Capítulo 11 #2
Objetivamente era absurdo.
Era atractivo.
Inteligente.
Divertido.
Me conocía desde hacía años.
Sabía lo que hacía.
Entendía mi trabajo.
Sabía quién era Jane Austen.
Tenía pelo.
Todo.
Una cantidad casi ofensiva para un hombre de cuarenta y cuatro años.
Y no quería que me besara.
Ni siquiera un poco.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Llegué a casa poco después de las once.
El taxi se marchó.
Caminé hasta la entrada.
Había algo bloqueando la puerta.
Algo verde.
Grande.
Con ramas.
Me quedé mirando.
Un árbol de Navidad.
Un árbol de Navidad gigantesco estaba atascado en la entrada de mi edificio.
Detrás sobresalían dos piernas.
—No.
Las piernas se detuvieron.
—Buenas noches a ti también.
Cerré los ojos.
Reconocería aquella voz durante una evacuación nuclear.
—Henry.
Su cabeza apareció entre las ramas.
—Hola.
—¿Qué haces?
—En este momento concreto, reconsiderar varias decisiones.
—Eso no cabe.
—Gracias. Necesitaba una opinión jurídica.
—¿Por qué has comprado un árbol tan grande?
—Parecía más pequeño fuera.
Lo miré.
—Es un árbol, Henry. Estaba fuera.
—Sí. Me he dado cuenta después.
—¿Después de qué?
—De comprarlo.
Llevaba un abrigo viejo, guantes y pequeñas agujas de pino por todas partes.
El árbol debía medir casi dos metros y medio.
—¿No podías comprar uno normal?
—Este era normal.
—Eso es un árbol municipal.
—¿Vas a ayudar o solo has venido a humillarme?
Lo pensé.
—¿Puedo hacer las dos cosas?
—Preferiría que empezaras por ayudar.
Dejé el bolso.
—Voy vestida para una fiesta.
Henry me miró.
Fue rápido.
Nada cinematográfico.
Nada de violines.
Simplemente me miró.
—Ya veo.
—Y llevo tacones.
—También.
—No pienso cargar con eso.
—Solo necesito que empujes.
—Eso dicen todos los hombres antes de tomar una mala decisión.
Henry se rio.
—Por favor.
Suspiré.
—Muévete.
El árbol entró.
No sé cómo.
Hubo violencia.
Una rama se rompió.
Yo dije una palabra que no debería pronunciarse en Navidad.
Henry perdió un guante.
El árbol golpeó el buzón de la señora Campbell.
Pero entró.
Nos quedamos en el portal.
—¿Ves? —dijo Henry.
—Has arrancado media copa.
—Exageras.
Le enseñé la rama que tenía en la mano.
—Esto estaba unido al árbol hace treinta segundos.
—Da carácter.
—Parece que ha estado en una guerra.
—Ha sobrevivido.
—¿Dónde lo vas a poner?
Henry señaló hacia arriba.
Miré las escaleras.
Después el árbol.
Después mis zapatos.
—No.
—Claire.
—No.
—Ya está dentro.
—Ese era mi compromiso.
—No puedo subirlo solo.
—Podrías haber pensado en eso antes de comprar un árbol diseñado para Trafalgar Square.
—Te invito a una copa.
Lo miré.
—¿Qué tienes?
—Whisky.
—Bueno.
—Vino.
—Continúa.
—Creo que queda brandy.
Cogí el extremo inferior del árbol.
—Te odio.
—Lo sé.
Subir un abeto de dos metros y medio por cuatro pisos es una actividad que debería requerir licencia.
En el primero nos quedamos atrapados.
En el segundo golpeamos una lámpara.
En el tercero me quité los zapatos.
—¿Qué haces? —preguntó Henry.
—Elegir entre dignidad y supervivencia.
—Bonitos zapatos.
Lo miré.
—No intentes distraerme.
—Solo he dicho que son bonitos.
—Levanta.
Seguimos.
En el rellano del cuarto dejamos caer el árbol.
Me apoyé contra la pared.
—Nunca más.
Henry respiraba casi tan fuerte como yo.
—Ha ido bastante bien.
—Casi matamos a la señora Campbell.
—La señora Campbell está durmiendo.
—Precisamente. Ni siquiera habría podido defenderse.
Henry abrió su puerta.
—Una última vez.
—Eso dijiste en el segundo.
—Ahora es verdad.
Metimos el árbol.
Ya había estado en casa de Henry.
Naturalmente.
No pensé en los álbumes.
Bueno.
Pensé inmediatamente en los álbumes.
Y en las Moleskine.
Y en diecisiete fotografías borrosas.
Aparté el pensamiento.
Henry encendió las luces.
La televisión obscenamente grande seguía allí.
Había cajas de adornos sobre la mesa.
Una guirnalda.
Luces.
Un pequeño montón de tarjetas de Navidad.
—¿Todo esto es tuyo? —pregunté.
—No. He robado la Navidad de otra familia.
—Preguntaba por los adornos.
—Algunos.
Abrió una caja.
Había bolas de cristal.
Figuras de madera.
Adornos viejos.
Nada combinaba.
—¿Y los otros?
—Eran de Catherine.
Me quedé quieta.
Henry sacó una pequeña estrella de madera.
La miró.
Sonrió.
—Compraba una cada vez que viajábamos.
Nada más.
La dejó sobre la mesa.
Yo no pregunté.
Por una vez en mi vida hice algo inteligente.
—Primero hay que conseguir que el árbol se mantenga en pie —dijo.
—Ambicioso.
—Tengo un soporte.
—Eso me tranquiliza.
—Después del paritorio centrífugo, la palabra soporte ha adquirido otro significado.
Me reí.
—No vuelvas a hablar de eso.
—Sigo esperando los dibujos.
—Morirás esperando.
El soporte no servía.
O el árbol era demasiado grande.
Henry insistía en que el problema era el soporte.
Yo insistía en que el problema era Henry.
—Más a la izquierda.
—¿Mi izquierda o tu izquierda?
—La mía.
—Eso no sirve.
—¿Por qué?
—Porque estoy detrás del árbol y no puedo verte.
—Entonces tu izquierda.
—Mi izquierda cambia según dónde esté.
—Henry.
—¿Qué?
—Eres ingeniero.
—Precisamente por eso necesito un sistema de referencia.
—Es un árbol de Navidad, no un puente.
—Los principios estructurales siguen existiendo.
—No puedo creer que estés aplicando ingeniería civil a un abeto.
—Sujétalo.
Lo sujeté.
Henry estaba agachado debajo ajustando el soporte.
El árbol se inclinó.
—¡Henry!
—Lo tengo.
—No lo tienes.
—Sí.
—Está cayendo.
—No está cayendo.
Cayó.
Sobre mí.
—¡JODER!
Henry apareció entre las ramas.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—No te muevas.
—¿Por qué?
—Tienes un árbol encima.
—Gracias por el diagnóstico.
Henry empezó a reírse.
—No te rías.
—No me estoy...
—Te estás riendo.
—Un poco.
—Sácame esto de encima.
Levantó el árbol.
Salí.
Tenía agujas de pino en el pelo.
Henry me miró.
Intentó mantener la cara seria.
No pudo.
—Vete a la mierda.
—Perdón.
—No lo sientes.
—Nada.
Se volvió.
Yo cogí una bola de la caja.
—No te atrevas —dijo sin mirarme.
La dejé.
—Cobarde.
Finalmente conseguimos que el árbol se mantuviera derecho.
Más o menos.
—Está torcido —dije.
—No.
—Muchísimo.
Henry se alejó.
Lo observó.
—Un poco.
—Parece borracho.
—Tiene personalidad.
—Tiene escoliosis.
—Eres cruel.
—Soy observadora.
Henry abrió una botella.
—Vino.
—Gracias.
Me sirvió una copa.
Me la tendió.
Y entonces me miró otra vez.
Esta vez durante algo más de tiempo.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—No hagas el nada.
Sonrió.
—Estás muy guapa.
Mi cerebro dejó de funcionar.
No completamente.
Las funciones respiratorias continuaron.
Algunas otras también.
Pero la parte responsable de producir respuestas adecuadas abandonó el edificio.
—Ah.
Magnífico, Claire.
Doce años como asesora jurídica.
Podía desmontar un argumento jurídico delante de seis personas.