Capítulo 6
El hombre que no me interesaba
—No entiendo qué tiene de especial.
Sophie dejó el tenedor.
—¿Quién?
—Henry.
Hubo un silencio.
Rachel me miró.
Sophie me miró.
Yo seguí comiendo.
—No estábamos hablando de Henry —dijo Sophie.
—Ya lo sé.
—Estábamos hablando de David.
—Precisamente.
—No veo la relación.
—No hay ninguna relación.
Sophie dejó definitivamente el tenedor sobre el plato.
Habíamos quedado para comer en Jamie's, en la City. Era uno de esos sitios que parecían diseñados para que personas con trabajos importantes pudieran comer carne, beber vino y continuar fingiendo durante una hora que no estaban mirando el correo electrónico debajo de la mesa.
Rachel había conseguido escapar del trabajo.
Sophie trabajaba cerca.
Yo había cometido el error de contarles mi cita con David.
La parte del boeuf bourguignon había sido recibida con una cantidad de alegría que me pareció innecesaria.
—Entonces —dijo Sophie—, volvamos a David.
—No quiero volver a David.
—¿Porque era machista?
—Porque era imbécil.
—Eso también.
Rachel bebió vino.
—A mí me pareció divertido lo de la pasta.
La miré.
—Naturalmente. Tú no estabas allí.
—Estuve antes.
—Exactamente. Durante la ocupación de mi piso.
—Solo intentábamos ayudarte.
—Había cinco personas en mi casa.
—Seis contando a Henry.
—Gracias por recordármelo.
Sophie sonrió.
—Y Henry cocinó la cena.
—Sí.
—Para tu cita.
—Sí.
—Con otro hombre.
—Sophie, conozco la secuencia de acontecimientos. Estaba allí.
—Solo intento entender por qué lo odias tanto.
—No lo odio.
Rachel y Sophie intercambiaron una mirada.
—No hagáis eso.
—¿Qué? —preguntó Rachel.
—Miraros.
—Nos miramos muchas veces.
—No así.
Sophie volvió a coger el tenedor.
—Entonces no lo odias.
—Me irrita.
—¿Por qué?
Aquella pregunta tenía muchas respuestas.
Porque taladraba.
Porque cocinaba.
Porque hablaba italiano.
Porque había conseguido que mi sobrina considerara aceptable al Arsenal.
Porque podía entrar en una habitación llena de gente y, sin hacer aparentemente ningún esfuerzo, conseguir que al cabo de veinte minutos todo el mundo confiara en él.
Porque era educado conmigo.
Siempre.
Impecablemente.
Exactamente igual que con la señora Jenkins.
—Es pedante.
—Ajá.
—Y un poco arrogante.
Rachel frunció el ceño.
—Henry no es arrogante.
—Vive encima de mí. Tengo más datos.
—¿Qué ha hecho?
—Muchas cosas.
—Por ejemplo.
—Sabe demasiadas cosas.
Sophie me miró.
—Eso no suele considerarse un defecto.
—Depende de cómo se administren.
—¿Qué más?
—Es del Arsenal.
—Imperdonable.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Bebí vino.
—Y tiene barriga.
Sophie dejó de masticar.
—¿Qué?
—Un poco.
—¿Qué tiene que ver eso con que sea irritante?
—Nada. Solo digo que tampoco es para tanto.
Rachel sonrió.
—Nadie había dicho que fuera atractivo.
—Yo desde luego no.
—Nadie —repitió Sophie.
—Exactamente.
Sophie miró a Rachel.
Rachel miró a Sophie.
—Otra vez no.
—¿Qué?
—Eso.
—Claire —dijo Sophie—, acabas de introducir voluntariamente la barriga de Henry en una conversación sobre tu cita con otro hombre.
—Porque estamos hablando de Henry.
—Tú has empezado a hablar de Henry.
—Porque Rachel ha mencionado la pasta.
—Después de que tú mencionaras a Henry.
Aquello empezaba a parecer un interrogatorio.
—No recuerdo exactamente cómo hemos llegado aquí.
—Yo sí —dijo Sophie.
—Pues enhorabuena.
Rachel se rio.
—¿Sabes qué creo?
—No quiero saberlo.
—Creo que te molesta que Henry no te haga caso.
La miré.
—Henry me hace caso.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
—No.
—Claire...
—Me saluda. Hablamos. Me ayudó con el escape. Cocinó en mi casa. ¿Qué clase de atención adicional se supone que necesito?
Sophie sonrió.
—Ah.
—No hagas «ah».
—Era un «ah» puramente informativo.
La miré.
—Eso lo has aprendido de él.
—Entonces quizá Henry sí aporta algo positivo a nuestras vidas.
—Vete a la mierda.
Salimos del restaurante poco después de las dos.
Rachel tenía que volver al trabajo y Sophie había decidido acompañarme hasta Bank.
Londres estaba gris.
No llovía, pero parecía estar considerando seriamente hacerlo.
Caminábamos hablando de cualquier cosa cuando miré hacia el interior de un restaurante al otro lado de la calle.
Y lo vi.
Henry.
Me detuve.
Solo un segundo.
Quizá menos.
Estaba sentado junto a una ventana.
No llevaba gafas.
Tenía una copa de vino delante.
Y estaba con una mujer.
Una mujer atractiva.
Muy atractiva, en realidad.
Morena, elegante, quizá de cuarenta años. Llevaba el pelo recogido y una chaqueta verde preciosa que probablemente yo habría considerado demasiado cara durante quince minutos antes de comprarla igualmente.
La mujer dijo algo.
Henry se rio.
No su sonrisa educada.
Se rio.
Ella le tocó el brazo.
Nada extraordinario.
Un gesto natural.
Íntimo.
Seguí caminando.
—¿Qué pasa? —preguntó Sophie.
—Nada.
Había empezado a utilizar mucho aquella palabra.
—¿No es Henry? —dijo Rachel detrás de nosotras.
La odié.
Rachel se había detenido.
Miró hacia el restaurante.
—Sí. Es Henry.
—Ya —dije.
Sophie miró el restaurante.
Después me miró a mí.
—¿Y quién es ella? —preguntó Rachel.
—¿Cómo voy a saberlo?
Demasiado rápido.
Sophie no dijo nada.
Eso fue peor.
—Vamos —dije.
—Podemos saludar —propuso Rachel.
—¿Por qué?
—Porque lo conocemos.
—Está comiendo.
—Sí.
—Con alguien.
Rachel me miró.
—Eso suele ocurrir en los restaurantes.
—Precisamente. Sería de mala educación.
Sophie sonrió.
—Entonces sigamos.
—Eso estoy haciendo.
Continuamos.
No miré atrás.
Ni una sola vez.
Aquello requirió una fuerza de voluntad considerable para algo que no me importaba en absoluto.
Dos días después me encontré con Rachel en la escalera.
Fue completamente casual.
—Hola.
—Hola.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿Emily?
—Bien.
—¿Trabajo?
—Bien.
Asentí.
Rachel esperó.
—¿Y todo lo demás?
—También bien.
—Perfecto.
Seguí subiendo.
—Rachel.
—¿Sí?
Me volví.
—Henry lleva bastante tiempo viviendo aquí, ¿no?
Rachel apoyó una mano en la barandilla.
—Unos dos meses.
—Ah.
—¿Por qué?
—Por nada.
—Vale.
—Es curioso que conozca a tanta gente llevando tan poco tiempo.
—Henry habla con los vecinos.
Aquello sonó vagamente acusatorio.
—Yo también hablo con los vecinos.
—Tú intentaste evitar durante tres meses que la señora Jenkins descubriera tu nombre.
—Es muy habladora.
—Tiene ochenta y dos años.
—Precisamente. Ha tenido mucho tiempo para acumular temas de conversación.
Rachel sonrió.
—¿Algo más?
—No.
—Bien.
Subí dos escalones.
—¿Vino solo?
Silencio.
Me giré.
Rachel estaba sonriendo.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Vino solo.
—No estaba preguntando...
—Sí, Claire. Vino solo.
—Solo era curiosidad.
—Naturalmente.
Seguí subiendo.
Había conseguido exactamente cero información útil.
No es que buscara información.
El señor Harris fue todavía peor.
Me lo encontré el sábado por la mañana junto a los buzones.
—Buenos días.
—Buenos días, Claire.
—Hace frío.
—Bastante.
Abrí mi buzón.
Publicidad.
Una factura.
Nada interesante.
—Henry parece un hombre bastante independiente.
El señor Harris dejó de revisar su correspondencia.
—¿Henry?
—Sí.
—Supongo.
—Quiero decir, viviendo solo y todo eso.
—Yo también vivo solo.
Mierda.
—Sí, claro. No quería decir...
—¿Te preocupa que me sienta solo?
—No.
—Ah.
—No porque no me importe.
—Tranquila.
Aquello se estaba desviando.
—Me refería a Henry porque es más joven.
—Gracias.
—No quería decir que tú fueras...
—Tengo setenta y dos años, Claire. Soy consciente.
—Pareces más joven.
—Gracias.
—Lo que quería decir es que Henry tendrá... gente.
El señor Harris frunció el ceño.
—¿Gente?
—Amigos.
—Sí.
—Amigas.
El señor Harris me miró.
Yo miré el correo.
Él volvió a mirarme.
—Claire, ¿estás intentando averiguar si Henry tiene novia?
—¡No!
Demasiado fuerte.
Una mujer que pasaba por la acera se volvió.
—No —repetí más bajo—. ¿Por qué iba a querer saber eso?
—No tengo ni idea.
—Exactamente.
—Pregúntaselo.
—No quiero saberlo.
—Entonces problema resuelto.
El señor Harris se marchó.
Aquella gente era completamente inútil.
—No encuentro nada.
Sophie levantó la vista de su copa.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—Llevas veinte minutos mirando el teléfono.
—Buscando una cosa.
—¿Qué cosa?
Bloqueé la pantalla.
—Nada importante.
Sophie extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—No.
—Claire.
—No.
—¿Estás en Tinder?
—No.
—Entonces ¿qué haces?
Suspiré.
—Henry no existe en internet.
Sophie permaneció inmóvil.
—Perdona.
—Tiene LinkedIn.
—Ah.
—Pero prácticamente vacío.
—Qué tragedia.
—Y aparece en una página de la universidad.
—Claire.
—Es información pública.
—¿Estás investigando a Henry?
—No estoy investigando a nadie.
Sophie cogió su copa.
Estábamos en su piso.
Habíamos abierto una botella de vino.
Aquello me parecía un contexto perfectamente razonable para hacer búsquedas en Google.
—¿Qué has puesto? —preguntó.
—Nada especial.
—Enséñamelo.
—No.
—Claire.
Giré el teléfono.
Sophie leyó.
Henry Whitmore London Florence Arsenal
Me miró.
—Es una búsqueda perfectamente normal.
Deslizó el dedo.
—Has buscado también «Henry Whitmore wife».
—Había muchos Henry Whitmore.
—«Henry Whitmore girlfriend».
—Estaba refinando.
—«Henry Whitmore married».
—Sophie...
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—Esto se llama acosar.
—No estoy acosando a nadie.
—Estás investigando el estado civil de un hombre que dices que no te interesa.
—Por seguridad.
Sophie tardó varios segundos en responder.
—¿Seguridad de quién?
—Del edificio.
—Explícate.
Aquello requería creatividad.
Por suerte llevaba dos copas de vino.
—Henry tiene llaves de varios pisos.
—Porque los vecinos se las han dado.
—Precisamente.
—No entiendo.
—Cocina.
—Eso ya lo sabemos.
—Habla idiomas.
—Terrible.
—Conoce a todo el mundo. Sabe quién es fontanero. Ayuda a los niños. La señora Jenkins le adora.
Sophie me observaba.
—Sigue.
—Nadie sabe realmente de dónde ha salido.
—Es ingeniero. Da clases en la universidad.
—Eso dice él.
Sophie abrió la boca.
La cerró.
—Claire, ¿qué estás sugiriendo?
—Nada.
—Estás sugiriendo algo.
—Podría ser un estafador sentimental.
Silencio.
Sophie me miró.
—¿Un estafador sentimental?
—Existen.
—Henry.
—Sí.
—El hombre con barriga que pierde paraguas y ayuda a niñas con matemáticas.
—Es una tapadera excelente.
Sophie empezó a reírse.
—No tiene gracia.
Eso hizo que se riera todavía más.
—Claire, por favor.
—No sabemos nada de él.
—Sabemos que vivió en Florencia.
—Eso lo hace todavía más sospechoso.
—¿Por qué?
—Internacional.
Sophie dejó la copa porque ya no podía sostenerla mientras se reía.
—Podríamos contratar a un detective.
Dejó de reír.
—¿Qué?
—Hipotéticamente.
—Has dicho «podríamos».
—En el supuesto puramente teórico de que quisiéramos asegurarnos de que no representa un riesgo para los vecinos vulnerables.
—¿Qué vecinos vulnerables?
—La señora Jenkins.
—La señora Jenkins te enterraría a ti y a mí juntas.
—No físicamente vulnerables.
—Claire.
—Era una idea.
—Tú necesitas volver a Tinder urgentemente.
—Eso sí que sería peligroso.
La respuesta llegó el lunes.
Sin detective.
Sin Google.
Sin necesidad de poner en riesgo la seguridad de la señora Jenkins.
Estaba en casa de Rachel ayudando a Emily con un disfraz para el colegio.
Ayudando era una descripción generosa.
Rachel cosía.
Yo bebía té y daba apoyo moral.
—Por cierto —dijo Rachel—, ¿puedes recogerme un paquete mañana si llega antes que yo?
—Claro.
—Es para Henry.
Intenté mantener una expresión normal.
—¿Henry?
—Sí. Se va a Cambridge y no estará.
—Ah.
Rachel siguió cosiendo.
—Va con Eleanor.
La aguja de Rachel atravesó la tela.
Mi cerebro, por alguna razón, se detuvo en el nombre.
Eleanor.
—¿Eleanor?
Rachel levantó la vista.
—Sí.
Esperé.
Ella volvió al disfraz.
—¿Quién es Eleanor?
Lo pregunté de una manera magníficamente casual.
Tan casual que incluso yo habría sospechado.
—La hermana de Catherine.
—Ah.
Pausa.
—¿Quién es Catherine?
Rachel dejó de coser.
Me miró.
Algo cambió en su cara.
—No lo sabes.
—¿Saber qué?
—Catherine era la mujer de Henry.
Sentí algo extraño.
—¿Está casado?
—Era.
Silencio.
—Catherine murió.
El ruido del piso pareció bajar de volumen.
Incluso Emily estaba concentrada en la televisión.
—Oh.
No se me ocurrió nada mejor.
—Fue hace unos años —dijo Rachel—. No sé exactamente cuánto.
—No lo sabía.
—Henry no habla mucho de ello.
Miré mi taza.
De pronto me sentí estúpida.
Muy estúpida.
Las búsquedas.
Las preguntas al señor Harris.
El detective privado.
Henry Whitmore wife.
Henry Whitmore girlfriend.
Todo aquello dejó de ser divertido.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—No sé.
Rachel me observó durante un instante.
—Eleanor era su hermana.
Levanté la vista.
—¿La hermana de Catherine?
—Sí.
—La mujer del restaurante.
Rachel sonrió muy ligeramente.
—La mujer del restaurante.
—Yo no...
—No he dicho nada.
—Solo preguntaba porque...
—Claire.
—¿Qué?
—Nada.
Odiaba aquella palabra.
Miré otra vez el té.
Catherine había muerto.
Henry había perdido a su mujer.
Era una cosa terrible.
Una cosa triste.
Una cosa que explicaba quizá algunos de aquellos silencios suyos que yo había confundido con indiferencia.
Y debajo de todo aquello, en algún rincón particularmente miserable de mi personalidad, apareció otro pensamiento.
Eleanor no era su novia.
Lo aplasté inmediatamente.
Después lo aplasté otra vez, por si acaso.
Aquella noche Sophie me escribió.
¿ALGUNA NOVEDAD SObrE EL SOSPECHOSO?
Miré el mensaje.
Escribí:
Sí. Cancela al detective.
La respuesta llegó inmediatamente.
¿HABÍAS CONTRATADO UNO?
NO.
CLARA.
ERA UNA brOMA.
Tres puntos.
¿Y?
Pensé en qué contarle.
Finalmente escribí:
La mujer era su cuñada. Su esposa murió hace unos años.
Esta vez tardó en responder.
Oh.
Sí.
Pasaron unos segundos.
¿Estás bien?
Fruncí el ceño.
¿Por qué no iba a estarlo?
Sophie tardó tanto en contestar que pensé que había dejado el teléfono.
Finalmente:
Por nada. Buenas noches.
Buenas noches.
Dejé el móvil.
Henry Whitmore era viudo.
Aquella información no cambiaba absolutamente nada.
Nada.
Fui a la cocina y me serví una copa de vino.
Después de todo, solo había querido saberlo por la seguridad del edificio.