Burning Love 10-75
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Notificación de fuego o emergencia.

Código de radio del Cuerpo de Bomberos de Nueva York

Aaron

El móvil no deja de vibrar y no quiero que Anna se despierte. Me separo de ella, me levanto de la cama y cojo el móvil de su escritorio. Es Caleb llamándome. Le cuelgo mientras vuelvo a recostarme, abro nuestra conversación y le escribo un mensaje.

Yo: ¿Pasa algo?

Caleb: Acabo de terminar mi turno y no tengo llaves, ábreme, que estoy en la puerta.

Yo: Tío, no estoy en casa. Estoy en casa de Anna.

Caleb:

¡Bien por ti! Pero no quiero dormir en la calle, que hace frío.

Yo: No puedo ir ahora…

Caleb: Tío, no hay nadie más en casa.

Mierda.

Yo: Pfff, pues píllate un taxi y ven a buscarlas.

Caleb: ¿Me lo pides por la app? Tampoco tengo cartera.

Y claramente yo estoy peor que tú.

Capullo. Pero prefiero ceder antes de que me siga tocando los huevos y me haga salir de esta cama.

Yo: Qué remedio.

Caleb:

Abro la aplicación de Lyft y solicito uno desde nuestra casa a la de Anna. Ida y vuelta.

Yo: Su carroza llega en 2 minutos, Cenicienta.

Caleb:

Le paso la matrícula y calculo el tiempo que tengo hasta que llegue el tocapelotas de Caleb. Unos 25 minutos.

Hago el descomunal esfuerzo de salir de la cama de Anna y voy a buscar algo de ropa.

Solo llevo puestos los calzoncillos y, lejos del calor de las sábanas, sí se nota el frío de enero.

Todo está en penumbra, aún no ha amanecido, así que voy iluminando mis pasos con la luz del móvil.

En cuanto abro la puerta de la habitación para ir al baño, Clotilde se cuela como un rayo.

La expulsamos en mitad de la noche porque no dejaba de tumbarse entre nosotros.

Me encanta esta gata y creo que yo también le encanto a ella, pero anoche quería estar tan cerca de Anna como fuera posible.

Cuando vuelvo del lavabo, dejo encendida la linterna del móvil sobre el escritorio y me pongo una sudadera y el pantalón de deporte con el que me fui a dormir anoche.

La gata se ha tumbado al lado de Anna. Me acerco a ella y le acaricio la mejilla.

Tiene el flequillo despeinado, con algunos mechones pegados en la frente, y esa imagen me devuelve escenas de ayer por la noche.

Recuerdo cómo una fina capa de sudor le recorría la frente cuando estaba entre mis brazos, y algunos mechones del flequillo se rebelaban, aunque ella quisiera volver a dejarlos en su sitio.

Anna es una combinación explosiva: cómo se puede ser tan sexy y adorable a la vez.

Quiero seguir descubriendo qué partes de ella me fascinan aún más.

Miro el reloj del móvil y calculo que a Caleb le debe de quedar poco para llegar. Me acerco a Anna y le digo, en susurros:

—Salgo un momento, enseguida vuelvo.

Ella abre los ojos, con un visible esfuerzo.

—Es muy pronto, ¿no? —pregunta, sentándose en la cama, luchando contra el sueño.

—Caleb se ha dejado las llaves y está viniendo a por las mías.

Ella asiente y me indica dónde están las llaves de su apartamento antes de volver a recostarse.

Me pongo la chaqueta, abro la puerta de su piso y bajo las escaleras del edificio. Espero un buen rato hasta que llegan, viendo en la aplicación cómo el Lyft da vueltas y vueltas sin aclararse hasta que por fin se para frente a la escalinata principal.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —me quejo.

—El conductor se ha perdido —contesta Caleb, bajando del coche y dejando la puerta abierta—. Gracias, tío. Hemos tenido un turno bastante movidito, necesito cerrar los ojos y descansar durante las próximas ocho horas. ¿Tú qué tal? —me pregunta, haciéndome un repaso de arriba abajo.

—Como nunca —respondo.

Sonrío, y él me imita. Me da un apretón en el hombro y nos despedimos.

—Gracias, tío —dice, volviéndose a meter en el Lyft. Baja la ventanilla y añade—: Que Dios te lo pague.

Capullo. Capullo de manual. Veo cómo se aleja por la calle que está, por lo demás, prácticamente vacía.

Sin embargo, escucho unas voces en la travesía que hay junto al edificio de Anna y que conecta su calle con el paseo de Brooklyn Heights.

Las voces empiezan a sonar más alarmadas, y me asomo a ver qué es lo que está pasando.

—¡Madre mía! ¿Eso es humo? —pregunta una chica a su pareja.

—¡FUEGO! —grita la otra chica.

Voy corriendo hacia la travesía y sigo sus miradas con la mía. Sale humo de una ventana abierta en el tercer piso. Y soy consciente de repente que esa es la habitación de Anna.

—¡ANNA!

Todo sucede muy rápido. No entiendo qué ha podido pasar, si apenas ha transcurrido media hora desde que salí de su piso. Y estaba en la cama cuando me marché.

—¡Llamad a los bomberos! —les ordeno a las chicas que han detectado el fuego.

Mientras una de las chicas llama por teléfono, le doy las llaves del piso a la otra.

—Dad las llaves a los bomberos cuando lleguen. Es el 3ºA —bramo, comprobando que llevo los cordones de las zapatillas bien atados.

Salto la valla que separa el camino de la travesía del pequeño jardín que hay en la propiedad del bloque de Anna.

Justo en ese lateral del edificio es donde están las escaleras de incendio.

Analizo la situación con rapidez. Aún no ha acabado de salir el sol, aunque su luz ya empieza a iluminar la ciudad.

Normalmente necesitaría un gancho para liberar la escalera de incendios, pero veo que esta, al estar dentro de una terraza vallada, está muy cerca del suelo.

Salto esta segunda verja, compruebo que la estructura parece segura y no se zarandea demasiado, y echo un vistazo hacia arriba antes de subir.

—¡ANNA! —grito, cuando la veo asomada a la ventana, sin atreverse a salir a la escalera.

—¡AARON! —exclama, y empieza a toser por el humo que se empieza a acumular a su alrededor.

Sigo trepando todo lo rápido que puedo, intentando balancear el peso a cada paso, firme y seguro, para que el metal no baile demasiado bajo mi peso. En cuanto paso el primer tramo de la estructura, vuelvo a mirar hacia arriba:

—Anna, sal por la ventana, ¡párate en la escalera! ¡Ya llego!

Ella está claramente bloqueada, impresionada por el humo que se acumula en su habitación, sin acabar de procesar lo que está pasando.

—Me da miedo, está muy alto —gimotea ella, asustada, mirando hacia abajo.

Un tramo más y ya casi estoy en su piso, así que la animo, intentando yo también controlar los nervios. ¿Hay algún capítulo especial del manual de bomberos que diga qué hacer cuando la persona a la que quieres es la que está dentro del incendio?

—Ya llego, cariño, eso es. Saca un pie y agárrate a la barandilla, no te vas a caer. Estoy aquí —le digo, intentando infundirle una seguridad que no siento. Hemos entrenado este tipo de rescate cientos de veces en la academia. Pero nunca he sentido tanto miedo como ahora. No por mí. Por Anna.

Por fin consigo llegar hasta ella, que está con un pie dentro de la ventana y uno fuera, y la ayudo a salir.

Le hago un gesto para que se quede sentada un momento en el balconcito de la escalera de incendios y en un principio no quiere soltarme, pero le digo, con calma, con toda la calma que puedo, al menos:

—Voy a buscar a Clotilde.

Ella reacciona ante eso, asiente, y hace acopio de valentía para soltarme la mano.

Me asomo al interior. No debería estar haciendo esto sin protección, pero me da igual.

El humo no es lo suficientemente denso para invisibilizar toda la estancia, y, con la luz que empieza a despuntar del día, puedo escanear la habitación en busca del origen del fuego.

Me tapo la nariz con el cuello de la sudadera y, sin llegar a meterme del todo en la habitación, busco a Clotilde.

Desde aquí no la veo. Estoy a punto de entrar en la habitación cuando oigo la voz de Anna, todavía sentada en la escalera de incendios, a mis espaldas:

—¡Aaron! —grita—. Los bomberos están aquí.

Salgo del edificio, porque, según el escalafón de mando, ellos están al cargo ahora.

—¡Señor, hay un gato dentro de la vivienda! —grito a uno de los bomberos que nos miran desde el suelo, que se lo comunica a sus compañeros.

—Tranquilo, chico, ya estamos subiendo con las mangueras por la fachada principal —contesta el otro bombero—. ¿Podéis bajar bien?

Respondo que sí y empezamos a descender poco a poco por la escalera.

Anna está tiritando de frío. Veo que desde que la dejé se ha puesto unos leggins , pero arriba sigue llevando solamente mi camiseta del FDNY.

Primero voy bajando yo, de espaldas, comprobando en todo momento que Anna va bien.

Ella se agarra con fuerza a la escalera, tiene los nudillos prácticamente blancos por el esfuerzo, y va avanzando como puede, sin parar de temblar.

—Si te sientes más cómoda, baja con el culo apoyado a los escalones, como si estuvieras en un tobogán —le digo, intentando transmitirle calma.

Ella asiente, pero está preocupada:

—¿Clotilde estará bien? No podemos dejarla ahí…

—Estará bien, la sacarán en un momento. Por lo que he podido ver, el incendio no es muy grave. Ahora me explicas qué ha pasado.

Ella asiente y sigue bajando. Ya nos queda poco para llegar al suelo. Cuando llegamos al último tramo, salto y me giro para coger a Anna. Un bombero nos espera abajo, con mantas térmicas que nos tiende, fijándose en la ropa que llevamos.

—¿Tenéis alguna relación con el cuerpo? —pregunta, al ver la camiseta de Anna, ahora sucia de arrastrarse por la escalera, y mi sudadera de entrenamiento.

—Soy probie en la Engine 28 Ladder 11, en el Lower East Side, señor —respondo—. Desde hace unas pocas semanas —confieso.

El bombero se ríe y me da una palmada en el hombro. Anna se ha envuelto con la manta y yo le paso los brazos por los hombros, para reconfortarla.

—Bien hecho, chico —responde el bombero, y mira hacia detrás de donde estamos.

De la parte frontal del edificio llega otro bombero con un bulto en brazos. Clotilde.

—¿Esta es su gata? —nos pregunta, y asentimos.

Clotilde está como una reina en brazos del bombero, un tipo alto y moreno, que la sujeta con cuidado entre sus guantes y las mangas de su traje. Hace amago de ir a dárnosla, pero la gata se revuelve. Está claro que le gusta estar donde está.

—Qué descarada —dice Anna, que empieza a reponerse del susto.

—¿Qué ha pasado? —pregunto.

El bombero que lleva todavía a Clotilde en brazos responde.

—Una vela ha incendiado unos papeles y ha chamuscado una cortina —nos explica—. El fuego ya está extinguido y la estructura del edificio no corre peligro. Dejad que se ventile, y en un rato podréis volver a entrar. Aunque el olor a chamusquina tardará unos días en desaparecer…

—¿Una vela? —pregunto, mirando a Anna.

Ella asiente y después niega con la cabeza, confundida.

—Cuando has salido, Clotilde se ha quedado en la cama conmigo, pero luego se ha puesto a jugar y ya me ha despertado…

—empieza a explicar Anna, intentando reconstruir lo ocurrido—.

Estaba pensando en todo lo que pasó ayer…

—Cuando dice eso, se detiene en seco, dándose cuenta de que hay público delante.

Sacude la cabeza y sigue—: Recordé la conversación con la editora de Rosalind y he querido ponerme con el trabajo.

Me he vestido, he encendido una vela y he salido un momento de la habitación para hacerme un café.

Ha debido de ser entonces, porque lo siguiente que he visto, al volver a la habitación, ha sido que la papelera estaba en llamas.

—Señorita, ha tenido suerte. El código de fuego de la ciudad de Nueva York establece que las velas nunca deberían dejarse sin supervisión al alcance de niños ni mascotas.

—Anna, pero si ese capítulo del código ya te lo habías leído —bromeo, mientras la abrazo.

Al final el bombero por fin consigue quitarse a Clotilde de encima, que acepta a regañadientes quedarse con nosotros si es dentro de la manta térmica de Anna. Paso el brazo por detrás de ella y apoyo mi barbilla en su cabeza, sin dejar de acariciarle el pelo.

—Todo va a estar bien —le digo.

Y ella asiente.

Lo creo de veras.