Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 9
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Capítulo 9

La mujer que sabía lo que hacía

Los lunes por la mañana trabajaba para la Oficina Europea de Patentes.

Los viernes por la noche también.

Y los martes, miércoles y jueves.

Esto puede parecer una aclaración innecesaria, pero durante las últimas semanas mi actividad principal había consistido en salir con hombres inadecuados, provocar pequeñas catástrofes domésticas y cometer delitos menores contra la intimidad de mi vecino.

En realidad tenía una profesión.

Y era bastante buena en ella.

Llevaba casi doce años trabajando como asesora jurídica en la Oficina Europea de Patentes.

Doce años de reglamentos, recursos, decisiones, reuniones, abogados, ingenieros, examinadores, inventores y documentos en los que personas extraordinariamente inteligentes podían dedicar cuarenta páginas a discutir el significado exacto de una sola palabra.

Me gustaba.

Mucho.

Probablemente demasiado.

A las nueve y siete del lunes estaba leyendo un informe cuando Peter apareció en la puerta de mi despacho.

No llamó.

Peter nunca llamaba.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Precisamente. Quiero conservar esa ventaja.

Entró.

Llevaba una carpeta.

Eso era mala señal.

—Tengo algo para ti.

—Déjalo ahí.

—Tienes que verlo.

—No tengo que ver nada. Tengo una reunión a las diez y necesito terminar esto.

Peter dejó la carpeta delante de mí.

—Es un paritorio giratorio.

Levanté la vista.

—¿Un qué?

—Un paritorio giratorio.

—Sé lo que significan las dos palabras por separado.

—Utiliza la fuerza centrífuga.

Lo miré.

Peter sonreía.

—¿Para qué?

—Para facilitar el parto.

Dejé el bolígrafo.

—Peter.

—Es real.

—¿Estás diciéndome que alguien ha patentado poner a una mujer embarazada a dar vueltas hasta que salga el niño?

—Estás simplificando considerablemente la invención.

—Estoy haciendo un esfuerzo enorme.

Abrió la carpeta.

Había un dibujo.

Lo miré.

Después miré a Peter.

Volví a mirar el dibujo.

Había una mujer tumbada sobre una especie de mesa circular.

—No.

—Sí.

—¿A qué velocidad gira esto?

—Está calculado.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Peter señaló una parte del dibujo.

—Tiene un sistema de retención.

Me tapé la boca.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Claire.

—Soy asesora jurídica de la Oficina Europea de Patentes. Jamás me reiría de una invención.

—Te estás poniendo roja.

—Necesito que salgas de mi despacho.

—Espera, no has visto lo mejor.

—¿Hay algo mejor que centrifugar a una parturienta?

Pasó la página.

Leí.

Tuve que levantarme.

—No puedo.

—Claire...

—Fuera.

—Pero...

—Tengo una reunión dentro de cincuenta minutos y necesito recuperar el respeto por el sistema internacional de patentes.

Peter recogió la carpeta.

—Sabía que te gustaría.

—Te odio.

—Te mando el PDF.

—No lo hagas.

—Ya lo he hecho.

Mi ordenador emitió un sonido.

Peter Wallace — Centrifugal childbirth apparatus.pdf

Cerré los ojos.

Doce años.

Había dedicado doce años de mi vida a aquello.

Y no los habría cambiado por nada.

A las diez entré en una sala de reuniones con tres expedientes, un portátil y la certeza de que alguien al otro lado de la mesa estaba intentando ser más listo que nosotros.

Aquello me gustaba bastante menos que el paritorio giratorio.

Pero se me daba mucho mejor.

Había seis personas.

Dos abogados externos.

Un representante de la empresa.

Dos compañeros de la Oficina.

Edward.

Y yo.

El abogado que llevaba hablando aproximadamente ocho minutos se llamaba Richard Foster.

Había cometido dos errores.

El primero era pensar que hablaba demasiado deprisa para que yo pudiera seguirlo.

El segundo había ocurrido al presentarnos.

Me había llamado «young lady».

Tenía aproximadamente mi edad.

Decidí esperar.

—Por tanto —concluyó—, creemos que esta interpretación resuelve la cuestión.

Cerró la carpeta.

—No —dije.

Foster me miró.

—¿Perdón?

—No la resuelve.

—Creo que acabo de explicar...

—Lo ha explicado perfectamente.

Abrí uno de los expedientes.

—Ese es el problema.

Edward bajó la vista.

Sabía lo que venía.

—En la reivindicación tres —continué— están interpretando continuous en sentido temporal.

Busqué la página.

—Aquí.

La giré hacia Foster.

—Sí.

—Pero en la siete necesitan que signifique continuidad física.

Silencio.

—No necesariamente.

—Necesariamente.

El representante de la empresa se inclinó hacia delante.

Foster hojeó sus documentos.

—No creo que sea incompatible.

—Yo sí.

—La descripción permite...

—La descripción permite varias cosas. Su argumento, no.

Silencio.

Uno de mis compañeros empezó a sonreír.

Muy ligeramente.

—No pueden pedirnos que interpretemos el mismo término de dos maneras distintas dependiendo de qué reivindicación necesiten salvar.

Foster dejó de buscar.

—Es una interpretación excesivamente estricta.

—Es la suya.

—No estoy de acuerdo.

—Eso ya lo sé. Por eso estamos reunidos.

Edward tosió.

Conocía aquella tos.

Significaba que estaba intentando no reírse.

Foster me miró durante unos segundos.

Ya no parecía tener ninguna intención de llamarme young lady .

Bien.

Ya éramos seis personas participando en la reunión.

—Has disfrutado.

Edward me alcanzó en el pasillo.

—Muchísimo.

—Eres una persona horrible.

—Me llamó young lady .

—Lo oí.

—Grave error.

—Creo que ya se ha dado cuenta.

—Eso espero.

Edward caminó a mi lado.

Era abogado.

Cuarenta y cuatro años.

Inteligente.

Divertido.

Muy buen compañero.

Y guapo.

Objetivamente bastante guapo.

También llevaba doce años casado con una mujer llamada Amanda y tenía dos hijos.

Aquello último era un dato que Edward olvidaba ocasionalmente cuando hablaba conmigo.

Yo procuraba ayudarle a recordarlo.

—Te debo una copa —dijo.

—Me debes el informe del jueves.

—También.

—Y el del asunto alemán.

—Eso es trabajo.

—Estamos trabajando.

—Pensaba en algo menos profesional.

Seguimos caminando.

No respondí.

Edward sonrió.

Conocía aquella sonrisa.

—¿Amanda no te deja beber en casa?

La sonrisa perdió aproximadamente un veinte por ciento de intensidad.

—No estaba sugiriendo nada.

—Perfecto.

—Solo una copa.

—Entonces puedes invitar también a Peter.

—Preferiría no hacerlo.

—Yo preferiría que sí.

Edward metió las manos en los bolsillos.

—Eres imposible.

—Y tú estás casado.

—No tiene por qué significar...

Me detuve.

Edward también.

—No.

—¿No qué?

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—La parte que viene ahora.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Edward guardó silencio.

Lo conocía desde hacía nueve años.

Me caía bien.

Mucho.

Precisamente por eso aquella conversación me aburría.

—Las cosas con Amanda no están...

Levanté una mano.

—Esa.

—¿Qué?

—Esa era la parte.

—Claire...

—No me conviertas en la mujer a la que le cuentas que tu matrimonio va mal.

—Solo estaba hablando contigo.

—Pues háblame de la patente.

—No quiero hablar de la patente.

—Entonces habla con Amanda.

Edward suspiró.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es.

—Tú no sabes...

—No. Y no quiero saberlo.

Me miró.

No estaba enfadada.

Él tampoco.

Habíamos bordeado aquella conversación demasiadas veces.

—Si tu matrimonio va mal, habla con Amanda. Si no podéis arreglarlo, sepárate. Si quieres divorciarte, divórciate.

—¿Y después?

Ah.

Ahí estaba Edward.

Sonreí.

—Después puedes invitarme a cenar.

Le cambió la cara.

—¿En serio?

—No te emociones. Era una construcción hipotética.

—Eres cruel.

—Soy jurista. Trabajamos mucho con hipótesis.

Seguí caminando.

Edward me alcanzó.

—Pero no has dicho que no.

—Edward.

—Solo señalo un hecho.

—¿Quieres que lo diga?

—No especialmente.

—Hombre inteligente.

A la hora de comer Peter había enviado el paritorio giratorio a otras cuatro personas.

Se había convertido en un problema institucional.

—No puede ser real —dijo Hannah.

—Es real —respondió Peter.

—No quiero verlo —dijo Edward.

—Sí quieres.

—No.

—Mira el sistema de retención.

—Peter —dije—, estamos comiendo.

Hannah cogió el teléfono.

—¿Qué ocurre exactamente cuando nace el bebé?

Dejé el tenedor.

—Gracias, Hannah.

—Es una pregunta técnica.

—Es una pregunta que no necesitaba hacer mientras yo comía sopa.

Peter estaba encantado.

—Está previsto.

—Naturalmente —dije—. Lo contrario sería una laguna importante en la invención.

Edward terminó mirando el dibujo.

Permaneció callado unos segundos.

—¿Quién inventa estas cosas?

—Personas —dijo Peter.

—Ese es el problema —dije.

Hannah empezó a reírse.

Yo también.

Aquello ocurría de vez en cuando.

Patentes para cosas que nadie había pedido.

Inventos extraordinariamente complicados para resolver problemas que probablemente no existían.

Dispositivos que requerían más ingeniería que el problema que pretendían solucionar.

Y detrás de cada uno podía haber años de trabajo, dinero, abogados y una persona absolutamente convencida de haber cambiado el mundo.

No nos reíamos de los inventores.

Bueno.

Casi nunca.

Nos reíamos porque, después de pasar suficiente tiempo trabajando con patentes, una desarrollaba mecanismos de defensa.

El humor era uno de ellos.

El café era otro.

Por la tarde Hannah entró en mi despacho.

Esta vez llamó.

Era una de las asesoras más jóvenes del equipo.

Muy buena.

Y todavía tenía la costumbre de pedir permiso antes de estar segura de algo.

Yo había tardado años en perderla.

—¿Tienes un minuto?

—Sí.

Entró con el portátil.

—Creo que tenemos un problema con el asunto de esta mañana.

—¿Qué problema?

Me enseñó una decisión.

Leí.

—Esto.

Señalé un párrafo.

—Sí.

—Bien visto.

—Pero no estoy segura de que...

—¿Por qué?

—Porque quizá lo estoy interpretando demasiado ampliamente.

—¿Qué dice?

Hannah explicó su razonamiento.

La escuché.

Era bueno.

Muy bueno.

—¿Se lo has dicho a Edward?

—No.

—¿Por qué?

—Quería preguntarte primero.

Me recliné en la silla.

—No hagas eso.

Pareció preocupada.

—¿Está mal?

—No. Precisamente.

Giré el portátil hacia ella.

—Está bien argumentado. Ve y díselo.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces Edward te explicará por qué.

—¿Y si no?

—Entonces habrás encontrado algo que nosotros no hemos visto.

Hannah sonrió.

—¿Tú nunca dudas?

Me reí.

—Constantemente.

—No lo parece.

—Eso se aprende.

Cogió el portátil.

—Gracias.

—Hannah.

Se volvió.

—¿Sí?

—Buen trabajo.

Sonrió otra vez.

Salió.

Me quedé mirando la puerta.

A los veintisiete años yo también había necesitado que alguien me dijera aquello.

Después había dejado de necesitarlo.

O quizá simplemente había aprendido a decírmelo sola.

A las seis y cuarto seguía en el despacho.

Peter se había ido.

Hannah se había ido.

Edward apareció con el abrigo puesto.

—¿Sigues aquí?

—Observación brillante.

—Ven a tomar algo.

—No.

—Peter viene.

Levanté la vista.

—Mentira.

—Sí.

—¿De verdad?

—No.

—Buenas noches, Edward.

Sonrió.

—Buenas noches, Claire.

Se quedó un instante.

—Lo decía en serio antes.

—Yo también.

Asintió.

Esta vez no hizo ninguna broma.

—Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Se marchó.

Volví al documento.

Veinte minutos después me di cuenta de que llevaba cinco minutos leyendo el mismo párrafo.

Cerré el portátil.

En el tren de vuelta pensé en Edward.

No porque quisiera acostarme con él.

No quería.

Bueno.

Eso requería una precisión jurídica.

Edward era atractivo.

En otras circunstancias quizá habría querido acostarme con él.

Las circunstancias incluían una esposa y dos niños.

Aquello simplificaba considerablemente el análisis.

No estaba desesperada.

Ese era un detalle que a veces parecía olvidar cuando hablaba con Sophie.

O cuando abría Tinder.

O cuando mi madre utilizaba expresiones como el reloj corre .

Había tenido oportunidades.

Había tenido relaciones.

Había querido a hombres.

Alguno me había querido.

Otros no.

Yo había dejado a alguno.

Alguno me había dejado a mí.

Y durante todos aquellos años siempre había habido otra cosa.

El trabajo.

Primero conseguir entrar.

Después aprender.

Después demostrar.

Después aquel puesto.

Después aquella responsabilidad.

Después aquel asunto que parecía imposible.

Después otro.

Siempre después.

A los veinticinco años había tenido una idea bastante precisa de cómo sería mi vida a los treinta y seis.

Profesionalmente había acertado bastante.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hacía.

Durante años había pensado que ya habría tiempo.

Primero una cosa.

Después otra.

Siempre había un después.

A los treinta y seis empezaba a sospechar que el tiempo tenía una interpretación mucho más estricta de la palabra.

Miré por la ventana.

Londres pasaba al otro lado del cristal.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Peter.

Abrí.

He encontrado otra.

Debajo había un PDF.

Method of exercising a cat.

Me quedé mirando la pantalla.

Después empecé a reírme.

Quizá algunas cosas podían esperar hasta mañana.