Reacción en cadena
El cuarto elemento del tetraedro del fuego. Permite que el fuego se mantenga y se propague.
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
La mañana de Navidad me despierto en la habitación de invitados de la casa de la familia de Aaron.
Me estiro en la cama mientras me vienen recuerdos de la noche anterior.
Me toco las mejillas inconscientemente. Siento que me arden.
Me llevo la mano al cuello, donde anoche llevaba la gargantilla de terciopelo que me compré para la cena de Navidad.
Necesito hablar con Lauren con urgencia, así que le mando un mensaje.
Yo: Laureeeeen.
Feliz Navidaaaad.
¿Crees que luego podemos hablar un ratito? Tengo algo que contarte.
Ella no tarda ni dos segundos en contestar.
Lauren: Felis Navidad, Annaaaa.
Intenta escribir en español, pero le sale regular. Aprecio el intento, en cualquier caso.
Lauren: Sííííí.
Te llamo en un ratito, que ahora vamos a desayunar con mi abuela.
XX
Me fijo en la habitación en la que estoy, con las paredes color crema, con una cama enorme y varios muebles para dejar las cosas.
Sobre una cajonera están los regalos que he traído, se me olvidó bajarlos a los pies del árbol por la noche, así que me deslizo fuera de la cama, los cojo y bajo las escaleras a hurtadillas, intentando no despertar a nadie, mientras dejo los paquetes bajo el árbol.
Pero el oído de un niño la mañana de Navidad es más poderoso que cualquier otra cosa, así que en cuanto me separo un poco del árbol, el torbellino de Luke aparece por las escaleras, gritando:
—¡Ya se puedeee! ¡Mamáááá! ¡Papáááá!
Se oyen algunos gruñidos, pero al final una voz dice que enseguida bajan. En ese momento, Aaron entra por la puerta trasera con ropa de deporte. ¿Cómo puede alguien estar tan guapo después de sudar? No me lo explico.
—Qué niños tan madrugadores —dice mirándonos con una sonrisa en la cara.
Cierra la puerta tras de sí y se quita los auriculares inalámbricos.
—¡Vengaaa! —responde su primo, que está ansioso por abrir sus regalos.
—¿Ya? ¿No me puedo ni duchar?
—¡Noooo!
—Aaron, vete a duchar si quieres —dice su tío, que acaba de bajar del piso de arriba—. Luke, vamos a preparar el desayuno y ahora abrimos juntos los regalos.
El niño se frustra, pero asiente y sigue a su padre a la cocina.
Yo también recuerdo la emoción de despertarme el día de Navidad en casa de mi abuela Ana, y estar llena de nervios por saber si me habían traído el último libro de la serie que estaba leyendo y cualquier cosa de la Barbie.
Qué lástima que no hubiera una Barbie Editora.
—Anna, si quieres ven conmigo a preparar la mesa —me dice su tía.
—Sí, claro.
Nos ponemos a preparar la mesa del salón donde anoche cenamos. Como a su tía le encantan los detalles navideños, hoy sacamos otro mantel. Este no era el mismo de anoche, cada momento tiene su cosa.
—¿Y qué tal tu experiencia en Nueva York? —me pregunta Linda—. ¿Te gusta la ciudad?
—Me encanta —reconozco—. Lo estoy disfrutando mucho, tanto el máster como vivir aquí.
—Habéis hecho buenas migas con Aaron, ¿no? —pregunta ella, y sé que no es una pregunta al azar, por lo que no puedo evitar sonrojarme.
—La verdad es que me ha ayudado bastante.
—Ah, ¿sí?
—Sí, con un trabajo de la universidad. Necesitaba experimentar la cultura para poder proponer una idea… y me ha acompañado a visitar un montón de sitios y a probar muchas cosas.
—Me alegra oír eso —responde ella—. Y tú también le has ayudado a él, ¿no?
Yo asiento, pero me resisto a mencionar nuestro acuerdo. Ella sabe de los problemas para leer de Aaron, pero no sé hasta qué punto él le ha contado que le he estado ayudando a estudiar.
—Cuando murió mi hermana, estaba preocupada. Ser bombero ha sido siempre su ilusión, pero ha habido momentos en los que se ha obsesionado tanto que me daba miedo por cómo se lo tomaría si al final no lo conseguía.
La miro en silencio, y corroboro con la cabeza.
—Pero tiene unos buenos amigos, y me alegro de que te haya conocido a ti también… ¿Sabes que al poco de comenzar estuvo a punto de dejar la academia? ¿Cuándo fue? A finales del verano, creo.
Niego con la cabeza. No, no lo sabía.
—Pero un día me dijo que había empezado a estudiar con una amiga, y, desde entonces, no ha vuelto a decir nada parecido. Así que gracias, de verdad.
—No hay de qué —le aseguro.
En ese momento, Aaron entra por la puerta del salón mientras se ajusta una camiseta en la que aparecen las siglas del cuerpo de bomberos de Nueva York.
—Ya estoy listo —dice él. Tiene el pelo mojado y le resbalan algunas gotas por la frente. Se apoya en la mesa delante de nosotras y me sonríe.
—¿De qué hablabais?
—De cosas de chicas —le responde su tía, mientras me pasa un brazo por los hombros. Me encanta esta mujer.
Desayunamos un montón de cosas ricas: café, galletas caseras, un trozo de tarta de nueces pecanas que trajeron ayer los vecinos, tostadas con mermelada… y después, cuando hemos dado buena cuenta de todo, por fin llega el momento que Luke lleva tanto rato esperando.
Nos movemos al sofá. Harold se sienta en la esquina y su mujer se sienta en el reposabrazos a su lado, con una taza de café todavía en la mano. Luke y yo nos ponemos en el suelo y Aaron se queda de pie, observando la escena.
—Vale, ahora la tradición más ancestral de todas —comienza a explicar el tío de Aaron—: el primero que encuentre el pepinillo que hay colgado en el árbol, será el primero en abrir los regalos.
—¿Un pepinillo de verdad? —pregunto.
—¡Nooo! —explica Luke, como si la que tuviera diez años fuera yo y no él—. Es de mentira, como una bola de Navidad más. ¡Y yo sé dónde está! —dice, y sale disparado a rebuscar entre las ramas del árbol.
Como dicta la tradición —aunque sea un tramposo—, Luke empieza a abrir sus paquetes y descubre un nuevo juego para la Switch, una mochila nueva para el cole, unos zapatos, ropa y muchas golosinas.
Después llega a dos paquetes que son iguales.
En uno pone su nombre y en otro el de su padre. Se lo tiende.
—Espero que os guste —digo.
Son dos camisetas del Barça. Para Harold, un polo más serio, para Luke, una camiseta del nuevo jugador de moda.
Harold sonríe y me da las gracias efusivamente, y se acerca a mirar la de su hijo.
Me las han conseguido en la tienda de comida española de Brooklyn.
Me alegra haberme ganado la aprobación de Luke, porque me han costado una pasta.
—Anna —dice su tía—, no tenías que haberte molestado. Nos has traído comida y regalos, no tenías por qué, ¡eres nuestra invitada!
—También tengo una cosa para ti —digo—, es una tontería.
Le acerco el paquetito que compré el otro día en una estación de bomberos de Brooklyn y ella lo abre con cuidado.
—¡Me encanta! Ay, qué monada, por favor. ¡Mira, Aaron!
Ella le enseña la figurita de cerámica que representa un camión de bomberos para colgar en el árbol y él sonríe.
—¿Sabéis que en la academia tuvimos que rescatar a Santa Claus el otro día?
Luke le mira como si viniera de otro planeta.
—Se había quedado atrapado en medio de un incendio, así que tuvimos que bajarlo por unas cuerdas.
Aaron se acerca con su móvil y enseña a su primo un vídeo del rescate navideño en la Roca.
Mientras tanto, su tía se dirige hacia mí y me da un abrazo de agradecimiento.
Un sentimiento cálido me envuelve. Es cierto que no soy la mayor fan de las Navidades, no como Lauren, ni mucho menos, pero tampoco es fácil pasar estas fechas sin mi familia.
Ella me tiende un paquetito muy mono envuelto en un lazo.
—Aaron me ha dicho que eres muy friolera, así que a ver si te gusta.
—Me encanta —respondo, cuando desenvuelvo una bufanda roja supermullidita.
Linda me guiña un ojo y se dirige al árbol para buscar un hueco en el que colocar el camión de bomberos en miniatura que le he regalado. Yo me arrastro por el suelo hasta llegar al último paquete que había traído, y se lo alcanzo a Aaron, que sigue de pie:
—Y este es para ti.
Él se acerca para recogerlo con una sonrisa en la cara y vocaliza un «gracias» sin decirlo en voz alta. Está bastante claro lo que es: un libro. Cuando lo desenvuelve, una carcajada rompe el silencio.
—Me has comprado un libro de bomberos.
—¿Es un libro picante? —se interesa su tío.
—Harold, no seas anticuado, no se llaman así —dice su tía, por encima de su hombro.
Aaron, todavía riéndose, extiende la mano hacia mí.
Yo se la cojo y me levanta sin hacer apenas esfuerzo, para darme un abrazo.
Huele a jabón, a menta y limón, y su pelo está aún húmedo.
Al envolverlo con mis brazos, noto los músculos de su espalda firmes y fuertes.
Creo que nunca nos habíamos dado un abrazo con tan poca ropa de por medio, y este contacto me devuelve de lleno a la noche de ayer.
Espero no haberme puesto roja delante de toda su familia.
—Me encanta, muchas gracias —dice él, apartándose con suavidad.
—No hay de qué, espero que te inspire.
Y me arrepiento al instante de decirlo. ¿Pensará que quiero que se inspire para llevarlo a cabo conmigo? Me recoloco rápidamente el flequillo, intentando que no me vea la cara, y espero que no haga ningún comentario al respecto o me voy a morir de vergüenza.
—Claro —repone, con una sonrisa—. Yo también tengo una cosa para ti. —Y me tiende un paquetito que estaba escondido detrás del árbol—. Es una tontería, pero me pareció que te habías quedado con las ganas de tenerla.
Me ofrece un sobre de color verde con el logo de la Estatua de la Libertad y, en cuanto lo palpo, ya sé lo que es.
—¿Es la corona de la Estatua de la Libertad? —Él asiente, y se ríe.
Saco la diadema y la miro con cariño, es perfecta. Es un souvenir perfecto, icónico e inútil. Me encanta.
—Quedará genial cuando lleve mi camiseta de I Love New York .
—No esperaba menos —se ríe él, y añade—: en el sobre hay otra cosa. Se ve un poco mal, pero pensé que quedaría bien en tu estantería.