Burning Love Reacción explosiva
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Reacción explosiva

Rápida transformación química que libera grandes cantidades de energía, provocando una expansión violenta.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

Lauren: ¡Anna! Ya estamos en casa por fin. Llegamos anoche después de muchas horas de viaje en coche, y me metí en la cama porque estaba agotada.

¿Qué tal tú?

¿Me has echado de menos?

Yo: ¡Lauren! Qué bien.

Yo bien, sin más.

Ocupada con el trabajo.

Lauren: ¡Ay! Qué bien, ¿has avanzado con la nueva idea que me contaste?

Escribo y borro varias veces antes de contestar.

Yo: He vuelto a la idea original. Ya te contaré.

Lauren también escribe y borra varias veces antes de responder.

Lauren: ¿Todo bien?

Yo: Sí, de maravilla. Luego nos vemos.

Estoy segura de que intuye que no va todo de maravilla, pero no insistirá, al menos por ahora. Quizás sabe algo por Tricia. No lo sé. Ni me importa.

Esta noche iremos a una fiesta en Times Square. No veremos cómo baja la bola, porque se ve que es una locura intentar conseguir sitio, pero vamos a una fiesta a la que suelen apuntarse muchos cadetes de bomberos, paramédicos y policías.

Llevo días con un sabor amargo en la garganta.

Se acaba el año, se acaba el tiempo. Mi aventura en Nueva York, irremediablemente, llegará a su fin.

Tendré que volver a casa, como ya me avisó mi madre, pero al menos no quiero perderme esta Nochevieja en la ciudad.

Me gustaría poder vivir este momento con Lauren, y atesorarlo; lo más seguro es que cuando Lauren sea una profesional de éxito en el mundo de la edición, se olvide de mí y siga con su vida. Como hacen todos siempre cuando me voy.

Sin embargo, lo que menos me apetece es ver a Aaron.

No hemos vuelto a hablar después de que me dejara en el terminal del ferri y me bajara de su coche dando un portazo.

Me escribió un «lo siento, ¿te ha molestado algo?

», pero no contesté. Me ha llamado varias veces, pero no se lo he cogido y al final se ha cansado de insistir.

Creerá que soy una niñata, con gustos de niñata.

Encima le conté que quería hacer el trabajo para el que llevo meses investigando sobre novelas románticas.

Supongo que ha pensado que una idiota como yo no da para más.

¿Y el señor Schuster? Suerte que no ha tenido que leer esta basura, porque me lo habría tirado a la cara.

Para poner la guinda al pastel, voy y le regalo a Aaron un puto libro de bomberos. Soy ridícula. A estas alturas ya se habrá deshecho de él.

Se acabó la peli romántica que me monté en la cabeza yo solita.

He vuelto al plan original. Cuando llegué a casa el día de Navidad y le hube dado unos cuantos mimos a Clotilde, que me esperaba con ganas de que llenase su cuenco de comida, recuperé el documento anterior.

Repasé todo lo que llevaba escrito, y vertí toda la rabia que llevaba dentro.

Hacia mí, por no ser suficiente; hacia los demás, por tener razón; hacia este país, que ha sido un espejismo.

Me ha enseñado lo que podría llegar a vivir para después arrebatármelo delante de las narices, como diciéndome: «¿De verdad creías que aquí podías encajar?

¿De verdad pensabas que aquí podrías encontrar amigos que te quisieran de verdad por lo que eres?

Con tus rarezas, tus gustos, tu forma de ser.

Y si lo has hecho, te olvidarán, tarde o temprano».

Y la revelación que más duele asumir: «¿De verdad creías que un chico como Aaron se podía llegar a enamorar de ti?

». Ha sido amable conmigo porque le estaba ayudando.

Nos estábamos ayudando mutuamente. Pero soy prescindible en la vida de todos los que me rodean, igual que soy prescindible en esta ciudad en la que no le importo a nadie.

Así que el libro que presentaré en mi trabajo va de cómo la ciudad de los sueños los devora y luego los escupe en forma de caca de paloma.

Pero, bueno, tengo que acabar de decidir qué me voy a poner para esta noche.

Mi primera y única fiesta en Nueva York.

A ver si al menos consigo que las fotos queden memorables.

Cuando sea una ancianita, se las podré enseñar a mis nietos y decirles: «Esta era yo el año que creía que me comería la gran manzana».

No sé a quién quiero engañar. No tendré nietos y me quedaré sola para siempre.

A las 18:30 llego a Times Square, enfundada en mi abrigo y la bufanda que me regaló la tía de Aaron.

He dudado mucho de si ponérmela, pero he llegado a la conclusión de que hoy necesitaba llevar algo rojo y, a falta de ropa interior de ese color, tenía que ser esto.

No estoy como para tentar más a la mala suerte.

Lauren y Tricia ya están en la puerta del sitio.

Esta vez puntuales, por influencia de Tricia, sin duda.

Están las dos guapísimas. Tricia se ha hecho su moño apretado habitual, pero viste un traje de chaqueta y pantalón gris que le sienta genial.

El outfit de Lauren es un vestido escondido debajo del abrigo, así que solo veo las medias y unos zapatos brillantes.

Lleva el pelo rizado suelto y los labios de color rojo.

—¡Estáis guapísimas! —exclamo en cuanto me acerco a ellas.

—¡Tú también! —dice Lauren, abalanzándose sobre mí para darme un abrazo—. Ay, cuánto te he echado de menos. No tenía con quién comentar las cosas. Hablar por mensaje no es lo mismo.

Me estremezco ante ese comentario, porque eso es justamente lo que pasará cuando me haya marchado de Nueva York.

A Lauren le dará pereza mantener el contacto.

Al final las conversaciones se alargarán más y más, hasta que ya no haya nada de lo que hablar.

Y acabaré por ser solo un recuerdo de cuando estudiaba el máster.

La abrazo con más fuerza porque aún no estoy preparada para dejar que me olvide. «Haz que al menos tenga un buen recuerdo de ti», pienso, y con ese mantra planeo enfocar toda esta noche.

—Venga, ¿entramos? —digo, apartándome de ella con una sonrisa—. Tengo muchísimas ganas de esta fiesta.

Tricia me mira, con cara de sorpresa, pero parece que le gusta mi respuesta.

—Ahora nos entendemos. Pensaba que los libros te tenían el cerebro sorbido, como a mi hermana. —Y nos pasa a cada una un brazo por los hombros mientras nos dirigimos a la puerta—. Vamos a celebrar la Nochevieja como es debido.

Nada más entrar en el local, me quedo impresionada.

Es una sala de conciertos enorme, decorada hasta el último detalle.

Tiene un escenario enmarcado con unas cortinas rojas, como de teatro antiguo, con detalles dorados en la parte central.

Solo que, en vez de actores, en el centro hay un DJ y, detrás de él, una pantalla.

Supongo que allí es donde proyectarán la cuenta atrás cuando se acerque la medianoche.

El espacio es ovalado, con detalles art déco en cada rincón, y hay barras con camareros que rodean prácticamente todo el perímetro del local. Vamos a darlo todo.

No sé cuánto rato después empiezan a sonar las primeras notas del «New York, New York» de Frank Sinatra, y Lauren y yo nos agarramos, con la mano sobre el hombro de cada una, y empezamos a bailar como si fuéramos las protagonistas de un cabaret.

Vamos dando patadas al aire al ritmo y gritamos a todo pulmón.

« I want to be a part of it », dice la canción, y así lo siento: quiero ser parte de ella.

Desde el primer día que pisé esta ciudad.

Y ahora que sé que en unos meses me voy a tener que despedir de ella, me pongo aún más nostálgica y excéntrica; agarro a Lauren de la mano y empezamos a dar vueltas, desatadas.

Todo lo que he bebido, que no ha sido poco, se agita en mi interior y hace que se me suba a la cabeza.

Después de la canción, estoy en la barra pidiendo bebida por… ¿cuarta vez?, cuando oigo una voz a mis espaldas:

—Anna, necesito hablar contigo.

Me giro, y es Aaron a quien veo.

Aunque lleva siempre el pelo al límite de lo permitido en la academia, se ha cortado un poco los laterales, dejándose un leve degradado.

Le queda bastante bien. Me pregunto cómo se lo dejará cuando se gradúe, el mes que viene.

¿Y cómo lo llevará cuando ya sea un bombero de pleno derecho?

Es posible que para entonces yo ya no esté en Nueva York para verlo.

—Anna —insiste él, al ver que no digo nada—. Estás molesta por algo y no sé qué es.

Se me escapa una risita, y niego con la cabeza entrecerrando los ojos. Ya da igual. Los abro de nuevo y veo en su cara una expresión de frustración. Continúa hablando y dice:

—Quise ir a tu casa a hablar contigo en persona, pero como no contestabas a los mensajes… no me atreví. —Esto último lo dice arrastrando las palabras, como si le diera miedo reconocerlo.

Se me remueve el estómago y se me empieza a embotar la cabeza. En la barra hay muchísimo jaleo de gente que pide su bebida a gritos. Me está taladrando el cerebro.

—¿Bailamos? —le pregunto. Necesito salir de allí.

—¿Qué? —pregunta él, sorprendido—. Sí, claro, pero…

No dejo que siga hablando y le guío al centro del teatro. Todavía no me habían atendido, así que tomo nota mental para volver después a la barra, cuando haya menos gente.

Está sonando una canción lenta, de modo que me cuelgo de su cuello y me dejo llevar.

Cierro los ojos y apoyo mi frente en el pecho de Aaron, con la esperanza de que se reduzca la presión que siento en la cabeza.

No puedo evitar sonreír, porque hoy no soy Anna, la patosa que le tiró un café encima.

Hoy no soy Anna, la chica que se pasa el día leyendo libros de historias de amor que solo les suceden a otros. Hoy puedo ser quien yo quiera.

Aaron carraspea e intenta separarme un poco de él. Yo suelto un quejido y lo miro.

—Tienes cara de preocupado —le comento, mientras no dejo de mecerme al ritmo de la música y trastabillo un par de veces con los zapatos. No entiendo cómo puede moverse el suelo.

—Estoy preocupado —asegura él. Lo noto muy tenso.