Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Un hombre me decía que estaba guapa y respondía ah .

Henry bebió vino.

—¿Fiesta de trabajo?

—Sí.

—¿Bien?

—Sí.

Seguía con el árbol.

Como si no acabara de lanzar una granada en medio del salón.

—Peter bailó.

—¿El de las patentes absurdas?

—Sí.

—¿Tan mal?

—Peor.

—Me habría gustado verlo.

—No. Hay cosas que no pueden olvidarse.

Henry abrió otra caja.

—¿Y Edward?

Lo miré.

—¿Qué?

—Edward.

—¿Cómo sabes lo de Edward?

Henry levantó la cabeza.

—Me has hablado de él.

—¿Cuándo?

—La noche de la caldera.

—No recuerdo haberte hablado de Edward.

—El abogado.

—Hay muchos abogados.

—El casado.

Ah.

—No lo llames así.

—¿No está casado?

—Sí.

—Entonces mi sistema de clasificación parece bastante preciso.

Bebí vino.

—Estaba.

—¿Qué?

—Edward.

—Ah.

Ah.

Ah.

Eso era todo.

—Ha intentado besarme.

Henry dejó un adorno sobre la mesa.

—Ah.

Otra vez.

Lo miré.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Entonces he acertado.

—No importa.

—Vale.

—Lo he parado.

Henry asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Por qué bien?

Ahora era Henry quien parecía confundido.

—Porque no querías que te besara.

—Exacto.

—Y no te besó.

—Exacto.

—Entonces bien.

Lo odiaba.

Lo odiaba profundamente.

—Podrías mostrar un poco más de interés.

Henry levantó una ceja.

—Estoy mostrando interés.

—Has dicho «ah».

—Dos veces.

—Eso no mejora las cosas.

—¿Qué debería haber dicho?

No tenía respuesta.

Porque la respuesta real era absurda.

Quería que se enfadara.

Quería que preguntara quién coño se creía Edward.

Quería algo que no tenía ningún derecho a querer.

—Nada.

Henry sonrió.

—Otra vez hemos acertado.

Bebí vino.

—Eres insoportable.

—Eso me han dicho.

Decoramos el árbol.

No sé exactamente cómo ocurrió.

Yo iba a tomar una copa e irme.

Después Henry puso las luces.

Estaban mal.

Se lo dije.

Me pidió que lo hiciera mejor.

Error.

Veinte minutos después estaba descalza en su salón, con un vestido negro, colocando luces en un abeto gigantesco mientras Henry sostenía una caja de adornos.

Me detuve.

Árbol.

Luces.

Viudo.

Mujer profesional obsesionada con su trabajo.

Me quedé inmóvil.

No.

No, no, no.

Me negaba.

Yo no era una ejecutiva.

Era asesora jurídica.

Henry no tenía camioneta.

No tenía barba.

Bueno.

Tenía algo de barba aquella noche.

Pero eso no contaba.

Aquello no era un pueblo.

Estábamos en Londres.

Y no nevaba.

Miré hacia la ventana.

Llovía.

Perfecto.

Técnicamente, por tanto, no había ningún peligro.

—¿Claire?

—¿Qué?

—Llevas un minuto sujetando la misma luz.

—Estoy pensando.

—Eso siempre me preocupa.

—Cállate.

Seguí decorando.

Terminamos cerca de la una.

El árbol seguía siendo demasiado grande.

Seguía ligeramente torcido.

Y era precioso.

No se lo dije a Henry.

—Ha quedado bien —dijo.

—Aceptable.

—Te gusta.

—No.

—Te encanta.

—No exageres.

Henry apagó la luz principal.

El salón quedó iluminado por el árbol y el Ambilight de la televisión, que alguien debería haber prohibido por ley.

—Ahora sí —dijo.

Lo miré.

El árbol.

No a Henry.

El árbol.

—Está bien.

—Eso, viniendo de ti, es prácticamente una declaración de amor.

Casi dejé caer la copa.

—No te emociones.

—Jamás.

Me puse los zapatos.

Henry recogió mi abrigo del respaldo de una silla.

Me lo tendió.

—Gracias.

—Gracias por ayudar.

—Nunca volveré a hacerlo.

—Naturalmente.

Me puse el abrigo.

—Y compra un árbol más pequeño el año que viene.

—No prometo nada.

—Entonces llama a Martin.

—Martin habría utilizado una polea.

—Por eso Martin es mejor persona que yo.

Henry abrió la puerta.

—Buenas noches, Claire.

—Buenas noches.

Salí.

Bajé un escalón.

—Claire.

Me volví.

Henry seguía en la puerta.

—¿Sí?

—Lo decía en serio.

—¿Qué?

—Estás muy guapa.

Sonrió.

Cerró la puerta.

Me quedé en el rellano.

En silencio.

Mirando una puerta cerrada.

Hijo de puta.

Había tardado meses en darse cuenta de que yo era una mujer y ahora pretendía hacerlo dos veces en la misma noche.

Bajé al tercero.

Entré en casa.

Dejé el bolso.

Me quité los zapatos.

Fui directamente a la cocina.

Abrí una botella de agua.

No vino.

Había bebido suficiente.

Me apoyé en la encimera.

Estás muy guapa.

No significaba nada.

Los hombres decían esas cosas.

Era educación.

Henry era educado.

Henry era educado con todo el mundo.

Probablemente le decía al señor Harris que estaba muy guapo cuando se arreglaba.

No.

Probablemente no.

Pero podía.

Cogí el teléfono.

Tenía un mensaje de Sophie.

¿Qué tal la fiesta? ¿Algún escándalo?

Escribí:

Edward ha intentado besarme.

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

¡¡¡¡QUÉ!!!!

Después:

LLÁMAME.

Escribí:

Mañana.

Sophie:

¿Y???

Pensé.

Escribí:

Nada. Lo he parado. Está casado.

Respuesta inmediata:

Bien.

Después:

¿Estás bien?

Miré hacia el techo.

Encima de mí había un árbol de Navidad gigantesco, ligeramente torcido, que había ayudado a decorar con un viudo.

Cerré los ojos.

No.

No iba a escribir aquello.

Sí. Solo cansada.

Dejé el teléfono.

Fui hacia el dormitorio.

Me detuve.

Volví.

Cogí el teléfono otra vez.

Abrí el mensaje de Sophie.

Escribí:

Henry me ha dicho que estaba guapa.

Lo miré.

Lo borré.

Dejé el móvil.

Me fui a la cama.

Las películas de Navidad eran una mierda.