Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder Capítulo 1
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Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder

Buscando al Sr Darcy en tiempos de Tinder

Por J.M. Bargallowsky

© inepub.com

Capítulo 1

Una verdad universalmente reconocida

Es una verdad universalmente reconocida que una mujer soltera de treinta y seis años, en posesión de un teléfono móvil, debe estar necesitada de un hombre.

Esta afirmación es falsa.

Lo que necesita es que su madre, sus amigas casadas y el algoritmo de Instagram dejen de recordarle que tiene treinta y seis años.

Yo no necesitaba un hombre.

Esto era importante dejarlo claro.

Tampoco necesitaba tener hijos.

Esto también era importante dejarlo claro.

Y, desde luego, no necesitaba que mi madre me enviara artículos titulados Diez cosas que toda mujer debería saber sobre su fertilidad después de los treinta y cinco acompañados de mensajes como:

Muy interesante. Sin presión. Besos. Mamá.

Mi madre tenía una concepción muy particular de la ausencia de presión.

Me llamo Claire Bennet y, a mis treinta y seis años, tenía un trabajo razonablemente bien pagado, un piso en Londres que pertenecía fundamentalmente al banco, amigas, libros, una cafetera italiana y una cuenta de Netflix cuyo algoritmo me conocía mejor que cualquiera de mis anteriores parejas.

Era, por tanto, una mujer independiente, realizada y perfectamente feliz.

O eso sostenía aquel viernes por la noche mientras regresaba a casa bajo la lluvia después de pasar dos horas y diecisiete minutos escuchando a un hombre llamado Sebastian explicarme por qué la monogamia era una imposición cultural burguesa.

Sebastian, por cierto, estaba casado.

Técnicamente, «en proceso de separación».

Su mujer no parecía estar informada del proceso.

Habíamos hecho match cuatro días antes.

En sus fotografías tenía pelo, una bicicleta y lo que parecía una vida interesante.

Una de las tres cosas había resultado ser cierta.

La bicicleta.

En su perfil decía:

Ciudadano del mundo. Espíritu libre. Buscando conexiones auténticas.

A partir de aquella noche decidí que cualquier hombre que utilizara la palabra «conexión» sin estar hablando de wifi debía ser considerado potencialmente peligroso.

La velada había empezado bastante bien.

Sebastian había elegido un pequeño restaurante cerca de Covent Garden con velas sobre las mesas y camareros tan jóvenes que conseguían que una se sintiera como una mujer madura con experiencia vital simplemente pidiendo la carta de vinos.

A los doce minutos me explicó que no creía en las etiquetas.

A los diecinueve descubrí que «no creer en las etiquetas» incluía la de marido .

A los treinta y cinco minutos apareció por primera vez su mujer.

No físicamente.

Eso habría mejorado mucho la cena.

—Nos queremos muchísimo —me explicó Sebastian.

—Qué bonito.

—Pero hemos comprendido que el amor no implica posesión.

—Claro.

—Estamos explorando otras formas de relación.

—Entiendo.

No entendía.

—¿Ella también está explorándolas?

Sebastian bebió vino.

Aquello respondió bastante satisfactoriamente a mi pregunta.

A las diez y cuarto pedí la cuenta.

A las diez y diecisiete Sebastian me preguntó si quería ir a tomar algo a su apartamento.

—¿Y tu mujer?

—Está en casa de su hermana.

Por supuesto.

Me puse el abrigo.

—Creo que voy a volver a casa.

Pareció sinceramente sorprendido.

—Pensaba que había conexión.

Nunca más.

Cuando salí del restaurante, Londres había decidido demostrar que la expresión «lluvia intensa» todavía admitía cierto margen de interpretación.

Abrí el paraguas.

Duró aproximadamente cuarenta segundos.

Una ráfaga de viento lo volvió del revés en mitad de Long Acre y, después de una breve pero digna lucha, una de las varillas salió disparada hacia la calzada.

Continué caminando con lo que quedaba.

A esas alturas ya no era exactamente un paraguas. Era más bien una declaración artística sobre la fragilidad de las expectativas humanas.

El móvil vibró dentro del bolso.

Lo saqué refugiándome bajo el toldo de una farmacia.

TINDER

¡A Oliver le gustas!

La fotografía mostraba a un hombre sin camiseta sosteniendo un pez.

Guardé el teléfono.

Que le den a Oliver.

Cuando finalmente llegué a mi calle estaba empapada desde las rodillas hasta los tobillos, tenía el pelo pegado a la cara y llevaba en la mano los restos mortales del paraguas.

Lo único que quería era subir a casa, quitarme los zapatos y abrir una botella de vino cuya filosofía sobre la monogamia me resultara completamente indiferente.

Empujé la puerta del edificio.

Y allí estaba Henry Whitmore.

Naturalmente.

Henry vivía en el piso de arriba desde hacía seis semanas.

Lo había odiado durante cinco semanas, seis días y aproximadamente veintitrés horas.

Nuestra relación había empezado un sábado a las ocho y siete de la mañana con un taladro.

No con Henry.

Con un taladro.

Pero en aquel momento la diferencia me había parecido irrelevante.

Después de cuarenta minutos de perforaciones, golpes y algo que sonaba como la demolición controlada de una pared maestra, subí en pijama y llamé a su puerta.

Henry abrió.

Tenía el pelo oscuro empezando a encanecer en las sienes y una ligera barriga bajo la camiseta gris cubierta de polvo.

Detrás de él había cajas por todas partes y dos hombres trabajando.

—¿Sí?

—Son las ocho y cuarenta y siete.

Miró su reloj.

—Sí.

Aquello fue nuestro primer problema.

—Están ustedes taladrando.

Henry miró hacia atrás, como si necesitara confirmar la existencia del taladro.

—Sí. Lo siento mucho.

No parecía suficientemente arrepentido.

—Es sábado.

—Lo sé. Les había pedido que empezaran a las diez, pero han llegado antes.

Uno de los operarios apareció detrás de él.

—Sorry, mate.

Henry levantó una mano.

—Parad un momento, por favor.

El silencio fue maravilloso.

—De verdad que lo siento —me dijo—. Intentaré que no hagan nada ruidoso hasta las diez.

Eso debería haber sido suficiente.

Lo habría sido si Henry hubiera cerrado la puerta en ese momento.

Pero no lo hizo.

Miró el destrozo de cajas y herramientas que tenía detrás y sonrió.

—Como decía alguien bastante más sabio que yo, ninguna gran obra se terminó nunca sin molestar a los vecinos.

Lo miré.

—¿Quién decía eso?

Henry se quedó pensando.

—Probablemente nadie. Acabo de inventármelo.

Y sonrió.

Aquello fue nuestro segundo problema.

Desde entonces había descubierto que Henry sabía cosas.

Demasiadas cosas.

Sabía de literatura, de pintura, de historia, de vino, de arquitectura y, sospechaba, de cualquier otro tema que pudiera surgir accidentalmente en una conversación.

En una reunión de propietarios había citado a Oscar Wilde.

En otra ocasión había explicado, sin que nadie se lo pidiera, por qué la fachada de nuestro edificio no era georgiana sino victoriana tardía.

La señora Collins, del primero, lo encontraba fascinante.

El señor Patel aseguraba que era «un tipo estupendo».

La señora Jenkins, que tenía ochenta y dos años y odiaba a casi todo el mundo desde 1997, le había regalado un pastel.

Henry Whitmore le caía bien a todo el edificio.

Excepto a mí.

Aquella noche estaba junto a los buzones con una bolsa de Waitrose en una mano y un paraguas perfectamente plegado en la otra.

Seco.

Por supuesto.

—Buenas noches, Claire.

—Henry.

Miró el objeto retorcido que llevaba en la mano.

—Veo que Londres ha ganado.

Miré el paraguas.

—Ha sido una derrota ajustada.

—Tengo varios arriba. Si necesitas uno, puedo bajarte uno.

—¿Varios?

—Paraguas.

—Sé lo que significa varios.

Henry asintió.

—Eso simplifica mucho la conversación.

Lo miré.

Él parecía completamente inocente.

Era una de las cosas que más me irritaban de Henry: nunca estaba claro si se estaba riendo de mí.

—¿Por qué tienes varios paraguas?

—Los compro por lotes.

—¿Compras paraguas por lotes?

—Sí.

Esperé.

—Los pierdo —añadió.

Aquello me desconcertó ligeramente.

Henry Whitmore no parecía un hombre que perdiera cosas. Parecía un hombre que guardaba las garantías de los electrodomésticos en carpetas transparentes organizadas alfabéticamente.

—¿Y comprar más de uno soluciona que los pierdas?

—No. Soluciona quedarme sin paraguas.

Pulsó el botón del ascensor.

Eso fue todo.

Ni insistió ni esperó a que aceptara.

La conversación, aparentemente, había terminado.

Era otra de las cosas que me irritaban de Henry Whitmore.

Era amable con todo el mundo con la misma facilidad con la que respiraba, pero nunca parecía importarle demasiado el efecto que causaba.

Llegó el ascensor.

Henry sostuvo la puerta.

—Después de ti.

Entré.

Él pulsó el cuatro.

Yo pulsé el tres.

Durante el trayecto contempló tranquilamente los números iluminados sobre la puerta.

No intentó continuar la conversación.

Aquello también me molestó.

Lo cual, incluso entonces, tuve la suficiente lucidez para reconocer que empezaba a resultar difícil de justificar.

Mi teléfono vibró.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar.

Henry no preguntó.

Ni siquiera miró.

Lo saqué.

Era Sophie.

¿¿¿QUÉ TAL SEBASTIAN???

Debajo había seis emojis.

Tres corazones.

Dos copas de champán.

Una berenjena.

No quería saber qué expectativas tenía exactamente Sophie para mi primera cita.

Guardé el móvil.

El ascensor llegó al tercero.

—Buenas noches —dijo Henry.

—Buenas noches.

Salí.

Las puertas se cerraron detrás de mí.

Eso fue todo.

Ni una pregunta sobre mi noche.

Ni una mirada inquisitiva.

Ni un comentario sobre mi aspecto.

Nada.

No es que esperara que Henry Whitmore se interesara por mi vida.

Naturalmente que no.

No tenía el menor interés en que Henry Whitmore tuviera el menor interés en mi vida.

Me limité a observar que no lo tenía.

Que era diferente.

Llegué a mi piso, cerré la puerta y dejé el paraguas roto en el suelo.

Me quité los zapatos.

Uno hizo un sonido parecido al de una esponja mojada.

Fui directamente a la cocina.

Abrí la nevera.

Había media botella de sauvignon blanc.

La saqué.

El teléfono volvió a vibrar.

Sophie otra vez.

LLÁMAME.

Después:

¿TE HA GUSTADO?

Y finalmente:

¿POR QUÉ NO CONTESTAS?

Serví vino.

Me senté en el sofá.

Abrí Tinder.

No sé por qué.

Esto es mentira.

Sí sabía por qué.

Porque tenía treinta y seis años.

Porque tres de mis amigas habían tenido hijos en los últimos dos años.

Porque mi madre había empezado a pronunciar la palabra «nietos» con la misma expresión con la que otras personas dicen «derecho constitucional».

Porque mi última relación seria había terminado dieciocho meses antes.

Porque, aunque me negara a admitirlo, a veces despertaba un domingo y tenía la desagradable sensación de que todo el mundo había recibido unas instrucciones sobre cómo avanzar en la vida y yo me había perdido el correo electrónico.

Y porque, en algún lugar absurdo de mi educación sentimental, seguía existiendo la sospecha de que quizá había un hombre esperando.

No un príncipe.

Yo tenía treinta y seis años, no doce.

Ni siquiera un hombre perfecto.

Solo...

Bueno.

El señor Darcy.

Metafóricamente hablando.

Abrí el primer perfil.

OLIVER, 38

Allí estaba otra vez.

El pez.

Deslicé hacia la izquierda.

Siguiente.

JOSH, 35

Emprendedor. Viajero. Soñador. No drama.

Izquierda.

MICHAEL, 39

Cinco fotografías.

En cuatro llevaba gafas de sol.

En la quinta llevaba casco de esquí.

Podía ser cualquier hombre de Europa occidental.

Izquierda.

BEN, 37

Feminista. Ecologista. Aliado. Intentando deconstruirme cada día.

Me detuve.

Parecía atractivo.

Profesor universitario.

Le gustaban los libros.

Tenía una fotografía delante de una librería.

Deslicé hacia la derecha.

¡ES UN MATCH!

Sonreí.

Tal vez.

Solo tal vez.

El señor Darcy estaba ahí fuera.

En algún lugar de Londres.

Mirando su teléfono.

A siete metros verticales sobre mi cabeza, Henry Whitmore probablemente estaba intentando recordar dónde había dejado alguno de sus paraguas.

Por suerte, él no tenía absolutamente nada que ver con mi vida sentimental.