Fuego #2
Las chicas saltan y bailan frente a Aaron, que lleva lo que parece ser un mono lleno de pedrería, con unos pantalones de pata de elefante, un cinturón lleno de lentejuelas y, en la parte superior, una especie de chaqueta con un águila bordada en el pecho.
La chaqueta tiene un escote pronunciado, que deja al descubierto una buena parte de su torso.
No me extraña que las chicas estén desatadas, verle es todo un espectáculo para los sentidos.
También lleva unas gafas de aviador oscuras, que se quita cuando nos acercamos.
Nos guiña un ojo cuando nos ve y el público empieza a chillar.
Lauren me hace bailar con ella y nos sumamos al resto.
Está guapísimo en medio del escenario. Las luces se reflejan en los detalles dorados de su traje y parece brillar con luz propia.
Ahora que ya es un bombero probie , lleva el pelo un poco más largo.
Está guapísimo. No se ha puesto ninguna peluca, ni lleva patillas, pero a nadie parece importarle.
No creo que nunca nadie haya llevado ese traje tan bien como él.
Ni siquiera el propio Elvis. Cuando la canción acaba, el público estalla en aplausos.
Entonces sujeta el micro con la mano y dice:
—¿Lo estáis pasando bien? —Hace una pausa hasta que el griterío se apaga un poco—. La editorial Sunday Press tiene muchas sorpresas preparadas para hoy.
—¿En serio le has hecho meter cuña publicitaria? —pregunto a mi amiga al oído, para que pueda oírme en medio de los murmullos entusiasmados.
—Pues claro, ¡qué menos! Con el favorazo que le estoy haciendo —responde ella, divertida.
—Tenemos unas cuantas canciones más preparadas para vosotras, pero esta que viene ahora es la más especial —continúa él, y sus ojos se encuentran con los míos—. Va de cuando deberías haberle dicho a una chica lo que sentías por ella hace bastante tiempo.
—Si es la que creo que va a cantar, en realidad no va de eso —empieza a decir la bocazas de Lauren.
—¡Ssssh! —le chista una chica, y yo me tapo la boca con las manos porque no me creo lo que está pasando.
Empiezan a sonar las primeras notas de «Always On My Mind».
Escuchar a Aaron cantar esa canción hace que se me pongan los pelos de punta.
Me mira casi todo el tiempo mientras canta.
Ahora que lo tengo tan cerca, su voz envolvente me atrapa como un canto de sirena.
Una chispa se enciende en mi pecho y se propaga por todo mi cuerpo.
Una sonrisa se me escapa sin que pueda detenerla.
Se va haciendo cada vez más grande, a la par que las lágrimas se me acumulan tras los ojos.
Me llevo un par de dedos a la cara, para intentar detener la cascada que está a punto de brotar y que no se me corra todo el maquillaje.
Él, que no ha dejado de mirarme en ningún momento, niega con la cabeza.
Lauren, a mi lado, me da un empujoncito con la cadera y las dos nos echamos a reír y nos abrazamos como idiotas.
Quiero quedarme a vivir en este recuerdo para siempre.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, una vocecita en mi interior me recuerda que quizás no tiene que quedarse en un recuerdo.
Quizás tengo una oportunidad de que esto sea real.
Cuando acaba la canción, ruega un momento al público con las palmas de las manos juntas. Baja del escenario y se dirige hacia mí. Soy consciente de que todo el mundo a nuestro alrededor nos está mirando, pero a él no parece importarle. Solo tiene ojos para mí.
—Anna —susurra, parado frente a mí, y me toma de la mano—, siento no haberte dicho antes lo que siento por ti.
—Está tan cerca que respiro su colonia con cada bocanada de aire que mi corazón desbocado me pide coger—.
Te has colado dentro de mí, desde aquel día que me tiraste un café encima.
—Me río e intento tapar mi sonrisa de idiota con la mano, pero él la captura con su otra mano y entrelaza nuestros dedos.
Lleva mi mano hasta su pecho, sin dejar de sonreír—.
Justo aquí —continúa él, y ya no sé si habla del café que le tiré encima en el ferri la primera vez que nos vimos o de su corazón—.
Te fuiste enredando en mis pensamientos cada vez que escuchaba tu voz.
No sabes la cantidad de veces que he imaginado que me decías que tú sentías lo mismo.
Asiento según habla, como la tonta enamorada que soy, cada vez más cerca de su boca, con mi nariz prácticamente rozando la suya.
—Anna, ahora que he visto esta ciudad a través de tus ojos, no creo que pueda mirarla de la misma manera sin ti.
—Y al decir esto, me acaricia la mejilla con punta de la nariz.
Nuestras bocas están tan cerca que no costaría ningún esfuerzo que se rozasen—.
He sido un idiota por no haber aprovechado el tiempo que teníamos.
Si aún quieres marcharte, concédeme al menos la oportunidad de vivir juntos todo el tiempo que nos quede.
Sea el que sea, merecerá la pena pasarlo contigo.
No existe nada más allá de la burbuja que hemos creado.
Aquí dentro huele a especias y a madera.
Puedo ver cada detalle de su piel, algunas gotas de sudor que le recorren la frente después de su baile bajo los focos, los hoyuelos que se le marcan en la comisura de los labios, que aprieta con preocupación, mientras me mira con una intensidad cegadora.
—Siento no haberme atrevido a hacer esto antes —confieso.
Acerco por fin mis labios a su boca, lentamente.
Unos labios que llevo meses deseando probar.
Unos labios que me devuelven el beso. Al principio, comedidos, como si no se creyesen —igual que los míos— lo que está pasando.
Pero después, Aaron coloca su palma sobre mi mejilla y me besa con mucha más intensidad.
Nuestras lenguas se hablan en un idioma secreto en el que por fin se dicen todo lo que nosotros hemos callado.
Cuando Aaron y yo empezamos nuestro pacto, me negaba lo que sentía, porque pensaba que estaba completamente fuera de mi alcance.
Después me convencí de que no podía ser verdad.
Hice caso a la vocecita de mi interior que me aseguraba que un chico atento, divertido, un chico que me escuchara y se interesara por mis cosas y mis rarezas, no era real.
Busqué señales donde no las había para demostrarme que, como la última vez, todo acabaría saliendo mal.
Pero he sido una idiota, porque negando lo que sentía me estaba negando también la posibilidad de que esto sucediese.
—Quiero vivirlo todo, Aaron —le susurro al oído, como un secreto entre nosotros dos—. Nosotros, Nueva York, esta fiesta, cada día de biblioteca. No quiero pensar en que se va a acabar.
—No se tiene por qué acabar —me promete él, volviendo a besarme, pero alguien carraspea a nuestro lado, y la burbuja se rompe.
—Ejem, ejem —dice Lauren, colándose entre nosotros—. Tortolitos, os quiero mucho, sois muy monos y tal, pero Elvis tiene que volver al escenario.
Nunca he odiado tanto a Lauren como ahora mismo, pero sé que tiene razón. A nuestro alrededor un montón de chicas siguen mirándonos como si les acabásemos de dar el mejor espectáculo de sus vidas, aunque esto no estaba en el guion de la noche. Al menos, no en el mío.
—Venga —grita Lauren dando unas cuantas palmadas—, aquí no hay nada más que ver, chicas, el espectáculo está en escenario.
Agarra a Elvis de la solapa y se lo empieza a llevar a regañadientes.
Nos separamos sin muchas ganas. Seguimos siendo el centro de atención, pero al público de este baile le encantan las historias de amor, así que nadie tiene ninguna queja de que se haya acabado la música.
—¿Te veo luego? —pregunta Aaron, todavía con mi mano entre la suya, resistiéndose a que nos separemos del todo.
—¡SÍ! —corean varias chicas a nuestro lado.
Yo me río, asiento, y él finalmente me deja ir.
Se pasa una mano por el pelo antes de subirse de nuevo a la tarima que hace de escenario.
El público vuelve a estallar en aplausos.
Todavía se oye a varias chicas gritar por diferentes partes de la sala: «¡Qué bonito!
», «¡Yo también quiero!» y «¡Hay esperanza! ».
Suenan las primeras notas de «Jailhouse Rock» y el público arranca a bailar dándolo todo con sus trajes vintage . Siempre me han gustado las novelas románticas, pero no era consciente de que algún día podría ser la protagonista de una. Mi favorita de todas.