Capítulo 4
El hombre de toda la vida
Henry Whitmore cocinaba.
No cocinaba como cocinamos las personas normales.
Las personas normales abrimos la nevera, contemplamos durante unos segundos su contenido y tratamos de averiguar qué combinación de alimentos puede convertirse legalmente en una cena.
Henry hacía reducciones.
Tenía hierbas frescas.
Sabía para qué servía cada cuchillo.
Una vez Rachel me había llevado un trozo de su beef Wellington .
Estaba extraordinario.
Lo odié.
No a Henry.
El Wellington.
Naturalmente.
Había algo irritante en un hombre que podía arreglar un grifo, citar a Oscar Wilde, ayudar a una niña con las matemáticas y además conseguir que una masa de hojaldre permaneciera crujiente alrededor de un solomillo.
Nadie necesitaba tantas habilidades.
Por eso, cuando David me preguntó qué me apetecía hacer el sábado por la noche, respondí:
—Podríamos cenar en mi casa.
No sé por qué.
Probablemente fue una de esas decisiones que parecen perfectamente razonables durante los tres segundos anteriores a pronunciarlas en voz alta.
David y yo llevábamos una semana hablando por Tinder.
Tenía cuarenta años, trabajaba en una empresa de seguros y sus fotografías mostraban a un hombre atractivo, bien vestido y aparentemente incapaz de hacer puenting.
Después de mis últimas experiencias, aquello empezaba a parecerme una cualidad.
Parecía normal.
Yo necesitaba normal.
Además, había algo agradablemente tradicional en invitar a alguien a cenar.
Una cena.
Una botella de vino.
Una conversación.
Sin métricas.
Sin masculinidades alternativas.
Sin explicaciones sobre la dopamina.
Personas comiendo.
¿Qué podía salir mal?
La respuesta resultó ser prácticamente todo.
A las cinco de la tarde tenía la situación bajo control.
A las cinco y media todavía pensaba que tenía la situación bajo control.
A las seis empecé a sospechar que el control era un concepto bastante subjetivo.
Había decidido preparar boeuf bourguignon .
La receta decía «dificultad media».
Mentía.
La cocina francesa había sobrevivido durante siglos gracias a una conspiración destinada a convencer al resto de Europa de que poner vino en una cazuela convertía automáticamente cualquier cosa en alta gastronomía.
No era cierto.
A las seis y cuarto la salsa tenía una consistencia preocupante.
A las seis y veinte añadí agua.
A las seis y veinticinco descubrí que probablemente había añadido demasiada.
A las seis y treinta intenté arreglarlo con harina.
Fue una decisión desafortunada.
A las seis y cuarenta el contenido de la cazuela había adquirido una textura que no recordaba haber visto anteriormente en ningún alimento destinado al consumo humano.
Probé una cucharada.
No estaba malo.
Tampoco estaba bueno.
Era simplemente... intenso.
Añadí vino.
Las cosas importantes se arreglan con vino.
A veces incluso la comida.
A las siete menos cuarto el fondo de la cazuela se quemó.
Aquello sí fue definitivo.
Apagué el fuego.
Abrí la ventana.
El detector de humo permaneció en silencio, un gesto de solidaridad que aprecié profundamente.
Contemplé la cocina.
Había utilizado cuatro cazuelas.
No sabía por qué.
La receta solo mencionaba dos.
Había una tabla cubierta de restos de cebolla, una botella de vino medio vacía, harina en lugares a los que no recordaba haberla llevado y una cuchara de madera pegada a algo que preferí no investigar.
David llegaba a las ocho y media.
Tenía que ducharme.
Tenía que vestirme.
Tenía que limpiar aquello.
Y, sobre todo, tenía que conseguir comida.
Saqué el teléfono.
Deliveroo.
La civilización occidental había cometido muchos errores, pero aquello no era uno de ellos.
Podía pedir algo, pasarlo discretamente a una fuente y fingir.
No.
Eso era ridículo.
Podía decirle la verdad.
Había intentado cocinar.
Había salido mal.
Éramos adultos.
Nos reiríamos.
Pedí comida.
Después empecé a eliminar las pruebas.
Metí envases, restos, papeles y una cantidad preocupante de comida carbonizada en una bolsa de basura.
La bolsa estaba demasiado llena.
Lo sabía.
La miré.
Ella me miró.
Llegamos a un acuerdo tácito.
Aguantaría hasta el contenedor.
Salí al rellano.
Bajé un piso.
La bolsa se rompió exactamente delante de Henry Whitmore.
No un metro antes.
No un metro después.
Delante.
Hay momentos en los que una empieza a sospechar que Dios existe y tiene un sentido del humor bastante mezquino.
Una cebolla rodó escaleras abajo.
Un envase vacío cayó junto al zapato de Henry.
Algo que unas horas antes había sido carne aterrizó boca abajo sobre el rellano.
Henry observó el suelo.
Después me miró.
—Buenas tardes, Claire.
Lo odié.
—Buenas tardes.
Se agachó para recoger la cebolla.
—Espera, te ayudo.
—No hace falta.
—La bolsa se ha roto.
—Me había dado cuenta.
—Bien.
Cogió el envase.
—Henry.
—¿Sí?
—Puedo hacerlo.
Miró el suelo.
Luego la bolsa.
Después volvió a mirarme.
—Naturalmente.
Ese «naturalmente» contenía demasiada información.
—Dame eso.
—Solo estoy recogiendo...
—Lo sé.
Intenté coger el envase.
Él lo apartó.
—Claire, es basura.
—Precisamente.
—No creo que nuestra relación vaya a quedar marcada por el hecho de que haya tocado un envase de champiñones.
—No tenemos una relación.
Henry pareció considerar aquello.
—Entonces el riesgo es todavía menor.
Odiaba cuando tenía razón.
Y entonces apareció Rachel.
Porque, evidentemente, todavía no había sufrido lo suficiente.
Subía las escaleras con Emily.
Se detuvo.
Miró el suelo.
Miró a Henry.
Me miró a mí.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
Rachel señaló algo negro junto a mi pie.
—¿Eso era comida?
—Sí.
—¿Qué comida?
—No importa.
—¿No tenías una cita esta noche?
Silencio.
Henry levantó la vista.
No dijo nada.
Eso fue muchísimo peor.
—Rachel...
—¿A qué hora?
—No necesito...
—¿A qué hora viene?
Suspiré.
—Ocho y media.
Rachel miró el reloj.
—Tenemos una hora y veinte.
—No existe «tenemos».
Ya era demasiado tarde.
A las siete y veinte había cinco personas dentro de mi piso.
Yo había invitado a una.
Y todavía no había llegado.
No sé exactamente cómo ocurrió.
Rachel tenía esa capacidad.
Entró en mi casa, contempló la cocina y empezó a organizar una operación militar.
Emily recibió instrucciones de recoger cualquier objeto que no perteneciera al salón.
El señor Harris, del segundo, apareció con una botella de vino porque Rachel había decidido que la que yo tenía abierta «ya no contaba».
No pregunté.
Tom subió con unas velas.
Tampoco pregunté.
Yo permanecía en mitad de mi propia cocina mientras mi comunidad de vecinos intervenía mi vida privada.
Henry fue el último en entrar.
Se quitó la chaqueta.
Se remangó la camisa.
Miró la cazuela.
—¿Qué intentabas hacer?
Me giré lentamente.
— Boeuf bourguignon .
Henry volvió a mirar la cazuela.
—Ah.
—¿Qué significa «ah»?
—Nada.
—Ha sido un «ah».
—Era un «ah» puramente informativo.
Se acercó.
Hundió una cuchara.
Observó el contenido.
—¿Puedo?
—Ya estás haciéndolo.
Probó.
Su cara no cambió.
Eso tampoco era buena señal.
—¿Y?
—Tiene carácter.
—Henry.
—Mucho carácter.
—Está incomible.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas.
—He pensado cosas peores.
Cogí la cazuela.
—Voy a tirarlo.
—Eso sí me parece razonable.
Lo miré.
—Gracias.
—De nada.
Abrió mi nevera.
—¿Qué haces?
—Mirar.
—Eso ya lo veo.
Sacó tomates.
Después encontró un paquete de pasta.
—¿Tienes ajo?
—Soy una mujer adulta. Claro que tengo ajo.
—No era una valoración moral.
Encontré el ajo.
Henry abrió un armario.
—Aceite de oliva.
—A la izquierda.
—¿Albahaca?
—No.
—Perejil.
—No.
Me miró.
—¿Hierbas frescas?
—Tengo orégano.
—¿Fresco?
—En un bote.
Henry cerró los ojos durante medio segundo.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Juzgarme.
—No te estoy juzgando.
—Has cerrado los ojos.
—Estaba pensando.
—En mis hierbas.
—Entre otras cosas.
Rachel entró en la cocina.
—¿Se puede salvar?
Henry señaló la cazuela.
—Eso no.
—Gracias otra vez.
—Pero podemos hacer otra cosa.
Miró el reloj.
—Cuarenta minutos.
—La comida está de camino —dije.
Henry me miró.
—¿Has pedido comida?
—Sí.
—Entonces problema resuelto.
Dejó el tomate.
Aquello me molestó.
No sé por qué.
—¿Qué ibas a hacer?
—Nada.
—Henry.
—Has pedido comida.
—¿Qué ibas a hacer?
Miró los ingredientes.
—Una pasta sencilla. Tomate, ajo, un poco de vino. Podríamos usar los champiñones que te quedan. Hay parmesano.
—¿En cuarenta minutos?
—En veinte.
Rachel sonrió.
—Hazlo.
—Rachel...
—Cancela el pedido.
—No voy a...
Emily apareció en la puerta.
—Mamá dice que Henry cocina muy bien.
—Tu madre está aquí.
—Ya.
—Y yo también sé cocinar.
Emily miró la cazuela.
Los niños pueden ser extremadamente crueles sin pronunciar una sola palabra.
—Vete con el señor Harris —dije.
Emily desapareció.
Henry intentaba no sonreír.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Cancelé el pedido.
Henry cocinaba de una forma especialmente irritante.
No parecía hacer ningún esfuerzo.
Yo había pasado dos horas consultando una receta, midiendo cantidades y ensuciando todo objeto disponible en mi cocina.
Henry no midió nada.
Picó ajo.
Cortó tomates.
Puso agua a hervir.
Probó.
Añadió.
Esperó.
Todo con esa tranquilidad de quien sabe exactamente qué ocurrirá después.
—¿Cuánto aceite has puesto?
—El suficiente.
—Eso no es una cantidad.
—En cocina sí.
—Mi receta especificaba dos cucharadas.
Miró de reojo la cazuela quemada.
—Ya.
—No vuelvas a mirar eso.
—No he dicho nada.
—Tienes una cara muy expresiva.
—Me habían dicho lo contrario.
Rachel pasó por detrás de nosotros llevando un jarrón.
—Claire, ¿dónde tienes las flores?
—No tengo flores.
—Ahora tienes.
—¿De dónde han salido?
—La señora Jenkins.
—¿La señora Jenkins sabe que tengo una cita?
Rachel siguió andando.
—Ahora sí.
Cerré los ojos.
—Todo el edificio sabe que tengo una cita.
Henry removió la salsa.
—Yo no lo sabía.
Abrí los ojos.
—Ya.
—Hasta hace veinte minutos.
—Ya.
—¿Eso es malo?
—No.
—Bien.
Siguió cocinando.
Eso fue todo.
Ni quién era.
Ni dónde lo había conocido.
Ni cuánto tiempo llevábamos hablando.
Nada.
Henry Whitmore parecía considerar mi vida sentimental aproximadamente tan interesante como el funcionamiento del ascensor.
Irritante.
No porque quisiera que estuviera interesado.
Eso habría sido absurdo.