Burning Love Foco
67%

Foco

Fuego inicial. También puede usarse para describir un sector de un incendio que arde con mayor intensidad que el resto.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

Después de cenar como si fuera nuestra última comida en la tierra, nos abrigamos para salir al porche en la parte de atrás. Es una plataforma elevada de madera que da a nuestro jardín. A lo lejos, se ven fuegos artificiales que tiran algunos vecinos desde sus casas.

En cuanto pone un pie en la calle, Luke se queja del frío que hace y vuelve para adentro. Mi tío y mi tía tienen una copa de champán en cada mano, y nos ofrecen una a Anna y a mí. Brindamos.

—Por todas las cosas buenas que están por venir —propone mi tía.

—Por vosotros —brindo, acercando mi copa a la de mis tíos, y, después, a la de Anna—. Y por Anna.

—¡Por Anna! —gritan mis tíos a la vez.

La miro y está claramente sonrojada. No sé si es el vino que mi tío se ha encargado de ir rellenándole durante la cena, o el frío que hace en la calle, pero tiene las mejillas y la punta de la nariz colorada.

Hace un gesto con la mano, como para restarle importancia al asunto, pero se la ve feliz.

En ese momento llaman a la puerta y mis tíos entran.

Seguramente sean los vecinos de al lado, que vienen a sumarse a nuestra noche de karaoke.

Anna y yo nos quedamos a solas en el porche.

A pesar del frío, hace una noche preciosa.

No se ven nubes, así que la luna brilla con intensidad en el cielo.

De vez en cuando estalla algún fuego artificial que ilumina el fondo negro.

Nuestro patio está conectado con las partes traseras de varias casas de la manzana, y se oye música de fondo y gente cantando por diversos puntos del vecindario.

Tengo que reconocer que Anna está especialmente guapa hoy.

Siempre lo está, cuando lleva su look de biblioteca, con las gafas transparentes que se pone para estudiar, y el pelo recogido a excepción de su flequillo rebelde.

Pero hoy se ha hecho ondas en el pelo y se ha maquillado, porque sus párpados y sus mejillas brillan con alguna especie de purpurina. Y le sienta bien.

Quizás a mí también me está afectando el vino de mi tío, o esta copa de champán que llevo en la mano.

Pero tengo ganas de acercarme a ella. De pasarle una mano por las ondas castañas que le caen sobre el vestido de terciopelo granate.

Se ha puesto el abrigo gris para salir al porche, pero se ha dejado sin cubrir el cuello, y lleva una gargantilla de terciopelo del mismo color. ¿Será suave? Me gustaría comprobarlo.

—Oye —le pregunto, ahora que lo recuerdo—, no me contaste lo que te dijo Rosalind.

—Me dijo lo que necesitaba oír —me responde, haciéndose la misteriosa, mientras me mira con los ojos muy abiertos. Ahora que los veo más de cerca bajo los farolillos del porche, los tiene enormes.

—¿Estás contenta? —le pregunto, sin poder dejar de sonreír, como un acto en espejo a su propia sonrisa.

—Me ha dado una idea para el trabajo —me explica.

—¿En serio? —Me alegro muchísimo—. Cuéntame —le pido, y me acerco un poco más a ella, que ahora tiene los brazos apoyados en la barandilla del porche.

Ha dejado la copa sobre el pasamanos, y está mirando hacia la noche iluminada por la luna y las luces de los jardines de los vecinos que nos rodean.

Los farolillos de mis tíos hacen que la purpurina de su piel brille con más intensidad. Está espectacular.

—Voy a proponer que la nueva Gran Novela Americana sea una novela romántica —me explica ella—. Escrita por una autora de fuera, como yo.

Es muy ella.

—¿Y ese cambio de idea? —pregunto, completamente absorbido por el brillo de sus párpados y la gargantilla de terciopelo granate.

—Me apetece más escribir sobre finales felices que sobre historias tristes.

—Buenísima elección —respondo, y no sé en qué momento nuestras cabezas han acabado tan cerca la una de la otra.

Yo también apoyo mi copa en el pasamanos, y, con la mano libre, me atrevo, por fin, a alargar un dedo hacia la gargantilla de su cuello. Ella se estremece ante el contacto.

De fondo, suenan los acordes de «Baby, it’s cold outside», de Frank Sinatra.

Nos miramos, y siento en el pecho un fuego que va calentándome poco a poco por dentro a pesar del frío.

El roce con su cuello despierta chispas en mis manos.

La electricidad me recorre cada nervio de los dedos, que, de repente, no quieren solo acariciar ese collar, gritan que quieren moverse, abalanzarse a apartar un mechón rebelde que despunta del flequillo de Anna, que quieren recorrer la línea de sus pómulos, siguiendo el rastro de brillo, por si son esos polvos que se ha puesto el origen de la magia que me tiene hechizado.

No puedo dejar de mirar sus labios, antes pintados de un rojo suave, ahora de un color cereza medio borrado por la cena y el vino.

Un copo de nieve se le posa en la nariz. Ella lo mira, y sus ojos se juntan de manera imposible mientras intenta enfocarlo. Se toca el sitio exacto donde ha caído, pero ya solo queda una gota de agua donde antes estaba.

—Está nevando —susurra, con un hilo de voz.

Yo asiento, y mi mano, que para entonces ya va por libre, sale disparada hacia su flequillo, donde varios copos nuevos se van acumulando.

Un estremecimiento leve la sacude, pero no recula.

Me observa, con la mirada llena de posibilidades y la valentía del champán reluciendo en sus ojos.

O quizás es la mía que se refleja en los suyos.

Posa su mano sobre la mía, acariciando mis dedos casi tan suavemente como yo he rozado los copos de su pelo.

Apenas me toca, pero con eso basta para que el fuego arda con mayor intensidad dentro de mi piel.

Cambio el peso de mi cuerpo para inclinarme hacia ella, solo tengo que acortar unos centímetros entre nosotros y este incendio que nace en mi pecho se propagará sin remedio.

Un ruido tras nosotros nos obliga a separarnos. La puerta a nuestra espalda se abre y mi tío irrumpe en el porche, sin mirarnos, porque está peleándose con la alfombra que se ha quedado trabada en la puerta.

—¡Aaron, ya tengo preparada tu canción! —Y por fin levanta la vista—. Anda, si está nevando. ¡Cariño! ¡Está nevando! —grita, mientras vuelve a meterse dentro de la casa.

La burbuja se rompe, el fuego se extingue. Anna se gira, vuelve a apoyar las manos en la barandilla y se queda mirando a la noche delante de ella.

—Claro —consigo decir. Me cuesta volver en mí después de este trance—. Voy. —Aunque mi tío ya no me oye. Volvemos a estar solos, pero el aire ya no está cargado de posibilidades. La noche del 24 de diciembre vuelve a ser fría y húmeda—. ¿Vienes?

Ella asiente y, sin decir nada, pasa adentro. En el salón están mis tíos y unos amigos suyos que viven en la casa de al lado. Y, de fondo, en la televisión, mi canción preparada, el clásico que mi tía me pide cantar todas las Navidades: «Burning Love».