Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 2
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Capítulo 2

El hombre deconstruido

Culpo a Jane Austen.

No exclusivamente.

Mi madre, Disney y Colin Firth tienen también cierta responsabilidad, pero Jane llegó primero.

Leí Orgullo y prejuicio a los diecisiete años y aquello probablemente causó un daño irreparable en mi educación sentimental.

Mr. Darcy era inteligente, culto, orgulloso, reservado y poseedor de diez mil libras al año, una cifra que a los diecisiete años me parecía considerable y a los treinta y seis, después de descubrir el precio de una vivienda en Londres, francamente insuficiente.

También tenía Pemberley.

Eso mejoraba bastante las cosas.

Naturalmente, yo no esperaba encontrar a Fitzwilliam Darcy.

Era una mujer adulta.

No buscaba un hombre a caballo atravesando la campiña de Derbyshire con una renta anual, una casa señorial y serios problemas para expresar sus sentimientos.

Había actualizado mis expectativas.

Mi Darcy del siglo XXI sería inteligente.

Culto sin ser pedante.

Seguro de sí mismo sin ser arrogante.

Divertido sin necesitar demostrarlo.

Amable, pero no de esa forma profesional que algunos hombres adoptaban durante las primeras tres citas antes de revelar que llevaban cinco años sin hablarse con su madre.

Tendría libros.

Esto era importante.

Sabría mantener una conversación.

Más importante todavía.

Tendría una vida propia, amigos propios y opiniones propias. No necesitaría que yo lo completara porque, a mis treinta y seis años, había llegado a la conclusión de que completar seres humanos era una responsabilidad excesiva para una primera cita.

Sería independiente.

Leal.

Generoso.

Y, puestos a pedir, estaría razonablemente bueno.

Tampoco hacía falta renunciar a todo.

No necesitaba ser rico.

Aunque, teniendo en cuenta el precio de la vivienda en Londres, tampoco pensaba discriminar a nadie por ello.

No parecía una lista imposible.

De hecho, estaba convencida de que aquel hombre existía.

El problema era encontrarlo.

Por eso tenía Tinder.

Y por eso, tres días después de mi encuentro con Sebastian, estaba sentada frente a Ben.

Ben tenía treinta y siete años, era profesor de Sociología en una universidad del sur de Londres y tenía pelo.

Después de Sebastian había decidido incluir esto último entre mis criterios de selección, aunque solo fuera por coherencia entre las fotografías y el producto final.

Ben había llegado puntual.

Punto a favor.

Había elegido un pequeño restaurante vegetariano en Soho.

Punto a favor.

Cuando llegué se levantó para saludarme, pero pareció arrepentirse a mitad del movimiento, probablemente porque no estaba seguro de si levantarse ante una mujer era educación o patriarcado.

Terminó en una posición extraña, a medio camino entre ponerse de pie y buscar algo debajo de la mesa.

—Claire.

—Ben.

Nos dimos dos besos.

Pareció aliviado.

Era atractivo.

No de esa manera agresiva que obliga a reconsiderar inmediatamente tus principios, pero sí lo suficiente para que una deseara que la velada funcionara.

Llevaba una camisa azul, barba de tres días cuidadosamente mantenida y gafas de pasta.

Había leído a Jane Austen.

Esto último lo descubrí a los siete minutos.

—Siempre me ha parecido que Persuasión es mejor novela que Orgullo y prejuicio —dijo.

Lo miré.

Puntual.

Educado.

Profesor.

Atractivo.

Había leído a Jane Austen.

Había leído a Jane Austen voluntariamente.

Aquello no era una cita.

Era una intervención divina.

—Eso es porque eres un esnob.

Ben sonrió.

—¿Ves? Ya estamos discutiendo de literatura.

—No estamos discutiendo. Estás equivocado.

—Mucho mejor.

Me reí.

Primer error.

Durante los siguientes veinte minutos hablamos de libros, películas y viajes.

Ben escuchaba.

No esperaba simplemente a que yo terminara para poder volver a hablar de sí mismo.

Hacía preguntas.

Recordaba mis respuestas.

No mencionó a ninguna exnovia.

No utilizó la expresión «energías».

No me explicó cómo funcionaba Bitcoin.

No tenía ninguna fotografía sosteniendo un pez.

Empecé a preocuparme.

Ningún hombre podía superar tantos controles consecutivos.

Tenía que haber algo.

Llegó el camarero.

—Good evening, guys. Would you like to order some drinks?

Ben levantó la vista.

—Claro. Aunque, si me permites una pequeña observación, intento evitar guys como genérico. Puede resultar excluyente para algunas personas.

El camarero parpadeó.

Tendría unos veinte años.

—Sorry?

—Nada. No te preocupes.

El camarero me miró.

Yo sonreí.

—Una botella de vino.

Ben volvió hacia mí.

—¿Tinto?

—Sí.

—Perfecto. No quería asumir que porque yo prefiera tinto tuviéramos que pedir tinto.

—Ben, quiero tinto.

—Genial.

Primer aviso.

No necesariamente malo.

Un hombre concienciado.

Aquello era bueno.

Los hombres debían estar concienciados.

Habíamos pasado suficientes siglos con hombres no concienciados.

Pedimos la cena.

Yo elegí una ensalada con aguacate.

Ben miró la carta.

—Es curioso que lo tengan.

—¿El qué?

—El aguacate.

—Suele ser un ingrediente bastante habitual en una ensalada con aguacate.

—Por su huella hídrica.

Dejé la carta.

—¿Qué le pasa?

—El cultivo intensivo consume cantidades enormes de agua. Y luego está la huella de carbono del transporte.

Miré mi ensalada futura.

Ya empezaba a sentirme culpable por ella y todavía no existía.

—Podría pedir otra cosa.

—No, no. Por favor. No pretendía condicionarte.

—Me acabas de explicar que mi cena está destruyendo el planeta.

—Solo señalaba la contradicción.

—¿Qué contradicción?

—Que un restaurante que se presenta como sostenible ofrezca aguacate importado.

—Ben.

—¿Sí?

—Voy a comerme el aguacate.

Sonrió.

—Me parece perfecto.

Pedí otra copa de vino.

La conversación derivó hacia el trabajo, después hacia Londres y finalmente, como todas las conversaciones de Tinder que duran lo suficiente, hacia las relaciones anteriores.

Ben había tenido tres relaciones importantes.

Esto me pareció una cifra razonable.

—He aprendido mucho de ellas —dijo.

Asentí.

—Creo que durante años reproducía patrones de masculinidad que no había cuestionado.

Aquello me interesó.

—¿Por ejemplo?

—La forma en que gestionaba los conflictos. La dificultad para mostrar vulnerabilidad. La distribución del trabajo emocional.

Bebí vino.

Esto era nuevo.

Sebastian había solucionado sus conflictos sentimentales acostándose con otras mujeres mientras su esposa estaba en casa de su hermana.

Ben parecía haber leído libros.

—Me llevó tiempo entender mis privilegios —continuó—. Y hacerme responsable de ellos.

—Eso está bien.

—Es un proceso.

—Supongo.

—Nunca terminamos de deconstruirnos.

Asentí.

No estaba completamente segura de qué significaba estar deconstruido, pero parecía preferible a estar casado sin avisar.

—¿Y por qué terminó tu última relación?

Ben suspiró.

—Emma todavía no había hecho ese trabajo.

Me detuve con la copa a medio camino.

—¿Qué trabajo?

—El personal.

—Ah.

—Tenía patrones de apego muy complejos.

—Entiendo.

No entendía.

Empezaba a detectar una tendencia preocupante.

—¿Y la anterior?

—Sophie esperaba de mí una cantidad de trabajo emocional que no me correspondía.

—¿Y la anterior?

Ben dudó.

—Laura tenía problemas para respetar mis límites.

Tres mujeres.

Tres problemas.

Un denominador común.

Bebí.

—Has tenido mala suerte.

—No creo en la suerte.

Naturalmente.

—Creo que atraemos a personas que reflejan las partes de nosotros mismos que todavía tenemos que trabajar.

—Entonces, ¿qué reflejaba Emma?

Ben se quedó pensando.

—Mi tendencia a responsabilizarme de las necesidades emocionales de los demás.

Aquello era extraordinario.

Ben había conseguido hacer responsable a Emma incluso de su propio defecto.

Seguí bebiendo.

Cuando llegó la cuenta, yo había aprendido bastante sobre heteronormatividad, privilegio masculino, masculinidades alternativas y producción sostenible de aguacates.

También había aprendido muy poco sobre Ben.

—La dividimos —dije.

—Por supuesto.

Sacó su tarjeta.

—Creo que el gesto tradicional de que el hombre pague contiene una estructura de poder bastante problemática.

—Mitad y mitad está bien.

—Me alegra que lo veas así.

Ben había tomado dos copas de vino más que yo, un entrante que yo no había probado y el plato más caro de la carta.

Dividimos exactamente por la mitad.

Aquello, aparentemente, no contenía ninguna estructura de poder problemática.

Al salir, Ben me dio dos besos.

—Me ha encantado conocerte.

—Igualmente.

—Me gustaría repetir.

Sonreí.

—Hablamos.

Las mujeres llevamos siglos desarrollando formas de decir que no sin utilizar la palabra no.

«Hablamos» estaba bastante arriba en la clasificación.

Caminé hacia el metro.

El teléfono vibró antes de llegar a la esquina.

BEN: Me ha encantado nuestra conexión.

Me detuve.

Conexión.

No.

No, no, no.

Guardé el teléfono.

Encontré a Rachel junto a la puerta de nuestro edificio.

Llevaba una bolsa del supermercado, la mochila de Emily colgada de un hombro y una pequeña bolsa de papel marrón en la otra mano.

—Hola.

—Hola. ¿Qué llevas ahí?

Levantó la bolsa de papel.

—Tabaco de pipa.

La miré.

—Rachel, dime que no has empezado a fumar en pipa.

—Dios, no. Es para Henry.

Naturalmente.

Por supuesto que era para Henry.

—¿Ahora le compras el tabaco?

—No seas idiota. He querido tener un detalle con él. Lleva toda la tarde ayudando a Emily con las matemáticas.

—¿Toda la tarde?

—Tiene examen el lunes. Yo dejé de entender los deberes aproximadamente cuando aparecieron letras entre los números. Henry se ofreció a ayudarla.

—Qué sorpresa.

Rachel dejó de buscar las llaves.

—¿Por qué dices eso así?

—¿Así cómo?

—Como si estuviera ayudándola a fabricar metanfetamina.

—No he dicho nada.

—Has dicho «qué sorpresa».

—Es una expresión.

—Contigo nunca es solo una expresión cuando hablamos de Henry.

Encontró las llaves.

—Se le dan bien los niños.

—Ya lo sé.

Y lo sabía.

Mi sobrina Lucy tenía seis años.

Tres semanas antes había venido a pasar conmigo el domingo.

Por la tarde había bajado a jugar delante del edificio con Emily y varios niños del vecindario.

Cuando volvió a casa tenía las mejillas rojas, barro en una rodilla y una sonrisa enorme.

También llevaba una camiseta del Arsenal que prácticamente le llegaba hasta las rodillas.

En la espalda ponía: