Reacción explosiva #2
—¿Por qué? —¿Habrá notado él también que el suelo se está moviendo?
—Por ti.
—¿Por mí? —Finjo sorpresa.
No quiero hablar del tema. No importa ya. Fui una idiota al pensar que un chico como él podría sentir algo por mí. Así que hago un gesto con la mano, quitándole hierro al asunto y otra vez noto que me bailan los tobillos.
—Anna, no pareces tú. ¿Estás bien?
—Estoy genial. No sé por qué dices eso. —Mi lengua trastabilla casi tanto como mis pies.
Me da rabia no hacerme entender en inglés, así que creo que subo el volumen de mi voz—.
¿Qué pasa, que si no soy aburrida no soy yo?
¿Si no estoy estresada? ¿Si no estoy al borde de un ataque de nervios por cualquier gilipollez?
—Yo no he dicho eso —afirma, cada vez más serio. Creo que intenta mantener la calma, pero no estoy segura.
—¿Cuál es tu tipo de chica ideal? —le pregunto, intentando volver a relajarme. Ahora soy Anna zen. Anna de chill no grita. Parpadeo moviendo muy rápido las pestañas, y me mareo un poco en el intento. Quizás la Anna perdedora ha sido incapaz de despertar nada en Aaron. Pero la Anna de esta noche sí.
—Anna, ¿a qué viene eso ahora?
—Dime cómo te gustaría que fuera —le ruego mientras le agarro por las solapas de la americana. Si no me aferro a algo es posible que me caiga.
El teatro empieza a tambalearse a mi alrededor, así que intento anclarme en sus ojos azules. Qué pena que me vaya a perder todo esto. Que no haya sido posible conseguir al chico. Conseguir las prácticas. Quedarme con mis amigos en la ciudad de mis sueños.
—Dime cómo quieres que sea y lo seré esta noche.
Me mira sin comprender. Y en sus ojos veo mil emociones, pero ninguna de las que me gustaría ver reflejadas en ellos.
—Quiero que seas tú —dice, negando con la cabeza—. Anna, vamos a buscar un sitio para que te sientes…
Niego con la cabeza y me quejo cuando intenta que nos movamos de donde estamos, en el centro de la pista, rodeados de gente. Hace muchísimo calor.
—Tú solo piensa que no soy yo —insisto, mientras me acerco más hacia él.
Agarrarse a las solapas de su chaqueta ya no es suficiente.
Aunque es bastante más alto que yo, con estos zapatos que me tienen los pies anestesiados estoy un poco más cerca de su cabeza que de costumbre.
Le paso los brazos por el cuello y noto su perfume, a especias, a té chai con notas de madera, algo contundente, robusto.
Dulce e intenso a la vez. Respiro su olor y me doy cuenta de que se estremece al contacto de mi nariz en la curva de su mandíbula.
Acerco los labios a su cuello y me detengo ahí unos segundos.
—Solo finge que no soy yo.
—Anna, para —exclama.
Y se aparta tan de golpe que el teatro a nuestro alrededor me abofetea con su presencia.
Me siento expuesta, como si los focos hubieran estado apagados y de repente se hubieran encendido.
Para enfocarme. Para que todo el mundo vea el desastre que soy.
El fracaso que soy. La impostora que he sido todo este tiempo.
Pero, sin la presencia de Aaron, no tengo dónde aferrarme y me caigo al suelo a cámara lenta. O al menos eso me parece a mí.
En lo que es a la vez una eternidad y un suspiro, Aaron está agachado a mi lado, con la mirada presa del pánico y la culpa.
Me pasa la mano por la cara y creo que me pregunta si estoy bien, pero no oigo nada.
Tengo la cabeza completamente embotada, como dentro de una burbuja.
Veo a Lauren, que también se arrodilla a mi lado, y después a Tricia.
Aparto la mano de Aaron de mi cara y busco a Lauren con la mirada.
Aaron, como si le hubiera dado una bofetada, se aparta un poco y deja espacio a mi amiga.
Ella me agarra de la mano, me abraza y me pregunta si necesito ayuda para levantarme, pero todavía no estoy preparada para ponerme de pie.
Me he hecho daño en una muñeca y un tobillo me duele horrores.
Desde el suelo veo que Tricia dice algo a Caleb, y este se lleva a Aaron lejos de nuestro corrillo.
Hay otra gente que se acerca a ver qué pasa, pero Tricia los espanta a todos.
Al final, Lauren y yo conseguimos levantarnos, pero no puedo tenerme en pie con estos zapatos. Me duele mucho el tobillo derecho.
Sigo sintiendo una niebla en mi cabeza que no me deja pensar con claridad. Más que el dolor físico, el pecho me pesa con una decepción tan grande como la vergüenza que siento por haberme caído en medio de la pista de baile.
Como no puedo mantenerme de pie, al final Tricia me levanta sin esfuerzo y me lleva hacia el ropero.
Aunque agito la cabeza, la niebla mental no se marcha.
Me imagino que mi mente es como una bola de nieve.
Con ese movimiento solo he conseguido que los pensamientos se me entremezclen aún más.
Aaron apartándose de mí. El rechazo en su mirada.
Su olor, el tacto de su cuello y luego nada, el suelo pringoso del teatro, sus manos acariciándome la cara, quizás llevándose alguna lágrima de mi mejilla, que ahora está llena de restos de máscara, porque me paso los dedos por la cara y salen llenos de pigmento negro y purpurina.
Alguien me pone el abrigo, creo que es Lauren. Tricia me pregunta si puedo andar. Me dicen que me quite los zapatos, me niego. Pero alguien me da unos calcetines y me los acabo poniendo sobre las medias. Me están grandes.
Unos minutos después, adormecida, abro los ojos, pero enseguida los vuelvo a cerrar.
Me molesta el movimiento, y espero no vomitar.
Veo desde la parte de atrás que vamos en un taxi.
Tricia va delante, hablando con el conductor.
Tengo la cabeza apoyada en el hombro de Lauren, que me acaricia el pelo mientras mira distraída por la ventana.
Sigo la línea que trazan sus ojos y veo el puente de Manhattan iluminado, a lo lejos. Estamos cruzando el puente de Brooklyn.
Vuelvo a cerrar los ojos. Ya no me duele tanto la mano ni el pie. Pero el pecho me pesa de tal manera que me imagino hundiéndome en lo más profundo del río Hudson.
Al rato, pasados unos segundos, o unos minutos, no sabría decirlo, Tricia pregunta a su hermana:
—¿Cuántas copas se ha bebido?
No sé lo que Lauren le responde, pero, claramente, no las suficientes.