Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—¿Qué dijo?

Lucy pensó.

—«¿Dónde está Claire?»

—¿Solo eso?

—Sí.

—Ah.

—Le dije que habías ido al baño.

—Bien.

Lucy miró hacia el pasillo.

—El baño está allí.

—Ya lo sé.

—Esto no es el baño.

—Lucy.

—¿Qué?

—Vamos a ver el partido.

Dejé el álbum exactamente donde creía que estaba.

Salimos.

Henry estaba en la cocina.

—¿Te habías perdido?

—No.

—Lucy dijo que estabas buscando el baño.

—Ya lo he encontrado.

Henry señaló hacia el otro lado del pasillo.

—Está allí.

—Gracias.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Me miró durante medio segundo.

—¿Otra cerveza?

—Sí.

Abrió la nevera.

Sacó una.

La misma.

Naturalmente.

—Gracias.

—De nada.

Volvió al salón.

Eso fue todo.

Ni sospecha.

Ni interrogatorio.

Ni una mirada misteriosa.

Nada.

Me había jugado mi dignidad y posiblemente mi libertad para fotografiar sus diarios y Henry estaba preocupado por si encontraba el baño.

Irritante.

El Barcelona empató.

Sonreí.

—Te he visto —dijo Martin.

—No sé de qué hablas.

—Ha sonreído —anunció.

Henry estaba repartiendo patatas fritas.

—Es del Tottenham. No puede evitarlo.

—Estoy apoyando el buen fútbol.

—Estás apoyando a cualquiera que juegue contra el Arsenal.

—Eso también es buen fútbol.

Henry me ofreció el bol.

Cogí unas patatas.

—Gracias.

—De nada.

Otra vez.

Exactamente igual que a todos.

Aquello empezaba a ponerme de muy mal humor.

El Arsenal terminó ganando.

No quiero hablar de ello.

Los niños estaban eufóricos.

Los adultos se comportaban como niños.

Henry parecía genuinamente feliz.

Yo contemplé la posibilidad de abandonar el edificio.

Entonces Rachel apagó las luces.

—¿Qué pasa? —preguntó Henry.

Emily apareció desde la cocina llevando una tarta.

Todos empezaron a cantar.

Henry se quedó quieto.

Sorprendido de verdad.

Miró a Rachel.

A Emily.

A todos.

Por primera vez desde que lo conocía pareció no saber qué hacer.

—No —dijo.

Rachel rio.

—Sí.

—Os dije que no quería...

—No sabías nada.

—Precisamente.

Emily dejó la tarta delante de él.

—Tienes que soplar.

—Tengo cuarenta y cinco años.

—Por eso hay muchas velas.

Todos se rieron.

Henry miró la tarta.

Después alrededor.

Sonrió.

No su sonrisa educada.

Otra.

Más pequeña.

—Gracias.

Eso fue todo.

Pero lo dijo de una manera que hizo que el salón se quedara extrañamente tranquilo durante un segundo.

Después Emily empezó a exigir que soplara antes de que la cera cayera sobre el chocolate.

El momento desapareció.

Me alegré.

No necesitaba descubrir más cosas sobre Henry aquel día.

Ya tenía suficiente material ilegal en el teléfono.

La fiesta terminó poco después.

Lucy estaba agotada.

Yo también.

Recogí nuestras cosas.

Henry estaba junto a la puerta despidiendo gente.

—Gracias por venir —me dijo.

—He venido por Lucy.

Miró hacia el salón.

Lucy estaba explicándole algo a Emily con una patata frita en la mano.

—Claro.

—Necesitaba un adulto responsable.

Henry miró otra vez a Lucy.

Después a mí.

—Y te eligió a ti.

Lo miré.

—Vete a la mierda, Whitmore.

Sonrió.

—Gracias por venir, Claire.

—Feliz cumpleaños.

—Gracias.

Bajamos.

—Ha sido divertido —dijo Lucy.

—Sí.

—Henry es muy majo.

—Sí.

—¿Volveremos?

—No sé.

—¿Por qué?

—Porque no podemos autoinvitarnos a casa de la gente.

Lucy me miró.

—Pero hoy nos hemos autoinvitado.

—No.

—Sí.

—Henry nos ha dejado entrar.

—Porque yo quería ver el partido.

—Exactamente.

—Después de que me compraras la camiseta para que quisiera venir.

Me detuve en el rellano.

Miré a mi sobrina.

Sesenta y cinco libras.

Sesenta y cinco libras para crear a la única testigo capaz de destruir toda mi coartada.

—Eso no tiene nada que ver.

—Sí tiene.

—Lucy.

—¿Qué?

—Hay cosas que no hace falta contarle a tu madre.

La niña sonrió.

—¿Me estás sobornando otra vez?

A las diez y media Lucy dormía en mi cama.

Yo estaba en el sofá.

Con una copa de vino.

Las cortinas cerradas.

El teléfono en la mano.

Era el momento.

Todo aquello había valido la pena.

Abrí la galería.

Diecisiete fotografías.

Primera.

Borroso.

Fruncí el ceño.

Segunda.

Borroso.

Tercera.

Mi pulgar.

—No.

Cuarta.

Media página.

Inclinada.

Amplié.

Nada.

Quinta.

Borroso.

Sexta.

Un reflejo.

Séptima.

Perfectamente enfocada.

Sonreí.

Era una página en blanco.

—Joder.

Octava.

Texto.

Por fin.

Amplié.

Podía distinguir una palabra.

Martes.

Nada más.

Novena.

Borroso.

Décima.

Catherine.

O quizá cafetería .

Amplié.

Pixel.

Más pixel.

Un cuadrado gris.

—Vamos.

Undécima.

Nada.

Duodécima.

Una esquina de mi jersey.

Las siguientes no eran mejores.

Llegué a la última.

Nítida.

Perfecta.

La portada interior.

H. Whitmore 2019

Me dejé caer contra el sofá.

Había traicionado al Tottenham.

Había sobornado a una menor con una camiseta de Bukayo Saka.

Me había autoinvitado a casa de Henry Whitmore.

Había registrado sus álbumes familiares.

Había elaborado hipótesis sentimentales sobre cuatro mujeres a las que no conocía.

Y había fotografiado clandestinamente su diario.

Mi investigación había producido dos datos fiables:

Henry Whitmore se llamaba Henry Whitmore.

Y en 2019 sabía escribir la palabra martes.

Bebí vino.

El espionaje era muchísimo más difícil de lo que parecía en televisión.