto Blake se daba cuenta. La tensión entre ellos no había desaparecido. Solo estaba… esperando.
Blake podía ser paciente.
La puerta del bar se abrió y Blake levantó la vista.
Tyler entró. Tyler Flynn, pura energía de cachorro y encanto natural. Veintitrés años, objetivamente guapo, y en ese momento recorriendo la sala con la mirada como si buscara a alguien.
Su mirada se posó en el reservado de ellos. En Jordan.
El rostro de Tyler se iluminó y echó a andar hacia ellos.