Honor
Código de conducta del FDNY
Aaron
—Aaron, capullo, ¿dónde estás? —bufa Lauren al otro lado del teléfono.
Llevamos cuarenta minutos en un atasco en la FDR Drive, en dirección a la estación. Ha habido un choque con varios coches implicados y, aunque por suerte los heridos ya están atendidos, hemos tenido que hacer bastantes maniobras entre los coches parados.
Técnicamente, no debería contestar al móvil en horas de trabajo, pero las situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas, así que he tenido que explicar a mi teniente y al resto de bomberos mi plan sin fisuras para declararme a Anna.
Ahora les tengo a todos con la oreja puesta en la conversación con Lauren.
—Estamos en el camión de bomberos, volviendo a la estación. Dejo mis cosas y salgo pitando para allá.
—Aaron, me cago en todo. Como no llegues a tiempo, te mato.
—Tranqui, Lauren —le aseguro—, llegaré como sea.
Irrumpo a todo correr en la tienda de alquiler de disfraces, todavía con el uniforme de trabajo puesto.
La dependienta, que parece sacada de una película de los años sesenta con sus gafas de metal con puente, me mira alternativamente a mí y al camión de bomberos que hay aparcado en la puerta.
Masca chicle de manera pausada. No parece sorprendida de verme en absoluto, como si cosas más raras le pasaran cada día.
—Hola, he llamado antes para reservar un traje de Elvis —anuncio del tirón, sin detenerme a respirar.
Ella, impasible ante mis prisas, revisa en un cuaderno de notas amarillento, tamborileando con unas uñas rosa chicle sobre el papel.
—¿Nombre?
—Aaron Smith.
Por el amor de Dios, ¿cuántas personas hemos reservado un traje de Elvis para hoy?
—Veo que has pedido el traje básico de Elvis, de chaqueta negra y dorada, ¿correcto?
—Sí, sí.
Señora, dese prisa.
Consulta en un ordenador que, al igual que el cuaderno de notas, también ha vivido tiempos mejores, posiblemente los del propio Elvis, y chasquea la lengua.
—No me quedan.
—¿Cómo que no le quedan, señora? ¡Pero si lo tenía reservado! —replico incrédulo—. ¡Esto es una emergencia!
Ella vuelve a mirar al camión de bomberos aparcado en la puerta. Tranquila, sin inmutarse. Veo que mis compañeros están asomados a las ventanas, intentando ver qué pasa aquí dentro.
—Solo me queda el Deluxe.
—Bueno, pues me llevo ese.
—Son cincuenta dólares más.
Me cago en todo. Saco la cartera del abrigo del uniforme, y le doy a la señora más de cien dólares que me duelen en el alma.
—Y necesito otros cincuenta de fianza, por si el traje vuelve con algún desperfecto —añade, y me observa por encima de sus gafas— o no vuelve en absoluto.
Menuda puta broma. Le pido un momento, porque ya no me queda más efectivo, y salgo, como un niño pequeño, a pedir dinero a mis compañeros. Voy a ser el hazmerreír del cuerpo por los siglos de los siglos. Aunque se mofan de mí todo lo que quieren y más, me dejan los cincuenta dólares para la fianza.
Cinco minutos después, ya estamos de camino a la Surrogate’s Courthouse.
Son las siete y cuarto, y le prometí a Lauren que estaría allí a las siete, así que ya llego tarde.
Por suerte, mi actuación no empieza hasta las ocho.
Y, a pesar de toda la mofa, mi batallón se ha ofrecido a llevarme al evento, que está solo a quince minutos de nuestra estación.
—Smith, ¿quieres ir calentando la voz? —me pincha uno de los compañeros.
—Evans, deja al chaval, que se lo está currando —me defiende la jefa adjunta.
—Cómo se nota que estás soltero —apunta otro de los bomberos.
—Hijo, no eres el primero ni serás el último en usar un camión de bomberos para conquistar a una chica —me asegura el teniente—. Ferrari, enciende la sirena, que el chaval no llega.