2
Abrió un navegador de incógnito, entró en su sitio habitual y fue directo a favoritos. No necesitaba buscar. Sabía exactamente qué vídeo quería: el que había visto docenas de veces, al que volvía siempre que necesitaba algo seguro.
Hizo clic, lo silenció y se acomodó una almohada en la espalda mientras cargaba.
El vídeo empezaba en un dormitorio con luz suave, un chico de la edad de Jordan sentado en el borde de una cama. El hombre mayor estaba de pie frente a él: pelo plateado, mandíbula fuerte, esa seguridad que solo dan la edad y la experiencia. Le tomó el rostro al chico y se lo levantó.
Jordan se sabía el diálogo de memoria. Has estado pensando en esto, ¿verdad?
Pensando en lo que te haría. En la pantalla, los labios del chico más joven se movieron en respuesta: Sí.
No podía parar. Y los labios del hombre mayor esbozaron una sonrisa que Jordan había reproducido más veces de las que quería admitir.
Muéstramelo.
La mano de Jordan bajó para tocarse por encima de los vaqueros.
El chico en la pantalla forcejeó con los pantalones y se los bajó. Ya estaba duro, la polla enrojecida y goteando, y cuando el hombre mayor se la rodeó con la mano, abrió la boca en un jadeo que Jordan no podía oír pero no necesitaba. Conocía el sonido de todas formas.
Jordan se bajó la cremallera de los vaqueros, se los bajó lo justo para sacarse la polla. Ahora estaba completamente duro, palpitante, y se la rodeó con la mano soltando una exhalación temblorosa.
Llevaba años viendo vídeos como ese. Había descubierto esa categoría en la universidad, una noche a altas horas en su habitación de la residencia, y algo encajó en su sitio.
No solo el sexo, aunque eso era parte, sino la dinámica.
Cómo el hombre mayor se movía con tanta seguridad, como si supiera exactamente lo que quería y exactamente cómo conseguirlo.
Cómo el chico más joven podía dejar de pensar, dejar de cuestionarse, dejar de estar al mando de todo por una vez.
Jordan había intentado salir con chicos de su edad. Una serie de rollos en la universidad, uno o dos novios después. Chicos bastante majos, pero siempre parecía que los dos iban a tientas, sin que ninguno supiera quién debía llevar la iniciativa.
Jordan se había pasado la vida entera cargando con responsabilidades: trabajando mientras estudiaba, ayudando a su madre con las facturas, montando un negocio de la nada. Estaba tan cansado de tener el control. De tener que resolverlo todo solo. Incluso en algo como esto.
Lo que quería, lo que realmente quería, en el fondo, era alguien que simplemente... tomara el control. Alguien con la seguridad suficiente para decirle qué hacer, qué sentir, cuándo dejarse llevar. Alguien que supiera lo que era bueno para él mejor de lo que él mismo se conocía.
Había pasado mucho tiempo avergonzándose de eso. Había intentado convencerse de que era solo una fase, solo una fantasía, nada que quisiera de verdad en la vida real.
Pero luego estaba Blake...
En la pantalla, el hombre mayor acariciaba al chico lentamente, los labios formando palabras que Jordan se sabía de memoria: Así, cariño, qué precioso estás así, y Jordan se acarició al mismo ritmo, dejando que los ojos se le cerraran a medias, dejando que la fantasía se difuminara.
Ya no era en el chico de la pantalla en quien pensaba.
Era Blake. Las manos de Blake, grandes y seguras, rodeando la polla de Jordan en lugar de una botella de vino. La voz de Blake en su oído, grave y autoritaria: «Así. Justo así. Lo estás haciendo muy bien».
Jordan se mordió el labio para no hacer ruido. Sus caderas se alzaron contra su propio puño, follándose el cerco apretado de sus dedos.
Por fin dejó que sus fantasías volaran.
Pensó en Blake tumbándolo en esa cama ridícula, cubriendo el cuerpo de Jordan con el suyo.
Pensó en cómo se sentiría Blake encima de él, pesado y sólido y cálido.
El peso de él, inmovilizándolo. Sujetándolo ahí para que Jordan no pudiera revolverse, no pudiera darle vueltas a nada, no pudiera hacer otra cosa que recibirlo.
Pensó en la boca de Blake en su cuello, las manos de Blake sujetándole las muñecas por encima de la cabeza. Blake decidiendo lo rápido, lo lento, cuánto. Jordan no tendría que pensar en nada. No tendría que estar al mando. Simplemente podría... dejarse llevar. Dejar que Blake cuidara de él.
La polla le palpitó. Estaba goteando sobre sus propios dedos, facilitando el deslizamiento, y se acarició más rápido, buscando el clímax. En la pantalla, el chico más joven suplicaba ya, desesperado, y los labios del hombre mayor formaron palabras que Jordan había memorizado: Todavía no. Aguanta.
Blake diciendo eso. Blake haciéndolo esperar, negándoselo hasta que Jordan estuviera temblando, hasta que hiciera cualquier cosa, dijera cualquier cosa. La mano de Blake en su pelo, echándole la cabeza hacia atrás, esa voz grave en su oído: No te corres hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?
Y Jordan asentiría, desesperado, porque Blake sabía lo que le convenía. Blake cuidaría de él. Blake le diría cuándo.
Todo el cuerpo de Jordan se tensó. Estaba cerca, tan cerca, justo al borde...
Las luces se apagaron.
Jordan se quedó inmóvil, la mano en la polla, mientras la habitación se sumía en la oscuridad.
Por un momento solo pudo oír su propia respiración entrecortada, el corazón retumbándole en los oídos. El vídeo seguía reproduciéndose, la pantalla del teléfono proyectando un resplandor azul sobre su rostro...
—¿Jordan? —la voz de Blake llegó desde la sala principal. Pasos. Acercándose—. Se ha ido la luz. Debe de ser la tormenta. Me vendría bien una mano aquí.
Jordan sacó la mano de los pantalones, intentando frenéticamente colocarse. —¡Ya voy! —Nunca mejor dicho—. ¡Un segundo!
Se metió el teléfono en el bolsillo, se subió la cremallera de los vaqueros con manos temblorosas —gracias a Dios por los cortes holgados— y abrió la puerta.
Blake estaba en el pasillo, la luz del fuego bailando sobre sus rasgos, reflejándose en las canas de sus sienes. Se parecía tanto al hombre del vídeo que a Jordan se le fundió el cerebro por un momento.
—La caja de fusibles está fuera —dijo Blake—. En la parte de atrás de la cabaña. Necesito que me alumbres mientras reviso el panel.
—Claro. Sí. Por supuesto.
Blake ya se dirigía hacia la puerta trasera, cogiendo el abrigo del perchero. Jordan lo siguió, metiéndose en las botas, y el aire frío lo golpeó como una bofetada cuando Blake abrió la puerta.
Afuera, el mundo se había vuelto silencioso y blanco.
La nieve seguía cayendo, copos gruesos que flotaban en la oscuridad, atrapando el tenue resplandor de las luces navideñas que adornaban las cabañas vecinas.
Los pinos estaban cargados de nieve, las ramas dobladas bajo el peso, y a lo lejos Jordan oía el sonido amortiguado de villancicos que llegaban desde el albergue principal.
El cielo tenía ese gris violáceo tan propio de las noches de invierno, las nubes bajas y densas, y el aliento de ambos se condensaba en el aire.
Era hermoso. Dolorosa, absurdamente hermoso, como una postal navideña que hubiera cobrado vida.
La caja de fusibles estaba cubierta de nieve. Blake la limpió con la mano desnuda —por supuesto que no se había puesto guantes— y la abrió, entrecerrando los ojos para ver los interruptores del interior.
—No veo ni torta —miró a Jordan—. ¿Puedes iluminar esto?
—Sí, claro.
Jordan se acercó y sacó el móvil.
La caja de fusibles estaba metida en un hueco donde apenas cabía una persona, y Blake no retrocedió para hacerle sitio.
Jordan tuvo que apretujarse a su lado, hombro con hombro, tan cerca que podía oler la colonia de Blake mezclada con el aire frío de la noche.
Tan cerca que sentía el calor que irradiaba el cuerpo de Blake a través de los abrigos.
Esto estaba bien. Totalmente bien. Solo tenía que encender la linterna y no pensar en lo cerca que estaban, ni en lo que había estado haciendo un minuto antes, ni en que su polla todavía no se había enterado del todo de que la fantasía había terminado.
Levantó el móvil entre los dos, con el pulgar buscando el botón de la linterna...
Y allí, brillando en la oscuridad como un letrero de neón del infierno, estaba su pantalla de bloqueo.
Con la miniatura del vídeo justo. Jodidamente. Ahí.
PAPI CALIENTE DOMINA A JOVENCITO.
Y debajo, la miniatura de un hombre canoso con el puño cerrado en el pelo de un chico más joven, congelados a mitad de escena en un momento que no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
La pantalla proyectaba un resplandor pálido sobre los rostros de ambos. Sobre la caja de fusibles. Sobre la nieve que caía suavemente a su alrededor.
Jordan soltó un sonido como de animal moribundo y apartó el móvil de un tirón tan fuerte que tropezó y casi se cayó en la nieve.
Su pulgar golpeaba frenéticamente la pantalla, tratando de cerrar aquello, de hacerlo desaparecer, pero le temblaban tanto las manos que no atinaba a pulsar los botones correctos.
—Eso no es... yo no estaba... no es lo que... —las palabras le salieron a borbotones, en un torrente de pánico—. Solo estaba... se fue la luz y yo estaba... no quería...
Por fin consiguió deslizar el dedo y cerrar la vista previa, pero el daño estaba hecho. El daño estaba tan catastróficamente hecho.
Blake no se había movido. No había dicho nada. Simplemente estaba allí plantado, inmóvil como una estatua, mientras toda la vida de Jordan se derrumbaba a su alrededor.
—Puedo explicarlo —dijo Jordan, aunque no podía explicarlo en absoluto—. Solo era... en realidad yo no estaba...
—No te tenía por el tipo al que le van los jovencitos —dijo Blake con voz tranquila.
El cerebro de Jordan se quedó en blanco.
—No me... eso no es... a mí me van los papis, no...
Se oyó a sí mismo decirlo.
Oyó cómo la palabra caía en el aire frío de la noche, entre los dos.
Vio cómo la expresión de Blake cambiaba —sorpresa, luego algo más, algo que Jordan no supo descifrar— y fue entonces cuando el cerebro de Jordan por fin alcanzó a su boca y se dio cuenta de que Blake había estado bromeando.
Que había sido una evasiva, una forma de pasar de largo la incomodidad, y Jordan acababa de...
Oh, Dios.
Oh, Dios.
Acababa de decirle al padre de su mejor amigo que le iban los hombres como él. En voz alta. A pecho descubierto.
Jordan cerró la boca de golpe, tan rápido que le castañetearon los dientes, pero era demasiado, demasiado tarde para eso.
El silencio que siguió fue el silencio más ruidoso de toda la vida de Jordan.
La nieve seguía cayendo a su alrededor, suave y apacible. Noche de paz seguía sonando desde el albergue, dulce y serena. Una brisa ligera susurraba entre los pinos. En algún lugar, los demás huéspedes probablemente estaban pasando una velada encantadora.
Jordan quería adentrarse en el bosque y no volver jamás.
Blake hizo un ruido. Podría haber sido una tos. Podría haber sido otra cosa. Los hombros le temblaban ligeramente, y cuando se volvió de nuevo hacia la caja de fusibles, Jordan alcanzó a ver su perfil en la tenue luz.
El muy cabrón se estaba riendo. Se estaba riendo sin ninguna duda, y hacía todo lo posible por disimularlo.
—La linterna, por favor —dijo Blake con voz cuidadosamente controlada. Demasiado controlada.
Jordan encendió la linterna con dedos temblorosos y la apuntó hacia la caja de fusibles, con la mirada fija al frente, la cara ardiéndole tanto que podría haber derretido la nieve a su alrededor.
No dijeron nada más.
Blake revisó los fusibles, movió algunos interruptores, emitió ruiditos pensativos que Jordan fue incapaz de procesar porque toda su consciencia se había convertido en una única nota estridente de mortificación.
Después de lo que parecieron diecisiete años, algo hizo clic y las luces de la cabaña volvieron a encenderse.
—Ya está —dijo Blake—. Seguramente ha sido el temporal, que ha hecho saltar el diferencial. Ya debería funcionar.
—Genial —logró decir Jordan—. Eso es. Genial. Voy a...
No terminó la frase. Simplemente se dio la vuelta y volvió hacia la cabaña todo lo rápido que pudo sin llegar a correr, dejando a Blake plantado junto a la caja de fusibles en la nieve.
Consiguió entrar. Consiguió llegar al pasillo. Consiguió llegar a su preciosa habitación de invitados de lujo, con su suelo radiante y su ducha de lluvia y su cama extragrande que nunca, nunca iba a volver a abandonar.
Cerró la puerta tras de sí, se apoyó en ella y se dejó caer hasta el suelo.
Feliz Navidad para él.