Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 3
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Capítulo 3

El hombre optimizado

Había tardado cuarenta minutos en elegir aquel vestido.

Treinta y cinco más de lo razonable.

Pero tenía una cita y, después de Sebastian y Ben, había decidido que si Tinder estaba empeñado en destruir mi fe en los hombres, al menos me encontraría bien vestida cuando sucediera.

Cerré la puerta de casa y, al llegar al rellano, me encontré con Henry.

—Buenas noches, Claire.

—Henry.

Me miró brevemente.

Llevaba el vestido azul. El que Sophie aseguraba que me hacía unas piernas estupendas.

—Que pases buena noche —dijo.

—Igualmente.

Y siguió escaleras abajo.

Eso fue todo.

No es que esperara un cumplido.

Ni siquiera habría sabido qué responder si me lo hubiera hecho.

Además, Henry Whitmore no era precisamente el hombre cuya aprobación necesitaba. No era especialmente guapo. Tenía una nariz algo demasiado grande, empezaba a clarearle el pelo por las sienes y poseía una pequeña barriga que sus camisas no hacían ningún esfuerzo por disimular.

No era mi tipo.

En absoluto.

Pero podía haber mostrado un mínimo reconocimiento de que aquella noche llevaba cuarenta minutos más de trabajo encima que la última vez que me había visto empapada y sosteniendo un paraguas muerto.

No lo hizo.

Henry Whitmore era, entre sus muchos defectos, irritantemente inmune a mí.

Cinco minutos después estaba en un taxi camino de Marylebone y ya había decidido que aquello me daba exactamente igual.

Mi cita se llamaba James.

Tenía cuarenta y un años, trabajaba como consultor y, según Tinder, le gustaban «los retos, el crecimiento personal y superar límites».

En su fotografía parecía bastante bueno superándolos.

Especialmente los de una camiseta.

En persona era incluso mejor.

Esto me pareció sospechoso.

Las fotografías de Tinder obedecían normalmente a una ley física según la cual cualquier imagen tomada más de cinco años atrás seguía siendo considerada representación fiel del presente.

James no.

James era alto, estaba bronceado en pleno noviembre y llevaba una camisa blanca que parecía haber sido diseñada específicamente para informar a otras personas de que hacía ejercicio.

—Claire.

—James.

Me dio dos besos.

—Estás estupenda.

Gracias.

Gracias, James.

No era tan difícil.

—Tú también.

Había reservado mesa en un restaurante japonés pequeño, elegante y lo suficientemente caro para que empezara a preguntarme si aquella camisa pertenecía a un hombre que tenía Pemberley.

Nos sentamos.

—¿Vino? —pregunté.

—Yo no bebo entre semana.

—Es viernes.

—Precisamente.

Esperé.

—Los viernes tampoco bebo.

—Ah.

—Alcohol los sábados. Una copa, excepcionalmente dos.

Primer dato.

No necesariamente una señal de alarma.

Había gente que bebía poco.

Incluso gente feliz.

—Entonces pediré una copa para mí.

—Claro.

Lo dijo sin juzgarme.

Punto para James.

Pedimos.

La conversación empezó bien.

Muy bien.

James era inteligente, había viajado, hacía preguntas y tenía opiniones sobre cosas que no incluían su última relación ni la huella hídrica de mi cena.

Me relajé.

—¿Haces deporte? —preguntó.

—Corro alguna vez.

—¿Cuánto?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuándo me canso.

James sonrió.

—No, me refiero a kilómetros.

—También depende de cuándo me canso.

Se rio.

Bien.

Tenía sentido del humor.

—Yo corro cuatro días. Dos sesiones de zona dos, una de intervalos y una tirada larga.

—Yo corro hasta que quiero volver a casa.

—¿No utilizas zonas?

—Utilizo parques.

Volvió a reírse.

Esto podía funcionar.

—Deberías probarlo. Entrenar por frecuencia cardíaca cambia completamente el rendimiento.

—Tengo un reloj.

—¿Garmin?

—No.

Su expresión cambió ligeramente.

No había dado la respuesta correcta.

—¿Apple?

—No.

Le dije la marca.

James asintió de esa manera en que alguien acepta que hayas comprado el vino equivocado pero decide no arruinar la cena por ello.

—Garmin mide mucho mejor la recuperación.

Segundo dato.

Llegó mi vino.

James pidió agua con gas.

—¿Y gimnasio? —preguntó.

—A veces.

—¿Fuerza?

—Sí.

—¿Cuántos días?

—James, no llevo una hoja de cálculo.

Se rio otra vez.

Yo también.

Todavía estábamos bien.

Entonces se remangó ligeramente la camisa.

Llevaba un reloj en una muñeca y una especie de pulsera negra en la otra.

—¿Qué es eso?

—Whoop.

—¿Otro reloj?

—No es un reloj. Monitoriza recuperación, sueño, carga cardiovascular...

—¿Y el reloj?

—Garmin.

Naturalmente.

—¿Necesitas los dos?

—Miden cosas distintas.

—Claro.

No tenía ni idea de qué cosas distintas podía necesitar medir una persona durante una cena, pero cada uno tenía sus aficiones.

Llegó la comida.

James miró su plato.

Después miró el reloj.

—Perfecto.

—¿Qué?

—La hora.

—Son las ocho y cuarto.

—Intento terminar de cenar tres horas antes de acostarme.

—¿A qué hora te acuestas?

—Once y cuarto.

—¿Siempre?

—Entre semana.

—¿Y si estás haciendo algo?

—¿Como qué?

No supe responder inmediatamente.

Vida, pensé.

—Una cena.

—Lo planifico.

Tercer dato.

Comí.

—Dormir es probablemente la intervención más importante para la longevidad —continuó—. Yo estoy en siete cuarenta de media.

—¿Siete horas y cuarenta minutos?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

James levantó la muñeca.

Por supuesto.

—¿Y si duermes siete treinta y ocho?

Sonrió.

—Nada.

—Menos mal.

—Pero intento compensarlo al día siguiente.

Dejé los palillos.

—¿Cómo compensas dos minutos de sueño?

—No dos minutos concretamente.

—Me tranquiliza.

James volvió a reír.

Empezaba a gustarme que fuera capaz de reírse de sí mismo.

El problema era que no estaba completamente segura de que supiera que lo estaba haciendo.

—¿Tomas suplementos? —preguntó.

Ahí debería haber cambiado de tema.

—Alguna vitamina.

Sus ojos se iluminaron.

Error.

Durante los siguientes diez minutos aprendí cosas sobre magnesio, creatina, omega-3, vitamina D, electrolitos y algo llamado NMN que no recordaba haber preguntado.

James tomaba nueve cápsulas por la mañana.

Cinco por la noche.

—¿Catorce?

—No todas son cápsulas.

—Ah.

—La creatina es en polvo.

Eso lo solucionaba.

—También hago ayuno dieciséis-ocho dos veces por semana.

—¿Dieciséis qué?

Me lo explicó.

—O sea, que no desayunas.

—No exactamente.

—¿Comes por la mañana?

—No.

—Entonces no desayunas.

—Es más complejo.

Por supuesto que lo era.

Todo en la vida de James parecía ser ligeramente más complejo que su equivalente normal.

No dormía.

Optimizaba el sueño.

No corría.

Entrenaba en zona dos.

No dejaba de desayunar.

Practicaba ayuno intermitente.

No bebía agua.

Se hidrataba.

Empecé a sospechar que tampoco cagaba.

Probablemente optimizaba el tránsito intestinal.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—¿Qué rutina tienes por las mañanas?

—Me levanto.

James esperó.

—¿Y?

—Café.

—¿Nada más?

—A veces otro café.

Se rio.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Deberías intentar no mirar el teléfono durante la primera hora.

—¿Por qué?

—Dopamina.

Ah.

Habíamos llegado a la dopamina.

No sabía exactamente cuándo se había convertido en una sustancia que todo el mundo en internet parecía tener que administrar como si gestionara las reservas estratégicas de petróleo, pero allí estaba.

—Yo hago diez minutos de respiración, veinte de movilidad y después escribo mis objetivos del día.

—¿Todos los días?

—Todos.

—¿También los domingos?

—Especialmente los domingos.

Pensé en mis domingos.

Café.

Periódico.

A veces permanecer en pijama hasta una hora que no admitiría bajo juramento.

Empezaban a parecerme extraordinariamente atractivos.

—¿Y cuál es tu objetivo? —preguntó James.

—¿Para el domingo?

—En general.

—¿En la vida?

—Sí.

La pregunta parecía sincera.

Pensé un momento.

—Ser razonablemente feliz.

James asintió.

—Eso es difícil de medir.

Lo miré.

No estaba bromeando.

Y ahí terminó nuestra relación.

No oficialmente.

Todavía faltaban cuarenta y cinco minutos de cena.

Pero espiritualmente, James y yo acabábamos de separarnos.

Pedí otra copa de vino.

James miró su Garmin.

—Yo no pediría café después.

—No pensaba hacerlo.

—Por la vida media de la cafeína.

—James.

—¿Sí?

Levanté la copa.

—Voy a beberme esto, voy a pedir postre y existe una posibilidad razonable de que mire el teléfono en la cama.

Sonrió.

—Eres un desastre.

—No tienes ni idea.

Por primera vez en toda la noche pareció observarme sin calcular nada.

—Quizá te vendría bien alguien que te organizara un poco.

Sonrió.

Era una broma.

Una broma perfectamente inocente.

Y, sin embargo, algo dentro de mí cerró la puerta.

—Quizá —dije.

Pedí el postre.

Con azúcar.

James no pidió nada.

Naturalmente.

Cuando llegó mi tarta de chocolate, la contempló con una expresión que intentaba ser neutral y no lo conseguía del todo.

—¿Quieres probarla?

—No, gracias.

—¿Seguro?

—Completamente.

Corté un trozo.

—Admiro tu disciplina.

—No es disciplina. Cuando llevas tiempo cuidándote, dejas de necesitar esas cosas.

Me metí la tarta en la boca.

Estaba deliciosa.

—Qué pena.

James sonrió.

—¿El qué?

—Que hayas dejado de necesitarlas.

Nos despedimos en la calle.

James fue impecablemente educado.

Me dijo que había disfrutado mucho de la cena.

Yo también había disfrutado de algunas partes.

Especialmente de la tarta.

—Podríamos repetir —dijo.

—Hablamos.

Otra vez aquella palabra.

Empezaba a convertirse en mi botón de evacuación de emergencia.

James se marchó hacia la estación.

Lo vi alejarse.

Era atractivo, inteligente, tenía éxito, una frecuencia cardíaca en reposo probablemente espectacular y todas las posibilidades de llegar a los ciento cinco años.

No quería pasar ninguno de ellos con él.

Saqué el teléfono para pedir un taxi.

Tenía un mensaje de Sophie.

¿QUÉ TAL EL DIOS GRIEGO?

Le contesté:

Vivirá eternamente.

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

***

Escribí:

Luego te cuento.

Guardé el móvil.

Por primera vez en toda la noche pensé en Henry Whitmore.

Probablemente estaba en casa fumando en pipa, leyendo un libro y haciendo alguna cosa perjudicial para su esperanza de vida.

La imagen apareció durante apenas un segundo.

La aparté.

No tenía nada que ver con Henry.

James simplemente no era mi tipo.

Eso era todo.

Pedí el taxi.

Y cuando llegó, antes de subir, decidí que al día siguiente borraría Tinder.

Era una decisión firme.

Definitiva.

La mantuve hasta las diez y cuarto de la mañana del sábado.