Velas
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviatura
Anna
Después de que los paramédicos de la ambulancia me examinen y me hagan pruebas, me dicen que todo parece estar bien, aunque debo estar pendiente de cualquier posible síntoma y tengo que quedarme un rato respirando aire fresco.
Por suerte, todo ha pasado muy rápido y no he inhalado mucho humo, pero hay veces que los síntomas pueden manifestarse más tarde.
Aaron no se ha separado de mí más que lo necesario, para dejarme mi espacio y quedarse con la gata mientras me examinaban, y ha asegurado a los paramédicos que me vigilará de cerca.
Ahora que el susto se me va pasando poco a poco, pienso en la vela que he encendido esta mañana: «Next Chapter».
Siguiente capítulo: una vela para nuevos comienzos.
No la he elegido por casualidad. Las palabras de Rosalind resuenan en mi cabeza con fuerza.
Las historias de amor tienen la capacidad de hacernos soñar.
De darnos esperanza, de ayudarnos a darle un sentido a esta existencia.
Y me muero de ganas de descubrir lo que está por llegar.
Aaron y yo estamos sentados en uno de los bancos que se extienden en el paseo de Brooklyn Heights, contemplando la misma vista que compartimos hace unas semanas que ahora parecen siglos.
Ya se ha hecho de día por completo. Y, aunque todavía es muy pronto, pasan a nuestras espaldas viandantes y gente corriendo que ha salido a disfrutar de sol invernal.
Yo sigo sin acabar de despegarme de mi manta térmica y Aaron, no sé en qué momento, me ha conseguido un té calentito. Hoy no necesito café para despertarme.
—No sé cómo decirle a Molly que casi le quemo el piso —digo en voz alta.
—Pues la llamas y le dices: «Hola, Molly, tengo una mala noticia y es que el piso se ha quemado. La buena noticia es que no se ha quemado mucho» —bromea Aaron, intentando hacerme reír.
Le doy un codazo y Clotilde se queja, sobre mi regazo. Él nos pasa un brazo por los hombros y me da un beso en la cabeza. Estoy segura de que el pelo me huele a barbacoa, pero no parece importarle.
—Me va a echar —aseguro, sacudiendo la cabeza—, se supone que tenía que cuidarle el piso, no prenderle fuego.
—Lo has cuidado —responde él, con suavidad—. Ha ocurrido un accidente y has hecho lo que tenías que hacer. Si ha quedado marca, podemos pintar las paredes antes de que vuelva y se lo encontrará como nuevo.
—Vale.
Aun así, tengo que decirle lo que ha pasado.
A ella, a mi familia, a Lauren… Se van a preocupar, pero espero que se les pase pronto.
Y, sobre todo, espero que mis padres no usen lo que ha pasado para insistir en que vuelva.
Ahora que existe una pequeña posibilidad de quedarme en Nueva York, al menos por un poco más de tiempo, estoy dispuesta a luchar por ella con todas mis fuerzas.
Doy un sorbo a mi té. Las especias inundan mi paladar y me reconfortan.
Contemplo el horizonte que se extiende ante mí.
Hace tan solo unos meses, esta ciudad era una desconocida para mí y ahora está plagada de recuerdos.
Observo el puente de Brooklyn a nuestra derecha, por el que paseamos el día que fuimos a comer a Chinatown; la Estatua de la Libertad, pequeñita, en la lejanía, a nuestra izquierda, y pienso en el día de lluvia en el que fuimos a visitarla y acabé empapada hasta los huesos.
Las pistas de básquet, en las que Aaron y los cadetes jugaron su partido de baloncesto; el parque, bajo nuestros pies, en el que la ciudad se despereza y los perros corretean en su primer paseo del día.
Y, al frente, la ciudad. La silueta de los edificios que se recorta en la lejanía.
Un rompecabezas imposible de gigantes de cristal y hormigón que custodian los sueños que vine a vivir a Nueva York.
No sé si he aprendido algo sobre lo que es ser de aquí.
Solo sé que quiero seguir siendo parte de esta ciudad, que se ha convertido en casa.
Quiero seguir descubriendo cada rincón. Cruzar un paso de cebra y descubrir cómo, entre varios edificios, despunta un rascacielos.
Quiero seguir preguntándome si es posible cansarse de esta vista, Manhattan desde Brooklyn.
Con el East River separando las dos orillas.
Quiero seguir descubriendo librerías con Lauren, y comentar nuestras lecturas y hacer planes juntas.
Y quiero seguir paseando por esta jungla de asfalto con Aaron, hablando de mil cosas, de todo y de nada, sentir el calor de su piel cuando me roza, el firme agarre de su mano cuando las entrelazamos.
Quiero seguir descubriendo todas las versiones de mí misma que me ofrece esta ciudad.
Dicen que en Nueva York todo va muy rápido.
«No sé cómo no te agobias con tanta gente», me repite a menudo mi abuela cuando hablamos por teléfono.
Y la verdad es que no sé bien cómo explicarlo.
Para describir Nueva York, no puedo limitarme a enumerar las cosas que contiene.
Podría decir que me encanta ver el Empire State mientras camino por la Quinta avenida.
Que uno de mis pasatiempos favoritos es caminar por las calles del East Village y contar la cantidad de tiendas excéntricas que se acumulan por manzana.
Puedo hablar de la paz que me da caminar por la High Line, o lo cegada que me siento por las luces de Times Square cada vez que paso por allí, con una sensación de euforia en el pecho, como si mi cuerpo supiera que todo está pasando allí, a la vez, en ese mismo instante.
Pero no son todas esas cosas lo que explican por qué esta ciudad me tiene atrapada.
Para mí, Nueva York no son sus edificios, ni sus monumentos; para mí, Nueva York es una sensación.
La sensación de sentir que estoy justo donde quiero estar.
En el centro de un universo que se reinventa cada día.
Dentro de un sueño. Uno que quiero seguir soñando todo el tiempo que pueda.
En este momento, no me parecen tan malas las ratas del metro, ni las cucarachas en verano, ni el calor pegajoso que derrite las basuras y llena el ambiente de olores.
Ni el frío helador de las mañanas de invierno, ni la lluvia que te pilla desprevenida e inunda las calles en cuestión de minutos.
Quiero seguir siendo parte de Nueva York, aunque tenga también una cara amarga.
Siento ahora, como sentí los primeros días después de llegar a esta ciudad, que un horizonte de posibilidades se extiende delante de mis ojos.
No sé qué pasará dentro de unos meses. Si conseguiré las prácticas, si podré quedarme.
Pero estoy dispuesta a intentarlo. Y a ser feliz en el intento.
Al fin y al cabo, eso es de lo que hablan las novelas románticas.
No de finales felices. Sino de posibilidades.
Mi novela romántica empezó en un ferri camino a Staten Island.
Ahora continúa con el protagonista sentado a mi lado, mirándome como si yo también fuera la chica de sus sueños. Y este momento nadie puede llevárselo.