Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa cara de ingeniero que acaba de resolver algo.

—No es una cara.

—Es una cara.

—Claire.

—¿Qué?

Henry respiró.

—Ahora es bastante más difícil.

—¿Qué?

—Mantener la distancia.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Otra vez.

—Ah.

Henry sonrió.

—Otra vez «ah».

—Estoy procesando.

—Tómate tu tiempo.

—No seas condescendiente.

—No lo soy.

—Lo parece.

—Estoy nervioso.

Aquello sí que no me lo esperaba.

—¿Tú?

—Sí.

—No pareces nervioso.

—Años de ingeniería.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé.

Silencio.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Henry pensó.

—No lo sé.

—Eso es una respuesta horrible.

—¿Quieres que invente una fecha?

—Podrías intentarlo.

—La caldera.

—¿La caldera?

—Quizá antes.

—¿Antes?

—El árbol seguro.

—Eso fue después de la caldera.

—Lo sé.

—Entonces no sirve como referencia temporal.

—Claire.

—¿Qué?

—¿De verdad quieres discutir la cronología?

Lo miré.

—No.

—Bien.

—Henry.

—¿Sí?

—Si ahora te beso, ¿vas a analizarlo como si fuera una estación de bombeo?

Henry parpadeó.

—Probablemente.

—Qué romántico.

—Podría intentar no hacerlo.

—Haz un esfuerzo.

Lo besé.

No fue perfecto.

Gracias a Dios.

Después de todo aquello —fantasías, humillaciones, cenas, paraguas, fugas de agua, niños, camisetas del Arsenal, álbumes robados, fotografías borrosas, calderas, árboles de Navidad y una cantidad preocupante de basura— habría sido insoportable que además el beso fuera perfecto.

Chocamos ligeramente.

Henry casi tiró mi copa.

Yo tenía una mano en una posición absurda.

Él intentó decir algo.

—Cállate.

—No he...

Lo besé otra vez.

Esta vez fue mejor.

Mucho mejor.

Henry me rodeó la cintura.

Y durante un rato no hubo nada gracioso.

Nada que analizar.

Nada que justificar.

Nada que convertir en un argumento.

Solo Henry.

Cuando nos separamos, apoyé la frente contra él.

—Bueno —dijo.

—Ni se te ocurra.

—No iba a decir nada.

—Lo estabas pensando.

—Quizá.

Lo besé otra vez.

Esta vez chocamos con la mesa.

El recipiente cayó.

Henry lo atrapó.

—Cuidado.

Me aparté.

—¿En serio?

—¿Qué?

—Acabo de besarte y te preocupa el táper.

—Se estaba cayendo.

—Has tardado tres meses en besarme y lo primero que haces es salvar un recipiente de plástico.

Henry se quedó inmóvil.

—¿Tres meses?

Mierda.

—Es una forma de hablar.

—Muy específica.

—No empieces.

—¿Tres meses?

—Henry.

Sonrió.

—Esto explica muchas cosas.

—No explica nada.

—El taladro.

—Era domingo.

—Los paraguas.

—No tiene relación.

—La caldera.

—Eso era jurídico.

—El árbol.

—Cállate.

—Mozambique.

Silencio.

—Eso no explica Mozambique.

—No.

—Algún día me vas a contar cómo sabías lo de Sarah.

—No.

—Claire.

—Bésame.

Henry consideró la oferta.

—Eso parece una maniobra para evitar responder.

—Soy abogada.

—Justo.

Me besó.

Funcionó.

Media hora después estábamos otra vez sentados a la mesa.

La cena se había enfriado.

Henry comió otra patata.

—Está un poco salada.

Lo miré.

—Hace una hora estaba buena.

—Ahora tenemos más confianza.

—Esto ha sido un error.

—Probablemente.

—Todavía puedo irme.

—No creo.

—¿Por qué?

—Porque no tienes zapatos.

Miré hacia abajo.

Era verdad.

No recordaba haberme quitado los zapatos.

—¿Dónde están?

Henry señaló hacia el sofá.

—Ah.

—Otra vez «ah».

—Cállate.

Su teléfono vibró.

Henry lo miró.

Sonrió.

Lo puso boca abajo.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas el nada.

—No es nada.

—Enséñamelo.

—No.

—Henry.

Intenté coger el teléfono.

Lo apartó.

—Dámelo.

—No.

—¿Es Sarah?

Eso fue suficiente.

Henry sonrió.

Me lancé sobre el teléfono.

—Claire.

—Dámelo.

—No.

—¡Henry!

Conseguí quitárselo.

Había un mensaje.

Sarah: FINALLY.

Lo miré.

Henry se encogió de hombros.

—Dramatiza.

—¿Por fin?

—Eso parece.

—¿Qué le habías contado de mí?

—Nada.

—No hagas el nada.

—Algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas.

—¿Desde cuándo?

—Claire.

—¿Sabía lo de la caldera?

—Puede.

—¿El árbol?

Henry bebió vino.

—Puede.

—¿Edward?

Henry no contestó.

Abrí mucho los ojos.

—¡Sabías que estabas celoso!

—No he dicho eso.

—¡Le hablaste de Edward!

—Era información contextual.

—Hijo de puta.

Henry empezó a reírse.

Le lancé una servilleta.

A las dos de la mañana el árbol seguía encendido.

Estaba seco.

Torcido.

Le faltaban ramas.

Había sobrevivido a Navidad por pura obstinación.

Un poco como yo.

Me quedé mirándolo.

Jane Austen se había equivocado en una cosa.

O quizá la que se había equivocado era yo.

Había pasado meses buscando al señor Darcy.

En Tinder.

En restaurantes.

En bares.

En hombres con bicicletas.

Con relojes.

Con fotografías en montañas.

Con discursos sobre masculinidad.

Con planes quinquenales.

Con opiniones sobre mi reloj biológico.

Había buscado inteligencia.

Educación.

Bondad.

Humor.

Un hombre que supiera quién era Jane Austen.

Preferiblemente con pelo.

Y al final resultó que Darcy vivía en el cuarto.

Tenía un poco de barriga.

Compraba paraguas por lotes porque los perdía.

Cocinaba mejor que yo.

Era incapaz de comprar un árbol de Navidad de tamaño razonable.

Era del Arsenal.

Y la pasta le gustaba demasiado al dente.

Henry me miró.

—¿Qué?

Sonreí.

—Nada.

—No hagas el nada.

Me incliné hacia él.

—Cállate, Henry.

Y volví a besarlo.

FIN