Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 5
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Capítulo 5

El hombre del cuarto

Mi piso decidió inundarse un martes a las siete y diecisiete de la tarde.

Consideré que era una reacción desproporcionada a una semana que, hasta entonces, no estaba siendo especialmente mala.

Yo estaba en pijama.

No un pijama bonito.

No uno de esos conjuntos que las mujeres de las películas llevan por casa y que parecen escogidos pensando en la posibilidad de que un antiguo amor aparezca inesperadamente en la puerta.

Mi pijama tenía pequeños zorros.

Lo había comprado porque estaban de oferta.

Estaba sentada en el sofá, comiendo cereales directamente del bol y considerando seriamente la posibilidad de que aquella fuera toda mi actividad social de la noche, cuando alguien empezó a aporrear la puerta.

No llamó.

Aporreó.

Dejé el bol.

—¡Ya voy!

Los golpes continuaron.

—¡QUE YA VOY!

Abrí.

Delante de mí había un hombre de unos cincuenta años al que había visto muchas veces en la escalera y con el que mi relación hasta entonces se había limitado a sonreír y decir hello .

Vivía justo debajo de mí.

Se llamaba Marco.

Sabía que era italiano.

Eso agotaba prácticamente toda la información que poseía sobre él.

Marco estaba furioso.

— Acqua!

—¿Perdón?

— Acqua! Acqua! Dal soffitto!

—¿Agua?

— Sì! Water! Your water!

Señaló hacia arriba.

Después hacia abajo.

Después hacia mí.

—My ceiling! Your water!

Aquello me pareció injusto.

Yo pagaba religiosamente a Thames Water, pero nunca había considerado que el agua de Londres fuera personalmente mía.

—¿Está cayendo agua en tu piso?

— Sì! Sì! Molta acqua!

—Vale. Un momento.

Fui hacia la cocina.

Nada.

Abrí el armario debajo del fregadero.

Nada.

Volví.

—No hay agua.

Marco me miró como si acabara de explicarle que Italia no existía.

— No acqua?

—No.

— Vieni! Vieni!

Me agarró suavemente del brazo y señaló hacia las escaleras.

—¿Quieres que baje?

— Sì!

—Vale.

Salí.

Entonces recordé el pijama.

Demasiado tarde.

Bajamos al segundo.

Marco abrió su piso y me condujo hasta la cocina.

Miré el techo.

—Oh.

Había una mancha enorme.

No una pequeña humedad.

No una discreta señal de que quizá algún día convendría llamar a un fontanero.

Una enorme mancha oscura ocupaba buena parte del techo y una gota cayó mientras la miraba.

Después otra.

Después otra.

Marco señaló triunfalmente.

— Acqua.

—Sí. Eso es definitivamente agua.

— Your water.

—Eso todavía está por demostrar.

Marco empezó a hablar en italiano.

Muy rápido.

Comprendí cucina .

Comprendí acqua .

Creí entender lavatrice .

Después perdí completamente el hilo.

—Marco, despacio.

Siguió hablando exactamente a la misma velocidad, pero elevando el volumen.

Esta parece ser una característica universal de los seres humanos cuando intentan comunicarse con alguien que no habla su idioma.

—No te entiendo.

— Lavatrice! Tubo! Acqua!

Lavadora.

Aquello sí lo entendí.

—¿Crees que es mi lavadora?

Marco levantó las manos.

— Sì!

Subí corriendo.

Él detrás.

Abrí el armario donde estaba la lavadora.

El suelo parecía seco.

La saqué un poco.

Algo brilló detrás.

—Mierda.

Metí la mano.

Agua.

Mucha.

—Mierda.

Marco apareció a mi espalda.

— Acqua!

—Sí, Marco. Ahora ya estamos de acuerdo.

Saqué un trapo.

Lo puse en el suelo.

El trapo se empapó inmediatamente.

Saqué otro.

También.

No estaba funcionando.

—Tengo que cerrar el agua.

Marco dijo algo.

—Sí. Exactamente.

No tenía ni idea de dónde estaba la llave de paso.

Rachel apareció tres minutos después.

No la había llamado.

Nadie había llamado a nadie.

Los edificios de viviendas poseen un sistema de comunicación más eficiente que internet cuando sucede algo interesante.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Rachel miró el agua que empezaba a extenderse por el suelo.

—Claire.

—Tengo un pequeño escape.

Marco levantó las manos.

— Piccolo?

—No necesito traducción para eso.

Rachel se agachó.

—¿Has cerrado el agua?

—Estoy en ello.

—¿Dónde está la llave?

—Estoy buscando.

—O sea que no sabes dónde está.

—Sé aproximadamente dónde debería estar.

—¿Dónde?

—En algún lugar relacionado con las tuberías.

Rachel me miró.

—Muy útil.

Se abrió otra puerta.

El señor Harris apareció en el rellano.

—¿Todo bien?

—Sí —dije.

—No —dijo Rachel.

Marco empezó a explicarle la situación.

En italiano.

El señor Harris escuchó educadamente durante unos segundos.

—No hablo español.

—Es italiano —dije.

—Ah.

Marco siguió hablando.

—Tampoco hablo italiano.

Perfecto.

Apareció Emily.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijimos Rachel y yo al mismo tiempo.

Emily miró el suelo.

—Hay agua.

—Gracias, cariño —dijo Rachel—. Vuelve a casa.

—Puedo ayudar.

—No.

—Pero...

—Emily.

Desapareció.

Marco seguía hablando.

El señor Harris intentaba ayudarme a mover la lavadora.

Rachel estaba colocando toallas en el suelo.

Yo seguía en pijama.

Entonces se oyó una voz desde las escaleras.

—¿Ocurre algo?

Cerré los ojos.

No.

No, no, no.

Levanté la cabeza.

Henry bajaba desde el cuarto.

Llevaba pantalones oscuros, una camisa vieja y gafas.

No le había visto nunca con gafas.

Le quedaban bien.

Esto no era relevante.

—Nada —dije.

Henry llegó al rellano.

Miró a Marco.

Miró al señor Harris.

Miró a Rachel arrodillada sobre una toalla.

Miró el agua.

Finalmente me miró a mí.

Y a los zorros.

—Ya veo.

—Es un pequeño escape.

Marco dijo algo muy rápido.

Henry lo miró.

Marco repitió.

Y Henry respondió.

En italiano.

Hubo un silencio.

Incluso Marco pareció sorprendido.

Yo lo miré.

No.

Aquello ya era excesivo.

Henry y Marco intercambiaron varias frases.

Marco señaló hacia abajo.

Después hacia la lavadora.

Henry hizo una pregunta.

Marco respondió.

—¿Hablas italiano? —pregunté.

Henry se volvió hacia mí.

—Un poco.

—Eso no era un poco.

—He vivido allí.

Naturalmente.

—¿Dónde?

—Florencia.

—Naturalmente.

Henry frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué significa «naturalmente»?

—Nada.

—Siempre dices «nada» cuando significa algo.

—¿Cuánto tiempo viviste en Florencia?

—Dos años.

Por supuesto.

Porque saber cocinar, citar a Oscar Wilde, llevarse bien con los niños y poseer una cantidad sospechosa de paraguas no era suficiente.

Dios había decidido añadir idiomas.

—¿Qué dice Marco?

—Que el agua empezó hace unos veinte minutos. Primero eran unas gotas y ahora tiene bastante parte del techo mojada.

—Eso ya lo sabemos.

—También cree que viene de la toma de la lavadora.

—Eso también.

Henry miró a Marco.

—Y está bastante enfadado.

—Eso lo había deducido.

—También puede que haya dicho algo sobre mi madre.

Lo miré.

Henry sonrió.

—Mi italiano coloquial tiene algunas lagunas.

Me reí.

Fue involuntario.

Lo corregí inmediatamente.

—Necesitamos cerrar el agua —dijo Henry.

—Gracias. Esa conclusión ya la habíamos alcanzado.

—Perfecto. ¿Dónde está la llave de paso?

Silencio.

Rachel dejó de mover una toalla.

El señor Harris miró hacia otro lado.

Yo crucé los brazos.

—Estamos trabajando en ello.

—No sabes dónde está.

—¿Tú sabes dónde está?

—No.

Aquello me produjo una satisfacción sorprendente.

—Ah.

Henry me miró.

—¿Qué significa «ah»?

—Era un «ah» puramente informativo.

Henry sonrió.

Punto para mí.

—Martin —dijo.

—¿Qué pasa con Martin?

—El del primero.

—Sé quién es Martin.

No sabía quién era Martin.

—Es fontanero.

Naturalmente.

—¿Cómo sabes que es fontanero?

—Porque me lo dijo.

Aquella explicación tenía una lógica irritantemente sólida.

—Voy a buscarlo.

—¿Y si no está?

—Entonces llamamos a un fontanero.

Aquello fue reconfortante.

Henry no sabía arreglarlo.

Gracias a Dios.

Había límites.

Martin estaba.

Y efectivamente era fontanero.

Cinco minutos después estaba tumbado en el suelo de mi cocina con medio cuerpo debajo del fregadero.

—Aquí.

Giró una llave.

El ruido del agua cambió.

Después se detuvo.

Todos permanecimos en silencio.

Martin salió.

—Ya está.

Casi le abracé.

—¿Qué ha pasado?

Se acercó a la lavadora.

—La conexión de entrada. Se ha soltado.

—¿Se ha roto?

—No parece. Probablemente estaba mal apretada y con el tiempo...

Hizo un gesto.

—¿Se puede arreglar?

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

Martin me miró.

—Aunque yo llamaría mañana a tu seguro. Y habrá que mirar el techo de abajo.

Marco apareció.

Henry le explicó lo que Martin había dicho.

Marco contestó.

—¿Qué dice?

—Que su techo está destrozado.

—No está destrozado.

Marco dijo algo.

Henry dudó.

—Rectifico. Dice que su techo está completamente destrozado y probablemente todo el edificio corre peligro de derrumbarse.

Miré a Marco.

—No se va a derrumbar el edificio.

Henry tradujo.

Marco respondió con indignación.

—¿Y ahora?

—Prefiero no traducirlo.

—Henry.

—Dice que eso lo dices porque no es tu techo.

—Bueno, ahí tiene razón —dijo el señor Harris.

—Gracias, señor Harris.

—De nada.

Martin volvió a trabajar.

El problema estaba controlado.

Eso fue lo bueno.

Lo malo era que mi cocina seguía teniendo aproximadamente dos centímetros de agua.

No sé quién empezó.

Probablemente Rachel.

Siempre era Rachel.

De pronto todo el mundo estaba haciendo algo.

El señor Harris bajó con Marco para colocar recipientes donde todavía goteaba el techo.

Rachel apareció con más toallas.

La señora Jenkins subió con una fregona.

No pregunté cómo se había enterado.

Ya había aceptado que el edificio poseía su propia agencia de noticias.

Emily reapareció con un cubo.

—Te dije que volvieras a casa.

—Mamá me ha mandado.

Miré a Rachel.

—Puede llevar cosas.

—Tiene diez años.

—Precisamente. Está más cerca del suelo.

—Mamá.

—Era una broma.

Martin seguía con la lavadora.

Yo recogía agua con una fregona.

Henry se quitó los zapatos.

—¿Qué haces?

—Ayudar.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

Se remangó los pantalones.

Aquella respuesta me dejó sin réplica.

No estaba ayudando porque yo se lo hubiera pedido.

No estaba ayudando porque quisiera demostrar nada.

Había agua en el suelo.

Él estaba allí.

Eso era todo.

Cogió otra fregona.

Durante los siguientes veinte minutos mi piso dejó de pertenecerme.

La señora Jenkins daba instrucciones.

Rachel transportaba toallas.

Emily llevaba cubos.

Martin reparaba la conexión.

Henry y yo empujábamos agua hacia la cocina.

—A la izquierda —dijo.

—Ya sé.

—La estás empujando hacia el salón.

—No la estoy empujando hacia el salón.

Una pequeña corriente avanzó hacia el salón.

Henry la señaló.

—Eso parece el salón.

—Cállate.

No dijo nada.

Seguimos fregando.

—No hace falta que sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Estás sonriendo.

—Tengo una cara muy expresiva.

Lo miré.

El muy cabrón recordaba lo de la cena.

Media hora después, la situación empezaba a parecer humana.

Martin había reparado la conexión.

El agua estaba otra vez abierta.

No salía nada por donde no debía.

El señor Harris informó de que el techo de Marco había dejado de gotear.

La señora Jenkins se marchó.

Emily fue enviada definitivamente a casa.

Martin me dio el número de un amigo que podía revisar los daños al día siguiente y desapareció escaleras abajo.

Rachel fue con Marco para ayudarle a retirar algunas cosas de la cocina.

Por primera vez desde que había empezado todo, Henry y yo nos quedamos solos.

Mi cocina olía a humedad.

Había toallas por todas partes.

Yo seguía llevando el pijama de zorros.

Henry estaba en calcetines, con los pantalones remangados hasta media pantorrilla y el pelo ligeramente revuelto.

No parecía especialmente distinguido.

Ni misterioso.

Ni siquiera especialmente atractivo.

Parecía un hombre de cuarenta y tantos años que acababa de pasar media hora fregando agua.

—Gracias —dije.

—De nada.

Seguimos recogiendo.

—Y gracias por lo de Marco.

—Mi italiano no es tan bueno.

—Parecía bastante bueno.

—Puedo mantener una conversación.

—Eso normalmente se considera hablar un idioma.

—Depende de la conversación.

—Habéis estado hablando del seguro de hogar.

—Ahí he tenido problemas.

—¿Lo de tu madre?

Sonrió.

—Puede que haya interpretado mal una expresión.

Me reí.

Esta vez no intenté evitarlo.

Henry también.

Durante unos segundos estuvimos simplemente allí, apoyados en las fregonas, riéndonos de un italiano enfadado, de mi cocina inundada y de su madre, que probablemente no tenía ninguna responsabilidad en nada de aquello.

Fue agradable.

Eso fue preocupante.

Rachel entró.

—Bueno.

Nos separamos de las fregonas como si nos hubieran sorprendido haciendo algo.

No estábamos haciendo nada.

Absolutamente nada.

—Marco se ha calmado —dijo.

—¿Seguro?

—No. Pero ya grita menos.

Henry miró el reloj.

—Entonces creo que aquí ya no hago falta.

—Nunca has hecho falta —dije.

Rachel me miró.

Henry sonrió.

—Buenas noches, Claire.

—Espera.

Se volvió.

—¿Sí?

—Tus zapatos.

Los había dejado junto a la puerta.

—Cierto.

Fue a buscarlos.

—¿Ves? —dije—. Hay cosas que no sabes hacer.

Henry se puso un zapato.

—Muchas.

—Eso me tranquiliza.

Se puso el otro.

—Me alegro de serte útil.

Abrió la puerta.

—Henry.

—¿Sí?

—¿Hablas algún otro idioma que deba conocer?

Pareció pensarlo.

—Francés.

Cerré los ojos.

—Naturalmente.

—Mi francés es bastante malo.

—Eso me consuela.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Buenas noches, Claire.

—Buenas noches.

Salió y empezó a subir hacia el cuarto.

Lo vi desaparecer por las escaleras.

Cocinaba.

Sabía tratar con niños.

Hablaba italiano.

Hablaba francés.

Sabía a qué vecino llamar cuando se rompía una tubería.

Y tenía una ligera barriga.

Gracias a Dios por la barriga.

Cerré la puerta.

No odiaba a Henry Whitmore.

Evidentemente.

Eso habría requerido concederle una importancia que no tenía.

Simplemente empezaba a encontrar agotadora la cantidad de cosas que sabía hacer.

Volví a la cocina.

En el suelo quedaba una única toalla mojada.

La recogí.

Entonces miré mi pijama.

Zorros.

Había pasado la última hora delante de Henry Whitmore con un pijama cubierto de pequeños zorros.

Me quedé quieta.

No importaba.

Naturalmente.

Henry era mi vecino.

Henry no estaba interesado en mí.

Y yo no estaba interesada en Henry.

Subí la toalla al fregadero.

Por alguna razón, la segunda de aquellas afirmaciones me resultó bastante más necesaria que la primera.