Burning Love Zona segura
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Zona segura

Área libre de peligros inminentes. Refugio.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

Unos minutos después me despido de Lauren, que exhala felicidad por los cuatro costados.

—No sé si estoy más feliz de que este baile haya sido un éxito, o de que hayáis dejado de hacer el tonto —se congratula ella solita. A Lauren no le hace falta abuela—. Estoy deseando contárselo todo a Tricia.

—Venga, venga —le corto el rollo—, nosotros nos vamos ya. Muchas gracias por todo, Lauren —le digo, mientras nos abrazamos en lo alto de la escalinata de la Surrogate’s Court.

Aaron está al pie de las escaleras, con la puerta abierta de un taxi que nos llevará a casa.

Se ha puesto una chaqueta por encima del disfraz y la combinación es bastante divertida.

Tengo clarísimo que nadie más podría llevar con tanta elegancia ese traje.

Su figura impresionante tiene mucho que ver.

Se despide de Lauren con la mano y yo voy a reunirme con él, con el corazón a punto de salírseme del pecho.

El trayecto en taxi son apenas diez minutos hasta mi casa. Yo me coloco en el asiento del medio y Aaron, a mi lado, me pasa el brazo por los hombros. Me recuesto sobre él, respirando su colonia. Aún no he acabado de procesar todo lo que ha pasado esta noche.

Cruzamos el puente de Brooklyn y le observo mientras los focos de la estructura y los arcos de metal que atravesamos van dibujando sombras sobre su frente y en su mandíbula.

Le paso los dedos por una mejilla, él tiene los suyos enredados entre mi pelo, y juguetea distraído con sus ondas.

La piel le tiembla al contacto. Noto cómo traga saliva. Y me besa en la frente.

Nunca se me habían hecho tan largos diez minutos.

—Hola, Clotilde —exclamo al abrir la puerta del apartamento.

La gata sale al portal para recibirnos, nos olisquea y vuelve a entrar en casa, dándonos paso a nosotros también. Aaron deja su bolsa de deporte en el suelo y la gata se acerca a inspeccionarla enseguida. Es el control de seguridad.

—¿Qué llevas ahí? —pregunto a Aaron, que se ha agachado para rascar a la gata detrás de las orejas. Si necesita algo para dormir, no sé qué le voy a poder dejar. Aquí solo vivimos chicas.

—Llevo un chándal, un par de camisetas y un neceser —me explica él. Y yo le miro, sin entender cómo va tan preparado—. Hombre, no pensaba ir a buscar a la chica de mis sueños sin haberme podido cepillar los dientes.

Lo dice en un tono divertido, pero algo en mi interior se remueve completamente.

¿La chica de sus sueños? No puedo creerme que esto esté pasando.

¿Y si me despierto ahora y sigo en España y esto nunca ha sucedido?

Me quedo muy quieta, sin saber qué decir, así que él se levanta, sin dejar de sonreír, me coloca un mechón detrás de la oreja y me da un beso suave y breve.

—¿Todo bien?

Asiento. Mejor que nunca.

Conduzco a Aaron hasta mi habitación. Clotilde sube a mi escritorio, desde donde nos mira alternativamente, moviendo sinuosamente la cola, supongo que disfrutando de este espectáculo de dos personas que están aprendiendo un lenguaje nuevo.

Aaron deja sus cosas en el suelo y se disculpa un momento para ir al lavabo. Mientras tanto, yo saco el pijama de debajo de la almohada y me paso la mano por la frente y las mejillas. Estoy ardiendo. ¿Tendré fiebre? Siento que todos mis sentidos están en alerta.

Aprovecho para comprobar que Clotilde tiene comida en su cuenco y, cuando Aaron regresa a la habitación, me dirijo yo al baño para cambiarme. Al pasar a su lado, nos rozamos y una corriente eléctrica me recorre el brazo.

Cuando vuelvo del baño con el pijama puesto y el cepillo de dientes en la mano, me lo encuentro sentado en mi cama. Se ha puesto un pantalón de chándal gris y lleva una camiseta del FDNY del mismo color.

—¿Quieres venir a lavarte los dientes con la chica de tus sueños? —Me aventuro a decir.

Él se ríe con una sonora carcajada y se levanta de la cama.

Le voy mirando en el reflejo del espejo del lavabo.

Dios, qué raro es todo esto. Y qué increíble.

Nos vamos observando el uno al otro. Nos sonreímos cuando nuestras miradas se cruzan.

Veo sus pupilas enormes bajo los focos del espejo.

Cuando miro al frente, observo que las mías están igual.

No soy capaz de aguantarle la mirada mucho rato; de vez en cuando la aparto para observar una mota de polvo que hay sobre el lavabo.

O lo interesante que me parece de repente el color de mis uñas.

Una esquina de laca en mi dedo índice se ha desconchado.

El brazo de Aaron roza mi cuerpo cuando se inclina sobre el lavabo para enjuagarse la boca.

Y, de nuevo, una corriente de electricidad me sube por el brazo hasta la nuca.

—Te espero en la cama —me susurra al marchar del baño.

Me aferro al lavamanos. Necesito unos segundos para darme cuenta de que me estoy mordiendo el labio y he dejado de respirar. Suelto todo el aire por la boca y voy a su encuentro.

La visión de Aaron tumbado en mi cama enciende una chispa que nunca antes había sentido. Ajusto la luz y doy un par de pasos hasta el borde del colchón.

—¿Hay hueco para mí? —pregunto. Apenas reconozco mi voz. Ronca de deseo. De expectación. De ganas de romper este espacio que nos separa de una vez por todas.

—Por favor —dice él, apartando el edredón para que me meta dentro.

En cuanto pongo una rodilla sobre el colchón, Aaron tira de mí y me coloca junto a él.

Nos miramos. Estamos muy cerca. Nuestras respiraciones se cruzan.

Noto su aliento sobre mi boca. Poso una mano en su nuca, y él aparta unos mechones de mi flequillo.

Con su otro brazo, me tiene envuelta en un abrazo del que espero que no tenga que soltarme pronto, y noto cómo su mano se desliza por debajo de la camiseta de mi pijama y me recorre poco a poco la espalda.

Todos los poros de mi piel están en guardia.

Yo hago lo mismo con la mano que no tengo detrás de su cabeza, y la paso por su pecho.

Primero sobre su camiseta, recorriendo las letras que la enmarcan, y, poco a poco, bajo ella, rozando su piel.

Aaron se estremece bajo el contacto. Siento las mejillas y las orejas a punto de arder.

¿Cuál era la teoría del fuego? Recuerdo haberla leído.

Nuestras bocas se acercan, más y más. Pensaba que estábamos cerca, pero todo me parece relativo ahora mismo.

—¿Crees que podríamos acabar en llamas? —No sé si pregunto en voz alta o solo para mí.

Los centímetros que nos separan parecen un abismo.

—Vamos a comprobarlo —responde Aaron.

Nuestros labios por fin se encuentran. Sus labios atrapan los míos, nuestras lenguas se buscan.

Este beso no tiene nada que ver con los que hemos compartido en el baile.

Aquí solo estamos nosotros, y este calor que me abrasa, que me empuja a acercarme más y más a él para arder juntos.

Nunca me he sentido tan viva como en este momento.