Burning Love Combustible
55%

Combustible

Cualquier material que puede arder.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

—Vale, te he compartido un Excel con todos los planes navideños que tenemos que hacer antes de que Tricia y yo nos vayamos a Wisconsin —dice Lauren sin apartar la vista del ordenador mientras estamos sentadas en unos de los sofás de la universidad.

—Eres diabólica —respondo mirando el Excel.

—Ya me lo agradecerás cuando no hayas sacado entrada para patinar en el Rockefeller Center y vengas llorando. O como no nos organicemos para ir a ver las luces de Dyker Heights entre semana y no puedas sacar ni una foto con tanta gente, o cuando…

—Vale, vale, que ya lo he pillado. Quién iba a decir, con lo tranquila que eres para todo lo demás, que la Navidad iba a ser tu prioridad máxima, Lauren.

—¡Me encanta! A mi madre le encantaba. Algunos de mis mejores recuerdos con ella son en Navidad.

Y si puedo aprovechar para vivirla en la gran ciudad y después en un pueblito pequeño, pues mejor, ¿no?

—dice ella, guiñándome un ojo—. Quiero que vivas la Navidad neoyorquina por todo lo alto.

¡Ojalá pudieras venir también a Wisconsin! —se queja, haciendo pucheros.

—Jo, me encantaría —respondo con sinceridad. Por desgracia, tengo que quedarme en casa cuidando de Clotilde—. No te preocupes, Lauren, ¡tacharemos todo lo que haya en tu lista!

Lauren asiente, no sin seguir un poco más con el drama.

Aunque nunca he sido una gran fan de la Navidad, desde que vivo en Nueva York me estoy acostumbrando a vivirlo todo como si fuera la protagonista de una comedia romántica.

A vivirlo todo a lo grande, y a esperar cada cosa nueva con ilusión.

Me encanta sentir que soy parte de algo más grande que yo misma.

Me gustó mucho celebrar Halloween en la academia de bomberos, y después pasear de vuelta a casa por las casitas de Brooklyn Heights decoradas con calabazas y adornos de miedo.

De camino a nuestro piso, me crucé con varios grupos de niños que iban pidiendo chucherías por las casas.

También me encantó ver correr a los cadetes la maratón de Nueva York; mi padre incluso me dijo que me había estado buscando por la tele.

Lauren y yo llevábamos carteles con llamitas para animar a los cadetes.

Mi parte favorita, para ser honesta, fue el abrazo de emoción de Aaron al acabar, con el que casi nos caemos al suelo.

Y luego está Acción de Gracias, por supuesto.

Lo mejor —y lo peor— de aquel día fue la visión de Aaron sentado en mi cama.

Lo mejor, porque una no tiene la ocasión de ver todos los días a un bombero de sonrisa radiante destacar entre sus sábanas de corazoncitos y un peluche de un dragón que Lauren me consiguió en Coney Island.

Casi me derrito allí mismo. Y lo peor, porque soy totalmente consciente de que no puede pasar nada entre Aaron y yo.

Me sorprendió que dijera que no se había enamorado nunca.

Me sabe mal por Tricia. ¿Quizás ella tampoco está enamorada?

Con lo dura que es, me resulta casi hasta difícil imaginarla perdiendo la cabeza por nadie.

Si ese es el acuerdo al que han llegado… yo no soy quién para juzgarlo.

Por lo demás, Acción de Gracias fue… tan bonito.

Resulta que la sorpresa que me tenía preparada Molly para cenar era un asado vegano relleno que encontró en Trader’s Joe.

Estaba buenísimo, pero lo que más me gustó fue el detalle de que quisiera que comiera un plato igual que el de todas las demás.

A excepción del pavo, todos los acompañamientos eran vegetarianos: ensaladas, mac and cheese , coles de Bruselas, zanahorias especiadas, puré de patatas…

Las amigas tuvieron un momento de tregua entre sus acaloradas partidas de cartas para agradecerse todo las unas a las otras.

—Doy las gracias por las mejores compañeras de aventuras. ¡Por muchos años viajando juntas! —proclamó Cassie, una de las mejores amigas de Molly, también viuda.

—Doy gracias por todos mis achaques, porque me recuerdan que estoy viva. —Brindó Mary, la señora que fumaba alegremente un puro tras otro. Una vez al año, según ella, es lo que le da vidilla.

—Gracias a todas por venir hoy a la casa de esta vieja chocha —concluyó Molly—, sin vosotras ya me habría muerto de aburrimiento hace tiempo.

Y gracias a Anna —añadió, mirándome y acariciándome la cara con sus dedos llenos de sortijas—.

Haberte encontrado ha sido un regalo. Sé que Clotilde piensa lo mismo.

Y no pude más que abrazar a la señora que me ha abierto las puertas de su casa, que se ha convertido en mi hogar al otro lado del océano.

Aunque el tema del trabajo no esté yendo todo lo bien que me gustaría, y no me hayan salido ningunas prácticas todavía, he llegado a la conclusión de que, al menos, tengo que aprovechar el tiempo que esté aquí.

Por si acaso sucede lo que mis padres temen y tengo que volverme.

Así que, si Lauren quiere hacer todas estas turistadas navideñas, no seré yo quien ponga pegas. A turistear se ha dicho.

—Lo que más rabia me da —empieza a decir Lauren, pasando la vista del calendario de su móvil al Excel de planes—, es que me voy a perder el evento de Rosalind Wright.

—Ya, tía, menuda caca.

—En serio, ¿sacar una novela navideña en diciembre? Mi jefa nunca lo aprobaría. Ese libro debería llevar en las estanterías desde hace un mes por lo menos.

—Lauren, deja de hablar en corporativo y escucha a tu fan interior. ¿Qué hay más romántico que una fiesta de lanzamiento el 23 de diciembre en una librería de literatura romántica?

—Créeme, mi fan interior está devastada por perderme este evento —asegura ella, haciendo pucheros de nuevo—. Por favor, por favor, prométeme que harás lo que puedas para que te firme también mi libro.

—Te prometo que lo intentaré con mi vida, si es necesario.

Lauren: ¡Hola, chicos!

Como ya sabéis, la pretemporada navideña empezó la semana pasada patinando sobre hielo junto al árbol del Rockefeller Center, aunque algunos de vosotros (ejem, Caleb, Aaron, Tricia, no digo nombres) alegasteis una excusa muy poco creíble para no hacerlo.

(Que si os caíais / lesionabais / rompíais la crisma, no podríais aprobar la academia en enero).

Sin rencores, os gustará saber que Anna y yo lo pasamos estupendamente, y después nos tomamos un chocolate caliente a vuestra salud. El suyo vegano.

Voy leyendo en directo lo que pone y me voy partiendo de risa. Está fatal.

Lauren: Como no me dará tiempo a ayudar a Anna a tachar todas las tareas navideñas de la lista antes de partir hacia Wisconsin para ser allí el Espíritu de las Navidades Presentes, necesito delegar algunas tareas. Tengo una misión para cualquiera de vosotros.

Verás.

Lauren: ¿Alguien tiene que comprar un abeto? Me encantaría que Anna viva la experiencia de comprar un arbolito en uno de los puestecillos que se ponen por la calle.

Caleb está escribiendo.

Caleb: Yo no necesito abetos, gracias. Sorry, Anna. Me voy en dos días a Boston para pasar las fiestas en casa de mi hermana y entrenar con mi cuñado.

Aaron está escribiendo. A ver qué excusa se le ocurre para librarse de las tareas de Lauren, la tirana de la Navidad.

Aaron: Mi tía me ha pedido que lleve uno a su casa.

¿Es necesario que sea un abeto de Manhattan, Mamá Noel?

Pensaba comprarlo en Staten Island.

Lauren: Mmm. ¿No lo puedes llevar en el ferri?

Aaron: ¿Nunca lo he preguntado?

Lauren está escribiendo. Borra. Escribiendo.

Lauren: Ainsssss, bueno, vale, te lo convalido.

Pero que sea en un puesto mono, al menos.

Yo:

Lauren: @Anna , a buscar abetos. @Aaron , quedas encargado de enseñarle cómo se elige un buen abeto. ¡Feliz Navidad, mis queridos cadetes y futura editora! ¡Nos vemos en Nochevieja!

El sábado siguiente después de comer me estoy bajando del ferri en Staten Island. Sigo las indicaciones de Google Maps para llegar a donde he quedado con Aaron. Me recogerá con la furgoneta pick up de su tío para ir a buscar el abeto perfecto para su casa.

Me dirijo al aparcamiento que está cerca de la estación, y estoy buscando el chat con Aaron para enviarle un mensaje cuando oigo un claxon. Al levantar la vista, veo una pick up naranja y a Aaron al volante. La verdad es que el naranja le queda bien.

—Mírale, ha cambiado el camión de bomberos de la gran ciudad por un coche de campo.

—¡Esto no es un coche de campo! ¿No tenéis de estas en Europa?

—Uy, sí, muchísimas, son perfectas para conducir por las ciudades medievales de calles estrechas, o por el Eixample de Barcelona.

Aaron me mira sin entender ni papa de lo que digo.

—Anda, sube.

—¿Adónde vamos a por el árbol? ¿A una granja de árboles? ¿Lo vamos a talar?

Él se ríe y niega con la cabeza.

—Has visto muchas pelis navideñas, creo yo. Vamos a un vivero bastante grande y me temo que ya estarán cortados, pero otro día te dejo jugar con un hacha si te hace ilusión.

—Claro que no, esperaba que lo hicieras tú.

—¿Para disfrutar del espectáculo? —me pincha.

Le doy un manotazo y él se queja. Yo me hago la enfurruñada, pero en realidad me lo estoy pasando muy bien.

El sitio al que vamos a buscar el árbol está a una media hora en coche del terminal del ferri.

No es que el trayecto sea especialmente bonito.

Pasamos por negocios y zonas residenciales.

Algunas de las casas que atravesamos están decoradas con cariño, pero nada tan espectacular como las de Dyker Heights en Brooklyn que fuimos a ver Lauren y yo.

Eso sí que era pura ostentación. Si dejas de lado el pensamiento del derroche de energía que suponen esas luces navideñas, y no piensas en el colapso del planeta por un momento, la vista es magnífica.

Ostentosa y espectacular a partes iguales. No apta para epilépticos.

—Aquí veo que no hay competición para ver quién tiene la casa más decorada, como en Dyker Heights.