Fuego
Combustión que produce luz y calor.
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
He llegado bastante pronto al evento, porque una entrada tan cara como la de este baile hay que exprimirla hasta el último centavo.
He pasado por todos los puestos de merchandising literario, he comprado un libro —prometí no comprar ninguno, pero soy débil—, y he picoteado de todas las bandejas que han ido pasando por el salón de baile con algo vegetariano para comer.
Cuando ya estoy cansada de dar tantas vueltas, voy a buscar un sitio un poco más apartado para descansar antes de que empiece a sonar la música en vivo.
Me siento en una de las sillas que hay en un rincón, cerca de la entrada del baño de chicas, y observo a la gente.
Apenas han pasado unos instantes cuando una mujer, de unos treinta y pocos años, se sienta en la silla de al lado.
—Ufff, no puedo más. El posparto no es lo que una se piensa.
Sin saber bien qué decir, la miro y asiento. No estoy cualificada para discutirle nada a ninguna mujer que haya dado a luz recientemente. Ella saca su móvil y empieza a apuntar cosas en la aplicación de Notas. En ese momento, Lauren pasa corriendo de camino al baño y me grita:
—¡Anna! ¿Todo bien?
—¡Sí! Solo un poco cansada, pero ahora me animo.
—Vale, ¡voy al baño y ahora te veo!
La mujer de al lado se dirige a mí.
—¿Cansada? Yo antes decía eso. Pero no sabía lo que era estar cansada de verdad, hasta que no he vuelto de mi baja de maternidad.
—¿De qué trabaja? —le pregunto yo.
—Soy editora.
—¿En serio? —exclamo—. Yo estoy estudiando el Máster de Edición en la NYU.
—Ah, ¿sí? —Ella levanta una ceja mientras me estudia, con curiosidad—. ¿Te está gustando?
—Muchísimo —le aseguro—. A veces es exigente, sobre todo teniendo en cuenta que vengo de España, pero lo estoy disfrutando un montón.
—Soy Samantha Gonzales, editora en Moonlight Press —dice, en castellano—. Soy de San Antonio, Texas, aunque mis padres son mexicanos. —Después de eso, vuelve a cambiar al inglés—: Tendrás que perdonarme, llevo demasiado tiempo rodeada de gringos y ya no me siento tan cómoda hablando español.
Estoy estupefacta. No me puedo creer que esté hablando con Samantha Gonzales, la editora de Rosalind Wright.
—¡Eres la editora de Rosalind Wright! —exclamo, sin poder contenerme.
Mi cerebro lucha a toda costa por decir algo con sentido, pero no puedo evitar que mi fangirl interior empiece a escupir un montón de información de golpe—.
Soy superfán de Rosalind, y de todo vuestro catálogo en general.
De hecho, uno de mis trabajos del máster iba sobre novelas románticas y vuestro sello editorial era mi principal inspiración.
—Ah, ¿sí? —se interesa ella, suspicaz—. ¿En qué consistía?
—En el máster nos pidieron que imaginásemos cuál sería la próxima Gran Novela Americana —comienzo a explicar— y mi idea era proponer que sea una novela romántica escrita por una autora inmigrante.
Ella asiente, animándome a continuar.
—Preparé un análisis de tendencias del mercado, autoras y libros similares, competencia… Proponía un título principal y dos secundarios, un plan de marketing, estrategia de lanzamiento… —enumero, mientras intento repasar si me estoy dejando algo.
—Mmm —dice ella, pensativa—, ¿puede ser que tú me escribieras un e-mail hace unas semanas?
Me sonrojo, porque sí que es verdad que le escribí un e-mail , pero después de semanas sin respuesta, había imaginado mi e-mail yendo directo a la papelera.
—Sí… —acierto a decir—. Te escribí un e-mail porque conocí a Rosalind en su fiesta de lanzamiento en Brooklyn y me dio tu contacto.
—Ah sí, ya me suenas. Rosi me habló de ti —comenta ella. Tiene una pose relajada, pero se le ve una expresión bastante cansada, a pesar de que lo ha intentado disimular con maquillaje. Ella no lleva un disfraz, viste un traje de chaqueta y pantalón, elegante, pero discreto—. ¿Dónde haces prácticas?
Mierda. Cómo le digo sin que se note que soy un fracaso que aún no ha conseguido prácticas.
—Bueno, la verdad es que aún sigo buscando…
Ella hace un gesto con la mano, para restarle importancia.
—Ahora que he vuelto de mi baja de maternidad, me voy a ocupar de hacer crecer un sello editorial enfocado en autoras de habla hispana.
Sería estupendo tener en el equipo a una persona que domine la lengua para poder afianzar la relación con las autoras bilingües.
De momento nos han dado luz verde para contar con un asistente en prácticas, pero, si todo sale según lo previsto, la idea es empezar a publicar también en español en los próximos años para el mercado dentro de los Estados Unidos, y que el equipo crezca.
Ay, Dios. ¿Lo estoy entendiendo todo bien? ¡Yo soy esa persona!
—Me encantaría hacer prácticas en vuestra editorial —le aseguro—. Rosalind Wright es mi autora favorita, y me he leído prácticamente todo lo que publicáis.
Ella sonríe, satisfecha.
—Hagamos una cosa —propone ella—. Mándame ese trabajo que estás haciendo, y eso me servirá como prueba para ver qué tal te desenvolverías como asistente editorial en nuestro sello.
Debo de tener tu e-mail por algún sitio, aunque llevo semanas intentando ponerme al día con el correo y, como puedes comprobar, aún no lo he conseguido.
Después de eso, se levanta y me tiende la mano para despedirse:
—Ha sido un placer conocerte, Anna. —Se alisa la chaqueta del traje—. Voy a ver si robo algunas autoras a la competencia.
Me guiña un ojo antes de girar sobre sus talones y marcharse, como si fuera Sandra Bullock en La proposición.
Esta mujer es la mejor en lo que hace, y me acaba de dar la oportunidad de demostrar que yo también puedo hacerlo.
Mi muro de frustración se resquebraja y deja entrar, por un resquicio, algo de esperanza.
¿Puede ser que no tenga que marcharme? ¿Puede ser que tenga la oportunidad de cumplir mi sueño de trabajar en una editorial en Nueva York?
Y no en una editorial cualquiera, sino en la que publica a Rosalind Wright.
Lauren vuelve del baño y me saca del estupor al ponerme una mano en el hombro.
—Ufff, qué cola había. ¿Sigues aquí?
—Lauren, acabo de hablar con la editora de Rosalind Wright.
—¡¿Qué?! ¿Cómo? ¿Está aquí?
—Sí, intentando robar autoras a la competencia —explico.
—Mi editorial es la competencia —dice ella, y se ríe—. Pero no hablemos de cosas corporativas. ¡Cuéntame qué te ha dicho!
—Hemos estado hablando del máster y de novela romántica y ha caído en que Rosalind le había hablado de mí, así que me ha pedido que le mande mi trabajo de clase para echarle un vistazo. Lo evaluará y quizá me ofrece unas prácticas.
—¡Eso es genial, Anna!
—Sí… si no fuera porque dejé a medias ese trabajo —respondo yo.
—Lo tienes todo en la cabeza —asegura mi amiga, dándome un golpecito en la frente—. Tienes todo el finde por delante para ponerte con ello y se lo envías el lunes para que lo tenga en su correo a primera hora.
Asiento. Esta es la oportunidad que llevo meses esperando. La grieta que se había abierto se va haciendo cada vez un poco más grande.
—¡Qué fuerte, tía! —grita Lauren, dando saltitos—. Vamos a ser archienemigas editoriales, podremos hacer espionaje industrial.
—Mejor no corramos tanto, ¿vale? —le pido, aún cautelosa.
—Qué aburrida —resopla ella, negando con la cabeza, mientras mira al infinito como si no tuviera remedio. En ese momento, algo capta su atención—. No sabes la que te espera —sentencia, posa las manos sobre mis hombros y me obliga a girarme.
La música en directo está a punto de comenzar.
Los asistentes al baile, en su mayoría lectoras, se arremolinan frente al pequeño escenario, montado al pie de una escalinata impresionante.
Primero salen los músicos y se colocan en sus respectivos puestos.
En el centro del decorado hay un micrófono de pie de aspecto vintage .
Las luces se apagan por un momento y la tarima queda iluminada por un solo foco.
El público rompe en aplausos cuando empiezan a sonar las primeras notas de la guitarra de una canción que escuché hace no mucho. Alguien vestido de Elvis empieza a cantar «Burning Love».
—Mira que no daba ni un duro —dice Lauren—, pero hay que reconocer que el chico lo hace bien.
Entrecierro los ojos para intentar ver mejor al Elvis vestido con un traje blanco lleno de brillantes dorados que deslumbran.
Hay algo en esa voz que me resulta familiar.
Es una voz aterciopelada, que flota en el aire y te acaricia con cada nota.
Es una promesa. Es una invitación. La he oído antes.
Y solamente ahora soy consciente de lo mucho que deseaba volver a escucharla.
—¿Ese es… Aaron? —musito.
Lauren asiente, mientras se cruza de brazos y mueve la cabeza al ritmo de la música, satisfecha de sí misma. No me lo puedo creer.
—¿Has traído a Aaron para que haga de Elvis en tu fiesta? ¿Cómo? ¿Por qué? Parece un espejismo.
—Se nos cayó el cantante que habíamos contratado y surgió la oportunidad —comenta ella, como si no tuviera importancia.
—¿Y por qué querría Aaron hacer de Elvis en una fiesta literaria?
—¿No es obvio? —Lauren me mira con una expresión traviesa—. Porque sabía que estarías aquí.
—No… no puede ser. Yo… le dije que me iba a ir…
—Pues retíralo —me anima ella.
Me agarra de la mano y me arrastra al centro de la sala, delante del grupo.