Burning Love Fogón
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Fogón

Sitio habilitado en una cocina para hacer fuego y guisar. A menudo, donde se cuecen las mejores cosas.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

Hoy es un día raro en Nueva York. Algunas calles están vacías, y otras están a reventar. No me quiero ni imaginar cómo estará la zona por la que pasa el desfile de Macy’s. Hace años que no voy. Quizás a Anna le hubiera gustado verlo.

En las calles de Chinatown, veo algunas familias que ya están celebrando Acción de Gracias en los restaurantes. Me cruzo con algún puesto abierto, con variedades de frutas y verduras que no reconozco, de guardia por si hay algún rezagado que necesite un ingrediente de última hora.

Al llegar a la puerta del restaurante, miro la pantalla del móvil y veo que son las doce en punto. Cuando levanto la vista, distingo a pocos metros a Anna, que camina mirando el móvil, siguiendo las instrucciones de Google Maps hasta el último momento.

—¿No sabes llegar a los sitios sin el móvil? —le digo, para pincharla.

—¡Pues claro que no! No todos tenemos tu capacidad para leer mapas —responde ella, guardando el móvil en su bolsa de tela.

—Bueno, déjame al menos tener eso, ¿no? —me defiendo—. No se me dan muy bien las letras, pero los planos sí.

Ella hace un remolino con la mano, como para darme a entender que no le importa lo que estoy diciendo; me pasa por delante y entra en el restaurante. Es demasiado divertido hacerla rabiar.

Al poco estamos sentados en una pequeña mesa intentando decidir qué pedir.

—Ay, madre —dice ella—. Esto es el paraíso, ¡todo es vegetariano!

—¿Qué te apetece? —le pregunto. No tengo ni idea de qué son la mayoría de cosas.

—¡Es que lo quiero todo! —responde, levantando la vista de la carta y mirándome a los ojos.

Se la ve bastante entusiasmada—. Normalmente cuando voy a un restaurante no elijo lo que más me apetece comer, ¿me explico?

, sino lo que puedo comer dentro de las opciones que hay. Pero aquí… ¡me lo puedo comer todo!

Me río. No sabía que era tan fácil hacer feliz a una persona.

—Pide lo que quieras, también para mí, y lo compartimos todo. ¿Te parece?

Se le iluminan los ojos ante la posibilidad de probar más cosas de la carta.

—Pero no te pases, que después viene mucha comida. Yo no he desayunado, así que esto cuenta como desayuno.

Ella pone los ojos en blanco.

—Vale, solo un par de cosas y, si nos gusta, otro día volvemos.

Me gusta cómo suena eso. Me gusta esta continuidad de lo que sea que estamos haciendo. De este pacto que nos lleva a recorrer la ciudad y mirarla con otros ojos. Parece mentira, pero gracias a Anna estoy descubriendo rincones de mi ciudad que no hubiera pisado de otro modo. Y eso me gusta.

Al cabo de un rato, estamos comiendo unos dim sum de carne vegetal —que acabo de descubrir que existe— y cacahuete que están buenísimos, y un bol de arroz con un tofu caramelizado que, sinceramente, me sabe igual que el pollo.

He tenido que parar los pies a Anna, que también quería unos fideos con verduras y algo que ellos llaman «pato vegetal» que no tengo ni la más remota idea de qué está hecho, pero me da mucha curiosidad.

Al final, después de hacer muchos pucheros, se ha conformado con lo que hemos elegido y está todo buenísimo.

Anna deja salir un suspiro satisfecho, mientras bebe un trago de agua y hace un gesto para decir que se planta.

—Muy rico todo. ¿Te gusta? —me pregunta.

—La verdad es que estoy muy sorprendido —reconozco.

—Has pasado la prueba del tofu —anuncia ella.

—¿La prueba del tofu?

—Hay varias teorías circulando por internet que aseguran que puedes saber si un hombre tiene una masculinidad frágil en función de lo que opine sobre el tofu.

—Vaya —respondo, divertido—, no sabía que esta era una prueba, pero me alegro de haberla superado.

—«Todo cadete del cuerpo de bomberos de Nueva York tiene que mantener un estado de alerta permanente para hacer frente a las amenazas…» —empieza a decir ella, con recochineo.

—¿Me estás citando el código? ¿En la cara?

Anna estalla en una carcajada y yo no puedo evitar seguirla.

—Estoy deseando ver qué me tiene preparado Molly para esta noche —continúa Anna—. Me dijo que tendría un plato especial para mí con una sonrisilla traviesa —explica, apretando la boca y abriendo mucho los ojos, como si no se fiara del todo.

—¿Celebraréis Acción de Gracias en vuestra casa? —pregunto.

—Sip —responde ella, removiendo un trozo de tofu con los palillos—. Antes de la cena, Molly y sus amigas empezarán a calentar con su partida de cartas. Después, pausa para comer y vuelta al juego. Son unas ludópatas.

—Pero ¿se juegan algo? —quiero saber. En mi cabeza visualizo un grupo de señoras de cerca de setenta años bebiendo whisky y fumando puros.

—Sí, sí, se lo toman muy en serio. Se mueve dinero de verdad. Menos mal que eres bombero y no policía, si no, no podría contarte esto.

—¿Te gustaría que lo fuera? —le pincho, con una sonrisa de medio lado—. Como son tu tipo y eso…

—Para ya de decir eso —me amenaza apuntándome con los palillos, pero enseguida aparta la mirada y se sonroja.

Seguimos hablando de todo un poco, y Anna vuelve a hacer pucheros cuando le decimos a la camarera que no tomaremos nada de postre.

—Tengo que ser fuerte —dice, para convencerse—. Además, debería hacer hueco para la cena de Acción de Gracias. A ver qué hora es. —Saca el móvil y consulta algo en él—. Creo que atravesaré el puente de Brooklyn y volveré andando a casa, son solo cincuenta minutos.

Miro yo también el móvil para comprobar la hora.

—Te acompaño. Llegamos antes de las tres, y a mí todavía me sobra tiempo.

Un rato después de salir del restaurante, caminar hacia el comienzo del puente de Brooklyn y empezar a atravesarlo, dejando a nuestras espaldas los altos edificios de Manhattan, y adentrándonos entre la estructura de metal del puente, Anna me pregunta:

—¿Cómo es que no vas hoy a Staten Island?

—Hoy cenaremos en casa de unos amigos de mis tíos que tienen un hijo de la edad de mi primo. Y será bastante tarde —explico—. Mis tíos tienen su propia tradición de Acción de Gracias.

Ella me mira, invitándome a continuar, así que prosigo:

—Primero van a ver el desfile de Macy’s con mi primo y sus amigos, y, después, los niños se quedan con los amigos de mis tíos mientras ellos se van a ver el espectáculo navideño de Les Rockettes, en el Radio City Hall.

—¿En serio? ¿Lo hacen cada año?

—Cada año —le aseguro—. Es su cita de Acción de Gracias. Con los años se han vuelto más cursis todavía.

—Ay, por favor, me encanta.

Cómo se nota que le chiflan las historias de amor, no hay más que ver su cara.

—Desde que murieron mis padres —le explico—, se hicieron la promesa de no dar por sentado que siempre podrán estar juntos. Así que usan Acción de Gracias como excusa para celebrar un día de los enamorados navideño.

—Jo, qué romántico —dice ella, con expresión soñadora—. ¿No se te ha pegado nada del romanticismo de tus tíos?

Lo pienso durante unos instantes.

—No lo sé, no he tenido muchas ocasiones de ponerlo en práctica.

Lo más parecido que he tenido a citas últimamente son estas quedadas con Anna. Y tengo que reconocer que las he disfrutado mucho.

—¿Nunca te has enamorado? —pregunta ella, sorprendida.

—Como mis tíos, supongo que no —respondo.

Veo en su expresión que hay algo que no le cuadra, pero sacude la cabeza rápidamente y vuelve a mirar al frente, donde nos reciben los arcos del puente.

—Yo sí —dice ella, y suelta aire por la nariz—. No salió bien.

—¿Por? —pregunto—. Si quieres contármelo, claro.

—Mi ex estuvo meses quedando con una de mis mejores amigas a mis espaldas —comienza a decir, mirando al frente. Yo me tenso—. El resto de mis amigas lo sabían y no me dijeron nada. Al final me fui yo del grupo de amigas. La que sobraba era yo.

Su voz desprende una pena que me inunda de rabia.

—Que les jodan, Anna. —Le daría un puñetazo en toda la cara a ese pedazo de imbécil—. Estás mejor sin ellos.

Ella sonríe y me pasa una mano por el brazo en señal de agradecimiento. Dura tan solo un segundo, pero es suficiente para que mi cuerpo reaccione. Cada pequeño gesto es un regalo que guardo en mi memoria y reproduzco en mi mente cuando estoy solo.

—¿Llevabais mucho saliendo? —pregunto.

Nos detenemos un momento en mitad del puente.

Está lleno de familias paseando. Hace frío, aunque ha salido el sol y se nota en el ambiente.

Estudio a Anna. Va envuelta en una bufanda gruesa y tiene la punta de la nariz roja por el frío.

Sigo la trayectoria de su mirada: observa Manhattan en silencio.

—Tres años —responde—, pero nos conocíamos desde que éramos pequeños. ¿Sabes esa sensación de descubrir que, de repente, la vida que creías tener no existe? Solo la estaba viviendo yo.

Me pregunto si este imbécil tiene algo que ver con la actitud de Anna. Con que sea tan esquiva, con que enseguida levante un muro de hielo entre nosotros en cuanto parece que me acerco demasiado.

—¿Lo echas de menos? —pregunto, notando cómo mi corazón se acelera. No estoy seguro de querer oír la respuesta.

Ella niega con la cabeza, y yo me destenso un poco.

—Solo echo de menos la versión de mí misma antes de que me hicieran daño.

Después de cruzar el puente y caminar por Brooklyn, cuando estamos llegando a casa de Anna y estamos a punto de despedirnos, saco el móvil para mirar la hora, pero veo que no se enciende.

—Mierda. Me he quedado sin batería. Se me olvidó ponerlo a cargar anoche.

—No pasa nada, sube a casa y lo cargas unos minutos.

—¿Segura? ¿No se molestarán las señoras si les hacemos una redada?

—Calla y sube —replica Anna, abriendo la puerta del edificio.

Cuando entramos en su casa, nos llegan unas risas alborotadas. Y un olor a humo me entra por la nariz.

—Pero qué es todo… —empiezo a decir.

—¡Anna! ¡Ven, que estamos aquí!