Combustible #3
Mientras Aaron y el señor del vivero envuelven el árbol en una red para transportarlo a casa, me detengo a mirar otros adornos navideños que tienen en exposición.
Hay flores de pascua plantadas en unas macetas que representan botas de Santa Claus y, sobre una mesa de madera, tienen unas coronas de adviento preciosas.
Me fijo en una pequeñita. Está hecha con ramas de pino y pequeñas piñas, y, para poder colgarla, lleva atada un precioso lazo de terciopelo rojo.
La acaricio con la punta de los dedos cuando Aaron se acerca por detrás y me tiende las llaves del coche.
—¿Quieres esperarme dentro? Voy a pagar y ahora nos acercan el árbol cuando esté listo.
Asiento y juntos emprendemos el camino hacia la salida.
De camino a casa de los tíos de Aaron, me pregunta si en Barcelona no ponemos árboles de Navidad.
Cuando le explico que, aunque cada vez esté más de moda comprar uno natural, la mayoría de gente tenemos en nuestras casas uno de plástico, puedo ver cómo se le rompe el corazón.
Aaron asegura que los europeos no sabemos vivir la Navidad con emoción.
Si eso fuera cierto, ¿estaría yo llorando por los rincones por la sopa de galets vegetariana de mi madre que me voy a perder este año en Navidad?
Lo dudo. Por no hablar del turrón de almendras que compra siempre mi abuela y que este año ni oleré.
Ni los canelones de Sant Esteve… ¡una debacle!
No soy superfán de la Navidad, pero tampoco me hace demasiada gracia pasar sola la Nochebuena.
Me hundo un poco en el asiento del coche ante ese pensamiento.
Miro por la ventana para que no se me note demasiado.
Seremos Clotilde y yo contra el mundo. No se puede tener todo, supongo.
Yo decidí venir a la gran ciudad y esto es lo que toca.
Aaron me avisa de que llegaremos a casa de sus tíos en unos diez minutos. Me da un poco de vergüenza; de hecho, le sugerí si no le venía mejor dejarme en el terminal del ferri antes de pasar por su casa, pero me dijo que ni hablar, que tenía que ver todo el proceso.
Cuando entramos en casa de sus tíos, me encanta lo que veo.
Es una casa familiar con paredes de colores en tonos crema, que combina perfectamente con la pintura exterior, de un azul grisáceo intenso.
El suelo es de madera y las ventanas acristaladas son preciosas.
Nos recibe la tía de Aaron, a la que ya había visto el día que visitamos la Estatua de la Libertad.
—¡Hola, Anna! Me alegro mucho de volver a verte. ¿Celebras aquí la Navidad? ¿O te vas a casa?
—No, qué va. Soy de España, así que me quedo en Nueva York, cuidando de la gata de mi casera. —Ante la cara de desconcierto, añado—: Y compañera de piso.
—¿Molly se va? —me pregunta Aaron.
Hago un gesto afirmativo con la cabeza.
—De hecho, se ha ido ya. Está viajando por Europa con algunas amigas y yo me quedo cuidando de su casa y de su gata.
—¿Te quedas sola? —pregunta su tía, horrorizada.
—Bueno, Lauren, la hermana de Tricia —digo, porque imagino que ya la conocen—, estará de vuelta en unos días, y pasaremos la Nochevieja juntas. Estaré bien.
—De eso nada, te vienes con nosotros a pasar la Nochebuena y la Navidad —sentencia ella, sin admitir réplica—. Y tú, jovencito, ¿cómo no se te ocurre invitarla antes? —se dirige a su sobrino como si fuera una ofensa gravísima.
—Lo siento mucho, Anna —responde Aaron, con la misma cara de circunstancias que su tía—. No sabía que te quedabas sola.
—¿Es que no te hemos enseñado nada? —continúa su tía, que está, según parece, muy dolida con mi riesgo de exclusión social en Navidad—.
No puedes dejar que pase estos días sola.
Son fechas para compartir y para vivir en familia.
Para hacer planes, para disfrutar de Nueva York.
¿No hay ningún evento navideño al que pueda acompañarte mi sobrino?
Lo pienso por un momento. Está la presentación de Rosalind Wright en la librería romántica, pero no sé si le apetecerá.
Ya me había hecho a la idea de ir sola. Con Pol, algo así hubiera sido imposible.
Hubiera buscado mil excusas, o me habría dicho que sí y después me hubiera dado plantón en el último momento.
Pero quizás a Aaron no le parece una tortura china.
—Claro, Anna —me anima él—. Dime.
—Mmm, pues, en realidad —comienzo a decir—, sí hay una cosa que se me ocurre. ¿Tienes planes para el día 23?
Aaron aparca la pick up de su tío en un espacio para carga y descarga frente al terminal de ferri de Staten Island y detiene el motor.
—Muchas gracias por el día de hoy —le digo, desabrochándome el cinturón.
—No hay de qué, señorita. Gracias por contratar el pack completo de experiencia navideña de los suburbios de Nueva York.
Me río y continúa con su show con una voz de anuncio televisivo.
—Veo que tenemos bastantes reservas de experiencias navideñas suyas con nosotros, así que no se olvide lo que hemos dejado en el maletero para usted.
Le miro extrañada y bajo corriendo del coche, dando sin querer un portazo. Me cuesta asomarme al maletero descubierto, que está bastante alto, pero enseguida veo a lo que se refiere. Aaron me ha comprado la corona de adviento que miraba antes.
La abrazo y voy corriendo hacia la puerta del copiloto, de la que Aaron ha bajado la ventanilla.
—Muchísimas gracias, no tenías por qué…
—Lo sé —responde él, con una sonrisa—, así tienes un recuerdo.
Como si el día de hoy se me pudiera olvidar.