Buscarse problemas (Papis de Hollybrooke nº 2)
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1
La cabaña era ridícula.
Jordan se quedó en el umbral de Cedar Cabin mientras la nieve se derretía de sus botas sobre el suelo de pizarra calefactado —calefactado, porque no fuera a ser que los pies de un rico tocaran baldosas frías— e intentó no sentirse como un impostor.
Había visto habitaciones de hotel más pequeñas que aquel recibidor.
Había vivido en apartamentos más pequeños que aquel recibidor.
Los ventanales daban al bosque de pinos, ya salpicado de blanco por la nevada de la tarde.
La cocina resplandecía con encimeras de mármol y electrodomésticos de acero inoxidable que probablemente costaban más que su sueldo anual.
Era la primera vez que pisaba Hollybrooke. Alex llevaba años invitándolo —ven en Navidad, será divertido— pero Jordan siempre había encontrado excusas. Demasiado trabajo. No podía dejar sola a su madre.
La verdad era más sencilla: le aterrorizaba la idea de pasar una semana rodeado de una riqueza que ni siquiera podía fingir que entendía.
Pero este año Alex había insistido tanto que aquí estaba—
—¿Jordan?
Se giró y el estómago se le cayó a los pies.
Blake Whitmore estaba en la cocina, vaciando una bolsa de la compra.
El padre de Alex tenía las gafas de lectura subidas sobre el pelo entrecano —porque, por lo visto, el universo había decidido que Jordan no había sufrido bastante aquel día—.
Llevaba un jersey de ochos gris marengo que le hacía cosas a los hombros.
Levantó la vista y sonrió, cálido y relajado.
Jordan iba a matar a Alex. Lentamente. Con sus propias manos.
—Señor Whitmore. —La voz de Jordan salió más ronca de lo que esperaba—. No sabía que estaba...
—¿Ya ha llegado Alex?
—Blake. Tienes veinticuatro años, no catorce.
Blake dejó una botella de vino —de aspecto caro, etiqueta francesa— y lo miró a los ojos.
—Alex ha tenido que volver a Seattle. Una urgencia del trabajo. ¿No te ha escrito?
Jordan buscó el móvil a tientas, agradecido de tener algo que hacer con las manos. Tres mensajes de Alex que se había perdido durante el viaje. papá está ahí, urgencia en el curro. lo siento tío te toca aguantarlo toda la semana. no dejes que te obligue a beber su vino pretencioso.
El estómago le dio un vuelco. Una semana. A solas. Con Blake.
Vale. Vale, no pasaba nada. Simplemente...
iría a su habitación. Desharía la maleta.
Se quedaría allí el resto de la semana. No tenían que hacer vida juntos ni nada.
Podía ser educado en las comidas y desaparecer el resto del tiempo.
Seguro que Blake tampoco tenía ganas de hacer de canguro del amigo de su hijo.
—Ah. —Jordan se guardó el móvil en el bolsillo—. Puedo... buscaré un hotel o algo. No quiero molestar...
—No digas tonterías. Has conducido tres horas con este tiempo.
Blake sacó otra botella y la colocó en el botellero con soltura.
—Te quedas.
Jordan observó sus manos —anchas, capaces, manos que sabían construir cosas— y se obligó a apartar la mirada.
Conocía a Blake desde hacía años. Lo había visto en la graduación de Alex, en cenas familiares, en una docena de encuentros breves en los que Blake había sido educado y distante y fácil de ignorar.
Alex le había contado la historia en el instituto: sus padres se separaron cuando su padre salió del armario, todo muy civilizado, los dos seguían presentes en su vida.
Jordan no le había dado muchas vueltas en su momento.
Era demasiado joven para que le importara.
Luego Jordan había descubierto que él también era gay. Y había empezado a fijarse en Blake en aquellas cenas familiares.
Fue entonces cuando aquello se convirtió en un Problema con P mayúscula.
—Hay espacio de sobra —decía Blake—. Y la verdad es que me vendría bien la compañía. Esto es demasiado silencioso cuando estás solo.
Claro. La habitación. Debería ir a su habitación. Ya. Antes de que aquello fuera a peor.
—Seguramente debería... —empezó.
—¿Quieres beber algo? —preguntó Blake, como si Jordan no hubiera abierto la boca—. Tengo vino, whisky, chocolate caliente si prefieres no beber. La carretera hasta aquí es infernal; te mereces una copa.
Di que no. Di no, gracias, y vete a tu habitación como una persona normal.
—Eh... ¿Whisky?
Maldita sea.
Blake sonrió.
—Buena respuesta.
En su vida había agradecido tanto tener un vaso en la mano. Algo que sujetar. Algo en lo que fijar la vista que no fueran los antebrazos de Blake mientras se movía por la cocina: sacando vasos, sirviendo el líquido ambarino, añadiendo un cubito de hielo perfecto a cada uno.
Porque Blake Whitmore era exactamente el tipo de Jordan.
Mayor, seguro de sí mismo, triunfador. El tipo de hombre que parecía tener la vida resuelta.
Jordan había pasado años esforzándose por no pensar en Blake de esa manera: apartando la mirada en las fiestas de Alex, marchándose pronto cuando Blake aparecía en bañador.
Y ahora estaba plantado en la cocina de Blake aceptando whisky en lugar de huir a lugar seguro como haría cualquier persona con un mínimo instinto de supervivencia.
Una copa. Ser educado. Y luego escapar.
—Bueno... —Blake le pasó el vaso y sus dedos se rozaron. A Jordan se le erizó la piel—. Sé que esto no es lo que esperabas. Una semana con el padre de tu mejor amigo en una cabaña demasiado elegante.
—Es una cabaña muy elegante —admitió Jordan.
Blake se rio, una risa cálida y sorprendida, y Jordan la sintió en algún lugar detrás de las costillas.
Se obligó a dar un sorbo de whisky en lugar de hacer algo estúpido como quedarse mirando la boca de Blake.
El sonido de aquella risa iba a quedarse en su cabeza durante semanas.
Meses, probablemente. Iba a pensar en ella en su apartamento de mierda en Denver, solo en la cama, y se odiaría por ello.
Termina la copa. Pon una excusa. Vete—
—Buen punto. —Blake hizo girar el vaso, apoyado en la encimera—. Alex me ha dicho que nunca has estado en una estación de esquí.
Jordan se tensó.
—¿Habla de mí?
—Habla de todo. Lo quiera oír o no. —El tono de Blake era seco, afectuoso—. Sé que eres diseñador, que eres de Denver, que eres alérgico a los gatos y que tienes... ¿cómo era?... «un gusto preocupantemente malo en películas».
Jordan soltó un gemido antes de poder evitarlo. —Me gustó una película de Nicolas Cage.
—Alex me lo contó.
—Fue irónico.
—Claro. —A Blake se le arrugaron las comisuras de los ojos, y Jordan se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo.
Genial. Así que Alex le había estado contando a su padre buenorro las vergüenzas cinematográficas de Jordan. Perfecto. Todo estaba perfecto.
Y ahora Blake Whitmore estaba de pie en una cocina iluminada por el fuego, vacilándole por sus gustos de cine. Como si fueran amigos. Como si fueran algo más que dos desconocidos educados cuyo único vínculo era Alex.
Esto es peligroso. Vete. Ahora.
—Para que lo sepas —añadió Blake—, tengo un gusto pésimo en música. Pregúntale a Alex algún día. Ya te lo contará.
No preguntes. No sigas el juego. Solo asiente y—
—¿Qué tipo de terrible?
Joder, Jordan.
—Sintetizadores de los ochenta. Sin ironía.
Jordan resopló sin poder evitarlo. —Vale, eso sí que es bastante malo.
—¿Ves? Estamos en paz.
Blake dio un sorbo a su whisky, y Jordan observó cómo la luz del fuego le bailaba en el rostro. La línea firme de su mandíbula. La elegante columna de su garganta al tragar.
Fantástico. Blake no solo estaba para morirse, también era gracioso. Jordan iba a morir allí. Encontrarían su cuerpo en primavera.
Vale. Ya basta. Tienes que irte antes de decir algo que no puedas retirar.
—Debería ir a deshacer la maleta —tanteó Jordan, calculando ya el camino hacia el pasillo.
—Claro. —Blake asintió.
Oh, gracias a Dios. Jordan dio un paso atrás...
—¿Esquías?
No respondas. Solo asiente y vete.
—La verdad es que nunca he esquiado.
POR QUÉ SIGUES HABLANDO.
Blake arqueó las cejas. —¿Nunca? ¿Alex no te avisó de dónde te metías?
—Puede que mencionara algo de «no morir en las pistas para principiantes». —Jordan debería haberse callado ahí. Pero no, su estúpida boca siguió—: Seguro que le pillo el truco. O al menos seré un espectáculo divertido rodando montaña abajo.
Blake volvió a reírse, y algo se revolvió en el pecho de Jordan.
—Podría enseñarte —se ofreció Blake—. Si te apetece. No tengo nada planeado esta semana, y la pista de principiantes es bastante fácil, la verdad.
Y ahora Blake se ofrecía a pasar más tiempo con él. Clases privadas de esquí. Los dos solos. La parte del cerebro de Jordan que llevaba un rato intentando huir quería sentarse a llorar. —Eso es... no tienes por qué...
—Me apetece. —La voz de Blake sonaba cálida. Sincera—. Podría estar bien.
Di que no. Invéntate una excusa. Dile que has decidido quedarte en la cama toda la semana.
—Sí. Vale.
JORDAN.
Blake sonrió, y a Jordan se le dio un vuelco el estómago.
Esto era exactamente lo que Jordan había temido.
No la cabaña elegante, no la riqueza que no alcanzaba a comprender, sino esto.
Estar de pie en una cocina cálida con la nieve cayendo fuera, bromeando con un hombre al que llevaba años deseando, haciendo planes como si fueran amigos.
Como si esto fuera el principio de algo.
Pero no lo era. No podía serlo. Blake era el padre de Alex, y Jordan solo era el amigo que había venido a pasar la Navidad, y nada de esto significaba lo que su traicionero cerebro quería que significara.
Se dio cuenta de que Blake lo estaba observando. Esos ojos grises serenos, que veían demasiado.
—¿Estás bien? —preguntó Blake—. Pareces un poco...
A Jordan le ardió la cara. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándolo? ¿Qué cara habría puesto?
Ya estaba. Si no se iba ahora, iba a hacer algo catastróficamente estúpido.
—Solo cansado. —Dejó el vaso demasiado rápido y el whisky salpicó—. El viaje ha sido largo. Debería... ducharme. Deshacer la maleta. Ya sabes. —Ya estaba retrocediendo hacia el pasillo.
—Por supuesto. —Si Blake notó las repentinas ganas desesperadas de Jordan de salir huyendo, no lo demostró—. Deja que te enseñe tu habitación.
La habitación de invitados era obscena. Cama de matrimonio enorme llena de almohadas, guirnaldas de luces en un rincón de lectura, ventanas que enmarcaban pinos cubiertos de nieve.
Jordan apenas prestó atención al recorrido: algo sobre toallas de más, el termostato, qué botones pulsar para la ducha.
—Es un poco agresivo —dijo Blake, casi a modo de disculpa—. El cabezal de la ducha. Alex inundó todo el baño la primera vez. Solo... ve preparado.
—Gracias por el aviso.
Blake se detuvo en el umbral. Por un segundo su mirada se demoró (en la cara de Jordan, o quizá Jordan se lo estaba imaginando) y luego sonrió. Cálido. Natural.
—Tómate tu tiempo —dijo—. Sin prisa. La cena no es hasta dentro de un par de horas; en la cocina hacen unas hamburguesas muy buenas si no te apetece nada elaborado.
—Una hamburguesa me viene genial. Gracias.
La puerta se cerró tras él con un clic.
Jordan esperó treinta segundos enteros antes de dejarse caer boca abajo en la cama.
Dignidad. Tenía algo. En alguna parte.
¿¡Qué coño estaba haciendo!?
Solo tenía que hacer una cosa. Una cosa.
Ir a su habitación, evitar a Blake, sobrevivir la semana sin hacer el ridículo.
En cambio, había aceptado whisky, se había puesto a charlar, se había reído de las bromas de Blake y había aceptado clases de esquí.
Clases privadas de esquí. Con las manos de Blake probablemente encima de él en algún momento, corrigiéndole la postura, y...
Jordan gimió contra la almohada.
Cinco minutos. Llevaba allí cinco minutos, y ya había pasado la mitad fracasando en su intento de escapar de una conversación y la otra mitad fantaseando con una vida doméstica junto al padre de su mejor amigo.
Con volver a casa y encontrarse a Blake.
Con mañanas perezosas y whisky compartido y esa risa, dios, esa risa…
Necesitaba una ducha. Fría, a ser posible. Algo que le hiciera volver a pensar con claridad.
El baño también era ridículo: más mandos y botones que el salpicadero de su coche, toallas más suaves que nada de lo que tuviera en casa, suelo radiante. Jordan giró lo que esperaba que fuera el mando correcto.
El agua le dio de lleno en la cara desde un cabezal del tamaño de un plato.
—Joder…
Buscó el mando a tientas, logró cerrarlo y se quedó allí chorreando sobre el suelo radiante. Se vio en el espejo: el pelo pegado a la frente, la cara roja, con toda la pinta de alguien que no pintaba nada allí.
Se secó, averiguó cómo funcionaban los mandos de verdad y se duchó como Dios manda. No le sirvió de mucho. El agua caliente solo le dio tiempo para pensar.
De vuelta en el dormitorio, se dejó caer sobre el colchón indecentemente mullido y cogió el móvil.
Tres mensajes nuevos de Alex: De verdad lo siento, tío. Papá es bastante majo cuando le sacas conversación, pero no dejes que te suelte el rollo de la arquitectura jaja
Jordan respondió: No pasa nada. La cabaña es una pasada. Tu familia es asquerosamente rica y te odio.
Alex respondió con una ristra de emojis riéndose y yo también te quiero, tío.
Jordan dejó el móvil a un lado y se quedó mirando el techo.
Se removió en el colchón, intentando ponerse cómodo. La cama era escandalosamente blanda, de esas en las que te hundes y no quieres moverte nunca.
Jordan cerró los ojos. Mala idea. En cuanto lo hizo, ahí estaba Blake apoyado en la encimera de la cocina, whisky en mano, el resplandor del fuego bailando en su rostro. Esa voz grave diciendo Podría enseñarte. Si quieres.
Abrió los ojos de golpe. Clavó la mirada en el techo.
El problema era que su cuerpo no se había enterado de que Blake estaba prohibido. Se agitó, interesado.
No, le dijo con firmeza. Ni de coña.
Intentó pensar en otras cosas. Plazos de trabajo. El alquiler atrasado. Que todavía no había llamado a su madre para decirle que había llegado bien. Debería hacerlo. Debería levantarse y llamar a su madre y desde luego no pensar en los antebrazos de Blake Whitmore.
Joder.
Blake estaba a nueve metros pasillo abajo, probablemente leyendo junto al fuego, sin tener ni idea de que Jordan estaba allí tumbado perdiendo la batalla contra su propia polla.
No lo hagas, se dijo. No lo hagas. No te hagas una paja pensando en el padre de tu mejor amigo mientras él está a nueve metros pasillo abajo.
Aguantó unos cuarenta y cinco segundos. Un nuevo mínimo personal.
Quítatelo de encima, razonó Jordan, deslizando los dedos bajo la cinturilla de los vaqueros. Despéjate. Así podrás sentarte a cenar como una persona normal en vez de quedarte mirándole las manos todo el rato.
Era una idea pésima. Sabía que era una idea pésima.
Lo hizo igualmente.