Capítulo 11
El hombre del árbol de Navidad
Odiaba la Navidad.
Esto no era del todo cierto.
Odiaba determinadas cosas de la Navidad.
Los villancicos en noviembre.
Los jerséis con renos.
El vino caliente.
Las personas que utilizaban la expresión magia de la Navidad sin ironía.
Los mercadillos donde te cobraban nueve libras por una salchicha porque había luces de colores alrededor.
Los anuncios en los que familias extraordinariamente atractivas descubrían el verdadero significado de la vida gracias a unos grandes almacenes.
Y, por encima de todo, odiaba las películas de Navidad.
Sophie las adoraba.
Todas.
Especialmente aquellas en las que una ejecutiva de éxito de una gran ciudad tenía que viajar por algún motivo absurdo a un pequeño pueblo cubierto de nieve.
Siempre era una ejecutiva.
Nunca una higienista dental.
Nunca una conductora de autobús.
Nunca una asesora jurídica de la Oficina Europea de Patentes.
Ejecutiva.
Tenía un novio guapo, rico y emocionalmente inaccesible, un teléfono que sonaba constantemente y un abrigo carísimo.
Entonces una tormenta de nieve la dejaba atrapada en un pueblo llamado Christmas Falls, Holly Creek o alguna atrocidad semejante.
Allí conocía a un hombre.
El hombre tenía barba.
Esto era obligatorio.
También una camioneta.
Probablemente roja.
Había abandonado una prometedora carrera como arquitecto en Nueva York después de que muriera su padre y ahora fabricaba muebles artesanales, rescataba perros y dirigía la panadería familiar.
Su mujer había muerto.
O lo había abandonado.
Dependiendo de cuánto sufrimiento permitiera el horario de emisión.
También tenía una hija de siete años extraordinariamente precoz que comprendía inmediatamente que aquella desconocida era exactamente la mujer que necesitaba su padre.
La ejecutiva y el carpintero se odiaban.
Naturalmente.
Ella pensaba que él era un paleto.
Él pensaba que ella había olvidado las cosas importantes de la vida.
Discutían.
Hacían galletas.
Decoraban un árbol.
Se caían encima el uno del otro colocando luces.
En algún momento él le enseñaba a patinar sobre hielo.
Ella se caía.
Él la sujetaba.
Se miraban.
Nevaba.
Siempre nevaba.
Entonces llegaba el novio de Londres en un Mercedes.
La ejecutiva comprendía que no quería volver a su vida vacía de éxito profesional, restaurantes excelentes y calefacción central.
Quería quedarse en Holly Creek fabricando velas.
Fin.
—Son todas iguales —le dije a Sophie.
—No.
—Todas.
—Esta es distinta.
Miré la televisión.
Una mujer rubia conducía un Range Rover por una carretera nevada mientras hablaba por teléfono sobre una adquisición empresarial.
—Es ejecutiva.
—Abogada.
—Peor.
—Su abuela acaba de morir.
—¿Y le ha dejado una casa en un pueblo?
Sophie guardó silencio.
La miré.
—Le ha dejado una casa en un pueblo.
—Un hotel.
—Ah. Perdonadme, Ingmar Bergman.
Sophie cogió palomitas.
En la pantalla, el Range Rover se detuvo.
La mujer bajó.
Un hombre con barba estaba reparando una valla.
Lo señalé.
—Ese.
—¿Qué?
—Se lo va a follar.
—¡Claire!
—Míralo. Barba. Camisa de cuadros. Trabajo manual. Está condenada.
Sophie empezó a reírse.
—Quizá sea un personaje secundario.
El hombre levantó la cabeza.
La ejecutiva dijo algo.
Él respondió.
Ella pareció ofendida.
—Ya se odian —dije—. Veintisiete segundos. Nuevo récord.
—Eres una cínica.
—Soy observadora.
—No tienes espíritu navideño.
—Tengo espíritu navideño. Me gustan los días libres.
Sophie me lanzó un cojín.
Lo esquivé.
—Además —continué—, ¿por qué para encontrar el amor una mujer siempre tiene que abandonar su trabajo?
—No siempre.
—Tiene una carrera estupenda. Un piso estupendo. Amigos. Restaurantes. Probablemente un gimnasio que no utiliza. Pero no. Todo eso resulta ser una existencia vacía porque no sabe hacer pan de jengibre.
—Estás proyectando.
—No estoy proyectando.
—Trabajas demasiado.
—Trabajo lo necesario.
—Tienes treinta y seis años.
—Gracias por la actualización.
—Estás soltera.
—Gracias otra vez.
—Y últimamente estás insoportable.
—Eso no tiene relación con la Navidad.
Sophie sonrió.
No me gustó aquella sonrisa.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas el nada.
En la televisión, el carpintero acababa de rescatar a la ejecutiva porque su coche estaba atrapado en la nieve.
—Mira —dije—. Ahora su vehículo de cincuenta mil libras ha dejado de funcionar porque una mujer enamorada no puede conducir sobre nieve.
—Quizá no lleva neumáticos adecuados.
—No intentes introducir racionalidad en esto.
—¿Y qué quieres ver tú?
—Un documental sobre asesinatos.
—Es diciembre.
—Los asesinatos ocurren en diciembre.
—No en mi casa.
Cogí más palomitas.
En la pantalla apareció una niña.
Tendría unos siete años.
Miré a Sophie.
Sophie evitó mirarme.
—Hija del viudo —dije.
—Puede ser su sobrina.
El hombre dijo Dad .
—Hija del viudo.
—Vale.
La niña sonrió a la ejecutiva.
—Ahora la niña se enamorará de ella antes que el padre.
—Cállate y mira la película.
Me recliné en el sofá.
—Solo falta el árbol de Navidad.
La fiesta de Navidad de la Oficina Europea de Patentes era el viernes siguiente.
No la llamábamos fiesta de Navidad.
Tenía un nombre institucional mucho más inclusivo que cambiaba aproximadamente cada tres años y que nadie recordaba.
Era la fiesta de Navidad.
Había comida.
Había alcohol.
Había música.
Había personas que durante once meses al año discutían sobre procedimiento, jurisprudencia y reivindicaciones de patentes y que durante una noche descubrían que sabían bailar.
Algunas no sabían.
Lo descubrían los demás.
Peter pertenecía a la segunda categoría.
—Deja de hacer eso —le dije.
—¿Qué?
—Lo que estés haciendo con los brazos.
—Estoy bailando.
—Pues deja de hacerlo.
—Hannah dice que bailo bien.
Miré a Hannah.
—No he dicho eso.
—Has dicho que era valiente.
—No es lo mismo.
Peter siguió bailando.
Me alejé por seguridad.
Había bebido dos copas de vino.
Quizá tres.
Llevaba un vestido negro que había comprado dos años antes para una boda y que, después de una negociación de veinte minutos con una cremallera, había decidido que todavía me quedaba bien.
Sophie había exigido una fotografía antes de dejarme salir de casa.
Su respuesta había sido:
🔥🔥🔥
Después:
Si esta noche no ligas, denuncia a alguien.
Le había contestado que trabajaba en una organización internacional y que las cosas no funcionaban exactamente así.
Había respondido:
Cobarde.
Guardé el teléfono.
—Estás muy guapa.
Edward.
Me volví.
Llevaba traje oscuro.
Sin corbata.
La cantidad exacta de informalidad que un abogado de cuarenta y cuatro años consideraba peligrosa.
—Gracias.
—En serio.
—Ya te he dado las gracias.
—Podrías decirme que yo también.
Lo miré.
—Tú también llevas un traje.
—Cruel.
—Coherente.
Me ofreció una copa.
—¿Otra?
—No sé si debería.
—Entonces sí.
Aquella lógica era difícil de combatir.
Cogí la copa.
Edward y yo bailamos.
No inmediatamente.
Eso habría parecido una decisión.
Ocurrió gradualmente.
Primero estábamos hablando con Peter y Hannah.
Después sonó una canción que todos conocíamos.
Peter volvió a hacer aquello con los brazos.
Hannah intentó detenerlo.
Edward me cogió de la mano.
—Vamos.
—No.
—Sí.
—No bailo.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Fiesta de 2022.
—Aquello no cuenta.
—Cuenta para mí.
—Habías bebido.
—Precisamente por eso lo recuerdo.
Me arrastró.
Y bailamos.
No había nada extraordinario en ello.
Edward era amigo mío.
Habíamos bailado otras veces.
Habíamos trabajado juntos durante años.
Conocía a Amanda.
Había visto fotografías de sus hijos desde que eran bebés.
Sabía que el mayor tocaba el violín y que la pequeña odiaba las zanahorias.
También sabía que Edward llevaba demasiado tiempo jugando con una idea con la que no debería estar jugando.
Por eso, cuando después de una canción se inclinó hacia mí, supe exactamente qué iba a ocurrir.
Puse una mano en su pecho.
—No.
Edward se detuvo.
No llegó a besarme.
—Claire.
—No.
—Solo...
—No digas «solo».
Me miró.
Había bebido.
No estaba borracho.
Yo tampoco.
—Lo siento.
—Bien.
—No quería incomodarte.
—Pues estupendo. Objetivo alcanzado con cierto retraso.
Sonrió débilmente.
—Siempre tienes que hacer una broma.
—No siempre.
—Llevo años...
—Edward.
Calló.
Aquello era diferente.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Sí lo sé.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Dejé la copa en una mesa.
—Y no quiero que lo digas.
Edward miró alrededor.
La música seguía.
Peter seguía siendo un peligro para las personas situadas a menos de dos metros.
Nadie nos prestaba atención.
—A veces pienso que si las cosas hubieran sido diferentes...
—Pero no lo fueron.
—Eso no significa que no puedas pensarlo.
—Puedes pensar lo que quieras. Lo que no puedes hacer es convertirme en parte de ello mientras sigues casado.
Edward bajó la mirada.
—Las cosas con Amanda...
—No.
Me miró.
—Otra vez.
—Otra vez.
—Ni siquiera me dejas explicarlo.
—Porque no soy la persona a la que tienes que explicárselo.
Silencio.
—Si eres infeliz, habla con ella.
—Lo he hecho.
—Pues sigue hablando. O haz algo. Pero hazlo con ella.
—¿Y nosotros?
Ah.
Nosotros.
Una palabra pequeña y extraordinariamente peligrosa.
—No hay nosotros.
Edward asintió.
Dolió un poco decirlo.
No porque estuviera enamorada de él.
No lo estaba.
Pero Edward era importante para mí.
Y precisamente por eso no quería convertirnos en algo miserable.
—Lo siento —dijo.
—Lo sé.
—¿Seguimos siendo amigos?
—Mañana.
Sonrió.
—¿Mañana?
—Esta noche estoy enfadada contigo.
—Justo.
—Y el lunes quiero el informe alemán.
—Eso es cruel.
—Buenas noches, Edward.
—Buenas noches, Claire.
Me fui poco después.
No porque Edward hubiera arruinado la fiesta.
Bueno.
Un poco.
Pero también porque llevaba tacones, había bebido más de lo que pretendía y Peter acababa de anunciar que quería cantar Fairytale of New York .
Había límites.
Cogí un taxi.
Londres estaba cubierto de luces.
Oxford Street.
Escaparates.
Árboles.
Estrellas.
Ángeles gigantes suspendidos sobre las calles.
Parejas.
Gente cargada de bolsas.
Todo el mundo parecía haber aceptado colectivamente que durante tres semanas era razonable cubrir una ciudad entera con bombillas.
Apoyé la cabeza contra la ventanilla.
Pensé en Edward.