Capítulo 7
El hombre aventurero
Hay decisiones que una toma después de reflexionar cuidadosamente.
Otras después de pedir consejo.
Y otras porque ha descubierto que su vecino viudo no tiene novia y necesita demostrar inmediatamente que esa información le importa una mierda.
Volví a instalar Tinder el martes por la mañana.
No había ninguna relación entre ambos acontecimientos.
Ninguna.
Había borrado Tinder once días antes.
Once días me parecía un periodo suficientemente largo para demostrar que podía vivir perfectamente sin Tinder.
También era un periodo suficientemente corto para que Tinder recordara quién era y me recibiera como un casino recibe a un ludópata reincidente.
Te hemos echado de menos, Claire.
Mentira.
Pero agradecí el entusiasmo.
Deslicé.
No.
No.
Definitivamente no.
Quizá.
No.
¿Por qué había tantos hombres con fotografías en Machu Picchu?
Aquello empezaba a parecer un requisito legal.
Otro sostenía un pez.
No.
Un hombre de cuarenta y tres años había escrito:
Edad biológica: 35.
No necesitaba otro James.
No.
Entonces apareció Daniel.
Treinta y nueve años.
Arquitecto.
Alto.
Pelo oscuro.
Sonrisa estupenda.
Ninguna fotografía sin camiseta frente a un espejo.
Esto último era prometedor.
En la primera foto estaba en una montaña.
En la segunda, junto a una tienda de campaña.
En la tercera llevaba un traje.
Me detuve.
Un hombre que poseía ropa formal y sabía utilizarla.
Interesante.
Me gusta: viajar, montaña, mar, descubrir sitios nuevos y decir sí a la vida.
Aquello sonaba razonablemente bien.
A mí también me gustaba viajar.
Me gustaba el mar.
Me gustaba descubrir sitios nuevos.
Decir sí a la vida era más ambiguo, pero supuse que dependería de lo que la vida propusiera.
Deslicé a la derecha.
IT'S A MATCH!
Daniel escribió siete minutos después.
—¿Otra cita? —preguntó Sophie.
—Sí.
—¿Ya?
—¿Qué significa «ya»?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Nada.
Sophie sonrió.
Estábamos tomando café cerca de su oficina.
—¿Cómo se llama?
—Daniel.
—¿Edad?
—Treinta y nueve.
—¿Trabajo?
—Arquitecto.
—¿Casado?
—Sophie.
—Creo que después de Sebastian es una pregunta razonable.
—Divorciado. Sin hijos.
—¿Antecedentes penales?
—No he contratado al detective.
—Todavía.
—Vete a la mierda.
Le enseñé una fotografía.
Sophie amplió la pantalla.
—Está muy bien.
—Sí.
—Muy bien.
—Tampoco exageres.
—¿Qué hace en esa montaña?
—Senderismo.
Pasó a la siguiente.
—¿Y aquí?
—Creo que buceo.
Otra.
—¿Esto es una bicicleta?
—Sophie, sabes perfectamente qué aspecto tiene una bicicleta.
Me devolvió el teléfono.
—Parece activo.
—Eso es bueno.
—Claro.
—A mí me gusta caminar.
—Claire, caminar hasta un pub no es senderismo.
—He hecho senderismo.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
—Dime una.
Pensé.
—Lake District.
—Fuiste en coche.
—Después caminé.
—Hasta un pub.
—Estaba lejos.
Sophie bebió café.
—¿Cuándo es la cita?
—El viernes.
—¿Dónde?
—No sé. Ha dicho que quiere sorprenderme.
Sophie dejó la taza.
—No.
—¿Qué?
—Primera cita. Lugar público. Sabes dónde vas.
—Es arquitecto, no Hannibal Lecter.
—Hannibal Lecter era psiquiatra. Tener estudios no demuestra nada.
—Le preguntaré.
—Bien.
Cogí el teléfono.
Tenía un mensaje.
Daniel.
Wear something comfortable. Trust me 😉
Se lo enseñé a Sophie.
—No.
—¿Otra vez?
—Eso puede significar cualquier cosa.
—Exactamente.
—Claire.
—Será divertido.
Sophie me observó.
—Estás haciendo esto a propósito.
—¿El qué?
—Nada.
Otra vez aquella palabra.
El viernes a las seis y media estaba delante de un rocódromo en Bermondsey.
Miré el edificio.
Miré a Daniel.
Volví a mirar el edificio.
—Sorpresa —dijo.
Era atractivo.
Mucho.
Más que en las fotografías.
También parecía extraordinariamente contento de estar delante de un rocódromo.
—¿Vamos a escalar?
—¿Has probado alguna vez?
—No.
—Te va a encantar.
Aquella afirmación estaba basada en una cantidad preocupantemente pequeña de información.
—Pensaba que íbamos a tomar algo.
—Después.
Sonrió.
—Primero salimos un poco de la zona de confort.
Ah.
La zona de confort.
Una expresión inventada probablemente por alguien que nunca había comprendido la función del confort.
Entramos.
Veinte minutos después llevaba un arnés.
No me favorecía.
Creo que un arnés no favorece a nadie, pero Daniel conseguía llevar el suyo de una manera ofensivamente atractiva.
—Relájate —dijo.
—Estoy relajada.
—Estás agarrando la cuerda como si intentara escapar.
—No confío en ella.
—Puede soportar toneladas.
—Yo peso bastante menos.
—Exacto.
—Eso no hace que confíe más.
Daniel se rio.
Era simpático.
Eso ayudaba.
—Pon el pie ahí.
—¿Dónde?
—A tu derecha.
—Hay muchas cosas a mi derecha.
—La azul.
—Hay tres azules.
—La de arriba.
—Daniel.
—¿Sí?
—Estamos en nuestra primera cita y ya me estás dando órdenes.
Se rio.
—Confía en mí.
Aquella noche todo parecía requerir una cantidad de confianza que todavía no habíamos negociado.
Subí.
Un metro.
Dos.
Tres.
Miré abajo.
Error.
—No.
—Vas genial.
—Quiero bajar.
—Acabas de empezar.
—Y ya he aprendido muchísimo.
—Un poco más.
—Daniel.
—Puedes hacerlo.
—No he dicho que no pueda. He dicho que no quiero.
Hubo una pausa.
—Vale.
Me bajó.
Cuando mis pies tocaron el suelo experimenté una alegría que normalmente reservaba para vacaciones y resultados médicos negativos.
—¿Ves? —dijo—. No ha sido para tanto.
—Ha sido exactamente para tanto.
Se rio.
Yo también.
Seguía siendo simpático.
Eso era un problema.
Fuimos a tomar una cerveza.
Por fin.
Daniel pidió una IPA.
Yo pedí vino.
—Entonces —dije—, ¿haces esto mucho?
—Dos veces por semana. Cuando no puedo salir.
—¿Salir dónde?
—Roca.
Naturalmente.
—¿Escalas fuera?
—Siempre que puedo.
Sacó el teléfono.
Ese fue el principio.
Me enseñó fotografías.
Gales.
Escocia.
Los Alpes.
Dolomitas.
Marruecos.
Nepal.
—¿Has estado en Nepal?
—Tres veces.
—Yo he estado en Brighton.
Daniel se rio.
—Tenemos que arreglar eso.
Tenemos.
Llevábamos una hora y veintitrés minutos conociéndonos y ya había planes para modificar mi historial geográfico.
—¿Qué hiciste el último verano? —preguntó.
Le hablé de Italia.
Museos.
Restaurantes.
Paseos.
—Suena bien —dijo.
—Lo fue.
—¿Nada de trekking?
—Caminamos muchísimo.
—No, trekking de verdad.
Ah.
Mi caminar no era caminar de verdad.
—No.
—Deberías probarlo.
Segundo «deberías» de la noche.
—¿Y tú?
—Georgia.
—Qué bonito.
—Brutal. Diez días prácticamente aislados.
—¿Hotel?
Daniel me miró como si hubiera preguntado si llevaron un mayordomo.
—Tienda.
—Diez días.
—Sí.
—¿Sin ducha?
—Hay ríos.
Bebí vino.
—Claro.
—Te cambia completamente la perspectiva.
—Me imagino.
A mí diez días sin ducha también me cambiarían la perspectiva.
Especialmente sobre las personas que viajaran conmigo.
—El año que viene quiero hacer Kirguistán.
—No sabría señalar Kirguistán en un mapa.
—Asia Central.
—Eso reduce considerablemente las posibilidades.
Daniel sonrió.
—Me gustan las mujeres con sentido del humor.
Bien.
Algo estábamos haciendo correctamente.
—¿Y tú qué haces los fines de semana?
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que me apetezca.
—¿Deporte?
—A veces corro.
—¿Montaña?
—Alguna vez.
—¿Bici?
—Tengo una.
—¿Carretera o gravel?
Lo miré.
—Negra.
Daniel se rio.
—Quiero decir qué tipo.
—Una bicicleta normal.
—Eso no existe.
—La mía sí.
Tercer «deberías» implícito.
Empecé a detectar un patrón.
—¿Y un fin de semana tranquilo? —pregunté.
—¿Qué quieres decir?
—Quedarte en casa.
—¿Todo el fin de semana?
—No encerrada. Leer. Ir a comer. Ver una película. Pasear.
Daniel pareció pensarlo.
—Me costaría.
—¿Por qué?
—Sentiría que estoy desperdiciando el tiempo.
Ah.
Bebí.
—Yo no.
—La vida es corta.
—Precisamente.
—Hay que aprovecharla.
—Estoy de acuerdo.
—Salir. Hacer cosas. Ponerte a prueba.
—También se puede aprovechar una tarde leyendo.
Daniel sonrió.
—Eso puedes hacerlo cuando seas mayor.
Lo miré.
—Tengo treinta y seis años.
—Eres jovencísima.
—Gracias.
—Me refiero a cuando tengas setenta.
—¿A los setenta solo podré leer?
—No, claro.
—Menos mal.
Daniel rio.
Seguía siendo encantador.
Y atractivo.
Y no había absolutamente nada malo en él.
Simplemente parecía considerar la vida una competición contra una muerte particularmente puntual.
—¿Qué buscas en Tinder? —preguntó.
La pregunta.
—Conocer a alguien.
—¿Relación?
—Si aparece la persona adecuada.
—Yo también.
Sonrió.
—Pero necesito a alguien que me siga el ritmo.
Ahí estaba.
—¿Qué ritmo?
—Mi estilo de vida.
—¿Diez días sin ducha?
Se rio.
—No siempre.
—Menos mal.
—Pero sí alguien aventurero. Espontáneo. Que un viernes pueda decirle: prepara una mochila, mañana volamos.
—¿Adónde?
—Da igual.
—A mí me ayudaría saberlo para decidir qué meter en la mochila.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
—Que lo piensas demasiado.
Me quedé quieta.
Daniel sonreía.
No pretendía ofenderme.
De hecho, probablemente creía que estaba coqueteando.
—Nos conocemos desde hace dos horas.
—Lo sé.
—Y ya has diagnosticado mi problema.
—No es un problema.
—Lo has llamado problema.
—Forma de hablar.
Bebí el último sorbo de vino.
—Quizá simplemente me gusta saber adónde voy.
—Hay que dejarse llevar alguna vez.
Cuarto «deberías».
No pronunciado.
Pero estaba allí.
Daniel me acompañó hasta el metro.
—Me lo he pasado genial.
—Yo también.
Y era verdad.
Más o menos.
—La próxima podemos hacer kayak.
Lo miré.
—¿No podemos cenar?
Se rio.
—También.
—En un sitio con sillas.
—Qué exigente.
—Estoy llena de defectos.
Nos dimos dos besos.
—Te escribo.
—Vale.
Bajé las escaleras.
Daniel era atractivo.
Inteligente.
Divertido.
Tenía un trabajo interesante.
No era machista.
No estaba casado.
No controlaba su glucosa.
No había mencionado la masculinidad hegemónica.
Y probablemente podía salvarme la vida en tres ecosistemas diferentes.
No quería volver a verlo.
Aquello empezaba a ser preocupante.
El sábado por la mañana Sophie me llamó.
—¿Qué tal Indiana Jones?
—No voy a volver a verlo.
—Buenos días para ti también.
—Quería llevarme a Kirguistán.
—¿Anoche?
—No. Anoche solo intentó hacerme escalar una pared.
—Romántico.
—En una segunda cita creo que tocaba kayak.
Sophie se rio.
—¿Y qué tenía de malo?
—Nada.
—Claire.
—En serio. Era atractivo, simpático, inteligente. Perfectamente normal.
—Entonces...
—Agotador.
—Ah.
—Todo tenía que ser una experiencia. Escalada. Trekking. Buceo. Viajar. Salir de la zona de confort. Según Daniel, leer puedo hacerlo cuando tenga setenta años.
—¿Y qué vas a hacer hasta entonces?
—Aparentemente Kirguistán.
Se rio.
—Podrías darle otra oportunidad.
—¿Para qué?
—Te gustó.
—Me cayó bien.
—No es lo mismo.
Aquello me molestó porque tenía razón.
—No quiero una relación en la que tenga que demostrar continuamente que estoy viva saltando desde sitios.
—Es una exigencia razonable.
—Te estás riendo.
—Un poco.
Me acomodé en el sofá.
—Quiero alguien con quien pueda viajar, claro. Y hacer cosas. Pero también alguien con quien no hacerlas.
Sophie guardó silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Has hecho ese silencio.
—¿Qué silencio?
—El que haces cuando estás pensando algo y decides que es mejor no decirlo.
—Estoy aprendiendo.
—Sophie.
—No he dicho nada.
—Pues sigue así.
Colgué.
El teléfono vibró unos minutos después.
Daniel.
Amazing last night. Fancy kayaking tomorrow? Weather looks perfect!
Miré el mensaje.
Después miré por la ventana.
Llovía.
No una lluvia épica.
Una lluvia londinense. Gris, fina, persistente.
En la mesa tenía un libro empezado, una cafetera llena y absolutamente ningún plan.
Era perfecto.
Contesté:
Gracias, pero creo que buscamos cosas diferentes. Me encantó conocerte.
La respuesta llegó poco después.
No worries! Good luck 😊
Sonreí.
Buen tipo.
Dejé el teléfono.
Cogí el libro.
A los cinco minutos volví a dejarlo.
No conseguía concentrarme.
Cogí el móvil.
Abrí Tinder.
Deslicé a la izquierda.
A la izquierda.
A la izquierda.
Un hombre en Machu Picchu.
Izquierda.
Un hombre haciendo paracaidismo.
Izquierda.
Un hombre en una moto de agua.
Izquierda.
Un hombre sosteniendo un pez.
Cerré Tinder.
Me quedé mirando la lluvia.
Quizá no necesitaba un hombre aventurero.
Quizá necesitaba simplemente un hombre con el que un domingo lluvioso no pareciera tiempo perdido.
Cogí otra vez el libro.
Esta vez conseguí leer.