Burning Love Comunicación
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Comunicación

Código de conducta FDNY

Aaron

Lauren: Aaron, cuando te pregunte tu nombre, no digas tu nombre, ¿vale? Me lo tiene que firmar a mí: LAUREN.

Yo:

Lauren: @Anna , por favoooooor. Nunca te pido nada.

Anna: Que síííííííí. Tendrás tu libro firmado.

A TU NOMbrE.

No pateixis.

Lauren: No sé qué quiere decir eso, pero supongo que es bueno.

Anna: Sííí.

Lauren: 33333

Caleb:

Tricia:

El 23 de diciembre hace un frío del carajo en Brooklyn al salir del metro en el Barclay’s Center.

Subo las escaleras que dan a la calle y enseguida aparece ante mí el estadio en el que estuvimos hace ahora un par de meses.

Es curioso como Anna y yo apenas habíamos intercambiado unas palabras por entonces, y ahora tengo su voz grabada a fuego en el cerebro.

Creo que podría imaginar cómo pronuncia cualquier expresión sin demasiado esfuerzo.

Cuando levanto la vista, ahí está: una figura abrigada hasta las cejas, envuelta en una bufanda verde que le da varias vueltas al cuello y un gorro del que apenas sobresale su flequillo.

—¿Qué, tienes frío?

—No sé por qué lo dices —replica ella, que ni siquiera saca las manos de los bolsillos de su abrigo gris cuando me acerco a ella.

—Creo que por ahí va un pingüino —bromeo.

Y ella mira. Adorable. Después sacude la cabeza y dice:

—Gracias por venir, este es el equivalente literario a beber para olvidar. Así no pienso en lo mal que me está quedando el trabajo del máster.

—¿Ya tienes libro?

—Sí, al final he decidido inventarme que la Gran Novela Americana de nuestra época es un libro horrible sobre las miserias de vivir en Estados Unidos desde el punto de vista de un inmigrante.

Espera, que te leo la sinopsis: «Una joven inmigrante llega a Nueva York con una maleta cargada de sueños para darse cuenta de que estaba mejor en su casa».

—¿Y por qué no te convence? —le pregunto, mientras echamos a andar hacia la librería—. ¿Porque habla de ti?

Ella niega con la cabeza.

—No me convence porque —empieza a decir ella—, en realidad, no creo todo lo que he puesto, ¿sabes? Aunque tengo mil ejemplos de cosas que no me gustan. O historias para ilustrar lo fácil que es sentirse triste en Nueva York. ¿Sabes que el otro día un chico casi me hace llorar en Target?

—Me lo creo perfectamente —respondo. Hay gente de todo tipo.

—Un mal día en Nueva York puede hacerte sentir la persona más desgraciada del mundo. Alguien te habla mal. El metro no llega. La única persona con la que hablas es una rata…

—Mmm, ¿vale?

—Pero un buen día en Nueva York —continúa ella, ignorándome—, te hace sentir que puedes conseguir cualquier cosa. Si consigues algo en Nueva York, podrías conseguirlo en cualquier sitio.

—Es un poco así, sí. Nueva York tiene eso. A nadie le importa lo que hagas o lo que dejes de hacer, puedes vestir como quieras, decir lo que quieras. Pero eso quiere decir que a nadie le importa nada de lo que hagas. Tampoco si tienes un mal día o si necesitas ayuda.

—¿Te imaginas viviendo aquí para siempre? —se interesa ella, con la mirada perdida entre las calles de Brooklyn.

—Bueno, si consigo ser bombero de Nueva York, mientras pueda serlo, tendría que vivir aquí —explico—. Me gustaría poder aportar algo. Ser parte de esta ciudad.

Ella asiente, sin dejar de mirar al frente. Supongo que sabe de lo que hablo. Nueva York tiene muchas cosas malas. Pero se te mete dentro.

—Si vuelvo a Barcelona, tendréis que venir de visita.

—No —se me escapa. Y ella me mira, sorprendida—. Me refiero a que… espero que no tengas que irte.

—Yo también —susurra, y vuelve a fijar la mirada en la calle.

Un cuarto de hora después, llegamos a la puerta de la librería.

—Estoy un poco confuso con el nombre —señalo, rascándome la cabeza—. Esto… ¿esto es algo que os gusta a las chicas?

—¿Los corsés rasgados? —pregunta ella, con una sonrisa pícara—. Sí, entre otras muchas cosas. Ya te lo explicaré otro día —añade, mientras empuja la puerta y se cuela en el interior de la librería.

El sitio no es muy grande, pero está a rebosar de chicas.

Con un simple vistazo, veo que soy el único chico en la tienda.

Anda, no, veo otro, que me saluda con un leve movimiento de cabeza en señal de camaradería.

Supongo que está acompañando a su novia, una chica pelirroja que va enganchada de su brazo mientras va hojeando libros.

—Oye, pues hay bastante ambientillo, ¿no?

—Síííí, venga, vamos a coger tíquet para la firma.

Anna me arrastra hasta el mostrador y dice nuestros nombres. La chica del mostrador me dirige una mirada de aprobación y nos da una pulserita de color azul.

—Vais en el tercer turno de firmas, ¿vale? Cuando os llamemos, os acercáis a la cola. Aquí tenéis unos pósits para escribir vuestros nombres y que el proceso sea más fluido.

—Ya los guardo yo —dice Anna, abalanzándose a por los pósits y cogiendo el rotulador para escribir su nombre y el de Lauren.

—¡Eh! —me quejo—. ¿Qué pasa si yo también quiero mi libro firmado?

—Pues te lo compras.

—¿Necesitas otro tíquet? —pregunta la chica del mostrador.

—No, no, me leeré el suyo —digo, señalando a Anna con la cabeza.

—Oins —dice ella—, los book boyfriends existen. —Y guiña un ojo a Anna, que sale escopetada hacia el interior de la tienda.

Si se piensa que se va a escapar de esta, lo lleva claro. Está delante de una pila de libros, fingiendo que los mira todos, superconcentrada.

—¿Qué es un book boyfriend ? ¿Soy uno?

Suelta un bufido y, sin mirarme, dice:

—Un book boyfriend es un chico ideal que solo existe en los libros. Y si tú eres uno… te lo debería decir tu novia, aunque no le guste mucho leer.

—¿Quién? —pregunto. No la sigo.

—Tricia —dice ella, sin mirarme.

—Tricia no es mi novia, a Tricia… —Me detengo en seco. No es mi secreto, yo no puedo contarlo. Ni siquiera creo que sea un secreto, pero no debería ser yo quien anuncie nada si Anna no lo sabe.

Anna me mira durante unos instantes. Como no digo nada, al final desiste y se va hacia otra mesa de libros. Coge algunos, lee brevemente la sinopsis, los vuelve a dejar. Ninguno parece captar su atención.

—¿Qué clase de libros te gustan? —pregunto, intentando que vuelva a mirarme.

La situación se ha vuelto rara entre nosotros. No sé por qué Anna piensa que Tricia y yo estamos saliendo. Ni sé por qué quiero que sepa que no es así. Así que suelto lo primero que se me pasa por la cabeza:

—¿Te gustan duras?

Me mira. La miro. Unas chicas que están a nuestro lado me miran.

—Las tapas, quiero decir. Esto se llama tapa dura, ¿no?

Uff, pero qué tonto soy, Dios mío.

Las chicas de al lado se alejan de nosotros partiéndose de risa. Y Anna por fin parece relajarse un poco.

—Me voy a arrepentir de lo que diré a continuación, pero, respondiendo a tu pregunta, no. Las prefiero blandas.

Al cabo de un rato, la autora a la que estábamos esperando ha hecho una aparición estelar en la tienda.

Las chicas se han vuelto locas. Algunas le han traído flores y regalos de temática navideña.

Ella ha aparecido vestida con un vestido de estampado escocés y unas botas peludas.

Las chicas de la librería nos han dicho que teníamos aún para un rato de cola, así que he ido a por chocolate caliente a una cafetería cercana.

Anna no ha querido moverse de la librería por si acaso nos tocaba.

Cuarenta minutos después, ya estamos en la cola de nuestro grupo para que nos firme los libros y podamos irnos de aquí. Se está muy a gusto, pero, con la paliza que llevo encima por los entrenamientos, necesito sentarme o se me van a caer las piernas.

Cuando ya casi es nuestro turno, Anna está claramente nerviosa. Se mueve dando pequeños saltitos de un pie al otro, aprieta el libro contra su pecho y no deja de retocarse el flequillo.

—Ve tu primero —me dice.

—¿Segura?

—Sí, sí, por favor —me pide, poniéndose detrás de mí y empujándome con el libro para que avance hacia la autora.

Así que paso yo, tiendo el libro a Rosalind Wright y, cuando lee el nombre del pósit, dice, enarcando una ceja:

—Supongo que no es para ti, ¿no?

—No, es para una amiga —respondo—. No ha podido venir y estaba muy triste por perderse tu firma.

—Oh, claro, para una amiga —dice ella, alisando las páginas del libro para plantar su firma.

—Sí —continúo—, he venido con otra amiga que es muy fan tuya —explico, señalando detrás de mí, hacia donde está Anna.

—Ah, ya veo —dice ella, mirándome sobre las gafas rectangulares que lleva puestas.

Es una mujer de unos cuarenta años, morena, latina, con pinta de tener…

gran experiencia en la vida. No sé muy bien cómo describirlo—.

Esta es la amiga —comenta ella, mirando a Anna—.

Bueno, pues que pase. Un placer… ¿tu nombre, que no es Lauren, es?

—Aaron.

—Buena suerte, Aaron.

Y lo dice con un tono tan místico que me da la impresión de que la voy a necesitar.

Me aparto de la fila, pero no me quedo muy lejos, esperando a que Anna termine de hablar con ella.

Sin embargo, en cuanto empiezan a charlar, algo hace clic entre ellas.

No escucho lo que dicen, pero Anna gesticula muchísimo con las manos y Rosalind le sonríe con genuino entusiasmo.

La autora saca lo que parece una tarjeta y escribe algo en ella antes de tendérsela a Anna.

Está claro que han congeniado, pero las chicas de la fila se empiezan a impacientar, así que lo primero que se me ocurre para distraerlas y que no metan prisa a Anna es lanzarme a los lobos.

—Ey, chicas —digo, con mi mejor sonrisa, a las primeras chicas de la fila, que dejan de mirar hacia donde está Anna hablando con Rosalind para centrarse en mí—. Tengo ganas de empezar a leer novela romántica… y quería saber si tenéis alguna recomendación sobre cuál es la mejor para empezar.

Ha funcionado, porque no tardan en soltarme un montón de nombres y decirme cosas que no entiendo.

—Vale, vale, un momento, que lo apunto todo —digo, y abro las notas del móvil.

—Y si te gustan los elfos, ese que te he dicho es el mejor romantasy —asegura una de ellas.

—No, pero es mejor que empieces por una romcom . ¿Qué clichés te gustan? —pregunta otra.

—Eso, ¿la quieres con slow burn ? ¿O prefieres un enemies to lovers ?

—Tía, pero si es una romcom , ¿es un verdadero enemies to lovers ?

—Aaron, ¿qué haces? —pregunta Anna, que ya ha acabado de hablar con Rosalind.

—Muchas gracias, chicas. ¡Ya lo tengo!

—¡Ya nos dirás! —gritan ellas, despidiéndose con la mano.

—¿Les has ido a pedir el número a esas chicas mientras estaba hablando con Rosalind? —me acusa Anna con un tono bastante seco.

—Eh, no, estaba…

Pero antes de que pueda explicarme, me corta:

—¿Te ofreces para acompañarme y luego te pones a ligar? Si tan poco te interesaba estar aquí podría haber venido sola, muchas gracias.

—Anna, pero qué pasa, ¿te ha molestado…?

—¡Pues claro! Esto debería ser un espacio de sororidad, ¿vale? Y vas tú y te pones a ligar. Muy bonito.

—Anna, no…

—Espera un momento, que me llama Lauren. —Anna, visiblemente nerviosa, empieza a buscar el teléfono en su bolsa y me estampa el libro que lleva en mano contra el pecho—. Sujétamelo un momento, por favor —me espeta, dirigiéndose a la puerta—. ¿Lauren? Un segundo, que salgo a la calle…

No entiendo nada. ¿A qué viene esta reacción? Hace unos minutos estaba nerviosa y vulnerable y adorable, a punto de conocer a una de sus autoras favoritas, y ahora tiene encima un cabreo de la hostia.

Me fijo en una de las dependientas, que ha visto toda la escena, y me está mirando mientras niega con la cabeza.

—Pero ¿qué he hecho? —le pregunto, acercándome al mostrador.

—¿O qué no has hecho? —dice ella.