Burning Love Salida de emergencia
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Salida de emergencia

Vía de escape.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

—¿La dejasteis en casa? —pregunto a Tricia mientras nos preparamos para el entrenamiento. Hoy tocan cuerdas, así que nos estamos vendando las manos para protegerlas y conseguir un mejor agarre.

—Sí, ya te lo dije —contesta ella, sin mirarme, ocupada en colocarse la protección en las manos—. Lauren y yo nos quedamos a dormir en su casa y a la mañana siguiente comimos las tres con mi padre.

Ya sé que me lo había contado. Como si no le hubiera frito el móvil a mensajes después de que se fueran de la fiesta en Nochevieja.

Hasta que Tricia no me contestó que estaban en casa, no me quedé tranquilo.

A ellas, la cuenta atrás les pilló en un taxi, y a mí, sentado de mal humor en un sofá del teatro, mirando el móvil cada dos segundos a la espera de alguna noticia suya.

—Y no sabes… ¿qué le pasó? ¿Os contó algo?

—¿Por qué no se lo preguntas tú, tío? Yo no soy una celestina.

—No me contesta a los mensajes, ni me coge el teléfono. Créeme que lo he intentado —respondo, un poco dolido.

—Pues preséntate en su casa —sugiere Caleb, que está poniéndose unas rodilleras.

—No me puedo presentar en su casa así como así, idiota —contesto, cada vez de peor humor. Él se limita a encogerse de hombros.

—Tío —dice Tricia, encarándose conmigo—, deja de hacer el tonto ya. ¿Te mola? Pues díselo y no pierdas más el tiempo.

—Pero… no me ha dado tiempo —niego con la cabeza—, no ha habido ocasión… —Me intento defender.

—Fuiste con ella a una librería de literatura romántica, ella fue a tu casa en Nochebuena, fuisteis a comer por Acción de Gracias, ¿y me vienes con que no has tenido ocasión de decirle nada?

Caleb nos mira desde el suelo, con miedo de meterse en la conversación y llevarse un mordisco de Tricia.

—¿Y si yo no le gusto?

—Pero ¿eres tonto o te lo haces? Se cayó literalmente al suelo porque no le diste un morreo.

—¡Estaba borracha! No pensaba hacer nada con ella en esas condiciones.

—Y cuando no lo estaba, solo se te ocurre criticar su libro y sus gustos. Si no te interesa, te callas, no sueltas esas gilipolleces.

—¿Estaba enfadada por eso? ¡No lo dije en serio! ¡Y no sabía que lo había escuchado! Lo dije sin pensar, porque mi primo me estaba tocando las pelotas, y no sé por qué, fue lo primero que me salió…

—¿En serio, Aaron? Tu primo tiene diez años, pero tú no tienes excusa —dice ella, bastante enfadada.

—Si sabías lo que le pasaba, ¿por qué no me lo dijiste? Gracias por tu ayuda.

—¿Ahora es culpa mía no contarte lo que le pasa a tu ligue? —bufa ella.

—Pero ¿qué mosca te ha picado? Desde que has vuelto de Wisconsin estás de morros con todo el mundo.

—Nada —escupe ella, guardando con violencia sus cosas en la taquilla del vestuario—. Y si me pasara algo, no os lo contaría, porque tenéis la capacidad emocional de una albóndiga.

Veo que Caleb abre la boca para defenderse, pero se lo piensa dos veces cuando Tricia le fulmina con la mirada. Cierra de un golpe su taquilla y se aleja de nosotros.

Dejo salir el aire por la boca con fuerza y Caleb me da un golpecito en el hombro.

Con el rapapolvo improvisado de Tricia, nos vamos a entrenar y bato mi propio récord con las cuerdas.

No paro hasta que me arden los hombros. Nunca me había pasado algo así.

Ha habido chicas antes, pero ninguna se me ha metido dentro como lo ha hecho Anna.

La otra noche no quería hacerle daño. Me cabreo conmigo mismo cada vez que pienso en cómo me aparté sin tener más cuidado.

He revivido la escena mil veces en mi cabeza.

Qué podía haber hecho en vez de lo que hice.

Me pilló completamente desprevenido verla así.

He imaginado cientos de veces cómo sería besarla.

Cómo se sentiría el roce de su flequillo en mi piel al tener sus labios cerca.

Me he dormido decenas de noches imaginando tenerla entre mis brazos.

No me puedo creer que, cuando por fin estaba tan cerca, estuviera a la vez tan lejos.

La chica con la que llevo semanas obsesionado se cree que no me interesa.

Que necesito imaginarme que es otra persona para besarla.

Pero ¿cómo puede creer eso cuando lo único en lo que puedo pensar es en ella?

Desde que empezó a colarse en mi cerebro con sus audios, no hago otra cosa.

No sé en qué momento supe que haría cualquier cosa por ella.

No sé si fue cuando se reía de mis bromas en Central Park.

O la noche en que vimos una película todos juntos en casa de Tricia, sentados al lado en el sofá.

O quizás fue mucho antes de todo eso. Quizás la primera vez que la vi, en la biblioteca, algo de mí ya era suyo.

Me tiraría al río Hudson si me lo pidiera, por el amor de dios.

Y he tenido que joderlo. Tricia tiene razón. Tuve la reacción de un niñato de diez años.

Luke me pilló leyendo el libro y, a pesar de que me cuesta leer, tengo que reconocer que me estaba enganchando. Pero fue automático: al sentirme en una posición vulnerable, al sentirme señalado, dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Y no es lo que pienso de verdad. No lo pienso, joder.

Después del entrenamiento, Caleb y yo volvemos a casa.

Me ducho y me cambio de ropa. Me visto deprisa con unos vaqueros, una sudadera y mi bomber negra, y salgo pitando hacia la parada de metro de la 116 para ir a casa de Anna.

En el trayecto de más de cuarenta minutos, pienso todas las cosas que me gustaría decirle.

Rehago la conversación en mi cabeza una y otra vez.

Cuando por fin llego a su calle, le escribo un mensaje.

Yo: Estoy aquí abajo.

Unas burbujitas aparecen en la pantalla. Después desaparecen. Al final dicen:

Anna: ¿Aquí dónde?

Yo: En la puerta de tu casa.

Otra vez empieza a escribir. Y se para.

Anna: Ahora bajo.

A los cinco minutos, estoy apoyado en la barandilla de las escaleras frente al edificio de Anna cuando esta abre la puerta de la calle. Veo que baja en sudadera, sin abrigo, como si no fuera a estar mucho rato fuera de casa.

—Hola —saluda ella, sin mirarme a los ojos más que un segundo.

—Hola.

Ella se queda parada apoyada en el marco de la puerta.

Yo subo un par de escalones, para estar más cerca de ella, pero no me atrevo a romper el espacio que nos separa.

Anna se abraza a sí misma, manteniendo una barrera entre nosotros, como si no fuera suficiente el abismo invisible que nos distancia desde hace días.

Nos quedamos así, en silencio, unos instantes. Estoy armándome de valor para decirle todo lo que debería haberle dicho hace tiempo. Solamente se escuchan los pájaros de los árboles junto a su edificio

—Anna —empiezo a decir—, lo siento. No sabía que habías oído lo del libro, fui un imbécil. Lo dije sin pensar. Y, en realidad, no lo pienso.

Ella niega con la cabeza.

—No importa —alega.

Pero sé que importa. Importa mucho.

—Hay algo que llevo tiempo queriendo decirte —continúo, pero ella me interrumpe.

—Yo primero. —Y veo el esfuerzo que le supone escoger las palabras. Abre la boca y la vuelve a cerrar antes de continuar—: Yo también siento lo del otro día, se me fue de las manos.

—No, lo siento yo —me apresuro a decir. Tengo muchas cosas por las que disculparme—. Por todo, lo que pasó en casa de mis tíos y la otra noche… por mi culpa te hiciste daño y no me lo puedo perdonar.

—No fue tu culpa —asegura ella, negando con la cabeza—.

Me lo busqué yo solita después de tantos gin-tonics —lo dice enfadada, pero no conmigo sino consigo misma—.

No estoy acostumbrada a beber nada —continúa, pero se detiene, y titubea—: No estoy acostumbrada a beber y pensé que…

quería que fuese una noche memorable. Al fin y al cabo, esta ha sido mi primera y última Nochevieja en Nueva York.

—¿Cómo?

Ella sopesa de nuevo sus palabras antes de contestar:

—Bueno, como ya sabes, no me está saliendo ninguna oportunidad para hacer prácticas, y si ni siquiera consigo unas prácticas con mi visado de estudiante, no puedo ni soñar con trabajar aquí. Así que lo más realista es asumir que en verano tendré que volver a España.

—¿Y qué pasa con el trabajo de clase? Tienes una idea buena, la que hablaste con Rosalind. Aún tienes la oportunidad de que te den el premio y ganar visibilidad entre tus profesores, ¿no?

—Esa idea era una idiotez —escupe ella, cortante, sin mirarme siquiera—. He vuelto al plan original, y nadie me va a ofrecer nada después de mi crítica al sistema en Estados Unidos.

—Pero me dijiste que no lo pensabas de verdad. —Intento aferrarme a cualquier cosa—. Y la otra idea… —Pienso deprisa, pero no me sale nada decente—. En realidad, era lo que te hacía ilusión.

—Ya lo tengo decidido —asegura ella, negando con la cabeza—. He estado hablando con mis padres; de hecho, estaba a punto de comprar el billete de vuelta —dice, y esta vez sí me mira, buscando algo en mi mirada—. Esperaré a que vuelva Molly de su viaje a Islandia en julio, y en agosto me iré.

No sé si puede leer en mis ojos lo que pienso realmente, porque soy incapaz de dar forma a todos los pensamientos que se arremolinan en mi mente. Se empujan unos a otros, se gritan entre ellos, se acumulan y no pueden salir.

En la academia nos entrenan para mantener la calma en las peores situaciones.

Nos preparan para analizar una situación de peligro en apenas unos instantes, nos enseñan a pensar fríamente antes de actuar.

Pero nada de todo lo que he aprendido me ha preparado nunca para este momento en el que siento, de golpe, tanto frío en mi interior que quema.

Siento una combustión en el pecho que amenaza con estallar y hacerme pedazos.

No puede ser que se vaya. No puedo decirle que se quede.

Ya lo tiene decidido, se marcha. Soy gilipollas.

Soy un imbécil. No puedo gritarle que no puede irse.

Pero debería. Debería romper el espacio que se abre entre nosotros con una, dos zancadas, y darle el beso que tenía que haberle dado hace semanas.

El beso que llevo en los labios desde que la vi, empapada y de morros, el día que fuimos a la Estatua de la Libertad.

El beso que ya no voy a poder darle porque se marcha y ya lo tiene decidido.

Todas las posibilidades que llenaban el ambiente en Nochebuena se han derretido como copos de nieve al contacto con la piel. Y la posibilidad de Anna se me escapa igual entre los dedos, delante de mí, sin que pueda hacer nada para cambiar las cosas.

De repente, la perspectiva de vivir en una ciudad en la que no está ella se me hace insoportable, pero me saca de mis pensamientos cuando ve que la miro sin poder articular palabra.

—¿Necesitas algo más? —pregunta—. ¿O podemos dar por cumplido nuestro trato?

A la mierda nuestro pacto, a la mierda esta puta ciudad que primero se llevó a mis padres y ahora también se lleva a Anna.

Ocho millones de habitantes y se va la persona que debería quedarse.

Pero quién soy yo para decirle que se quede.

Que la necesito a ella. Que lo que necesito es que ella se quede.

Me quedo en blanco. Ya está. Se acabó antes de empezar.

—Tengo que irme… —empieza a decir ella.

Doy un paso hacia atrás, bajando un escalón.

No quiere saber nada más de mí. Tanto aprender a pensar en frío y me ha costado bastante llegar a esta conclusión yo solito.

Se ve que no soy lento solo para leer. También para darme cuenta de que me está rechazando.

Que me he montado una película en la cabeza en la que no solo era a mí a quien le gustaba pasar tiempo con ella.

—Claro —digo, en un tono lo más neutral posible. Solo es una palabra y duele como una quemadura en la piel.

Ella vuelve a pensar antes de hablar. Busco en su mirada una señal. Cualquier cosa que me haga pensar que en realidad no quiere irse, que le gustaría quedarse aquí, conmigo.

—Mucha suerte con las últimas pruebas, Aaron. —Otra quemadura por congelación al escuchar mi nombre en sus labios—. Ha sido un placer coincidir contigo.

Ahora mismo me odio por todas las cosas que pude hacer y no hice.

Como si no hubiera aprendido la lección con la muerte de mis padres.

La vida no te espera. Pero qué hago si la persona con la que quiero vivirla me está diciendo que no ve un futuro conmigo.

Antes de que pueda decir nada más, se despide con un «adiós» muy bajito y cierra la puerta del edificio tras de sí.

Yo me quedo solo en las escaleras del edificio de piedra rojiza. Ocho millones de personas en esta ciudad, y no es difícil adivinar quién es el tío más imbécil de todos.