Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 4 #2
29%

Capítulo 4 #2

Un mínimo de curiosidad humana habría bastado.

—Prueba esto.

Me tendió una cuchara.

Probé.

Estaba extraordinario.

Por supuesto.

—¿Y?

—Está aceptable.

Henry levantó una ceja.

—Entonces pide pizza.

—Está muy bueno.

—Gracias.

Volvió a la cazuela.

Lo odié un poco más.

A las ocho y cuarto mi casa parecía pertenecer a otra persona.

La mesa estaba puesta.

Había flores.

Velas.

Vino.

La cocina estaba limpia.

La pasta esperaba preparada para terminarse en el último momento.

Mi boeuf bourguignon había desaparecido discretamente de la historia.

Uno a uno los vecinos fueron marchándose.

El señor Harris primero.

Tom después.

Rachel tuvo que arrastrar a Emily, que quería saber cómo terminaba «la cena romántica».

—No es una cena romántica.

—Es una cita —dijo Emily.

—Vete a casa.

Rachel me dio un beso.

—Estás estupenda.

—Gracias.

—Pásalo bien.

—Lo intentaré.

—Y no menciones el bourguignon.

—Fuera.

Cerró la puerta riéndose.

Henry seguía en la cocina.

Estaba lavando una sartén.

—Déjala.

—Ya está.

—Henry, en serio.

Cerró el grifo.

Se secó las manos.

Se había vuelto a bajar las mangas de la camisa.

—La pasta necesita dos minutos cuando llegue tu invitado. No más. Si la dejas esperando se pasará.

—Dos minutos.

—Dos.

—Soy capaz de hervir pasta.

Henry miró hacia el lugar donde había estado mi cazuela.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

Cogió su chaqueta.

Me miró.

Yo llevaba el vestido negro que había elegido para la ocasión.

Esperé.

Otra vez.

No sé por qué seguía haciendo aquello.

—Que vaya bien la cena, Claire.

—Gracias.

Abrió la puerta.

—Henry.

Se volvió.

—Gracias.

Sonrió.

—De nada.

Y se marchó.

Eso fue todo.

Henry Whitmore acababa de cocinar mi cena para otro hombre y parecía emocionalmente afectado por ello aproximadamente lo mismo que por sacar el reciclaje.

Era irritante.

No porque quisiera que estuviera celoso.

Naturalmente.

Eso habría sido ridículo.

Pero podía haber preguntado quién venía.

Por educación.

Simple educación.

El timbre sonó.

David.

Respiré hondo.

Por fin.

Un hombre normal.

David era incluso más atractivo que en las fotografías.

Llevaba americana, camisa blanca y unos zapatos que parecían costar más que mi horno.

Me dio dos besos.

—Estás preciosa.

Gracias.

Gracias, David.

No era tan difícil.

—Pasa.

Miró alrededor.

—Bonito piso.

—Gracias.

Le ofrecí vino.

Aceptó.

Sin explicarme su impacto en la longevidad.

Punto para David.

Nos sentamos.

La conversación empezó bien.

David era divertido.

Seguro.

Trabajaba en seguros desde hacía quince años y acababa de comprarse un piso en Richmond.

Tenía coche.

Tenía amigos.

Veía a sus padres los domingos.

No llevaba ningún dispositivo que monitorizara su sueño.

No había mencionado sus privilegios.

No utilizó la palabra «energía».

A los veinte minutos empecé a pensar que quizá Tinder había decidido finalmente indemnizarme.

Fui a la cocina.

Dos minutos.

Henry había dicho dos minutos.

Terminé la pasta.

La serví.

David probó.

Cerró los ojos.

—Dios.

Sonreí.

—¿Está bien?

—Está increíble.

—Gracias.

—En serio. Esto es espectacular.

Me serví vino.

—Una mujer que cocina así es difícil de encontrar hoy en día.

La botella se detuvo a mitad de camino.

—¿Perdón?

—Que está buenísimo.

—No. Lo otro.

David sonrió.

—Nada. Que hoy en día casi nadie cocina.

Podía dejarlo pasar.

Decidí dejarlo pasar.

—Bueno, me gusta intentarlo.

Aquello era técnicamente cierto.

—Mi ex no sabía ni freír un huevo.

Ah.

Habíamos llegado a la ex.

—¿No?

—Nada. Cero. Vivía de ensaladas y comida preparada.

—Cada uno se organiza como puede.

—Sí, claro.

Bebió vino.

—Estaba demasiado centrada en su carrera.

Segundo dato.

No necesariamente una señal de alarma.

Las mujeres también podían estar demasiado centradas en su carrera.

—¿A qué se dedicaba?

—Abogada.

—Debe de ser un trabajo exigente.

—Muchísimo. Ese era el problema.

—¿El trabajo?

—Las prioridades.

Comí pasta.

Henry había conseguido que unos tomates, ajo y champiñones supieran mejor que todo lo que yo había intentado cocinar en los últimos cinco años.

Otro motivo para odiarlo.

—Yo soy bastante clásico —continuó David.

Aquella frase nunca había precedido nada bueno.

—¿Clásico?

—Sí. Creo que hombres y mujeres aportamos cosas diferentes.

—¿Por ejemplo?

David señaló la mesa con el tenedor.

—Bueno. Mira esto.

Miré.

—¿La pasta?

Se rio.

—Ya me entiendes.

No.

No le entendía.

Pero empezaba a sospecharlo.

—No tengo nada contra las mujeres que trabajan —dijo.

Ahí estaba.

Siempre que un hombre decía «no tengo nada contra las mujeres que...», había llegado el momento de servirse otra copa de vino.

Lo hice.

—Pero creo que hay cosas que una mujer hace mejor. Crear un hogar. Cuidar los detalles. Los niños, cuando llegan.

—¿Y los hombres?

—Nosotros tenemos otras responsabilidades.

—¿Como cuáles?

—Proteger. Proveer. Tomar decisiones difíciles.

Miré mi piso.

Las flores de la señora Jenkins.

Las velas de Tom.

El vino del señor Harris.

La cena de Henry.

Aquello empezaba a resultar extraordinariamente divertido.

—¿Y cocinar?

—Bueno, obviamente cualquiera puede cocinar. Pero...

Esperé.

David sonrió.

—Reconócelo. Esto tiene un toque femenino.

Miré la pasta.

Pensé en Henry con las mangas remangadas, picando ajo.

Tuve que beber para no reírme.

—Muchísimo.

—¿Ves?

—No sabes cuánto.

David siguió comiendo.

—Yo trabajo muchas horas. Cuando llego a casa necesito desconectar. Mi ex no entendía eso.

—¿Ella trabajaba muchas horas?

—Sí.

—Era abogada.

—Exacto.

—Entonces, cuando llegaba a casa, ¿también necesitaba desconectar?

David me miró.

—Claro.

—¿Y quién hacía la cena?

Hubo una pausa.

—No se trata de llevar una contabilidad de cada cosa.

Naturalmente.

—Claro.

—Ese era precisamente su problema. Todo se convertía en una negociación.

—Qué agotador.

—Muchísimo.

Bebí vino.

—¿Y los niños? —pregunté.

—No tuvimos.

—Pero quieres.

—Claro. Dos, idealmente.

—¿Y quién los cuidaría?

—Los dos.

—Naturalmente.

—Aunque creo que, cuando son pequeños, necesitan más a la madre.

—Naturalmente.

David sonrió.

Creo que pensaba que estábamos de acuerdo.

Aquello empezaba a fascinarme.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quieres hijos?

La pregunta llegó con esa facilidad con la que algunos hombres preguntaban por el postre.

Tenía treinta y seis años.

Por supuesto que había pensado en ello.

Muchas veces.

Demasiadas.

Pero no pensaba discutir mi reloj biológico con David mientras comía la pasta de Henry Whitmore.

—No lo sé.

—Deberías saberlo.

Lo miré.

—¿Perdón?

—Bueno, por la edad.

Y ahí terminó nuestra relación.

No oficialmente.

Todavía quedaba postre.

Pero espiritualmente David y yo acabábamos de divorciarnos, habíamos vendido la casa de Richmond y yo había obtenido la custodia completa de dos hijos que nunca habíamos tenido.

Sonreí.

—¿Quieres postre?

David se marchó a las once.

Intentó besarme.

Conseguí convertirlo en un abrazo mediante una maniobra lateral que habría merecido entrenamiento militar.

—Lo he pasado genial —dijo.

—Me alegro.

—Repetimos.

—Hablamos.

Ahí estaba otra vez.

Mi palabra favorita.

Cerré la puerta.

Apoyé la espalda contra ella.

Silencio.

Miré el salón.

Copas.

Platos.

Velas consumidas.

La maravillosa cena que yo no había cocinado.

Fui a la cocina.

Sobre la encimera había un pequeño recipiente.

Encima, un papel doblado.

Lo abrí.

La salsa que sobra está en la nevera. Aguanta dos días. H.

Eso era todo.

Ni «suerte con tu cita».

Ni «espero que haya ido bien».

Ni siquiera una broma sobre el bourguignon.

Abrí la nevera.

La salsa estaba allí, perfectamente guardada.

Henry había entrado en mi casa.

Había visto mi cocina convertida en una zona de catástrofe.

Había recogido mi basura.

Había cocinado mi cena.

Había limpiado.

Y se había marchado sin decirme una sola vez cómo debería vivir mi vida.

Cerré la nevera.

Qué irritante.