Capítulo 12
El hombre del cuarto
La Navidad fue una mierda.
Esto tampoco era del todo cierto.
La Navidad había sido perfectamente agradable.
Ese era el problema.
Había pasado Nochebuena con mi madre, mi hermana, Lucy y una cantidad de comida suficiente para mantener con vida a una expedición polar.
Habíamos abierto regalos.
Habíamos bebido.
Habíamos discutido sobre política durante exactamente siete minutos antes de que mi madre decretara que estaba prohibido discutir sobre política en Navidad.
Habíamos visto una película.
Lucy había recibido una cantidad obscena de juguetes que olvidaría antes de febrero.
Mi madre me había regalado un jersey.
Mi hermana, un perfume.
Lucy, un dibujo.
Yo aparecía representada con unos brazos larguísimos, el pelo amarillo y algo que parecía un bolso.
—¿Esta soy yo?
—Sí.
—¿Y esto?
—Tu trabajo.
Señaló un rectángulo gris junto a mí.
—¿Mi trabajo es una caja?
—Es tu oficina.
—Ah.
Había otra figura.
Alta.
Con pelo marrón.
—¿Y este?
Lucy cogió el dibujo.
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Nadie.
—Tiene piernas.
—La gente tiene piernas.
—¿Es Henry?
Lucy me miró como si acabara de preguntarle si creía en la gravedad.
—Sí.
—¿Por qué está Henry en un dibujo sobre mí?
—Porque vive arriba.
Aquello era jurídicamente impecable.
—¿Y por qué lleva una camiseta roja?
Lucy me quitó el dibujo.
—Porque es del Arsenal.
Naturalmente.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Quién es Henry?
—Nadie.
Mi hermana sonrió.
—El vecino.
—¿Qué vecino?
—El del cuarto.
—Ah.
Mi madre dijo ah de una manera completamente diferente a como Henry decía ah .
El ah de mi madre llevaba boda, hipoteca y dos nietos incorporados.
—No —dije.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—No sé quién es.
—Precisamente.
Mi hermana bebió vino.
—Es viudo.
Cerré los ojos.
—Gracias.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó mi madre.
—No importa.
—¿Es guapo?
—No.
Mi hermana me miró.
—Claire.
—¿Qué?
—Es bastante guapo.
—Es normal.
—¿A qué se dedica?
—Ingeniero —dijo Lucy.
Miré a mi sobrina.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Me lo dijo.
—¿Cuándo?
—Cuando jugamos al fútbol.
Mi madre parecía cada vez más interesada.
—¿Juega al fútbol con los niños?
—Mamá.
—Solo pregunto.
—Pues deja de preguntar.
Lucy intervino:
—Tía Claire está enfadada con Henry.
Silencio.
—No estoy enfadada con Henry.
—Siempre dices que lo odias.
Mi madre levantó las cejas.
Mi hermana empezó a reírse.
—Come —le dije a Lucy.
—No tengo hambre.
—Pues dibuja.
—Ya he dibujado.
—Dibuja otra cosa.
—¿A Henry?
—NO.
Mi madre me miró.
—Treinta y seis años.
—¿Qué pasa con mis treinta y seis años?
—Nada.
—Mamá.
—No he dicho nada.
Toda mi familia había descubierto el nada.
La Navidad era una mierda.
Volví a casa el veintiséis por la tarde.
Había gente en casa de Henry.
Lo supe antes incluso de entrar en mi piso.
Voces.
Risas.
Pasos.
Música.
Alguien bajó las escaleras mientras yo abría la puerta.
Una pareja que no conocía.
—Buenas tardes —dijeron.
—Buenas tardes.
Miré hacia arriba.
No deliberadamente.
Por orientación espacial.
Cerré la puerta.
Media hora después escuché más voces.
Después niños.
Después alguien riéndose en el rellano.
Henry tenía la casa llena.
Familia.
Amigos.
Personas que, aparentemente, sí habían recibido invitaciones.
Yo no.
No me importaba.
Por supuesto que no me importaba.
¿Por qué iba a invitarme?
Éramos vecinos.
Habíamos arreglado una reclamación de seguro.
Habíamos decorado un árbol.
Me había dicho que estaba guapa.
Dos veces.
Eso no constituía una relación.
Ni siquiera constituía una amistad especialmente sólida.
Preparé té.
A las seis bajé la basura.
No me encontré con Henry.
A las siete y veinte recordé que tenía una caja de cartón junto a la puerta.
La bajé.
No me encontré con Henry.
A las ocho y cuarto decidí comprobar el correo.
No había correo.
Era veintiséis de diciembre.
Naturalmente que no había correo.
Subí.
A las nueve tuve sed.
El agua del grifo funcionaba perfectamente.
Consideré bajar a comprar agua.
Me detuve.
Aquello empezaba a ser patético.
Durante los tres días siguientes desarrollé una relación extraordinariamente estrecha con el cubo de basura comunitario.
Nunca había producido tantos residuos en mi vida.
No me encontré con Henry ni una sola vez.
Rachel me lo contó el veintinueve.
Naturalmente.
—¿Qué tal Navidad?
—Bien.
—¿Con tu madre?
—Sí.
—Nosotros estuvimos con Michael.
—Me alegro.
—Emily recibió demasiadas cosas.
—Como todos los niños.
—Henry tuvo la casa llena.
La miré.
—¿Ah, sí?
Muy bien.
Perfecto.
Indiferencia absoluta.
—Sí. Su hermana, unos primos, amigos de Catherine... No sé cómo cabían todos.
—Tiene un salón grande.
Rachel me miró.
—¿Cómo sabes lo grande que es su salón?
Mierda.
—He estado allí.
—Ah.
Otra vez aquel ah .
—Por el árbol.
—Claro.
—Le ayudé a subirlo.
—Claro.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Nada.
—No estoy haciendo nada.
—Exacto.
Rachel sonrió.
La odié durante aproximadamente doce segundos.
—¿Y tú qué haces en Año Nuevo?
—Salgo con Sophie y unas amigas.
—Bien.
—Sí.
—Diviértete.
—Eso pretendo.
Y lo pretendía.
De verdad.
No me divertí.
La fiesta era estupenda.
Ese era el segundo problema de aquellas vacaciones.
Todo era estupendo.
El sitio estaba lleno.
La música era buena.
Sophie estaba espectacular.
Había champán.
Había hombres.
Muchos.
Uno de ellos se llamaba James.
Era arquitecto.
Tenía treinta y nueve años.
No estaba casado.
No tenía fotografías sosteniendo peces.
No llevaba pulseras.
No mencionó criptomonedas.
No habló de optimizar su sueño.
No utilizó la expresión masculinidad consciente .
Era, objetivamente, un milagro estadístico.
—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó.
Lo miré.
—Perdona.
—Que si vienes mucho.
—No.
—Yo tampoco.
Sonrió.
Era una buena sonrisa.
Dientes normales.
Ni demasiado blancos.
Ni demasiado perfectos.
Me preguntó a qué me dedicaba.
Escuchó la respuesta.
Hizo una pregunta inteligente sobre patentes.
Le expliqué algo.
Se rio.
Todo iba bien.
Y yo estaba aburrida.
No de James.
James parecía perfectamente agradable.
Estaba aburrida de aquello.
De empezar.
De explicar.
De preguntar.
De decidir si alguien era interesante.
De buscar señales.
De detectar problemas.
De comparar.
De esperar.
Llevaba meses buscando al hombre adecuado.
Y en aquel momento lo único que quería era estar discutiendo con Henry Whitmore sobre cómo se sujetaba correctamente un árbol de Navidad.
—¿Quieres otra copa? —preguntó James.
—No, gracias.
—¿Bailamos?
Miré hacia la pista.
Después a Sophie.
Sophie me observaba desde lejos.
Sabía.
La muy cabrona sabía.
—Creo que voy a irme.
James pareció sorprendido.
—¿He dicho algo?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Entonces soy yo.
—Tampoco.
—Eso es incluso peor.
Me reí.
—Eres muy agradable.
—Ah.
—Lo siento.
—La frase nunca termina bien.
—No.
—¿Hay alguien?
Abrí la boca.
No salió nada.
James sonrió.
—Hay alguien.
—No.
—Vale.
—No es...
—No pasa nada.
—Ni siquiera...
—Feliz Año Nuevo, Claire.
Me quedé mirándolo.
—Feliz Año Nuevo, James.
Le di un beso en la mejilla.
Me fui.
A medianoche estaba con Sophie.
Había fuegos artificiales.
Besos.
Abrazos.
Gente gritando.
Alguien me puso una copa en la mano.
Sophie me abrazó.
—Feliz Año Nuevo.
—Feliz Año Nuevo.
—¿Dónde está el arquitecto?
—No sé.
—Claire.
—¿Qué?
—Era guapo.
—Sí.
—Soltero.
—Sí.
—Inteligente.
—Parecía.
—Y se ha ido.
—Creo que sigue aquí.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Bebí champán.
—No me gustaba.
Sophie me miró.
—Mentirosa.
—No me gustaba lo suficiente.
—Eso es distinto.
No dije nada.
—Claire.
—No.
—Henry.
—No.
—Ni siquiera he hecho una pregunta.
—La ibas a hacer.
—¿Te gusta Henry?
—No.
—Vale.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Es mi cara.
—Pues cámbiala.
Sophie bebió.
—Feliz Año Nuevo.
—Vete a la mierda.
—También te quiero.
El uno de enero me desperté a las once y diecisiete.
Tenía dolor de cabeza.
La boca seca.
Un zapato estaba junto a la cama.
El otro estaba en el pasillo.
No quise investigar.
Encendí la televisión.
Había saltos de esquí.
No sé por qué.
Era Año Nuevo.
Las personas normales hacían propósitos.
Dejaban de fumar.
Se apuntaban al gimnasio.
Decidían aprender italiano.
Yo estaba en la cama viendo a un noruego arrojarse voluntariamente por una pendiente a ciento veinte kilómetros por hora.
Tenía una semana libre.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
No sabía qué hacer con ellas.
Pensé en Henry.
Naturalmente.
Apagué la televisión.
La encendí otra vez.
Otro noruego.
Pensé en Henry.
Fui a la cocina.
Preparé café.
Pensé en Henry.
Volví a la cama.
El noruego había sido sustituido por un austríaco.
Pensé en Henry.
—Joder.
Lo dije en voz alta.
No ayudó.
El dos de enero vi una película romántica.
Por accidente.
El tres vi otra.
No por accidente.
Esto era gravísimo.
En la segunda, una mujer que trabajaba demasiado conocía a un hombre que tenía una librería.
Se odiaban.
Naturalmente.
A mitad de película empezó a nevar.
No hice ningún comentario.
Eso fue lo que me asustó.
No dije que la nieve era estadísticamente improbable.
No pregunté quién pagaba el alquiler de aquella librería.
No cuestioné por qué el hombre podía cerrar el negocio durante tres horas para ayudarla a decorar un escaparate.
Simplemente miré.
Cuando se besaron, lloré.
Apagué la televisión.
Me quedé sentada.
—No.
Me levanté.
Fui a la cocina.
Abrí la nevera.
La cerré.
La volví a abrir.
No había aparecido nada nuevo.
Y entonces, en algún momento entre una botella de leche, medio queso y un bote de mostaza, comprendí algo.
Quería ver a Henry.
No quería encontrarme casualmente con él.
No quería coincidir en la escalera.
No quería bajar basura hasta provocar una investigación medioambiental.
Quería verlo.
A él.
Aquello era extraordinariamente inconveniente.
El plan de la cena nació diez minutos después.
Era un plan excelente.
Esto significa que era un plan espantoso que yo había conseguido justificar jurídicamente.
Cocinaría.
Haría demasiada comida.
Accidentalmente.
Después subiría al cuarto.
Hola, Henry. He hecho demasiada comida.
No.
Parecía una viuda de setenta años intentando alimentar a un estudiante.
Me sobra cena.
Peor.
Parecía que iba a tirarla.
¿Has cenado?
Eso era prácticamente una proposición matrimonial.