Hogar
Sitio donde se hace la lumbre. También «casa».
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
Esta mañana me he despertado muy temprano.
Ya no podía dormir más. Anoche me costó dormirme, y una idea loca se me cruzó por la mente en ese territorio extraño que es el duermevela.
Ya no sé si estaba soñando o estaba despierta, pero las palabras de Rosalind se me superponían con imágenes de las últimas semanas con Aaron.
He escrito un mensaje a Lauren a primera hora y, sorprendentemente, aunque en Wisconsin es una hora menos que en Nueva York, me ha contestado rapidísimo.
Yo: Lauren, se me ha ocurrido una idea para el trabajo.
Lauren: Oh! Cuenta!
Yo: ¿Y si propongo que la próxima gran novela americana sea una novela romántica?
Lauren: LOL
Sííííí.
Yo: ¿Es tonto?
Lauren: Para nada.
Yo: Puedo proponer que sea escrita por una autora migrante, ¿cómo lo ves?
Podría usar los datos que ya tengo recopilados.
Lauren: Lo veo genial, Anna, te pega mucho.
¡Abajo la ficción literaria esnob! ¡Y vivan las historias felices!
¿Te vale lo que ya tenías localizado?
Yo: Sí, lo estaba mirando ahora y muchos de los datos y artículos que ya tengo servirían. Solo tengo que cambiar el enfoque del plan de ventas y la campaña de marketing y comunicación.
Lauren: Guay, si necesitas ayuda con eso, ya sabes que es mi especialidad.
Yo: Mil gracias. 3333
Por cierto, ¿qué haces despierta tan pronto?
Lauren: Estoy en la cola de la panadería para cuando abran. El idiota del hijo del dueño no me ha querido reservar un tronco de Navidad para el postre de esta noche. Mi abuela me mata como no se lo lleve.
Yo: Uff, ¿y eso?
Lauren: Una larga historia, ya te contaré.
Te dejo, que ya abren.
TQQQQ
Al salir del terminal del ferri en Staten Island, noto que hoy está mucho más concurrido que la última vez que estuve aquí, cuando fuimos a por el árbol de Navidad para los tíos de Aaron.
Camino hacia el aparcamiento al otro lado de la calle y los nervios se arremolinan en mi estómago y van creciendo a medida que me acerco a la pick up naranja.
¿Cuántas veces he quedado con Aaron en los últimos meses?
Ya he perdido la cuenta, y, sin embargo, hoy estoy especialmente nerviosa.
No me ve acercarme, así que cuando doy un golpecito en el cristal de la ventanilla, Aaron pega un respingo, se quita los auriculares inalámbricos y baja la ventanilla.
—Ey, hola, no te había visto —me saluda.
—Ya —repongo, con una sonrisa tímida.
Me dirijo a la puerta del copiloto y subo al coche. Aaron enciende el motor y se prepara para salir del aparcamiento. Un silencio incómodo se asienta entre nosotros. Y está en mi tejado hacer algo al respecto.
—Oye —comienzo a decir.
—Escucha —dice él, a la vez, y los dos nos quedamos callados.
—Perdona —se disculpa él—. Di.
—No, no, habla tú, por favor.
—Siento si ayer hice algo que te molestó, no era mi intención…
—Le escucho con atención. Todavía no me he atrevido a reconocer qué fue lo que me molestó tanto.
Al principio me dije a mí misma que estaba enfadada por Tricia.
No pienso dejar que nadie pase por lo que pasé yo, si puedo evitarlo.
Pero con la revelación de Lauren… ese sentimiento no se disipó del todo.
No quiero admitirlo, pero no me gustó ver a Aaron hablando con otras chicas.
El continúa:
—Las chicas de la fila se estaban impacientando porque Rosalind y tú estabais hablando mucho. Así que me puse a darles conversación para distraerlas y que no os metieran prisa.
—¿En serio? —Eso sí que no me lo esperaba.
—Lo primero que se me ocurrió fue pedirles que me recomendaran un libro —añade, sin dejar de fijar la vista en la carretera. No noto enfado en su voz. Lo noto dolido.
—Mi reacción fue desproporcionada. Lo siento.
Aaron niega con la cabeza.
—Estás perdonada —me dice él, y añade, con una sonrisa burlona—. Tendrás que cantar esta noche un par de canciones que yo elija y en paz.
—¡¿Qué?! ¿Hay karaoke? Pero si canto fatal.
—Bueno, pues una, tampoco es cuestión de que suframos todos por tu culpa.
Le doy un manotazo y él se ríe. Definitivamente, cada vez me cuesta más negar lo que siento.
—¡Anna, bienvenida! —me saluda su tía, vestida con un delantal de Mamá Noel.
—¡Hola, Anna! —añade su tío, al que todavía no había conocido, saliendo detrás de su mujer con un delantal de…
Papá Noel—. Un placer conocerte —dice, mientras me estrecha la mano con una llena de harina.
Se da cuenta de ello y añade—: Uy, perdona, es que estamos con el postre. —Y guiña un ojo a su mujer.
—Aaron, dile a Anna dónde puede dejar sus cosas. Te quedas a dormir, ¿no? —me pregunta ella—. He dejado la habitación de invitados lista para ti.
—Si no es mucha molestia, sí… —digo, con timidez. La verdad es que me da bastante reparo—. Mañana no puedo volver muy tarde para no dejar a la gata de mi casera sola tantas horas, pero esta noche no hay ferris de vuelta.
—Sí, claro, cuando tú quieras. Aunque si quieres comer mañana con nosotros también estás invitada. No hace falta que lo decidas ahora. Cariño —dice, dirigiéndose a Aaron—, ayuda a que se ponga cómoda, nosotros volvemos al lío.
Aaron le dedica un saludo militar, a lo «sí, jefa», y me hace un gesto para que le acompañe escaleras arriba.
Mientras atravesamos el salón para subir al primer piso, me fijo en el árbol de Navidad que trajimos hace unos días.
Está decorado de manera impresionante. Todo con detalles rojos y verdes.
Así que me alegro del regalito que he escogido para dar a su tía esta noche.
En el piso de arriba, Aaron me acompaña hasta la habitación de invitados. Apenas he entrado y he dejado mi bolsa en el suelo, cuando un torbellino entra por la puerta.
—Hola, soy Luke. ¿Eres la novia de mi primo?
—Emm, hola, no, soy Anna.
—Pues vaya. —Y se marcha igual de escopetado que entró.
—¡Eh, Luke! Espera, ven aquí —le grita su primo—. ¿Qué modales son esos? Preséntate bien, esta es mi amiga Anna. ¿Sabes que es de España?
Se le ilumina la cara.
—¿Eres del Barça? —pregunta.
—La verdad es que no soy de ningún equipo, no me gustan mucho los deportes —reconozco. No podría mentir a un niño de diez años solo para hacerme la guay, me pillaría enseguida—. Pero tu primo me ha dicho que eres muy fan, así que es posible que traiga alguna sorpresa conmigo…
—¡Vale, ya me caes bien! Hasta luego, Annaaa —chilla mientras vuelve a salir de la habitación disparado a la de enfrente.
—Pero ¿adónde vas con tanta prisa? —Oigo que le pregunta Aaron, que lo ha seguido hasta su habitación.
—Mi madre me ha dicho que esta tarde podía jugar a la Switch hasta la hora de la cena, adióóóós.
Estoy sacando de mi bolsa los regalos y algunas cosas que he preparado para la cena cuando Aaron vuelve.
—Normalmente no es así, pero imagino que mis tíos necesitaban comprar tiempo si querían tener la cena lista a tiempo.
—No soy quién para juzgar, mi madre también me chantajeaba con libros para que me quedase quietecita. Me dejaba leer unos libros que eran de mi abuela y que seguramente no debería haber estado leyendo. No preguntes más.
—Vale —cede él, riéndose, y se fija en las bandejas de plástico que tengo en la mano—. ¿Qué es todo eso? ¿Has traído comida?
—Sí —titubeo—, y algunos regalos… es que no quería venir sin nada.
—Qué dices, Anna, ¡no hacía falta! ¿Necesitas guardar algo en la nevera? —pregunta, y asiento—. Pues venga, vamos.
—¿De qué dices que son estas croquetas? —pregunta el tío de Aaron, Harold, con la boca llena.
—Estas de aquí son de jamón y, estas de aquí, de setas —respondo. Luke tiene una de cada en cada mano y va dando mordiscos a una y a otra indistintamente.
—Anna, pero si tú eres vegetariana —dice Aaron, sin entender nada.
—Ya, ya, las he hecho con guantes, tengo que reconocer —confieso—, pero no quería que os quedaseis sin probarlas.
—¿Y de dónde has sacado el jamón? —Quiere saber su tío.
—He descubierto que hay una tienda de productos españoles cerca de mi casa. En realidad, me la enseñó mi casera. Voy a menudo a por Colacao.
Todos en la mesa me miran sin saber de qué hablo, así que me veo en la obligación de explicar:
—Una marca de cacao en polvo.
—Lo apreciamos mucho, cariño, pero a la próxima que quieras cocinarnos algo, comeremos de lo mismo que comas tú. Aaron ya nos había avisado de que no comes carne —dice Linda, la tía de Aaron, mientras se sirve una croqueta de setas en su plato, y yo me quedo congelada.
Vaya. Este sentimiento se llama… ¿aceptación?
—Bueno, Anna —continúa Harold, cogiendo el mando de la televisión, en la que tienen puesta una playlist navideña—, ¿qué música te gusta?
—Poned lo que queráis, yo me adapto.
—No, no, eres nuestra invitada, faltaría más.
—Muchas gracias, de verdad, pero no hace falta, encima de que me he colado aquí en vuestra cena de Nochebuena.
—¡Qué dices! Me diste una excusa para volver a ilusionarme con este día —responde Linda—.
Normalmente celebramos la Nochebuena con la hermana de Harold, que vive en Vermont.
Pero este año no han podido venir. Así que íbamos a estar nosotros solos y me daba un poco de pena.
Pero no puede faltar nuestro tradicional karaoke. Si no, no hay regalos —advierte.
—Es verdad. Pues, ¿os apetece ir calentando con Elvis? ¿O es demasiado pronto? —pregunto mirando a Aaron, que me devuelve la mirada con una sonrisa en los labios.
—Siempre es buen momento para Elvis.