Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

FÀbrEGAS 7

Me quedé mirándola.

—Lucy.

—¡He marcado un gol!

—Eso está muy bien.

—¡Ha sido increíble!

—Seguro que sí.

—Henry dice que soy muy rápida.

Aquello ya me gustó menos.

—¿Henry?

—Sí.

Se dio la vuelta para enseñarme la camiseta.

FÀbrEGAS.

En mi familia éramos del Tottenham.

No fanáticos, entiéndase.

Personas civilizadas.

Mi padre era del Tottenham.

Mi hermana era del Tottenham.

Yo era del Tottenham y, hasta aquella tarde, había dado por supuesto que Lucy también lo era.

Hay cosas que un niño no necesita decidir por sí mismo.

—¿De dónde has sacado esa camiseta?

—Me la ha prestado Henry.

—¿Henry Whitmore?

Lucy me miró con esa expresión de paciencia que los niños reservan para los adultos especialmente lentos.

—Sí.

—¿Y por qué te ha prestado una camiseta del Arsenal?

—Porque necesitaba una para jugar.

—¿Necesitabas una camiseta del Arsenal?

—Necesitaba una camiseta.

Matiz importante, aparentemente.

Las mangas estaban dobladas varias veces y la parte inferior recogida con un pequeño nudo para impedir que Lucy tropezara con ella.

Era evidente que alguien se había tomado cierto tiempo en conseguir que aquella cosa enorme se pareciera vagamente a ropa infantil.

—¿Y Henry te la ha puesto así?

—Sí.

—Claro.

Lucy salió corriendo hacia la cocina en busca de zumo.

Aquella noche su madre vino a recogerla.

La camiseta volvió al piso de Henry.

Pensé que el incidente había terminado.

Una semana después Lucy anunció durante una comida familiar que el Arsenal «tampoco estaba tan mal».

Aquello demostraba que el incidente no había terminado.

—Fue muy bonito lo que hizo con Lucy —dijo Rachel mientras abría la puerta del edificio.

—¿Lo de vestirla como al enemigo?

—No.

—Porque todavía estamos intentando revertir las consecuencias.

Rachel puso los ojos en blanco.

—Lo del partido.

Entramos.

—¿Qué pasa con el partido?

Se volvió hacia mí.

—¿No lo sabes?

—Sé que Lucy marcó un gol que, según su relato, probablemente debería figurar en la historia de la Premier League.

—Los mayores no querían dejarla jugar.

Dejé de sonreír.

—¿Qué?

—Eran todos mayores que ella. Ocho, nueve, alguno de diez. Habían organizado un partido y Lucy se presentó diciendo que quería jugar.

—¿Y?

—Uno de los chicos dijo que era demasiado pequeña.

Noté una punzada instantánea de irritación.

—¿Lucy lo oyó?

—No del todo. Estaba con Emily.

Rachel empezó a subir las escaleras.

La seguí.

—Henry estaba fuera hablando con Tom y se dio cuenta.

—¿Qué hizo?

—Preguntó por qué no podía jugar.

—Bien.

—Uno de los niños dijo que no tenía camiseta.

Me detuve en el primer escalón.

—La camiseta.

Rachel sonrió.

—Exactamente.

—¿Subió a buscarla por eso?

—Sí.

Yo había imaginado que Lucy le habría pedido algo para jugar y Henry, en uno de sus habituales excesos de amabilidad, le había prestado una camiseta.

No que hubiera habido una razón.

—Volvió con la de Fàbregas —continuó Rachel—. Era enorme. Se la puso, le dobló las mangas y entre los dos conseguimos ajustársela un poco.

Visualicé a Henry agachado delante de Lucy remangándole aquella camiseta roja y blanca.

No me gustó que la imagen me pareciera bonita.

—Y entonces dijo: «Ahora ya tiene camiseta».

—¿Y la dejaron jugar?

—Uno todavía dijo que era demasiado pequeña.

—Encantador.

—Henry le contestó que precisamente por eso tenían que utilizarla bien.

—¿Utilizarla?

Rachel se rio.

—Eso mismo preguntaron ellos.

Seguimos subiendo.

—Les dijo que era pequeña, rápida y que podía meterse por espacios por donde ellos no podían. Que la pusieran arriba y le pasaran el balón.

No dije nada.

—Uno dijo que Lucy no sabía chutar.

—Tiene seis años.

—Eso dijo Henry.

—¿Y?

—El niño aseguró que él sí sabía chutar a los seis.

Rachel sonrió.

—Henry miró a su padre y preguntó: «¿Es tuyo?». Tom dijo: «Lamentablemente». Y Henry respondió: «Entonces puedo afirmar con bastante seguridad que no sabía».

Me reí.

No quería.

Pero me reí.

—Y se acabó la discusión —dijo Rachel—. A los cinco minutos estaban jugando todos.

—¿Y Lucy?

—Feliz.

—¿Se dio cuenta de algo?

—De nada.

Aquello me hizo callar.

Seguimos subiendo lentamente.

—Cada vez que los mayores dejaban de pasarle el balón, Henry decía alguna cosa desde fuera. «Está sola». «Mira a la izquierda». Nada especial. Al rato ya lo hacían ellos solos.

—Y marcó.

—Marcó.

—Según Lucy, fue un disparo imparable.

Rachel hizo una mueca.

—El portero quizá no estaba viviendo su momento más competitivo.

—Rachel.

—Fue un buen gol.

—Eso está mejor.

—Y Henry no pidió que la dejaran marcar. Eso me gustó. Solo consiguió que pudiera participar.

Pensé en Lucy entrando en mi piso.

Las rodillas sucias.

La camiseta enorme.

Aquella felicidad absoluta.

Henry dice que soy muy rápida.

Yo había creído que era simplemente una de esas cosas que los adultos dicen a los niños.

Ahora entendía que había habido algo más.

Henry había convertido precisamente aquello por lo que querían excluirla —ser más pequeña— en la razón por la que podía ser útil.

Y Lucy jamás había sabido que alguien había querido dejarla fuera.

—Lo hizo muy bien —dijo Rachel—. No la convirtió en «la niña pequeña a la que hay que dejar jugar». Consiguió que los demás pensaran que tenía sentido que estuviera allí.

No respondí.

Aquello era muy inconveniente.

Ser encantador delante de todo el edificio podía ser una estrategia.

Citar a Oscar Wilde en una reunión de propietarios podía ser, y probablemente era, una estrategia.

Saber innecesariamente la diferencia entre arquitectura georgiana y victoriana tardía era, sin duda, una estrategia.

Pero Henry no sabía que Rachel iba a contarme aquello.

Lucy tampoco sabía que la había protegido.

No había nadie a quien impresionar.

No había conseguido nada.

Simplemente había visto a una niña de seis años a punto de quedarse fuera de un partido y había encontrado una manera de evitarlo sin permitir que ella supiera nunca que no la querían allí.

El muy cabrón.

—Por eso le he comprado esto —dijo Rachel levantando la bolsa del estanco—. Y porque lleva casi tres horas con las matemáticas de Emily.

—¿Qué fuma?

—No tengo ni idea. Le hice una foto a la lata el otro día y se la he enseñado al hombre del estanco.

Naturalmente Henry fumaba en pipa.

Probablemente leía a Dickens junto a la chimenea mientras reflexionaba sobre la decadencia del Imperio británico.

—Una cosa —dije.

—¿Qué?

—¿Por qué tiene una camiseta de Fàbregas?

Rachel me miró.

—Porque es del Arsenal.

—Ya sé que es del Arsenal. Todos tenemos nuestras desgracias.

—Entonces, ¿qué preguntas?

—Fàbregas se fue hace años.

—¿Y?

—Nada.

—Pregúntaselo.

—No tengo ningún interés en saber por qué Henry Whitmore conserva una camiseta de Cesc Fàbregas.

—Perfecto.

Subimos otro tramo.

Pensé en ello hasta llegar a casa.

—¿Qué tal tu cita? —preguntó Rachel al llegar a su planta.

Recordé a Ben.

El aguacate.

Emma y sus patrones de apego.

La masculinidad deconstruida.

La cuenta dividida exactamente por la mitad.

—Interesante.

—¿Eso es bueno?

—No.

—¿Lo vas a volver a ver?

—No.

—¿Qué le pasaba?

Pensé un momento.

—Era un hombre muy concienciado.

—¿Y eso es malo?

—No necesariamente.

—Entonces...

—Creo que estaba tan ocupado revisando su masculinidad que no le quedaba tiempo para tener personalidad.

Rachel soltó una carcajada.

—Eres horrible.

—Soy observadora.

—Eres imposible.

Abrió su puerta.

—Bueno. Ya aparecerá alguien.

—No estoy buscando desesperadamente a nadie.

—Claro.

Odiaba aquel «claro».

—Buenas noches, Rachel.

—Buenas noches.

Entró en casa.

Yo continué subiendo.

Al llegar al tercero saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de mi hermana.

Una fotografía de Lucy.

Estaba en el sofá dibujando.

No llevaba ninguna camiseta del Arsenal.

Sentí un alivio probablemente desproporcionado.

Debajo, mi hermana había escrito:

Acaba de contarme otra vez su gol del domingo. Creo que para Navidad ya habrá ganado la Champions.

Sonreí.

Guardé el teléfono.

Henry Whitmore era pedante.

Arrogante.

Insufriblemente encantador.

Bueno con los niños.

Y, aparentemente, capaz de hacer cosas amables sin asegurarse previamente de que alguien estuviera mirando.

Estupendo.

Cada día encontraba una razón nueva para que me cayera mal.

Abrí la puerta de casa.

El teléfono vibró.

Ben.

BEN: He estado pensando en nuestra conversación. Creo que hubo una energía muy interesante entre nosotros.

Lo miré.

Primero conexión.

Ahora energía.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la entrada.

Quizá Jane Austen había tenido una ventaja considerable.

En 1813 al menos Mr. Darcy no podía mandar WhatsApps.