Falsa alarma
Señal que se activa sin que haya una emergencia real.
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
—¡Tíaaaaaaaaaaa! —chilla Lauren al otro lado del teléfono, y tengo que apartarme el móvil para que no me exploten los oídos—, ¿tienes mi libro firmado?
—¡Síííí!—grito, yo también.
—¡Aaaaah! —vuelve a chillar Lauren—. ¿Y qué te ha dicho? ¿De qué habéis hablado?
—Le he explicado que era de España y me ha dicho que ella también es inmigrante. Y que está muy agradecida porque este país le ha dado esperanza, amor y la oportunidad de convertirse en quien es hoy.
—¡Ay, qué bonito! —vuelve a chillar Lauren.
—¡Síííí! —digo, sumándome a su entusiasmo—, pero eso no es lo mejor.
—¡Dispara!
—Cuando le he dicho que estoy estudiando un Máster de Edición, pero que me estaba costando encontrar unas prácticas, me ha dado la tarjeta con el correo de su editora. ¡Y me ha dicho que le escriba diciendo que voy de su parte!
—¡QUÉ DICES, TÍA! ¡Todo buenas noticias! —grita Lauren, esta vez sí, dejándome sorda—. ¡Ya lo tienes!
—Bueno, no cantemos victoria…
Yo, siempre prudente, lista para el siguiente revés del destino.
—Oye, ¿y dónde está Aaron?
Suelto un bufido.
—Pues dentro, ligando con alguna chica.
—¿Qué? —pregunta ella, extrañada.
—Tía, ¿tú ves normal que vaya a una librería romántica y se ponga a ligar?
—¿A ligar? ¿Con quién? —Quiere saber Lauren, sorprendida.
—Cuando he acabado de hablar con Rosalind, estaba rodeado de un corro de chicas que se lo estaban rifando.
Ella se ríe. Lauren, tía, que esto es serio.
—A ver, me puedo imaginar que haya causado sensación. Apuesto a que no había muchos chicos en la librería.
—Pero ¿qué pasa con Tricia? ¿Se lo vas a decir?
Ya está bien de no aclarar lo que sea que hay entre ellos.
—¿Qué pasa con Tricia? ¿Qué tiene que ver ella?
—pregunta Lauren—. Y hablando de la reina de Roma, ¿sabes que creo que hay algo entre ella y la hija del pastelero de Cedarburg?
La chica es majísima, hay que reconocerlo, pero tiene un hermano que es insoportable, con el pelo rizado y los ojos azules.
Me parece muy injusto que exista un ser tan exasperante con una apariencia tan angelical.
—Espera, ¿qué?
—Que creo que Tricia tiene algo… —empieza a decir ella de nuevo, como si no la hubiese escuchado.
—¿Con una pastelera? —lanzo, intentando atar cabos.
—Sí. En realidad, me alegro, porque lo de Brittany acabó fatal, y desde que entró en la academia estaba en plan: «Nada de chicas», «concentración a tope», y mi padre y yo ya empezábamos a estar preocupados de que se hubiera extirpado los sentimientos de alguna manera.
Ya sé que no es posible, pero ya me entiendes.
—¿Entonces Tricia no está con Aaron? —me atrevo a preguntar.
Ella se ríe a carcajada limpia al otro lado del teléfono.
—Pero ¿de dónde te has sacado eso, Anna? ¡Pues claro que no! Si son supercolegas. Como hermanos de diferente madre. ¿No has visto el tatuaje horrendo que llevan los tres?
Pues lo he entendido todo mal. Todas las señales que había visto entre ellos, ¿no eran más que amistad?
Aaron abre la puerta de la librería y sale a la calle, con mi libro, el abrigo, la bufanda y el gorro en la mano. Estaba tan exaltada que no me he dado cuenta de que había salido solo en jersey, pero es verdad que hace muchísimo frío y se me están congelando las manos.
—Anna, ¿todo bien? —pregunta él, tendiéndome mis cosas y escudriñándome con evidente preocupación.
—Venga, hablamos mañana —me dice Lauren—. Dale las gracias a Aaron de mi parte.
Cuelga la llamada.
—Lauren dice que gracias —comento con voz tenue, bajando el móvil de la oreja poco a poco—. Gracias —le digo, mientras me pongo el abrigo y la bufanda—. Y lo siento, me he puesto nerviosa.
—Tranquila —contesta él—, ¿necesitas volver a entrar?
—No.
La verdad es que tengo ganas de ir a casa y darle vueltas a todo lo que ha pasado. ¿Por qué me he puesto así? ¿Y cómo que Aaron y Tricia no están juntos?
Echamos a andar en silencio, de vuelta a la estación de metro.
Ninguno de los dos dice nada por el camino.
Cuando llegamos a la parada del Barclay’s Center, bajamos las escaleras, todavía sin hablar, hasta que nos detenemos en la estación, a punto de separarnos para tomar cada uno su línea.
Aaron se acerca para darme un abrazo. No sé en qué momento empezamos a despedirnos con abrazos.
Al principio era algo breve, amistoso, rápido.
No sé si soy yo, que se me han congelado las ideas, o este abrazo dura más que los demás.
Sus brazos firmes me rodean, mi cabeza se apoya en su pecho, y noto cómo su mano desciende por mi nuca, aún con el gorro puesto, y se detiene un instante en una de las ondas de mi pelo.
—Gracias por acompañarme —consigo decir, por fin, cuando Aaron pone distancia entre nosotros.
—No hay de qué —responde él. Aún me mira con cuidado, como si fuera a volver a explotar en cualquier momento—. Nos vemos mañana.
Y se marcha hacia la línea 4. Yo me subo en la 2, apenas tengo tres paradas por delante y mi mente no para de dar vueltas, rememorando todo lo que ha pasado hoy.
Aún resuenan en mi cabeza las palabras de Rosalind: «Este país me trajo esperanza.
No sabes las veces que fallé, niña. Fallé para conseguir un visado, fallé en mi primer matrimonio, fallé en mi trabajo.
Pero la idea de ser autora… era más grande que todos esos fracasos.
Ahora entiendo que lo que quería no podía conseguirlo porque no estaba lista aún.
Tenía que fallar muchas veces para convertirme en la persona que soy ahora. ¿Me entiendes?».
Sin darme cuenta, tengo un mechón de pelo bajo la nariz, huele a especias, a vainilla y a cedro.
Casi se me cierran las puertas en la cara en Clark Street.
Pero ¿qué me pasa? Al salir de la estación abro la bolsa para ir sacando las llaves, porque me gusta llevarlas en la mano.
Me doy cuenta de que solo llevo un libro encima.
El de Lauren se lo ha debido de quedar Aaron.
Rosalind también me había dicho: «Hasta que no conocí a mi marido no descubrí que era capaz de escribir las palabras que quería escribir.
Si no había conocido el amor, ¿cómo podía hablar de ello?
Tenía que ser otra persona, primero. Este país me dio amor.
Y, lo más importante: la oportunidad de convertirme en mí misma. Deseo que a ti también te dé eso».