Burning Love Valentía
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Valentía

Código de conducta del FDNY

Aaron

Después de cantar casi todo el repertorio que me sé de Elvis —dando las gracias a mi tía Linda por todas las Navidades que me ha hecho practicar—, bajo del escenario entre aplausos. Nunca había tenido tanto público, y la verdad es que no está nada mal.

Mientras me despido de los músicos, que son unos cracs, alguien del equipo de Lauren toma el micro y anuncia que la autora homenajeada tiene un anuncio que hacer, pero yo me dispongo a divisar entre la multitud los ojos marrones y el flequillo castaño que he venido a buscar.

Mis ojos se entrecruzan con los suyos. Está apoyada en una columna, con una copa en la mano.

Está preciosa con su vestido de Audrey Hepburn.

Hay algunas otras chicas con el mismo traje, pero ninguna lo lleva como ella.

Se ha quitado los guantes, que le sobresalen del bolsito que le cuelga del hombro, y su sonrisa se va haciendo cada vez más grande a medida que me acerco a ella.

Antes de que me dé tiempo a hablar, Anna se me adelanta:

—Es agua con gas, por si te lo estabas preguntando. Con la borrachera de Año Nuevo ya tuve suficiente —dice, algo avergonzada.

—No me lo estaba preguntando, pero me alegra saber que estás en plenas facultades para poder hacer esto —le respondo.

Me acerco hasta quedar frente a ella. Le paso una mano por la espalda y, acariciándole la mejilla, le doy tiempo para que decida si quiere regalarme otro beso.

No tengo que esperar mucho a su respuesta: ella se alza hacia mí y me besa.

Soy consciente en este momento de que esos labios van a tener el mismo efecto embriagador que su voz.

Estoy perdido sin remedio. Nunca voy a tener nunca suficiente de Anna. Sabe a limón y a posibilidades.

De pronto, con suavidad, interrumpe el beso y me posa su mano en el pecho. Me observa con los ojos muy abiertos, la mirada llena de ilusión, y me dice:

—Antes no te lo he dicho, he hablado con la editora de Rosalind Wright.

—¿En la fiesta? —Asiente—. ¿Y qué te ha dicho?

Siento una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.

—Quiere que le envíe mi trabajo sobre novela romántica para evaluar si sería un buen fichaje para su equipo —explica ella.

—¡Pues claro que lo eres! —exclamo yo mientras la abrazo y la levanto del suelo. Joder, sí—. Anna, eso es fantástico.

Intento no hacerme ilusiones, aunque ya es demasiado tarde.

—Sí… —empieza a decir Anna—, el problema es que no tengo el trabajo escrito. O sea, lo tengo pensado… pero lo dejé a medias y tendría que enviárselo lo antes posible.

—Claro, claro. —No puede dejar pasar la ocasión.

Es un mundo competitivo y esta es una oportunidad de lujo para ella—.

Este finde tienes que ponerte con ello. —Mi cerebro de cadete se pone en marcha para pensar un plan—.

¿Qué necesitas? Déjame ayudarte. No te molestaré, lo prometo.

Este fin de semana necesito recuperar horas de sueño, puedo echarme una siesta mientras tú escribes.

Te haré la comida, daré de comer a Clotilde, te iré a buscar café frío.

O te lo prepararé yo. —Lo que sea, pero no tengo fuerzas para separarme de ella.

—Quieres… —empieza a decir ella—, ¿quieres venir a casa conmigo?

—Claro que quiero. —¿No me he explicado lo suficiente? No quiero volver a separarme de ella más que lo estrictamente necesario. Necesito recuperar todo el tiempo perdido. Y añado—: Solo si tú quieres que vaya, claro.

—Me encantaría.