Servicio
El cuerpo de bomberos está llamado, de manera inquebrantable, a servir y proteger.
Código de conducta del FDNY
Aaron
—¿Sabéis que mi hermana ha organizado un baile ella solita?
—comenta Tricia, llena de orgullo—. Ya la pueden contratar esos pájaros de su editorial, porque se ha marcado una organización que flipas —dice, mientras nos muestra un vídeo de Instagram de la editorial en la que está haciendo prácticas Lauren.
Estamos sentados en uno de los bancos que hay en el exterior de la academia, bajo el Pabellón de los probies .
Aunque ya tenemos asignadas nuestras estaciones de bomberos, tenemos que seguir viniendo a la academia para entrenar y aprender nuevas cosas.
Este es uno de los pocos ratos en los que podemos mirar el móvil; durante nuestros turnos está prohibido.
Desde hace días tengo una sensación rara en el pecho que no se me va.
Siento que debería estar más feliz de lo que estoy.
Agradecido por haber llegado hasta aquí.
He conseguido graduarme en la academia y ahora soy un bombero en prácticas.
Si completo la última parte de la formación, seré, oficialmente, un bombero del FDNY.
Un bombero de Nueva York. Aun así, no puedo quitarme este sabor agridulce de la boca.
Este momento está incompleto sin Anna. Sin la posibilidad de estar juntos.
Pero ha dejado claro que quiere marcharse, así que no hay sitio para mí en su futuro.
—¿Un baile de qué? —pregunta Caleb, mirando distraído su móvil.
—Pues de libros, de esas cosas que hace ella —responde Tricia.
—Vaya, que no lo sabes —le pincha él.
—A ver, que sí, es la presentación del libro de una escritora que escribe historias como del Hollywood antiguo, sobre actrices y cantantes o algo así. Es una fiesta temática, y Lauren se ha preparado un traje a lo Ava Gardner que a mi abuela le gusta mucho.
Sé de qué autora hablan. Me la recomendaron las chicas de la librería romántica de Brooklyn.
Imagino que Anna irá también a ese baile, a ella también le gusta.
Lo sé porque vi que subió una foto del libro en su Instagram.
Muy muy abajo de su galería. Más de lo que me gustaría admitir que he buceado entre sus fotos para sentirla más cerca.
Mirar fotos de Anna ha sido el pasatiempo de los ratos libres que me ha dejado la academia y los ratos muertos en la estación.
Aunque eso solo ha servido para hundirme un poco más.
—Anna también irá —dice Tricia, mirándome por encima de la pantalla de su móvil.
Aprieto los labios y asiento varias veces con la cabeza, mudo.
—¿No quieres ir? —insiste Tricia.
—¿A qué? ¿A que Anna me recuerde que se va a ir pronto y que no quiere nada conmigo? —pregunto.
—No, a decirle que, aunque se marche, quieres pasar todo el tiempo que puedas con ella. Además, según mis fuentes, no es tan seguro que se vaya.
Ignoro ese «no es tan seguro». Cuando la vi parecía bastante convencida.
—No creo que merezca la pena.
—¿Y tú vas a poder vivir sabiendo que no le has dicho lo que sientes?
—Bueno, supongo que lo sabe y no le ha parecido suficiente.
—¿Que supones que lo sabe, pedazo de membrillo? —dice Tricia—. Los tíos sois idiotas, me alegro mucho de que no esté en mis planes salir con ninguno.
—¿Y yo qué he hecho? —dice Caleb a Tricia, haciéndose el ofendido. Después se dirige a mí—: Pensaba que te molaba, pero en plan… ¿cómo se dice eso cuando no pasa nada? ¿En plan…?
—¿Platónico? —pregunta Tricia, con la ceja levantada.
—Sí, eso —dice Caleb, dando golpecitos al aire con el dedo índice.
—¿Por qué ibas a pensar eso? —pregunto yo.
—Bueno, porque te pasabas el día escuchando sus audios por casa pero después no movías ficha.
—¿Lo sabías? —me sorprendo.
—Claro, tío —dice él, tranquilo—. Primero pensé que te habías enganchado a un pódcast y un día que te habías dejado el móvil por ahí fui a cotillear y vi que eran audios de Anna. No dije nada porque pensé que era una técnica de estudio que te ayudaba, por lo de tu problema con la lectura.
—Perdona, ¿qué? —Estoy flipando. Flipando de cojones—. ¿Tú cómo sabes eso?
—Lo sabemos desde que éramos cadetes —dice Tricia, como si esconderlo no hubiera sido mi preocupación más grande en los dos años que compartimos como becarios del cuerpo de bomberos.
—¿Por qué no me dijisteis nada? —quiero saber.
—Pensamos que no te gustaba hablar del tema. Igual que a mí no me mola demasiado hablar de… ya sabes, chicas; o a Caleb de... —dice, escrutándolo— nada en general.
—Pero no pasa nada, tío —apunta Caleb—, te queremos igual.
Estos dos imbéciles eran conscientes de que tenía problemas de los que no quería hablar y me han dejado creer que no lo sabían para no tener que compartir mis sentimientos al respecto. Supongo que esta es la masculinidad tóxica de la que tanto se habla hoy en día.
—No quería que pensaseis que era una lacra para el cuerpo —me sincero, y ellos me miran como si me hubieran crecido antenas en la cara o algo—.
Ya sabéis, el cuerpo vale lo que vale la suma de sus miembros, blablablá...
Si yo tengo taras… —y me cuesta un dolor indescriptible acabar la frase que estoy a punto de decir— quizás es porque no soy lo suficientemente bueno.
—Todo el mundo tiene algo en lo que cojea, Aaron. Por eso venimos aquí cuando no toca. Estudiamos cuando no tenemos ganas. Intentamos mejorar cada día.
—Pensamos que no querías hablar del tema y por eso te dejamos tu espacio —apunta Caleb—. Cada uno lucha con sus cosas a su manera. No hace falta contarlo todo.
—Estoy de acuerdo con eso —continúa Tricia—, pero aquí te has pasado, Aaron. A Anna sí tienes que decirle lo que sientes.
Niego con la cabeza.
—Si no le he contado nada es porque no se ha dado el momento.
No quería estropear lo que había surgido entre nosotros.
Y cuando me decido a hacerlo… me dice que se pira.
¿Qué se supone que tengo que hacer? Soltarle: «Eh, no te puedes ir, estoy colado por ti desde hace meses, pero no me atrevía a decírtelo».
—Eso mismo, sí —dice Tricia—. Es un buen comienzo.
—Pues ya es tarde.
—No es tarde: «No dejes que el fantasma de ningún hombre regrese para decir que su entrenamiento le falló…» —recita Caleb
—Hoy estamos pesaditos con el código, ¿eh?
—Lo hecho, hecho está. Ahora, ¿cómo piensas ponerle remedio? —me pregunta Tricia.
Lo sopeso por unos instantes antes de contestar.
Miro a mi alrededor. Me fijo en la academia, envuelta en ladrillo rojo.
Detengo la vista en los homenajes a los bomberos y aspirantes que murieron en los atentados del 11-S.
El pabellón en el que estamos se construyó después de aquello, para honrar su memoria.
Pienso en mis padres, que no están aquí para darme ánimos o una colleja, si es eso lo que necesito.
Nadie nos garantiza un mañana. Lo sé de sobra.
Lo debería saber de sobra por experiencia.
Y nos lo han repetido por activa y por pasiva en las clases.
Si hay una posibilidad, por pequeña que sea, de que Anna quiera estar conmigo, debo luchar por ella.
Si no lo hago, mis amigos tienen razón: me reconcomerá para siempre el fantasma de lo que pudo haber sido.
Cojo aire. Lo suelto. Solo hay una manera de arreglar todo esto:
—Pues me toca ir a un baile —digo.
Tricia asiente y sonríe.
—Y te tocará hablar con Lauren —dice ella—. Y le deberás una muy buena.
—¿Hola? —dice Lauren, al otro lado del teléfono—. Aaron, ¿qué pasa?
—Necesito que me consigas una entrada para el baile.
—¿Para qué baile? ¿El de Hollywood? Ni de coña, tío. No quedan entradas desde hace meses.
—Lauren, por favor, es importante. Tengo que hablar con Anna y no va a querer verme en ningún otro momento —le ruego—. Es la oportunidad perfecta para presentarme allí y decirle lo que debería haberle dicho hace tiempo.
—Aunque me encanta el motivo y ya era hora de que alguno de los dos hiciera algo, no puedo, de verdad… estoy atada de pies y manos.
Al otro lado del teléfono se oye a alguien teclear tan fuerte que parece tener un problema personal con el teclado. También se oyen un par de maldiciones, noto que Lauren tapa un momento el micrófono del móvil, porque escucho el sonido amortiguado de un grito: «¡¿Qué?! ¡No, no, no!».
—Aaron, lo siento mucho, de verdad, pero tengo muchísimo lío ahora mismo. Nos acaba de dejar tiradas el cantante que iba a ir de Frank Sinatra y tengo que buscar un sustituto.
—Yo —digo sin pensármelo dos veces.
—¿Qué?
—¿Podemos cambiar a Sinatra por Elvis?
Ella lo sopesa durante un momento.
—Supongo que sí…
—Pues yo soy tu Elvis.
—¿Qué? ¿Pero tú sabes cantar?
—Claro que sí.
—¿Y te sabes el repertorio de Elvis?
—¿Perdona? ¿Qué pregunta es esa? ¿Sabes que Aaron era el segundo nombre de Elvis? Mi madre me llamó así por él. Llevo escuchando sus canciones desde que era un bebé.
Creía que todos los momentos de mi vida me habían conducido a ser bombero. Pero quizás todas las decisiones de mi vida me han conducido a vestirme de Elvis para colarme en un baile y declararme. Uno no elige el tipo de héroe que puede ser, supongo.
—No sé si fiarme —dice ella, bajando el tono—. Mi futuro en esta editorial depende de cómo salga este baile…
Sé que no va a bastar con palabras, así que empiezo a cantar las primeras notas de «Always On My Mind». Caleb y Tricia primero se descojonan y después mueven la cabeza al ritmo de lo que canto. Al final, Lauren suspira con energía al otro lado del teléfono.
—Hecho —dice ella—. El puesto es tuyo. No tengo traje, porque el anterior cantante ya lo traía incluido en el presupuesto, vete a conseguir uno y ya me pasarás la factura. A las seis en la Surrogate’s Courthouse, en la 31 de Chamber’s Street, para la prueba de sonido.
—No puedo estar a las seis allí, a esa hora es cuando acaba mi turno.
—¿QUÉ? Pues no, Aaron, a ver que reviso el planning . La actuación de Elvis es a las ocho, pero a las siete ya abrimos las puertas.
—Entonces voy sobrado, ¿no? Venga, Lauren, di que sí. Necesito ir a ese baile como sea.
—Madre mía, ¿vas a ir al baile después de quince horas de turno? —Siento que se está arrepintiendo de haberme dado el trabajo.
—Fresco como una rosa, lo prometo. Lauren, por favor.
—Vale, vale. Que sea lo que tenga que ser. Supongo que una no puede interponerse en el camino del amor. Si sale mal, me debes un trabajo.
—No va a salir mal.