Capítulo 8
El hombre del Arsenal
Hay cosas que una mujer del Tottenham no debería hacer.
Animar al Arsenal.
Desear que gane el Arsenal.
Entrar voluntariamente en el Emirates Stadium.
Y, desde luego, bajo ninguna circunstancia, gastar sesenta y cinco libras de su propio dinero en una camiseta oficial del Arsenal.
Yo hice esto último un jueves por la tarde.
Tenía una explicación.
No era buena.
Pero la tenía.
Todo había empezado con Emily.
Como empezaban últimamente demasiadas cosas.
Rachel y yo estábamos tomando café en su cocina mientras Emily hacía los deberes en el otro extremo de la mesa.
—Henry cumple años el sábado —dijo de repente.
Levanté la vista.
—¿Cómo sabes eso?
Rachel me miró.
—¿Por qué te interesa?
—No me interesa. Me sorprende que Emily lo sepa.
—Se lo dijo Henry.
—¿Por qué?
Emily levantó la cabeza.
—Porque se lo pregunté.
Aquello cerraba bastante bien la investigación.
—¿Y cuántos cumple?
—Cuarenta y cinco.
No reaccioné.
No había ninguna razón para hacerlo.
Cuarenta y cinco.
Nueve más que yo.
Información completamente irrelevante.
Bebí café.
—Además juega el Arsenal contra el Barcelona —continuó Emily.
—Lo siento por él.
Emily ignoró el comentario.
—Podríamos hacerle una fiesta sorpresa.
Rachel cerró los ojos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Henry odia las fiestas sorpresa.
—Entonces no se lo decimos.
Rachel me miró.
—Esa es exactamente la definición de una fiesta sorpresa.
Emily frunció el ceño.
—Pero es su cumpleaños.
—Podemos hacer algo sin organizar una invasión.
—Tiene una tele nueva.
No sabía aquello.
No tenía por qué saberlo.
—¿Ah, sí? —pregunté.
Rachel volvió a mirarme.
Mierda.
—De sesenta y cinco pulgadas —dijo Emily—. Con luces detrás.
—Ambilight —dijo Rachel.
—Eso.
Sesenta y cinco pulgadas.
Henry Whitmore se había comprado una televisión de sesenta y cinco pulgadas.
Aquello tampoco me interesaba.
—Podría preguntarle si puedo ver el partido con él —dijo Emily.
—No —respondió Rachel.
—¿Por qué?
—Porque no vas a autoinvitarte a casa de Henry.
—Pero es el Arsenal.
—Precisamente.
Emily pensó.
Se levantó.
Desapareció.
—¿Adónde va? —pregunté.
—A elaborar un plan.
—¿Deberíamos preocuparnos?
—Probablemente.
El plan de Emily funcionó.
Naturalmente.
Henry estuvo encantado de que quisiera ver el partido con él.
Lo que no le pareció tan buena idea fue invitar a una niña sola a su piso.
Así que invitó a Rachel y a Michael.
Después Emily preguntó si podía venir Noah, un amigo del colegio que también era del Arsenal.
Henry invitó a los padres de Noah.
Después apareció otro niño.
Después Martin.
Después el señor Harris.
Cuando Rachel terminó de explicármelo el viernes por la tarde, aquello ya no era una invitación para ver un partido.
Era un evento comunitario.
—Vamos a ser unos quince —dijo.
—Qué bien.
—Henry está comprando comida.
—Qué bien.
—Y nosotros llevaremos una tarta.
—Qué bien.
Rachel me miró.
—Puedes dejar de decir «qué bien».
—Me parece muy bien.
—Ya.
Silencio.
—¿A ti no te ha dicho nada? —preguntó.
La miré.
—¿Por qué iba a decirme algo?
—No sé.
—¿Me ha invitado?
Rachel tardó una fracción de segundo demasiado larga en responder.
—No.
—Perfecto.
—Claire...
—¿Qué?
—Eres del Tottenham.
—¿Y?
—Es una tarde para ver al Arsenal.
—Puedo ver al Arsenal.
—Los llamas «esa desgracia del norte de Londres».
—Eso es una descripción deportiva.
—Dijiste que preferías ver secarse pintura antes que un partido del Arsenal.
—Era una hipérbole.
—Dijiste que si ganaban la Liga te ibas a Francia.
—Francia es un país estupendo.
Rachel sonrió.
—¿Quieres venir?
—No.
—Vale.
—No quiero ir.
—No he dicho nada.
—Simplemente me parece curioso.
—¿Qué?
—Que haya invitado prácticamente a todo el edificio.
—No a todo.
—Gracias.
—Claire...
—Me da igual.
Y era verdad.
No quería ir.
Naturalmente.
Lo que quería era que Henry quisiera que fuera.
Era completamente distinto.
La solución se llamaba Lucy.
Mi sobrina tenía seis años, una opinión muy elevada de sí misma y una preocupante capacidad para detectar debilidades en los adultos.
La llamé aquella tarde.
—Hola, cariño.
—Hola, tía Claire.
—¿Qué haces?
—Dibujar.
—Qué bien.
—Sí.
—¿Tienes planes mañana?
—Mamá me lleva al cine.
Primer obstáculo.
—¿Y si hacemos algo mejor?
—¿Qué?
No tenía respuesta.
—Una fiesta.
—¿De quién?
—De Henry.
Silencio.
—¿El vecino?
—Sí.
—¿El que cocina?
—Sí.
Aquella parecía ser ya su característica oficial.
—¿Estará Emily?
—Sí.
—¿Habrá tarta?
—Probablemente.
—¿De chocolate?
—No lo sé.
—Entonces prefiero el cine.
Aquello no estaba funcionando.
—Van a ver el Arsenal-Barcelona.
—Yo no soy del Arsenal.
—Puedes serlo mañana.
—Tú dices que el Arsenal es horrible.
—Yo no digo horrible.
—Dices cosas peores.
Mi hermana tenía que dejar de hablar delante de la niña.
—Eso es fútbol. No tiene importancia.
—A ti te importa.
—Lucy.
—¿Qué?
—¿Quieres una camiseta del Arsenal?
Silencio.
Había captado su atención.
—¿Una de verdad?
Cerré los ojos.
—Sí.
—¿Con nombre?
—Sí.
—Saka.
Por supuesto.
—Vale.
—Y el siete.
—Sé qué número lleva Saka.
Hubo otro silencio.
—Entonces sabes cosas del Arsenal.
Aquella niña tenía un futuro prometedor en los interrogatorios policiales.
—¿Vienes o no?
—¿Puedo quedarme a dormir después?
—Sí.
—¿Y hacer tortitas mañana?
—Sí.
—Con Nutella.
—Lucy.
—Y fresas.
—Vale.
—Entonces sí.
Habíamos alcanzado un acuerdo.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
Había sobornado a una menor para conseguir entrar en casa de Henry Whitmore.
No era uno de mis mejores momentos.
Nunca pensé que tocaría voluntariamente una camiseta del Arsenal.
Mucho menos que entregaría mi tarjeta de crédito para adquirir una.
El dependiente la dobló cuidadosamente.
Roja.
Blanca.
SAKA 7.
—¿Es para regalo?
—No. Es para cometer un delito contra mis principios.
El hombre me miró.
—¿Tottenham?
—Sí.
Asintió con respeto.
—Lo siento.
—Gracias.
Sesenta y cinco libras.
Sesenta y cinco.
Por una camiseta del Arsenal.
Para una niña que hasta veinticuatro horas antes no tenía el menor interés por el Arsenal.
Todo para ir a una fiesta a la que no quería ir.
Había explicaciones más sencillas para aquello.
Preferí no examinarlas.
El sábado a las cuatro y media Lucy y yo estábamos delante de la puerta del cuarto.
Ella llevaba su nueva camiseta.
Yo llevaba vaqueros, jersey y la expresión despreocupada de una mujer que se encontraba allí exclusivamente porque era una adulta responsable.
—Recuerda —dije.
—¿Qué?
—Tú querías venir.
—Después de que me compraras la camiseta.
—Eso no hace falta explicarlo.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Eso no es una razón.
—Lucy.
La puerta se abrió.
Henry.
Llevaba vaqueros y una camiseta del Arsenal.
Me molestó comprobar que le quedaba bastante bien.
—¡Lucy!
Miró la camiseta.
—Saka. Buena elección.
Lucy sonrió.
—Me la ha comprado tía Claire.
Cerré los ojos.
Habíamos tardado aproximadamente nueve segundos.
Henry levantó la vista hacia mí.
Después miró la camiseta.
Luego otra vez a mí.
Una ceja.
Solo una.
—¿Tú?
—Era...
Miré a Lucy.
—Un regalo.
Lucy frunció el ceño.
—Pero no es mi cumpleaños.
Henry intentó no sonreír.
—Pasa, Lucy.
La niña entró.
Henry se apartó.
—Hola, Claire.
—Hola.
—Me alegro de que hayas venido.
Eso fue todo.
No sorpresa.
No especial entusiasmo.
No «qué bien que estés aquí».
Me alegro de que hayas venido.
Exactamente el tipo de frase que un hombre educado dice a cualquier invitado.
—He venido por Lucy.
—Claro.
Desde el salón se oyó:
—¡CLARA!
Rachel.
Perfecto.
Henry sonrió.
—Entrad.
Había cometido tres delitos morales y gastado sesenta y cinco libras.
Henry me dio una cerveza.
La misma cerveza que a Martin.
Ni siquiera era una cerveza distinta.
Su piso estaba lleno de gente.
Emily y Lucy desaparecieron inmediatamente.
Noah y otro niño estaban sentados en el suelo delante de la televisión.
Rachel estaba en la cocina.
Michael hablaba con Martin.
El señor Harris ocupaba un sillón.
Había otras personas que conocía de vista y algunas que no conocía en absoluto.
Y la televisión era ridícula.
—Eso no son sesenta y cinco pulgadas —dije.
Henry miró la pantalla.
—Sí.
—Parece más grande.
—Eso dicen todos.
—Es obscena.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—La pagué yo. Puedo interpretarlo como quiera.
Las luces del Ambilight cambiaban con la imagen.
—Eso es completamente innecesario.
—También.
—¿Y caro?
—Bastante.
—Al menos lo reconoces.
—Trabajé duro para poder tomar malas decisiones financieras.
Me reí.
Henry sonrió.
Entonces alguien le llamó desde la cocina.
—Disfruta —dijo.
Y se fue.
Eso fue todo.
Me quedé con mi cerveza.
La misma que Martin.
Durante la siguiente hora Henry hizo algo extraordinariamente irritante.
Fue un anfitrión perfecto.
Con todo el mundo.
Habló con Michael.
Sirvió vino a Rachel.
Buscó un cojín para el señor Harris.
Le explicó a Noah dónde estaba el baño.
Discutió con Martin sobre la alineación del Arsenal.
Trajo zumo para los niños.
Me preguntó si quería otra cerveza.
—Todavía tengo.
—Vale.
Y se marchó.
No quería un trato especial.
Naturalmente.
¿Por qué iba a quererlo?
Simplemente me parecía curioso que una persona pudiera tratar exactamente igual a una mujer que había gastado sesenta y cinco libras para infiltrarse en su casa y a un fontanero de cincuenta años.
Aunque, visto así, quizá Martin merecía más respeto.
El partido empezó.
El salón se transformó.
Henry dejó de ser un ingeniero civil educado de cuarenta y cinco años y se convirtió en un hombre que gritaba instrucciones a futbolistas profesionales desde un sofá.
—¡ÁbrELA!
Me giré.
—¿Crees que te oye?
—No ahora, Claire.
—Solo preguntaba.
—¡SAKA!
Lucy saltó.
Yo miré a mi sobrina.
La camiseta.
Sesenta y cinco libras.
Traición.
El Barcelona tuvo una ocasión.
—Uy —dije.
Henry me miró.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Estás disfrutando.
—Soy neutral.
Todo el salón se rio.
—¡Es del Tottenham! —gritó Rachel.
Quince cabezas se volvieron hacia mí.
—Gracias, Rachel.
Henry negó con la cabeza.
—Y aun así te hemos dejado entrar.
—He traído una niña del Arsenal.
—Como salvoconducto.
Lucy levantó la mano.
—Me ha comprado ella la camiseta.
Más risas.
—Lucy.
—¿Qué?
Henry estaba sonriendo.
—Sesenta y cinco libras —murmuré.
—¿Cuánto? —preguntó.