Burning Love Oxígeno
47%

Oxígeno

Sustancia que, en combinación con un combustible, favorece o permite la combustión.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

Este año Halloween cae en viernes, y en la academia hemos preparado una especie de casa del terror para recaudar fondos.

La idea es poder costear parte de la ceremonia de graduación con lo que saquemos y dar el resto a la escuela para material.

Hay equipación que debería renovarse más a menudo.

El otro día, una de las cuerdas que usamos para levantar peso se le partió a un cadete mientras entrenaba.

Para que luego digan que somos un cuerpo de élite.

Si dependiera de mí, hubiéramos convertido la academia en la estación de bomberos de Cazafantasmas , pero mis compañeros han vetado casi todas mis ideas. Aunque me han dejado conservar una sala inspirada en las pelis. Supongo que menos es nada.

—Eh, Smith, ¿nos vas a dar una serenata? —me pregunta una voz debajo de un montón de vendas, imitando una momia.

Todo el mundo en la academia sabe que me encanta cantar, porque lo han oído en las duchas. No me importa, la verdad.

—Hoy no, Richmond —respondo—, hoy os voy a sorprender con mi mejor arma —digo, guiñándole un ojo. No todos los días tiene uno la oportunidad de enfundarse en un traje de cazafantasmas.

—Tu mejor arma son tus abdominales, pero habrá niños delante.

La que habla es Tricia, que se acerca con una bomba de aire en la mano sin ningún esfuerzo, como si no pesara una tonelada. Creo que la quieren usar en la puerta, para dar la bienvenida a la gente con un esqueleto hinchable gigante.

La verdad es que La Roca no es el lugar más accesible del mundo para una fiesta de Halloween en Nueva York.

Vendrán sobre todo familiares de bomberos, niños y adolescentes, y Anna y Lauren.

No les hemos dicho que es sobre todo para niños.

Quizás deberíamos haberlo especificado en algún momento.

Pero es que cuando Tricia les explicó el plan, se emocionaron demasiado.

Sobre todo, Anna. Espero que no les decepcione.

Caleb está por algún sitio poniendo telarañas en las paredes, y hay otro equipo encargado de ir repartiendo golosinas en todas las salas.

En total vamos a usar unos diez espacios.

La idea es que a los visitantes les reciba un conde Drácula recién salido de su ataúd.

Desde ahí, tendrán que pasar por una galería llena de momias.

A continuación, atravesar una sala de calderas que ya da bastante mal rollo sin mucha decoración, pero en la que les estará esperando un asesino con una motosierra que suelta aire.

Por último, la mejor parte: la nuestra. Hemos aprovechado un aula para colgar un montón de retratos siniestros que, según los mires, muestran personas de carne y hueso o fantasmas, y ahí es donde entro yo.

Después de eso el recorrido pierde gracia.

Unos cuantos zombies persiguen a los invitados y en el pabellón habrá refrescos y algo de comida.

La verdad es que no sabía cuánto necesitaba este respiro hasta que lo he tenido.

Esta semana no hemos tenido clases para poder preparar todo este evento.

Y mi ansiedad se ha reducido a la mitad.

Durante estos días, no he tenido ni una sola pesadilla en la que me expulsan del cuerpo de bomberos por no poder leer la dirección en un plano.

Ni he soñado que, al atender una emergencia, confundo una dirección con otra y no llego a tiempo de rescatar a alguien que acaba muy mal por mi culpa.

En cambio, he empezado a hacer algo que quizás no debería estar haciendo.

Llevo una semana yéndome a dormir con los audios de Anna.

Su voz me acompaña hasta que me quedo dormido.

Me digo a mí mismo que escuchar el temario durante la fase REM es una técnica de estudio.

Estoy bastante seguro de haber oído algo de eso en algún sitio.

Pero en el fondo empiezo a pensar que no lo hago por los temas. No solo por eso, al menos.

Anoche, mientras me quedaba dormido, casi podía sentir cómo su voz se deslizaba por mi oído y se colaba en mis sueños. Esta mañana, cuando Caleb ha entrado en mi habitación buscando unos calzoncillos o no sé qué mierdas, me ha pillado con las manos en la masa.

—Tío, ¿qué haces abrazado a la almohada?

—¿Eh? —le he dicho, amodorrado.

—Tronco, a saber qué guarradas estabas soñando, mira qué tienda de campaña tienes montada en los pantalones, colega. Me las piro.

Le he tirado la almohada mientras salía, pero ha cerrado la puerta antes de que pudiera darle de pleno en esa cara de idiota.

Esta semana ha sido ligera, pero no puedo relajarme.

A poco más de un mes de las últimas pruebas, no debería estar haciendo el imbécil por una chica que no parece interesada en mí.

Hace unos días, después de la liguilla en Brooklyn con los cadetes de la policía, cuando estábamos solos observando la vista del East River con Manhattan de fondo, Anna estaba impresionante.

La luz dorada de las farolas recién encendidas se reflejaba en su pelo.

Me sentí como una polilla atraída por su luz.

Pero, cuando estaba a punto de decirle lo guapísima que estaba, se despidió a toda prisa poniendo una excusa sobre su trabajo y se marchó corriendo. Yo también debería centrarme.

Ya son las ocho de la tarde. Llevamos dos horas con la atracción en marcha. Las golosinas bajan a buen ritmo. Las familias parecen encantadas con el espectáculo que hemos preparado. Las madres están tranquilas, porque no damos demasiado miedo y, de hecho, algún que otro niño se ha pasado de listo.

Cuando oigo los gritos en la habitación contigua, me preparo para el papel.

Esas son las víctimas atemorizadas del asesino de la motosierra, que las perseguirá hasta nuestra sala.

El plan es sencillo: yo me escondo detrás de un espejo de pie falso, en el que de repente aparece un espectro iluminado que simula estar atrapado dentro.

Se oye un grito y, en cuanto se giran para ver de dónde viene, se encuentran de pleno con otro: un Caleb disfrazado de Moquete, el fantasma verde de los Cazafantasmas , que hace unos ruidos bastante divertidos.

Encontramos el disfraz por internet y han sido los sesenta dólares mejor invertidos de mi vida.

Las víctimas llegan de la sala contigua y el plan sigue su curso.

Yo no veo a las personas que entran en la sala hasta que no salgo de detrás del espejo.

El truco da sus frutos y distingo dos gritos femeninos en la sala.

Al salir de detrás de mi escondrijo, creo reconocer las dos figuras que tengo delante, de espaldas a mí.

Una va vestida con un vestido negro y dos trenzas, a lo Miércoles Addams, y la otra va completamente de negro.

Me acerco por detrás, mientras Caleb hace sus movimientos de fantasma. No suelo tocar a nadie, pero esta vez me adelanto más de lo ensayado y rozo el brazo de una de ellas, mientras empiezo a decir:

—Tranquilas, ya están aquí…

Pero antes de que pueda acabar la frase, Miércoles se da la vuelta, dando un respingo, vuelve a pegar un chillido y asusta de paso a la otra. Ambas chillan y algo duro me impacta en la cara.

—¿Pero qué coj…?

—¡¿Aaron?! —chilla la chica de las trenzas.

A su lado, Lauren se empieza a reír a carcajada limpia. Se da la vuelta para mirar al fantasma verde de nuevo y se ríe aún más fuerte. Al comprobar qué cojones es lo que me ha dado en la cara, descubro que es Cosa, la mano de la familia Addams, que Anna me ha tirado alegremente en toda la jeta.

—¡Ay! —exclama Anna apurada, mientras se acerca a mí—. ¿Estás bien? Perdona, ¡es que me has asustado!

—Esa era la idea —se queja Caleb, levantando la capucha del disfraz para ver lo que está pasando.

Lauren, que no ha dejado de reírse en ningún momento, vuelve a partirse con ganas cuando ve a Caleb con cuerpo de Moquete.

—¿Y tú de qué te ríes? —escupe él, indignado.

—¿De qué se supone que vas, Lauren? —pregunto yo, confuso, y tapándome todavía el ojo en el que me ha entrado un dedo de la Cosa que me ha tirado Anna—. ¿Es un billete de dólar lo que llevas ahí pegado?

—Voy de economía de la escasez —explica ella con retintín—. ¿A que da miedo?

Chasco la lengua. Típico de Lauren.

—Eh, ¿todo bien? —pregunta otro cadete, encargado de vigilar que el tráfico entre salas sea fluido—. ¿Pueden pasar los siguientes o qué?

—Sí, sí, estas ya se iban —despacha Caleb, volviéndose a bajar la capucha de fantasma.

Vaya. Nos ha salido el tiro por la culata. Llevamos dos horas haciendo un papel impecable, y vienen estas dos y nos hunden en la miseria en un momento.

—Lo siento mucho, Aaron —se disculpa Anna, enganchada del brazo de Lauren, quien todavía tiene una sonrisilla en la cara.

Anna se suelta de su brazo y se acerca hacia mí muy rápido.

Se pone de puntillas, me agarra de la pechera del traje de Cazafantasmas y me da un beso en la mejilla.

Respiro su champú de flores y su flequillo me roza la cara.

Un escalofrío me recorre toda la espalda.

Se aparta y se vuelve a enganchar a Lauren para seguir avanzando.

—¡Eh! —les grito, antes de que pasen a la siguiente sala—, ¿nos vemos el domingo en la maratón?

—¡Claro! —responde Anna.

—Os recogeremos si os da un parraque —dice Lauren.

Se marchan, riéndose todavía de nosotros por lo imbéciles que somos. Yo también me río y doy una palmada a Caleb en el hombro. Él me la devuelve con ganas. Puto Moquete.

Sacudo la cabeza para intentar volver a concentrarme. Quizás casi perder un ojo no ha estado tan mal, después de todo.