Cenizas
Residuo que queda tras una combustión completa.
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
Noviembre se ha pasado en un suspiro. Ha sido un mes muy intenso de clases, con muchas horas de seminarios en los que hemos hablado de edición de libros, de gestión de proyectos, de marketing y de ventas para tener las herramientas que necesitamos para poder presentar nuestro proyecto editorial.
También hemos visitado editoriales y librerías para que algunos profesionales del sector nos contaran de primera mano cómo es trabajar en el mundo de los libros.
Ha sido muy interesante, pero he estado tan concentrada en el máster que cuando acababa las clases ya estaba demasiado cansada para hacer nada más, así que no he tenido mucho tiempo ni para hablar con mi familia ni para socializar, en general.
La diferencia horaria tampoco ha ayudado.
Los pocos ratos que he tenido libres los he usado en leer —que es lo que mantiene mi salud mental a flote— y dormir.
Y repasar con Molly los últimos detalles de su viaje por Europa.
Hoy es Acción de Gracias. Ayer acabamos las clases antes de lo normal y tenemos el resto de la semana libre. Eso quiere decir que por fin tengo un respiro de cuatro días seguidos para descansar y vaguear todo lo que necesito.
—¿Sabes a quién me he encontrado hoy? —dice la voz de mi madre al otro lado del teléfono, después de una hora y pico de ponernos al día con todo lo que ha pasado en las últimas semanas.
—Sorpréndeme —respondo.
Nuestra conversación ha dado tantas vueltas este rato que me estoy pintando las uñas mientras hablo con ella. Tengo los cascos inalámbricos puestos y así mantengo las manos ocupadas mientras hablamos de todo y de nada.
—A Pol —dice.
Me tenso al instante. Me salgo de la uña que me estaba pintando de color burdeos y me mancho el dedo corazón sin querer. Me quedo en silencio. A mis padres les cae muy bien Pol. Y en parte es culpa mía. Porque no he tenido el valor de contarles todo lo que pasó.
Cuando descubrí que llevaba meses quedando con mi mejor amiga a mis espaldas, que el resto del grupo lo sabía y ninguna me había dicho nada, me sentí un fracaso.
Como amiga, como novia, como persona. Sentí que no merecía que nadie me quisiera.
Que era culpa mía. Era normal que no me escogiesen.
Era normal que todas hubieran preferido a Sara.
Yo tampoco me habría escogido de haber tenido elección.
Mis padres no conocían la verdadera historia.
Solo se lo conté a Nora, que fue quien me convenció de que tenía que salir de allí y me ayudó a tramitar todo el papeleo para mudarme a Nueva York.
Mis padres se piensan que la ruptura con Pol fue consecuencia de que yo quisiera venir aquí, y no que la ilusión de mudarme a Nueva York fuera, en realidad, la única cosa que me mantuvo a flote aquellos meses después de descubrir todo el pastel.
—Ah. —Es lo único que llego a decir.
—Me ha dado muchos recuerdos para ti. Se ve que había visto alguna foto tuya por internet.
Pues no sé cómo, porque nos dejamos de seguir en todas las redes sociales.
—Quizás cuando vuelvas podéis quedar.
Pensaba que ya habían asumido que eso se acabó, pero de pronto entiendo que creen que todo puede arreglarse. Que, si vuelvo, las cosas pueden ser como antes.
—Mamá, eso no pasará. Hemos tomado caminos diferentes y es lo mejor. Además, cuando vuelva, ¿cuándo?
—Cuando vuelvas a Barcelona, después del máster.
—No sé cuándo voy a volver todavía. Aún estoy pendiente de entregar el trabajo. Y si puedo ir a Londres, nos veremos allí, ¿no? Con Nora.
Mi voz suena desesperada. Necesito poder abrazar a mi familia.
—Sí, claro, cariño, me refería a vernos en Barcelona —explica ella, cada vez más impaciente.
—Pero si puedo ir a Barcelona unos pocos días de visita este verano, lo último que querría es pasarlos viéndole —digo, quizás un poco borde, porque no entiendo en qué escenario elegiría volver a ver su cara si puedo evitarlo.
—No, Anna —insiste mi madre, esta vez más tajante—, me refiero a cuando vuelvas a instalarte en Barcelona.
¿Qué? No quiero pensar en volver. Al menos no todavía.
—Mamá, no…
—Escucha, sé que tu plan es encontrar unas prácticas e intentar quedarte allí, pero tu padre y yo hemos hablado de que quizás es momento de que te hagas a la idea de que es posible que no te salga nada y tengas que volver.
Me quedo en blanco. Estoy a más de 6.000 kilómetros de casa. Esto no puede dolerme. Esto no puede afectarme.
—¿Cielo? —tantea ella, un poco más suave—. Sé que no es el escenario ideal para ti, pero quizás no es tan fácil y no pasa nada, ¿vale? Aunque a Nora le salió algo en Londres, quizás a ti en Nueva York no, y no es culpa tuya…
—Mamá, tengo que colgar. Ya hablamos en otro momento, ¿vale?
—Vale, hija, cuída…
No espero a oír la respuesta. ¿Por qué mis sueños no importan?
¿Por qué mis sueños no valen nada? ¿Es tanto pedir que crean en mí?
¿Yo no voy a conseguir nada porque no soy lo suficientemente buena?
¿Porque no lo intento con suficientes ganas?
¿Porque no he luchado cada día que llevo aquí por hacerlo todo lo mejor posible?
Perfeccionar mi inglés, leer más libros, entender mejor todo lo que pasa a mi alrededor.
No. Es. Suficiente.
Una presión más. Un poco más de peso en esta montaña que ya me aprieta el pecho.
Me dejo caer en la cama y me quedo mirando el techo.
Instintivamente, alargo la mano y cojo el teléfono.
Pienso en escribir a Lauren, pero recuerdo que está ocupada.
Su abuela ha venido de visita desde Wisconsin y estarán haciendo algún plan familiar por ahí.
Entro en Instagram y veo fotos de algunos compañeros del máster —a los que no sé ni por qué sigo— ya en sus casas, listos para celebrar hoy Acción de Gracias.
Estupendo. Todo el mundo es feliz menos yo.
Veo en la pantalla de inicio una notificación en los mensajes. No la había visto. Es una publicación que Aaron me ha compartido por mensaje directo, de un sitio de comida vegetariana en Chinatown. La verdad es que tiene muy buena pinta. ¿Es ya la hora de comer? Qué hambre me ha entrado.
Le respondo.
Yo: Buah, qué pintaza. *-*
Veo un puntito verde sobre su foto, que indica que está conectado en este momento.
Aaron: ¿A que sí? Podríamos ir un día.
Yo: Ahora mismo me lo comería todo.
Molly me ha dicho que nosotras cenaremos tarde, pero Lauren me explicó que el día de Acción de Gracias no se suele comer antes.
Aaron: Uff, no estoy de acuerdo. Yo siempre como antes, pero hoy no tengo nada en la nevera.
Yo: Yo tampoco. Molly tiene la cocina en cuarentena, no se puede entrar.
Veo que está escribiendo. Pasan unos instantes, hasta que por fin leo:
Aaron: ¿Y si vamos ahora?
No puedo evitar sonreír a la pantalla. Es una idea ridícula, pero me encanta.
Yo: ¿Ahora?
Son las once, pero entre que llegamos, ya será mediodía. Aquí los horarios de comida son flexibles, en mi universidad hay gente que desayuna hamburguesas a primera hora, y otros que no comen hasta que no acaban las clases. The land of the free . Para lo que les interesa.
Aaron tarda en responder. Me pongo nerviosa.
Quizás se lo ha pensado mejor. Pasar la mañana de Acción de Gracias yendo a un restaurante vegetariano no creo que sea su plan favorito.
Me paso una mano por la cara. La ansiedad vuelve golpe.
Lo que me faltaba. Otro gran fracaso para Anna, un fracaso que no le importa a la humanidad.
Dejo el móvil en la cama, todavía con la conversación abierta. Vuelvo a la posición de antes, mirando el techo como si ahí estuviera la solución a mis problemas. Hasta que noto vibrar el móvil.
Aaron: Acabo de entrar en la web y he podido reservar para dentro de una hora. ¿Podrás aguantar?
El corazón me va a mil por hora. Me muerdo el labio inferior.
Yo: BIEEEN. Pero tengo que estar de vuelta a las tres.
Aaron: A la orden, señorita.
Me levanto de la cama de un salto. Me miro en el reflejo del móvil para comprobar que mi flequillo sigue en su sitio y abro el armario para cambiarme.
Parte de la presión que tenía en el pecho se disipa.
Y una ilusión renovada se acurruca en mi pecho.
Me esfuerzo por olvidarme de Pol, de los malos recuerdos y de la idea de volver a Barcelona.
Estoy en Nueva York. Voy a celebrar mi primer Día de Acción de Gracias y Aaron me espera para comer.