Capítulo 8 #2
—Mira el partido.
El Arsenal marcó poco antes del descanso.
El salón explotó.
Todo el mundo se levantó.
Henry abrazó a Martin.
Chocó la mano con Michael.
Emily y Lucy saltaban delante de la televisión.
El señor Harris gritaba algo que probablemente no habría dicho delante de los niños en otras circunstancias.
Yo seguí sentada.
Esperé.
No sé qué esperaba.
Nada.
Naturalmente.
Henry volvió a sentarse.
Ni siquiera me miró.
No esperaba que me mirara.
¿Por qué iba a mirarme?
Había marcado el Arsenal.
Yo era del Tottenham.
Lo lógico era precisamente no mirarme.
Completamente lógico.
Bebí cerveza.
Odiaba aquella fiesta.
Durante el descanso fui al baño.
Eso fue lo que ocurrió.
Fui al baño.
Nada más.
Al salir me equivoqué de puerta.
Esto puede ocurrir.
Las casas ajenas tienen puertas.
Abrí una.
Era un pequeño despacho.
Podría haberla cerrado inmediatamente.
No lo hice.
Había un escritorio.
Un ordenador.
Una lámpara.
Dos estanterías llenas de libros y carpetas.
Nada particularmente interesante.
Entonces vi los álbumes.
Estaban en una balda inferior.
Cinco o seis.
Grandes.
De esos que casi nadie utilizaba ya.
No estaban escondidos.
Eso era importante.
Estaban en una estantería.
Una estantería es un mueble destinado a mostrar cosas.
Técnicamente, por tanto, no estaba registrando nada.
Estaba mirando algo que Henry había decidido colocar en un lugar visible.
Cogí uno.
Esta argumentación probablemente no habría sobrevivido a un abogado.
Lo abrí.
Navidades.
Cumpleaños.
Comidas.
Una playa.
Una casa que no conocía.
Henry mucho más joven.
Me detuve.
No tenía barriga.
Interesante.
Henry Whitmore había sido delgado.
Aquello demostraba dos cosas.
La primera, que el tiempo no perdonaba a nadie.
La segunda, que yo estaba examinando la evolución abdominal de un hombre al que no encontraba atractivo.
Pasé página.
Apareció Catherine.
Supe inmediatamente que era ella.
Se parecía a Eleanor.
No muchísimo, pero lo suficiente.
Estaba sentada junto a Henry en una terraza.
Los dos miraban hacia la cámara.
Catherine reía.
Henry también.
Pasé página.
Otra.
Catherine en una cocina.
Henry con un delantal.
Una Navidad.
Un grupo de amigos.
Una boda que no parecía la suya.
Una playa.
Una vida.
Cerré el álbum.
Aquello me produjo una sensación extraña.
No tristeza exactamente.
Algo más incómodo.
Había conocido a Catherine como una información.
La mujer muerta de Henry.
En aquellas fotografías era simplemente Catherine.
Una persona.
Había tenido ropa que le gustaba.
Amigos.
Vacaciones.
Una forma de reír.
Había existido antes de convertirse en una frase que Rachel me había dicho en una cocina.
Dejé el álbum.
Podría haber vuelto al salón.
No lo hice.
Cogí otro.
Este era distinto.
Henry llevaba casco.
En muchas fotografías estaba cubierto de barro.
Había tuberías.
Depósitos.
Obras.
Gente con chalecos reflectantes.
Equipos enteros delante de estructuras cuya función yo era incapaz de adivinar.
En una fotografía Henry estaba metido hasta las rodillas en barro junto a una mujer negra que señalaba una tubería mientras otras tres personas estudiaban un plano.
Debajo alguien había escrito:
Beira, 2019. Otra vez la maldita estación de bombeo.
Sonreí.
Aquello me gustó.
No la estación de bombeo.
La palabra maldita .
Por fin aparecía una prueba documental de que Henry Whitmore podía perder la paciencia.
Pasé página.
Una instalación de tratamiento.
Una mesa llena de planos.
Henry dormido en una silla.
Una fotografía de seis personas bebiendo cerveza alrededor de una mesa de plástico.
Otra obra.
Otra ciudad.
Nepal, 2014.
Henry estaba mucho más joven y mucho más delgado.
Otra vez aquello.
En otra aparecía delante de una pantalla en lo que parecía una conferencia.
Traje.
Corbata.
Varias personas a su alrededor.
Un pie de foto mencionaba agua, saneamiento y reconstrucción.
Seguí pasando páginas.
Yo sabía que Henry era ingeniero civil.
No sabía exactamente qué hacía.
Ahora empezaba a entenderlo.
Agua.
Saneamiento.
Sistemas de abastecimiento.
Proyectos humanitarios.
Reconstrucción.
Todo aquello estaba allí.
Sin marcos.
Sin diplomas.
Sin fotografías heroicas en el salón.
Guardado en un álbum en una estantería del despacho.
Pensé en mi inundación.
Henry preguntando dónde estaba la llave de paso.
Henry llamando a Martin.
Henry fregando el suelo en calcetines sin mencionar en ningún momento que había pasado media vida trabajando precisamente con agua.
—Cabrón —murmuré.
Pasé página.
Y apareció una mujer.
Morena.
Quizá treinta y tantos en aquella fotografía.
Estaba junto a Henry en una obra.
Nada.
Compañera.
Pasé página.
Otra vez.
Cena.
La misma mujer sentada frente a Henry.
Interesante.
Otra página.
Conferencia.
Ahí estaba otra vez.
Tres apariciones.
Volví atrás.
Sí.
Tres.
En una tenía la mano apoyada en el hombro de Henry.
Aquello podía significar muchas cosas.
Amistad.
Parentesco.
Una relación sexual prolongada.
O que estaban intentando caber todos dentro de la fotografía.
Decidí no descartar ninguna hipótesis.
Seguí.
Una rubia.
Dos apariciones.
Otra mujer con vestido rojo.
Una sola, pero peligrosamente cerca.
Una mujer asiática abrazando a Catherine y a Henry.
Probablemente amiga.
O no.
No sabía qué estaba calculando exactamente.
Pero los datos eran los datos.
Volví a la morena.
¿Quién coño era?
Miré debajo de la fotografía.
Nada.
Le di la vuelta.
Nada.
Perfecto.
Estaba a punto de cerrar el álbum cuando vi las libretas.
Moleskine.
Negras.
Todas iguales.
En una balda lateral.
Tenían años escritos en el lomo.
Las miré.
No.
De ninguna manera.
Los álbumes eran una cosa.
Los diarios eran otra.
Leer el diario privado de otra persona era una violación intolerable de su intimidad.
Cogí 2019.
Solo para confirmar que era un diario.
Lo abrí.
La letra de Henry era pequeña y sorprendentemente ordenada.
12 de marzo.
Debajo había varias líneas.
Leí.
Problemas otra vez con la presión en el sector norte. Revisar cálculo de demanda. Hablar con Hassan sobre las bombas.
Magnífico.
Había violado la intimidad de Henry Whitmore para descubrir que las bombas bombean.
Pasé página.
Más trabajo.
Nombres.
Números.
Un pequeño dibujo de una instalación.
Otra fecha.
Una cena.
Un vuelo.
Catherine.
Me detuve.
Volví atrás.
Catherine.
Leí la línea.
No entendí el contexto.
Pasé página.
Otro nombre.
Sarah.
Sarah.
Miré el álbum.
La morena.
¿Sarah?
Podía ser.
Podía no ser.
Necesitaba más información.
No.
No necesitaba absolutamente ninguna información.
Cerré la libreta.
La devolví.
Me quedé mirándola.
Robarla era imposible.
Henry tenía los cuadernos ordenados cronológicamente.
Notaría un hueco.
Además, robar era delito.
Fotografiar, en cambio...
También estaba mal.
Pero ocupaba menos espacio en el bolso.
Saqué el teléfono.
Primera página.
Foto.
Segunda.
Foto.
Otra.
Foto.
Intenté hacerlo rápido.
Desde el salón llegó un rugido.
El partido había vuelto a empezar.
Perfecto.
Cobertura.
Pasé otra página.
Sarah.
Foto.
Otra.
Foto.
Oí pasos.
Mierda.
Cerré la libreta.
¿Dónde estaba?
Entre 2018 y 2020.
Eso era fácil.
La metí.
Sobresalía.
¿Sobresalía antes?
No.
Quizá sí.
Empujé.
Demasiado.
La saqué otra vez.
Pasos.
Cogí el álbum.
—Tía Claire.
Casi grité.
Lucy estaba en la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
—Pues ya me has encontrado.
Lucy miró el álbum.
Después las libretas.
Después a mí.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Estás mirando las cosas de Henry.
—Es un álbum.
—Ya.
Aquella niña tenía seis años y ya sabía utilizar el silencio como técnica de interrogatorio.
—¿Qué quieres?
—Ha empezado la segunda parte.
—Ahora voy.
—Henry preguntó dónde estabas.
Mi corazón hizo una cosa absurda.
—¿Henry?
—Sí.