Burning Love Evaluación de riesgos
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Evaluación de riesgos

Identificar y valorar potenciales peligros para determinar las acciones necesarias para reducir su impacto.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

El viernes por la tarde estoy con Lauren y Tricia en su apartamento, esperando a que lleguen Caleb y Aaron.

El padre de las chicas hoy tiene sesión de voleibol con sus amigos, un grupo que, según me ha contado Lauren, se han montado entre algunos divorciados de su edad, y él se ha sumado como viudo.

Tricia está acabando de preparar los pretzels con aderezo casero, y como la receta es secreta, no quiere que nadie se acerque a la cocina, así que Lauren y yo estamos sentadas en el sofá con el móvil. Al poco suena el timbre y llegan Aaron y Caleb, con unas cuantas cajas de pizza en la mano.

—Anda, ¿bomberos pizzeros? —dice Lauren, mientras cierra la puerta detrás de ellos y les indica la mesa pequeña del salón, donde pueden dejar los cartones.

—Somos una caja de sorpresas —responde Caleb—. Y hablando de sorpresas, ¿qué peli dices que nos vais a hacer tragarnos hoy?

—Pero cómo que tragaros —replica Tricia, saliendo de la isla de la cocina para acercarse a nosotros—. El otro día me hicisteis ver por decimoquinta vez Cazafantasmas en vuestra casa, no quiero oír ni una queja.

— Cazafantasmas 2 es una gran incomprendida —se lamenta Aaron, dirigiéndose a la nevera—. ¿Alguien más quiere agua?

—¡No! Yo quiero mi refresco. ¿Me lo habéis traído? —pregunta Tricia, que empieza a rebuscar en la bolsa que lleva todavía en la mano Caleb.

—Eso es una asquerosidad, Tricia —le responde Aaron—, no sé cómo puedes bebértelo.

—A mí me encanta —añade Lauren, y va ella también a rebuscar el suyo.

—Me parece increíble que en este país todo el mundo tenga que ir siempre con una bebida asquerosa en la mano —se queja Aaron. Mientras lo dice, me mira y me pilla justo en el momento en que saco de la bolsa el batido que he pedido para mí.

—A mí no me mires, donde fueres…

Él pone los ojos en blanco y mira a Caleb, preguntándole con un gesto si también quiere un vaso de agua. Este niega con la cabeza y procede a sacar de la bolsa otro refresco.

—Lo siento, tío, esta mierda está demasiado buena.

—No quiero mirar.

—Eres un aburrido y no sabes disfrutar de la vida —le responde Tricia y él le hace un gesto de burla—. Venga, id sentándoos, que ponemos ya la peli. Os recuerdo que mañana tenemos partido a primera hora.

—¡Eso! —jalea Caleb—. Los cadetes de policía se van a comer los mocos.

—¿Mañana jugáis al baloncesto? —pregunto.

—Sí —responde Aaron—. Un amistoso en Brooklyn contra los cadetes de la academia del NYPD.

—Mira, Anna —comenta Lauren—, si te aburres puedes ir a ver cómo muerden el polvo.

—Venga, anda —apremia Tricia—, que tengo hambre y la pizza se enfría.

Caleb se apodera del sillón individual que hay a un lado de la mesita del comedor.

Yo me dirijo al sofá y vuelvo a sentarme en una de las esquinas, donde estaba con Lauren antes de que llegaran los chicos.

«¡Mi sitio es el de la izquierda!», grita Tricia mientras vuelve de la cocina con una bandeja de pretzels entre las manos.

—Yo me pido el puf, que me gusta comer a la altura de la mesita —dice Lauren.

Así que solo queda un sitio en el centro del sofá y es para Aaron. Antes de que pueda ofrecerle la esquina, no sé muy bien por qué, Tricia se adelanta:

—No, no, ese es un pensamiento típico de las mujeres. No cedas tu sitio, Anna, aunque Aaron ocupe más espacio. Él que se siente en el medio.

Me encojo de hombros y me recoloco en mi sitio.

Pero está claro, cuando Aaron se sienta, que quizás no hay tanto espacio en este sofá para tres personas.

Tricia está sentada con las piernas cruzadas encima del sofá, la planta de uno de sus pies apoyada contra la pierna de Aaron, y a él no parece importarle.

Yo, en cambio, me tenso en cuanto reconozco su colonia de especias en el aire, y soy tremendamente consciente del pequeño hueco que queda entre nuestras piernas.

Lauren pone West Side Story y nos va pasando platos con pizza para cada uno.

Han traído una de verduras para mí sin que yo se lo haya pedido, y una sensación de agradecimiento me invade el pecho.

Estoy tan acostumbrada a sentir que no encajo que este sentimiento me pilla desprevenida.

Me cuesta creer que haya personas que me acepten por lo que soy y no por lo que quieren que sea.

En la calle se va haciendo cada vez más de noche, pero a nadie parece importarle. Las tenues luces de los edificios que nos rodean se cuelan por el gran ventanal del apartamento mientras nosotros vamos quedándonos a oscuras.

Cuando ya llevamos un rato de peli, Aaron se inclina hacia la mesa para coger un puñadito de pretzels y, sin decir nada, me acerca su puño cerrado.

Instintivamente, abro la palma de la mano y él deja caer unos cuantos.

Es solo un segundo, pero al retirar la mano, su piel roza la mía y de repente me arde el punto donde me ha tocado.

Igual que la noche en la que fuimos juntos en metro.

No puedo dejar de ser consciente del espacio que ocupa a mi alrededor. Es como una presencia que no puedo ignorar, como un planeta que me absorbe e invita a girar en su órbita.

—Tengo preguntas. —Caleb interrumpe mis pensamientos.

—No nos importan —le corta Tricia, que está claramente muy dentro de la peli.

Se me olvidaba que, aunque Tricia no toque un libro ni con un palo, las pelis románticas son su debilidad. Así que Lauren y ella tienen eso en común.

Cuando ha acabado de comer, Lauren ha acercado el puf a los pies de su hermana para que apoye sus piernas encima. Luego ha puesto un cojín en las piernas de Tricia y ahora está recostada contra ella.

A Caleb parece darle igual que nadie responda a sus preguntas, porque al cabo de unos minutos, cuando echo un vistazo hacia donde está sentado, veo que ha cerrado los ojos y se ha quedado dormido.

Miro de reojo a Aaron y veo que está bastante concentrado en la película.

En esta escena, Maria y Tony, los protagonistas, están teniendo su primera cita.

Tony se ha aprendido unas cuantas frases en español para intentar sorprender a Maria.

Me río cuando pronuncia las frases con un acento horrible. Aaron me dirige una mirada y sonríe.

—No entiendo la mitad de las cosas que dicen —susurra.

—Sssh —interviene esta vez Lauren—. No tienes que entender, tienes que sentir.

Él me mira y dice, articulando los labios, pero sin decir ni una palabra: «Claro, claro», y se da un golpecito en la cabeza como si fuera obvio. No puedo evitar reírme, y vuelvo a ser regañada por las policías del silencio, así que me recuesto un poco más en el sofá, escondiéndome de ellas.

Con ese gesto, nos hemos acercado más y ahora nuestros brazos se rozan.

Mi mirada recorre su brazo derecho. La manga corta deja al descubierto las venas que se le marcan en la piel.

Más abajo, un poco encima de su muñeca, observo el tatuaje de llamas que rodea su antebrazo y tengo que resistirme para no alargar la mano y comprobar si queman tanto como parece.

Tiene la mano apoyada en la pierna y me fijo en sus dedos, fuertes y gruesos.

Me doy cuenta de que él también me está mirando la mano, que está extendida sobre mi pierna.

Tengo un arañazo bastante grande y reciente, cortesía de Clotilde cuando fui a tocarle la barriga el otro día.

Antes de que pueda reaccionar, recorre con un dedo el arañazo.

Siento fuego en la línea que ha trazado la yema de su dedo. Como si me hubiera marcado con tinta invisible, la lava sube por mis venas, recorre todo mi brazo y se me queda alojada en la nuca.

«Te adoro», dice la película de fondo. Y, aunque estoy muy lejos, creo que empiezo a olvidar por qué me había prometido a mí misma que no volvería a cometer la estupidez de enamorarme.