Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Necesitaba naturalidad.

La naturalidad exigía planificación.

Hice una lista.

Comprar.

Cocinar.

No quemar nada.

Subir.

Invitar.

No mencionar sentimientos.

Perfecto.

Elegí pollo.

No Wellington.

Había aprendido algo.

Pollo al horno.

Patatas.

Verduras.

Una salsa.

Nada podía salir mal.

Muchas cosas salieron mal.

Las patatas tardaron más de lo previsto.

El pollo menos.

La salsa adquirió una consistencia que no figuraba en la receta.

Quemé una bandeja.

Activé el detector de humo.

Abrí las ventanas.

Hacía cuatro grados.

A las ocho y veinte tenía una cocina devastada y una cena.

No una gran cena.

Pero una cena.

Probé el pollo.

Comestible.

Probé las patatas.

Buenas.

Probé la salsa.

Decidí que nadie necesitaba salsa.

Miré las cantidades.

Había cocinado para seis personas.

Vivía sola.

Perfecto.

Completamente accidental.

Cogí un recipiente.

Lo llené.

Me miré en el espejo.

Me cambié de jersey.

Volví a mirarme.

Me cambié otra vez.

—Patética.

Me puse el primer jersey.

Cogí el recipiente.

Salí.

Subí un piso.

Nunca unas escaleras habían sido tan largas.

Me detuve delante de la puerta de Henry.

Podía volver.

Era una opción.

Una opción excelente.

Bajaba.

Guardaba la comida.

Mañana la congelaba.

Nadie moría.

Levanté la mano.

Llamé.

Mierda.

Pasos.

La puerta se abrió.

Una mujer.

Era morena.

Atractiva.

Alta.

Llevaba vaqueros y una camisa blanca.

Tenía una copa de vino en la mano.

La conocía.

No personalmente.

La conocía de fotografías.

Mozambique.

Uganda.

Una cena.

Una playa.

Un grupo delante de algo que parecía una planta de tratamiento de agua.

La morena.

Mi cerebro revisó aproximadamente cuarenta fotografías en menos de un segundo.

—Hola —dijo.

—Hola.

Magnífico.

Había subido con pollo para seducir a un hombre y había abierto su novia.

La Navidad era una mierda.

El Año Nuevo también.

—¿Puedo ayudarte?

—Sí. No. Bueno... ¿Está Henry?

La mujer miró el recipiente.

Después me miró a mí.

Algo ocurrió en su cara.

—Sí.

Se volvió.

—¡Henry!

—¿Qué?

—Tienes visita.

Pasos.

Henry apareció.

Llevaba un jersey gris.

Por supuesto.

—Claire.

No sabía si aquello era sorpresa o terror.

—Hola.

—Hola.

Silencio.

La mujer miró a Henry.

Después a mí.

Después el recipiente.

—Bueno —dijo—. Yo me voy.

—No tienes que irte —dijo Henry.

—Sí.

—Sarah...

—Créeme. Sí tengo.

Sarah.

La morena tenía nombre.

Sarah dejó la copa.

Cogió un abrigo.

—Ha sido estupendo verte.

Besó a Henry en la mejilla.

Naturalmente.

Yo quería morir.

Sarah se volvió hacia mí.

—Encantada de conocerte por fin.

Por fin.

Sonrió.

Pasó a mi lado.

—Igualmente.

Bajó las escaleras.

Escuchamos sus pasos desaparecer.

Henry y yo nos quedamos en la puerta.

—¿Quieres pasar? —preguntó.

—No.

—Vale.

—Sí.

Henry se apartó.

Entré.

El árbol seguía allí.

Mucho más seco.

Más torcido.

Había perdido aproximadamente la mitad de sus agujas.

—Eso es un riesgo de incendio —dije.

Henry cerró la puerta.

—Buenas noches a ti también.

—Deberías tirarlo.

—Mañana.

—Llevas diciendo mañana desde Navidad.

—¿Cómo lo sabes?

—Rachel.

—Naturalmente.

Miró el recipiente.

—¿Qué es eso?

—Comida.

—Eso parece.

—He hecho demasiada.

Henry levantó una ceja.

—¿Demasiada?

—Sí.

—¿Cuánta?

—No importa.

—Vives sola.

—Conozco mi situación residencial.

—¿Has cocinado?

—Sí.

—Voluntariamente.

—Henry.

—Solo intento comprender el contexto.

Le tendí el recipiente.

—Toma.

Lo cogió.

—Gracias.

—De nada.

Silencio.

—Bueno.

Me giré.

—Claire.

—¿Qué?

—¿No vas a quedarte?

Me volví.

—¿A qué?

—A comerlo.

—Ya he comido.

Mentira.

—Ah.

Otra vez.

—Bueno, he probado cosas.

—Eso no es cenar.

—No tengo hambre.

Mi estómago eligió aquel preciso instante para emitir un ruido.

Henry me miró.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—¿Quieres una copa?

Miré hacia la mesa.

La copa de Sarah seguía allí.

—¿Sarah se queda mucho?

Henry tardó un segundo.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas el nada.

Lo odiaba.

—Solo preguntaba.

—Ha venido a verme.

—Ya.

—Éramos amigos.

—Ya.

—Catherine, Sarah y yo.

—No he preguntado.

—No.

—No me importa.

—Claro.

Henry sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Henry.

—Sarah es lesbiana.

Silencio.

—No he preguntado.

—No.

—Y no veo por qué consideras necesario decirme eso.

—Información contextual.

—Exacto. Contexto. Eso iba a decir.

—Naturalmente.

Me quité el abrigo.

—¿Trabajaste con ella en Mozambique?

Henry se quedó quieto.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

—Sí.

—Ah.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo dijiste.

—No creo.

—Seguro que sí.

—Claire.

—O Rachel.

—Rachel no sabe dónde trabajé con Sarah.

—No he dicho que Rachel supiera dónde trabajaste con Sarah. He dicho que pudo decirme que trabajaste con Sarah y yo...

Me detuve.

Henry me miraba.

—¿Y tú...?

—¿Tenemos vino?

Henry mantuvo la mirada unos segundos.

Demasiados.

Después abrió un armario.

—Tenemos vino.

Algún día tendría que afrontar aquello.

No sería esa noche.

Henry calentó la comida.

Probó una patata.

—Está buena.

—No parezcas tan sorprendido.

—No lo estoy.

Probó el pollo.

—También.

—Sé cocinar.

Henry me miró.

—Puedes aprender.

—Vete a la mierda.

Sonrió.

Nos sentamos.

Durante unos minutos comimos.

Era extraño.

Después de días imaginando aquello, ahora que estaba allí no sabía qué decir.

Henry parecía perfectamente tranquilo.

Eso me irritó.

Naturalmente.

—¿Qué tal Navidad? —pregunté.

—Bien. Ruidosa.

—Ya.

—¿La tuya?

—Bien.

—¿Tu madre?

—Bien.

—¿Lucy?

—Arsenalizada.

—Excelente.

—No.

—¿Le gustó la camiseta de Saka?

—Demasiado.

Henry sonrió.

—Bien.

—Mi madre sabe quién eres.

Henry dejó el tenedor.

—¿Debería preocuparme?

—Yo lo haría.

—¿Qué sabe?

—Que eres ingeniero.

—Grave.

—Viudo.

Henry levantó una ceja.

—Más grave.

—Y del Arsenal.

—Entonces lo sabe todo.

—También preguntó si eras guapo.

Henry esperó.

—¿Y qué dijiste?

Mierda.

—Que no.

—Ah.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Parecer satisfecho.

—Acabas de decirle a tu madre que soy feo.

—He dicho que no eres guapo.

—Matiz jurídico.

—Exacto.

—¿Y soy feo?

Lo miré.

—Come.

Henry sonrió.

Terminamos.

El recipiente estaba vacío.

Henry llevó los platos a la cocina.

Me quedé sentada.

Podía irme.

Había cumplido la misión.

Había llevado comida.

Habíamos cenado.

Sarah era lesbiana.

Todo había salido razonablemente bien.

Entonces pensé en James.

En Tinder.

En Navidad.

En las escaleras.

En el árbol.

En las películas.

Durante meses diciendo que odiaba a un hombre porque no conseguía que me prestara suficiente atención.

—Henry.

Se volvió.

—¿Sí?

—¿Por qué no me invitaste?

—¿A qué?

—A Navidad.

Henry se quedó quieto.

Ya estaba.

Demasiado tarde.

—Tenías gente.

—Sí.

—Familia.

—Sí.

—Amigos.

—Sí.

—Vecinos.

—Algunos.

—A mí no.

Henry me miró.

—No.

—¿Por qué?

Pareció genuinamente sorprendido.

—Porque pensé que no querías venir.

—¿Por qué ibas a pensar eso?

Ahora fue él quien pareció desconcertado.

—Claire.

—¿Qué?

—Llevas meses diciéndome que me odias.

—No literalmente.

—Literalmente.

—Era contextual.

—Una vez porque utilicé un taladro.

—Era domingo.

—A las once.

—Domingo.

—Otra porque cociné pasta.

—Mi pasta.

—Otra porque ayudé con una fuga de agua.

—Nadie te había pedido que fueras multilingüe.

Henry empezó a reírse.

—No tiene gracia.

—Un poco.

—No te odio.

Dejó de reírse.

Silencio.

Aquello había salido de mi boca.

No podía volver a meterlo.

—Bien —dijo.

—¿Bien?

—Me alegro.

—Eso es todo.

—¿Qué quieres que diga?

Otra vez.

Siempre aquella maldita pregunta.

¿Qué quería que dijera?

La verdad era tan evidente que empezaba a resultar humillante.

—Pensaba que eras indiferente.

Henry frunció el ceño.

—¿A qué?

—A mí.

Silencio.

—Claire...

—No pasa nada.

—No, espera.

—No debería haber...

—Claire.

Me callé.

Henry apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—No era indiferencia.

No respiré.

—¿Entonces qué era?

—Prudencia.

—¿Prudencia?

—Pensaba que no te caía bien.

—No me caías bien.

Henry abrió las manos.

—Gracias por aclararlo.

—Al principio.

—Ah.

—Deja de decir ah.

—Estoy intentando seguir esto.

Me levanté.

—Me caías fatal.

—Esto mejora por momentos.

—Eras arrogante.

—¿Yo?

—Sabías cosas.

—Lo siento muchísimo.

—Idiomas. Ingeniería. Cocina. Niños. Todo.

—No sé todo.

—Sabías utilizar un taladro.

—La mayoría de los adultos...

—No es el momento.

Henry sonrió.

—Vale.

—Y eras amable con todo el mundo.

—Eso también parece grave.

—Conmigo también.

—Claire...

—Pero igual.

Henry dejó de sonreír.

—¿Igual que qué?

No contesté.

No podía.

O sí podía.

Estaba cansada.

Cansada de Tinder.

Cansada de hombres optimizados.

Cansada de citas.

Cansada de buscar.

Cansada de bajar basura.

—Igual que con todo el mundo.

Henry me miró durante unos segundos.

—Entiendo.

—No, no entiendes.

—Creo que empiezo.

—Pues felicidades.

—Claire.

—¿Qué?

—¿Querías que fuera diferente contigo?

Silencio.

Hijo de puta.

—No.

Henry levantó una ceja.

—Sí.

—Eso pensaba.