Epílogo. Agosto
EPÍLOGO
AGOSTO
Aaron
Esta mañana, al salir de casa de Molly, Anna se ha puesto un vestido de cuadritos blancos y negros que grita verano a los cuatro vientos.
También se ha puesto una gorra negra con letras blancas en la que pone «Nueva York» y le he dicho que no puede parecer más turista.
«No soy una turista», me ha respondido con una sonrisa, mientras se pintaba los labios de rojo cereza.
«Soy una orgullosa residente de Nueva York.
Hasta tengo un número de seguridad social estadounidense».
Ahora que la miro, sentada en el ferri a Staten Island, mientras los rayos de sol de agosto le acarician la piel, no puedo dejar de pensar que está espectacular. Siempre lo está.
Cómo no, tiene un café con hielo en la mano. Aunque he intentado impedírselo, no ha funcionado. Llevo una camiseta blanca y me gustaría que siguiera siendo así. No voy a tener tiempo para cambiarme antes de la cita que he preparado para esta noche.
Al final, Anna no consiguió la beca para ir a la feria de Londres.
El jurado de profesores consideró que, pese a que las novelas románticas vendan mucho, era poco serio.
Sin embargo, a quien sí le encantó el trabajo fue a su jefa, Samantha Gonzales, que la fichó instantáneamente tras leerlo.
Empezó como becaria y, antes de que les dieran a todos los de prácticas un mes de vacaciones este mes, su editora le confirmó que querían contratarla.
Le han extendido un permiso de trabajo y ahora vamos de camino a casa de mis tíos para celebrarlo con ellos y despedirnos antes del viaje a España.
Como no pudo ver a su familia en Londres, aprovechamos el billete que se compró para agosto, cuando estaba convencida de que tendría que volverse a su casa, y después sacamos otro para mí. Y dos de vuelta.
Mi tía adora a Anna, mi tío intenta chapurrear español cada vez que puede, y Luke…
diría que está obsesionado con ella. Antes no se acercaba a un libro ni aunque le pagaran.
Ahora le gusta que le lea historias incluso más que a mí.
Diría que ya no tiene edad para que le lean en voz alta, pero no soy quién para juzgar.
Tiene a toda mi familia encandilada. Y yo voy a conocer a la suya en menos de una semana.
—Mi madre dice que no te olvides de dejar espacio libre en la maleta. Quiere darte un montón de cosas para tus tíos —me recuerda Anna, después de leer un mensaje en el móvil.
—Mi maleta ya tiene tres cuartos de cosas tuyas —respondo yo. Ella sonríe enseñándome los dientes y vuelve a intercambiar mensajes con su madre.
Falta poco para su cumpleaños y estaremos en España cuando lo celebremos, con toda su familia, su abuela, sus padres y su hermana Nora.
No sé a quién tengo más miedo de conocer.
Necesito caerles bien a todos, y que se queden tranquilos de que, aunque ahora Anna esté lejos de ellos, está bien cuidada.
Como vamos a estar muchos días rodeados de gente, hoy le he pedido que se guarde el día entero para nosotros dos.
Después de comer con mi familia, volveremos a Manhattan.
He reservado una mesa para cenar en un restaurante que le encantará.
Tiene aires victorianos, cócteles imposibles y un montón de opciones vegetarianas.
Ahora me fijo en esas cosas, quiero que pueda comer y disfrutar como cualquier otra persona, y yo mismo prefiero comer lo mismo si estoy con ella.
Hoy es importante que todo salga bien porque tengo una pregunta muy importante que hacerle.
Molly me dio el chivatazo y aún doy las gracias por que esa señora no se haya ido de la lengua, sabiendo que habla por los codos.
El piso de enfrente a su apartamento en Brooklyn se alquilaba, y Molly, que conoce a todo el mundo, intervino para que pudiera hablar directamente con el casero.
También creo que ha tenido algo que ver en el precio.
No es que ella no salga ganando si Anna se muda al piso de enfrente.
Puede seguir haciendo sus viajes y Clotilde estará bien cuidada, con dos casas para recorrer.
Y así se quita de encima el riesgo de que Anna le vuelva a incendiar el piso, aunque, para ser honestos, fue Clotilde la culpable.
Pero, sobre todo, yo me muero por poder tener a Anna todos los días conmigo, el máximo rato posible.
Despertar con ella a mi lado, que me robe la sábana…
Pasear con ella por Nueva York y ver cómo mira los edificios, como si no hubiera nada igual en el mundo.
Y que me lea cada noche, hasta que uno de los dos se quede dormido.
Hemos cambiado los manuales de la academia por cualquiera de las novelas que esté leyendo en ese momento.
Casi siempre románticas. A veces de fantasía.
A veces del día a día. Se ha convertido en mi parte favorita de todas las noches que pasamos juntos.
Llevo en el bolsillo la llave del apartamento.
En su librería favorita, a la que hemos vuelto a varias presentaciones desde la primera vez que fuimos, y en la que las libreras me recomiendan todo lo que creen que podría gustarme, encontré un llavero de un cliché literario en el que pone: «Slow Burn», y que hace referencia a las historias cocinadas a fuego lento.
Como la nuestra, supongo. Es rosa y amarillo, y tiene una caja de cerillas dibujada.
Mi plan es decirle: «¿No crees que necesitas un bombero cerca para que la casa no vuelva a salir ardiendo? ».
Y espero que me diga que sí.