Incandescente
Estado de un material que emite luz por efecto del calor.
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
Al día siguiente, después de comer, me dirijo a la lavandería con un par de bolsas de tela de Target cargadas hasta arriba de ropa sucia.
Me encantan las lavanderías. Huelen a limpio y a hogar.
Hay veces que Molly y yo venimos juntas, y nos sentamos en la hilera de asientos que tienen colocados en la puerta a charlar mientras esperamos a que acabe la colada.
Pero Molly se ha ido unos días a Maine a visitar a su hermana antes de su gran viaje a Europa, así que Clotilde y yo estamos solas en casa y no tengo con quién compartir la tarea.
Saco la tarjeta y escojo una máquina libre.
Me encanta tener una tarjeta de la lavandería de mi barrio.
Me da un sentido de pertenencia, supongo que absurdo, pero que me hace ilusión.
Hacer cosas por mí misma en Nueva York me hace sentir bien.
Pongo la lavadora y me siento en uno de los asientos que hay frente a las máquinas.
La primera vez que vine lavé la ropa sin jabón, porque no sabía que las lavadoras no lo llevaban incorporado, como en las lavanderías a las que había ido en España.
Suerte que el chico del local me ayudó. Mientras espero, aprovecho para sacar la tablet, donde tengo la versión en digital del manual que me ha pasado Aaron, y enchufo los auriculares con micrófono al móvil.
Se me sienta al lado una señora que va vestida de verde manzana de pies a cabeza.
Esto es algo que pasa a menudo en Nueva York.
Aquí puedes hacer lo que quieras, y a nadie le importa.
Para bien y para mal. Así que me recoloco en mi asiento para dejar más espacio entre nosotras y sigo a lo mío.
Comienzo a leer: «Para la correcta retirada del equipo de protección personal, el bombero se dirigirá a la zona designada como segura… Después de evaluar la posible contaminación del equipo, se procederá con la retirada de la máscara facial, seguida del casco, los guantes, el chaquetón…».
Voy enumerando todos los pasos que un bombero tiene que seguir para despojarse de su traje y mi mente empieza a divagar.
Nunca he visto a Aaron vestido de bombero en directo.
Tiene algunas fotos en su Instagram, de entrenamientos en La Roca.
Negaré que las he mirado con detalle. Sobre todo, un vídeo en el que le etíquetaba la cuenta de Instagram de la academia en una demostración de dominadas junto a otros cadetes. Me remuevo en mi asiento.
«Para retirar los pantalones, es necesario liberar primero los tirantes, y hacer descender la prenda hasta la altura de las botas ignífugas».
Mi mente conjura la imagen de Aaron sin que pueda evitarlo.
Imagino los tirantes flanqueando su pecho y perdiéndose en sus caderas, las manos ágiles desabrochando la correa, las llamas de su antebrazo descendiendo poco a poco mientras la ropa se desliza…
—Ejem —carraspea a mi lado la señora de verde. La miro, volviendo de golpe a la realidad—. ¿Es tuya esa lavadora? —me pregunta, un poco molesta, señalando la máquina que tengo delante—. Hace un rato que ha acabado y estoy esperando para poner la mía.
—Ay, sí, perdone, ya mismo saco mi ropa.
Me levanto como si tuviera un muelle en el trasero. Me arden las mejillas. Es imposible que esta señora supiera lo que estaba pensando, pero meto mis cosas a toda prisa en la bolsa y me apresuro a coger un carrito para transportar la ropa de la lavadora a la secadora.
No se me ocurriría volver a sentarme donde estaba, así que me quedo de pie, frente a la secadora, y busco mi móvil.
En la pantalla veo una notificación de Aaron, de hace tan solo unos minutos.
El calor de mis mejillas se vuelve aún más intenso.
Abro el mensaje. Me ha compartido su ubicación y una foto de las canchas en las que están jugando el partido de baloncesto.
Las reconozco enseguida: son las pistas que hay justo debajo del paseo de Brooklyn Heights, muy cerca de mi casa.
Solo hay que bajar una pequeña cuesta y recorrer un tramo del paseo que bordea la silueta de Brooklyn. Es una de mis vistas favoritas.
Le respondo:
Yo: ¡Eh! ¡Yo vivo justo al lado!
Estoy en la lavandería, pero después me paso a saludaros.
¡O avísame cuando acabéis! Suerte.
Levanto la vista y el cristal de la secadora me devuelve mi reflejo. Suerte que nadie más puede ver ahora mismo el rubor de mis mejillas.
Después de dejar la colada en casa, voy caminando hacia las pistas de baloncesto. Aaron me ha dicho que ya han terminado, y quedamos a medio camino, en el Old Pier, el antiguo muelle que se encuentra dentro del Brooklyn Bridge Park.
Cuando llego, él está mirando al East River, con una toalla colgada del cuello y bebiendo agua de una botella en la que, como no, aparece el logo del cuerpo de bomberos.
Lleva una sudadera y encima un cortavientos deportivo; a sus pies, una bolsa de deporte negra.
Suerte que la brisa del río me ayuda a atemperarme, porque esta visión de Aaron, atlético y robusto, es difícil de ignorar.
—¡Hola! —saludo al acercarme—, ¿y Caleb y Tricia?
—Se han marchado ya, que al final se ha alargado todo más de la cuenta —me explica—. Iba a ser un amistoso, pero nos hemos picado y hemos acabado haciendo una liguilla.
—¿Habéis ganado, por lo menos?
—¿Tú qué crees? —pregunta, guiñándome un ojo.
—Vaya flipados —bufo, intentando disimular que esa sonrisa que me acaba de dedicar ha hecho que el estómago se me ponga del revés.
—¿Has comido ya? Me muero de hambre
—He comido algo hace un rato —respondo. Los horarios de comidas, según he aprendido, aquí son relativos. Cualquier hora es buena para comer lo que sea—. Pero vamos a por algo antes de que te desmayes.
He recordado que en Dumbo hay un Shake Shack al que he ido un par de veces con Molly a comer hamburguesas, porque también tienen algunas opciones vegetarianas.
Nos sentamos en una mesa del interior y Aaron se dirige al baño para, según él, adecentarse, aunque tengo que reconocer que está increíblemente atractivo con el pelo despeinado.
No lo pueden llevar largo en la academia, supongo que ahora lo tiene al límite de lo permitido.
Hoy no huele a especias, pero descubro que no me importa.
«Dios mío, Anna, eres un cliché andante».
Lauren y yo a veces nos reímos de las descripciones de los protagonistas de algunas novelas románticas.
Pero después de ver a Aaron con las mejillas sonrosadas por el partido, ver cómo bebía agua de su cantimplora y unas gotas de agua le resbalaban por el cuello, me estoy cuestionando sinceramente si estoy bien de la cabeza.
Esto no es una novela, ni yo la protagonista de una comedia romántica sentada en una hamburguesería de Nueva York esperando a que un bombero esculpido por los dioses vuelva del baño.
Bebo de mi Coca-Cola para enfriarme las ideas, porque falta me hace.
Cuando regresa, veo que se ha cambiado de ropa y se ha lavado la cara. Sigue estando guapísimo.
Él ha pedido por los dos antes de ir al baño, así que le pregunto:
—¿Tú qué te has pedido?
Supongo que, después de ese desfile de testosterona que ha debido de ser el partido entre cadetes de bombero y de policía, estará soñando con una hamburguesa. A Pol le encantaba la carne poco hecha, en su punto. De asquerosidad, digo.
—Lo mismo que tú.
Le miro, sorprendida.
—¿La vegetariana?
Asiente con la cabeza y yo hago lo mismo. No puedo evitar sonreír.
—Está genial de proteína, muy equilibrada. —Yo asiento, sin decir nada—. ¿Tienes algún plan para hoy? —me pregunta.
—Ya he acabado mis tareas de casa y por fin tengo bragas limpias —suelto y a él se le escapa una carcajada. Soy consciente en ese momento de lo que acabo de decir. No sé qué me pasa hoy—. Pensaba pasarme por una librería que hay cerca de mi casa a mirar libros y coger ideas para el trabajo.
—Vale, te acompaño.
—¿Me acompañas?
—Es parte del trato, ¿no? Voy en calidad de asesor. Si te surge alguna duda, me la haces en directo.
Me surgen muchas dudas. Como, por ejemplo, por qué este chico increíblemente guapo y divertido ya está cogido. O en qué momento se me ha olvidado la promesa que me hice de «nada de chicos» después del fiasco con Pol. Pero creo que es mejor que me lo guarde.
Cuando salimos de la librería, doy saltos de alegría.
Llevo semanas viendo, por redes sociales, fotos de unas máquinas expendedoras de mini prints con ilustraciones de elementos icónicos de Nueva York.
Yo quería que me tocase un pretzel , pero la primera vez que he metido las cuatro monedas de veinticinco centavos me ha salido una Metrocard, así que Aaron me ha dado otro dólar más que probara suerte.
—¡Yujuuu! —exclamo, y él se ríe ante mi entusiasmo.
Pienso enmarcar la ilustración y ponerla en mi estantería.
Caminamos hacia mi edificio, porque le he asegurado que es precioso.
Solamente está a dos manzanas de la librería, así que no tardamos demasiado en llegar.
Caminamos por Clark Street y, al final de la calle, llegamos a mi bloque, un brownstone típico de Nueva York, con su ladrillo rojo característico.
Le señalo cuál es nuestra ventana del edificio de cuatro plantas.
Ya ha empezado a oscurecer y veo que, en nuestra casa, está encendida la luz del salón, o sea que es muy probable que Molly esté viendo la tele en el sofá.
Como si la hubiésemos conjurado con nuestra mirada, una figura peluda se apoya en la ventana y se sienta, observándonos desde las alturas.
—¡Mira! Esa es Clotilde.
—Clotilde, ¡hola! —dice él, haciendo aspavientos.
No creo que nos reconozca, pero agita la cola sinuosamente antes de aburrirse y alejarse del cristal.
—No parece muy simpática…
—No es personal. O quizás no ve bien de lejos —digo.
—¿Y cuál es tu ventana? —pregunta.
—Mi ventana da justo a ese otro lado, donde están esas escaleras.
Nos adentramos en la travesía que hay junto a mi edificio para poder ver mejor el lateral del bloque.
—Ahí —señalo—, justo donde está esa escalera de incendios.
Él asiente, mirando con interés a su alrededor, y después dice:
—¿Y eso ya es el río?
Señala hacia las luces que se abren paso entre los árboles, el lugar en que la travesía se conecta con el paseo de Brooklyn Heights.
—Sí, de hecho, desde allí se ven las pistas donde estabais jugando antes.
Aaron se encamina hacia allí, así que le sigo hasta que llegamos a la barandilla del mirador que queda frente al sur de Manhattan, custodiado por el East River.
—El día que vine a conocer a Molly y ver el piso —empiezo a explicar—, me quedé impresionada. No me podía creer que solamente tuviera que bajar de casa y doblar la esquina para encontrarme con estas vistas.
—Es increíble —coincide él—. Desde donde estábamos esta mañana es impresionante, pero ahora, con las ventanas de los edificios encendidas, es una pasada. Me encanta ver las luces de la ciudad de noche.
—A mí también —coincido, entusiasmada. No podría estar más de acuerdo—.
De hecho, creo que es una de las cosas que me fascinó desde el principio de Nueva York.
De día, los rascacielos imponen, pero de noche…
parecen mágicos. Mira, desde aquí se ve mejor —le digo, agarrándolo por el brazo, y haciendo que me siga hasta colocarse en la barandilla en un punto exacto.
Señalo hacia la derecha, desde donde se ve el Puente de Brooklyn, iluminado como si fuera una guirnalda de luces que decora la noche neoyorquina.
Me pregunto si alguna vez alguien se podría cansar de esta imagen—.
Esta es mi vista favorita —le confieso, dejando que se me grabe una vez más en la retina, por si alguna vez se me olvida que estuve aquí. Que esto fue real.
—No está nada mal —señala él.
¿No está nada mal? ¿Cómo puede alguien decir semejante sacrilegio de este cuadro viviente? Pero cuando me giro para criticar su falta de entusiasmo, veo que no está mirando a donde yo señalaba. Me está mirando a mí.