Capítulo 10 #2
—Pero jurídicamente sólido.
Sonreí.
—Empiezas a aprender.
A las nueve y cuarto tenía hambre.
Henry también.
Lo supe porque miró hacia mi cocina.
—¿Tienes algo para comer?
—Sí.
—¿Qué?
—Comida.
—Eso es tranquilizador.
Abrí un armario.
Pasta.
Perfecto.
—Puedo hacer pasta.
Henry me miró.
—¿Tú?
—Sé cocinar pasta.
—Después de la última vez...
—Aquello fue una situación excepcional.
—Había seis vecinos en tu cocina.
—Precisamente.
Puse agua.
Henry siguió trabajando.
Diez minutos después apareció detrás de mí.
—Claire.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo lleva eso?
—No sé.
—¿No has puesto temporizador?
—No necesito temporizador para hervir pasta.
Henry cogió un espagueti.
Lo miró.
—Esto es un crimen.
—Está hecho.
—Está muerto.
—Me gusta así.
—No te gusta así.
—¿Cómo sabes cómo me gusta la pasta?
—Porque nadie quiere esto voluntariamente.
—Esta es mi cocina.
—Precisamente por eso alguien tiene que intervenir.
Cogió el colador.
—Whitmore.
—Apártate.
—No.
—Claire.
—No vas a apropiarte de mi cocina.
—La pasta ya no puede defenderse sola.
Me aparté.
—Te odio.
—Lo sé.
Cinco minutos después había conseguido convertir mi desastre en algo razonablemente comestible con aceite, ajo, queso y cosas que encontró en mi nevera.
Nos sentamos.
—No digas nada —advertí.
—No iba a decir nada.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre que sabe que tenía razón.
—Es mi cara normal.
—Eso explica muchas cosas.
Comimos sobre la póliza.
No era romántico.
Había una factura de mantenimiento debajo de mi plato.
Henry tenía una mancha de salsa en una página sobre exclusiones.
Era probablemente la cena menos romántica de la historia.
Me sentía extraordinariamente cómoda.
Eso era preocupante.
—¿Qué haces exactamente en la Oficina de Patentes? —preguntó.
—Soy asesora jurídica.
—Eso ya lo sé.
—Entonces ¿por qué preguntas?
—Porque «asesora jurídica» puede significar aproximadamente quinientas cosas.
—Depende.
—Gran respuesta.
—Procedimiento. Interpretación jurídica. Recursos. Asuntos relacionados con patentes. A veces paso semanas discutiendo sobre una palabra.
—¿Una palabra?
—Una palabra puede valer millones.
Henry asintió.
—Eso sí lo entiendo.
—Eres ingeniero. Las palabras os parecen decoración.
—Hasta que alguien interpreta mal una especificación y construye algo incorrectamente.
—Bien.
—¿Ves? Podemos ser amigos.
Me atraganté ligeramente con el vino.
—No exageremos.
Henry sonrió.
—¿Ves patentes raras?
—Constantemente.
—Dame una.
Pensé.
Sonreí.
—Paritorio centrífugo.
Henry dejó el tenedor.
—¿Qué?
—Un paritorio centrífugo.
—Eso no existe.
—Existe.
—No.
—Sí.
—¿Qué hace?
—Gira.
—Ya había deducido esa parte.
—La idea es utilizar la fuerza centrífuga para ayudar al parto.
Henry me miró.
Esperé.
—Te lo estás inventando.
—Te juro que no.
—¿Ponen a una mujer de parto a girar?
—Simplificando bastante...
—Claire.
—Sí.
Henry empezó a reírse.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—Tiene un sistema de retención.
Eso terminó con él.
Henry dejó el tenedor.
Se tapó la cara.
—Por favor.
—Seguridad ante todo.
—Para.
—Es ingeniería.
—No metas a la ingeniería en esto.
—Alguien hizo cálculos.
—Claire.
—Hay dibujos.
Henry estaba riéndose de verdad.
No sonriendo.
No aquella sonrisa educada que utilizaba con los vecinos.
Riéndose.
Tuvo que dejar la copa.
—¿Qué pasa cuando...?
—No lo preguntes.
—Necesito saberlo.
—No.
—Profesionalmente.
—Eres ingeniero de saneamiento.
—Precisamente. Me preocupa el sistema de recogida.
Lo miré.
—Eres repugnante.
Henry volvió a reírse.
Yo también.
Y durante unos minutos no hubo caldera.
Ni póliza.
Ni vecinos.
Ni Arsenal.
Ni Tottenham.
Solo dos idiotas riéndose de una patente absurda en mi cocina.
A las diez y diecisiete llamó la aseguradora.
O, más exactamente, devolvieron la llamada que Rachel había hecho aquella tarde.
Puse el teléfono en altavoz.
Henry dejó de reírse.
Yo también.
La conversación duró diecinueve minutos.
Nos pidieron el informe.
Fotografías.
Historial de mantenimiento.
Presupuesto.
Y confirmaron que querían revisar la documentación antes de autorizar trabajos que no fueran estrictamente necesarios para evitar daños adicionales.
Cuando colgué, Henry me miró.
—Tenías razón.
Lo observé.
—Perdona.
—No voy a repetirlo.
—Necesito disfrutar este momento.
—Treinta segundos.
Miré el reloj.
—Empieza ahora.
Henry esperó.
—¿Ya?
—Veintiséis.
—Eres insoportable.
—Veintidós.
—Voy a decírselo a Martin.
—Dieciocho.
Henry cogió el teléfono.
Yo sonreí.
Terminamos poco antes de las once.
Habíamos preparado una carpeta con todo lo que necesitábamos.
Informe técnico.
Póliza.
Facturas.
Historial de mantenimiento disponible.
Fotografías.
Presupuesto pendiente.
Y una lista de preguntas para la empresa que llevaba la instalación.
Henry cerró el portátil.
—Creo que tenemos un caso.
—Tenemos una reclamación.
—Eso he dicho.
—No es lo mismo.
—Para las personas normales sí.
—Por eso necesitabas una abogada.
Se levantó.
Recogió sus papeles.
—Buen equipo.
Lo dijo sin pensar.
Como si fuera una constatación.
Me quedé callada un instante.
—No te acostumbres.
—Ni se me ocurriría.
Lo acompañé hasta la puerta.
—Gracias por la pasta —dije.
Henry se puso el abrigo.
—Eso tampoco era pasta cuando llegué.
—Buenas noches, Henry.
—Buenas noches, Claire.
Abrió la puerta.
—Claire.
—¿Qué?
—Lo del paritorio.
—¿Sí?
—Mañana quiero ver los dibujos.
—Ni hablar.
—Has dicho que existen.
—Buenas noches.
—Me los vas a enseñar.
Cerré la puerta.
Todavía podía oírlo riéndose mientras subía las escaleras.
Volví a la cocina.
Dos platos.
Dos copas.
Dos tazas de café.
Una póliza llena de marcas.
Facturas.
Mi portátil.
Una silla ligeramente apartada de la mesa.
Habíamos pasado casi cuatro horas juntos.
Henry no había intentado impresionarme.
No había contado historias sobre Mozambique.
No había mencionado que sabía más que nadie.
Yo no había pensado en Sarah.
Ni en Catherine.
Ni en las Moleskine.
Ni una sola vez.
Habíamos discutido.
Habíamos trabajado.
Habíamos conseguido que una compañía de seguros abriera un expediente.
Habíamos cenado una pasta que, en contra de la versión revisionista de Henry, era perfectamente recuperable.
Y había conseguido hacer reír a Henry Whitmore hasta que casi se atragantara.
No había ocurrido nada.
Absolutamente nada.
Recogí su copa.
Sonreí.
Dejé de sonreír.
Aquello empezaba a ser preocupante.