Combustible #2
—Aquello es otra liga. Aquí solo compiten los vecinos directos. Mi tío, por ejemplo, tiene bastante pique con el vecino de al lado. Cada año se comparan los tamaños. Es bastante divertido.
—¿Y tu tía qué opina?
—Ha dado por perdido a mi tío con eso. Deja que haga lo que quiera con la decoración exterior, y ella se encarga de la de dentro de casa.
—Sacude la cabeza mientras lo explica—. Cuando sale al jardín, intenta no mirar las luces horrorosas que escoge mi tío.
Pero pone mucho cariño en el árbol del salón, así que es importante que hoy nos llevemos el mejor que tengan.
Me ofrece una sonrisa y yo se la devuelvo.
No quiero ser yo quien les recuerde que, por muy bien que elijan, ya están comprando un árbol muerto.
Estados Unidos es una burbuja, y la pompa puede ser frágil de romper, a veces.
Pero otras veces pienso que me gusta vivir dentro de esta burbuja. Así que me muerdo la lengua.
Me fijo en la música que está sonando e instintivamente empiezo a marcar el ritmo con el pie y a canturrear bajito. Es una canción de Elvis que me encanta, «Burning Love». Cuando Aaron me mira de reojo y ve que estoy moviendo los labios al ritmo de la letra, sube la música y empieza a cantar.
—Perdona, ¿qué? ¡No sabía que cantabas!
Él se ríe.
—Estuve en un coro bastantes años. Y mi tía me obliga a cantar canciones de Elvis cada Navidad.
—¿En serio? —Estoy alucinando—. Cantas superbién.
—Gracias —dice él, riéndose—. Cantaba a menudo con mi madre. En mi familia siempre han sido grandes admiradores de Elvis; de hecho, por eso me llamo Aaron.
—¿Por Elvis? —pregunto, sin entender.
—Aaron era su segundo nombre.
—Estoy flipando.
De todas las cosas que me podía imaginar de este chico, esta no me la esperaba.
A la entrada del vivero, nos dan la bienvenida unos cuantos adornos navideños inflables. Hay un muñeco de nieve, un trenecito cargado de regalos y hasta un Santa Claus. En cuanto ponemos un pie en la puerta, uno de los trabajadores, que está cobrando a unos clientes, saluda a mi acompañante:
—¡Aaron! ¿Te manda tu tía?
—Sí, venimos a llevarnos el mejor árbol que tengas.
—Pasad al fondo, que ahora voy para allá.
Aaron me cede el paso y nos adentramos en el vivero, en la dirección que nos ha señalado el hombre.
Atravesamos varias estancias llenas de plantas y salimos de nuevo al exterior, a una gran explanada con varias hileras de árboles de Navidad ya talados, apilados sobre unas estructuras de madera que los sujetan.
Cada hilera está presidida por un cascanueces de madera, y se puede pasar entre ellas para elegir el árbol favorito.
Toda la explanada está llena de árboles e incluso tienen montado un trineo de madera delante de un abeto precioso, decorado todo con adornos rústicos en madera y otros elementos naturales.
Junto a la puerta por la que hemos salido, hay un food truck amarilla que sirve cafés y otras bebidas. Y tienen un par de mesas alargadas de madera con bancos para que puedas sentarte ahí a tomártelo tranquilamente.
—En Halloween —me explica Aaron—, esta explanada se llena de calabazas, y en la cafetería —dice, señalando el food truck —, sirven un pumpkin spice latte directamente de una calabaza.
—¡¿QUÉ?! —exclamo—. ¿Y por qué no me trajiste?
—No se me ocurrió —se disculpa él—, pero podemos venir el año que viene.
—Sí, por favor.
En ese momento, no me paro a analizar las implicaciones de lo que acabamos de decir.
Claro que quiero estar aquí al año que viene y beber pumpkin spice latte de una calabaza.
Con Aaron. Pero ahora no quiero pensar en la imposibilidad de todo eso.
Me centro en disfrutar de mi experiencia navideña.
Es verdad que venía un poco escéptica, no pensaba que el hecho de comprar un abeto fuera a hacerme tanta ilusión.
Pero ahora que estoy aquí, estoy dentrísimo.
—¿Quieres un café?
—Sí, ¿y tú? Invito yo, que tú me has traído hasta aquí.
Él niega con la cabeza.
—Lo siento, señorita. La experiencia completa incluye café. Cuando volvamos en Halloween del año que viene, que ya serás editora, me invitas tú.
Suelto un resoplido, porque esa imagen no puede estar más lejos de la realidad. Pero dejo que la idea se pose en mi mente, como un copo de nieve. Frágil, pero bonito.
Nos paseamos por las hileras de abetos con nuestros cafés en la mano. No paso por alto que, hasta el día que fuimos a beber Coca-Cola, no había visto a Aaron tomando café. Al cabo de unos minutos, el trabajador que estaba antes en la entrada se une a nosotros y nos señala algunos árboles.
—Mirad por esa zona, y cuando elijáis uno que le vaya a gustar a Linda, me decís —nos dice él, con una sonrisa.
—Genial, echaremos un vistazo y ahora te avisamos —le contesta Aaron.
Tan pronto como el hombre se aleja de nosotros, nos ponemos a inspeccionar algunos árboles.
—¿Qué te parece este?
—Es muy bonito.
—Meeec. Error, Anna.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Mira —dice, pasando la mano por una de las ramas, de la que enseguida empiezan a caer muchas agujas—. Este está un poco seco. Tiene que verse más intenso, como ese de allí.
Nos acercamos a otro árbol y Aaron inspecciona las agujas.
—Este sí —concluye—. ¿Ves? Flexibles, no se rompen. ¿Te gusta?
—Es precioso —confieso. Es cierto que pueden parecer todos iguales, pero cuando miras más en detalle, es fácil ver la diferencia.